¿ Por qué Occidente reforzó su cerco estratégico contra Moscú y Beijing en 2025?
El panorama de 2025 confirmó una tendencia a la reconfiguración de las relaciones globales, con mecanismos de contención simultánea hacia Rusia y China, un marco de sanciones creciente, ampliación de disputas tecnológicas y un escenario de alianzas en transformación.
La combinación de estas acciones delineó un escenario de tensiones crecientes que impactó sectores como energía, banca, infraestructura crítica y comercio global. En paralelo, se intensificaron los esfuerzos para influir en la dinámica interna de los BRICS y se retomaron contactos posteriores a la Cumbre de Alaska sobre el conflicto en Ucrania, sin avances sustantivos.
A lo largo del año se apuntaló una guerra híbrida contra Rusia, reflejada en sanciones progresivas, presión económica y medidas para limitar su presencia en sectores estratégicos.
Estados Unidos, la Unión Europea y otros miembros del G7 ampliaron su marco restrictivo, con el objetivo declarado de reducir la capacidad financiera y tecnológica de Moscú en medio de la prolongación del conflicto ucraniano.
En este contexto, la UE aprobó nuevas rondas de sanciones masivas enfocadas en energía, tecnología y banca, que incluyeron la prohibición gradual del gas natural licuado ruso, vetos adicionales a compañías del sector petrolero como Rosneft y Gazprom Neft, restricciones a la exportación de tecnología de doble uso y sanciones a bancos y plataformas vinculadas a operaciones financieras consideradas sensibles.
Asimismo, la lista de buques sancionados por transportar petróleo ruso también se amplió, afectando el movimiento de carga en rutas alternativas. Con este paquete, precisó la Unión Europea en un comunicado difundido en octubre, “el número de buques registrados en la flota en la sombra de Rusia alcanza un total de 557”.
De igual forma, el año estuvo marcado además por la amenaza de expansión de la OTAN hacia el Ártico, donde varios gobiernos argumentaron que los cambios climáticos y el deshielo acelerado convierten la región en un punto crítico para la seguridad.
Este planteamiento abrió espacio a debates internos dentro de la Alianza Atlántica sobre eventuales despliegues adicionales, defensa de rutas marítimas y protección de recursos estratégicos y donde Rusia, que mantiene infraestructura militar y energética en la zona, siguió el proceso de cerca.
En el plano diplomático, la Cumbre de Alaska reunió a delegaciones de alto nivel, encabezado por los presidentes de Estados Unidos, Donald Trump y de Rusia, Vladimir Putin, en un espacio de diálogo indirecto sobre la situación en Ucrania.
Si bien no se anunciaron acuerdos, ambas partes revisaron el estado de los combates y evaluaron mecanismos para evitar incidentes que elevaran el riesgo de escalada.
A pesar de esto, las negociaciones se mantuvieron indistintamente y casi al finalizar 2025 Rusia y Estados Unidos lograron progresos dirigidos a explorar una fórmula de paz sobre Ucrania.
Según el comunicado oficial del Kremlin de inicios de diciembre, Moscú está dispuesto a seguir trabajando con el equipo estadounidense actual, en un proceso que aún se describe como sensible.
De acuerdo con reportes de la agencia Reuters, Putin sostuvo una reunión de cinco horas con representantes de EE. UU. y durante el encuentro aceptó algunos puntos del plan de paz presentado por Washington y rechazó otros, lo que refleja un diálogo en fase temprana pero activo.
Por otra parte, el presidente Donald Trump calificó la conversación como “razonablemente buena”, aunque reconoció que los próximos pasos siguen siendo inciertos.
En paralelo, 2025 fue un año de fuerte presión internacional sobre China, donde también se configuró un escenario centrado en la tecnología, el comercio y la infraestructura estratégica.
Uno de los temas más polémicos fue la “guerra de aranceles” entre Estados Unidos y la nación asiática que se amplió a restricciones comerciales e incrementos arancelarios a productos de alto valor agregado, así como nuevos vetos a empresas consideradas estratégicas por ambas potencias.
De acuerdo con las disposiciones anunciadas por Washington, los aranceles se concentraron en sectores vinculados a la inteligencia artificial, la fabricación de microchips, los vehículos eléctricos, las baterías de litio y el equipamiento de telecomunicaciones.
China respondió con contramedidas comerciales dirigidas a productos agrícolas y manufacturas estadounidenses, al tiempo que reforzó sus programas internos de innovación para reducir la dependencia de insumos extranjeros, particularmente en el campo de los semiconductores.
De igual forma, Beijing ha promovido el uso del yuan en una mayor proporción de transacciones internacionales como parte de su estrategia de diversificación financiera.
En un movimiento político, durante la reunión entre Trump y el líder chino Xi Jinping en Busan, Corea del Sur, ambos gobiernos acordaron una especie de “tregua táctica” donde Washington redujo algunos aranceles y extendió varias exclusiones tarifarias hasta noviembre de 2026.
A pesar de la tregua, Estados Unidos continúa restringiendo la venta de chips avanzados y tecnologías sensibles a China, argumentando preocupaciones de seguridad nacional y competencia estratégica.
Por su parte, China suspendió temporalmente sus controles recientes sobre exportaciones de minerales estratégicos como tierras raras, galio, grafito, así como tarifas y tasas portuarias impuestas previamente a bienes estadounidenses.
Junto a estas medidas, se desarrolló una campaña global de acusaciones sobre espionaje industrial, ciberataques y manipulación política, respaldada por informes oficiales en varios países.
Si bien Estados Unidos y algunos aliados reiteraron señalamientos sobre presuntas operaciones informáticas y acciones de influencia atribuidas a entidades chinas, Beijing respondió que las acusaciones carecen de fundamento y afirmó que se emplean para desacreditar su posición en sectores tecnológicos.
En otro aspecto, en los últimos meses, gobiernos occidentales y medios afines ampliaron las denuncias vinculadas al espionaje industrial, los ciberataques, la expansión tecnológica de empresas chinas y la supuesta interferencia política en países de Europa y Norteamérica.
China rechazó estas acusaciones asegurando que forman parte de una campaña coordinada para desacreditar sus avances tecnológicos, frenar la proyección internacional de compañías como Huawei, BYD y TikTok, e influir en la percepción internacional sobre su modelo político.
Además, Beijing argumentó que estas narrativas buscan justificar políticas de contención económica y militar impulsadas desde Washington y responder a la competencia por el liderazgo narrativo en torno al desarrollo global y al control de tecnologías estratégicas.
En el contexto de la reconfiguración del orden internacional, surge una intensificación de campañas que inciden directamente en el posicionamiento internacional de China y Rusia, particularmente en lo relativo al papel creciente del BRICS como plataforma alternativa a las estructuras financieras dominadas por Occidente.
Desde 2023, numerosos informes han introducido marcos analíticos que presentan al BRICS como un bloque “ideologizado”, “dividido internamente” o carente de un proyecto estructurado de gobernanza global.
Este tipo de análisis ha tenido amplia difusión en medios internacionales y ha contribuido a perfilar una narrativa donde la expansión del bloque, con la incorporación de nuevos miembros y la creación de mecanismos financieros alternativos, es interpretada como un desafío directo al sistema internacional de dominación vigente.
No obstante, informes de plataformas como el Instituto Chongyang de Estudios Financieros (China), la Universidad Estatal de San Petersburgo (Rusia) y el Centro Africano de Estudios Estratégicos destacan que las iniciativas del BRICS responden a procesos económicos objetivos como el aumento del comercio en monedas locales, la diversificación de rutas energéticas, la creación de sistemas tecnológicos no dependientes del dólar y el interés creciente de países del Sur Global en modelos de integración menos condicionados políticamente.
El análisis de las dinámicas recientes de seguridad internacional muestra que las tensiones en regiones periféricas han adquirido un peso central en la narrativa contra ambos países.
El conflicto en Ucrania continúa siendo el principal punto de referencia en informes de seguridad europeos y estadounidenses que utilizan el conflicto como marco para justificar nuevas rondas de sanciones sectoriales, reforzar la cohesión militar de la OTAN y presentar cualquier cooperación energética o financiera con Moscú como un riesgo estratégico.
El objetivo, según académicos del Instituto de Estudios Europeos de Bruselas, es limitar la participación de Rusia en mecanismos económicos alternativos que puedan fortalecerse dentro del BRICS.
En el caso de China, las tensiones en el mar de China Meridional, la situación en Taiwán y episodios militares aislados en regiones africanas donde Beijing mantiene infraestructura estratégica han sido recurrentemente integrados en informes que alertan sobre una expansión de influencia.
Estas posiciones suelen aparecer vinculadas a debates sobre restricciones a empresas tecnológicas chinas, políticas de control de exportaciones y la reconfiguración de cadenas de suministro globales.
Estudios del Instituto Lowy de Australia y del Centro Sur en Ginebra señalan que dichas interpretaciones tienden a omitir el hecho de que China se ha convertido en el principal socio comercial de más de 120 países, lo que naturalmente amplía su presencia en múltiples regiones.
El panorama de 2025 confirmó una tendencia a la reconfiguración de las relaciones globales, con mecanismos de contención simultánea hacia Rusia y China, un marco de sanciones creciente, ampliación de disputas tecnológicas y un escenario de alianzas en transformación.
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