615 / 26 - Edgar Morin, un periodista a su manera

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Edgar Morin, un periodista a su manera

Edgar Morin, un periodista a su manera
Edgar Morin, 2024

“El camino hacia el futuro pasa por volver a los orígenes”, había anotado Edgar Morin en los “Mémentos” que concluyen sus Leçons d’un siècle de vie, publicadas en 2021, el año en que cumplió 100 años.

Elogiado por el ministro de Educación, Jean-Michel Blanquer, homenajeado por Emmanuel Macron en el Palacio del Elíseo, nombrado Gran Cruz de la Legión de Honor, Edgar Morin fue entonces erigido en sabio consensuado, hasta el punto de que Mediapart, cuya aventura había apoyado, se alarmó ante un “apropiación indebida del centenario”.

Aunque no se dejaba engañar, al interesado, cuya feroz reivindicación de libertad iba acompañada de una fuerte necesidad de reconocimiento, esta instrumentalización no le desagradaba necesariamente. Pero sería una pena que esta tardía consagración eclipsara la originalidad de una obra proteiforme y prolífica, indisociable de la vida de su autor, fallecido el viernes 29 de mayo en París. Por eso queremos rendirle homenaje con un regreso a los orígenes, en el que el periodismo será nuestro hilo conductor.

Nacido el 8 de julio de 1921 en París, en el seno de una familia judía originaria de Salónica (Grecia), Edgar Nahoum pasó a llamarse Morin, conservando como apellido uno de sus seudónimos de la resistencia durante la Ocupación. Comunista por antifascismo, sin ilusiones sobre el estalinismo –fue expulsado del Partido Comunista Francés (PCF) en 1951 y relató este episodio en Autocritique (1959)–, formó parte de la red de François Mitterrand dentro del Movimiento Nacional de Prisioneros de Guerra y Deportados (MNPGD), al igual que Marguerite Duras, Robert Antelme o Dionys Mascolo. Luego, tras la Liberación, fue buscando su camino a tientas, ya invadido por una inquietud primordial: apenas tenía 30 años cuando publicó L’Homme et la mort (1951).

Fue entonces, a partir de 1950, cuando comenzó su carrera como investigador, con su incorporación al Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS), junto a Georges Friedmann. A partir de ahí desarrolló un camino de vida y de creación irreductible a las clasificaciones, que trasciende las disciplinas y entremezcla los saberes. Humanista a la antigua usanza –se consideraba discípulo de Montaigne, pero también de Pascal y Descartes– Edgar Morin culminó su obra con La Méthode (seis volúmenes, 1977-2004), una empresa enciclopédica que consideraba como obra más importante.

Pero, salvo para congelar un pensamiento que siempre ha querido estar en movimiento, esta suma teórica que recoge su pensamiento sobre la complejidad no basta para dar cuenta de su originalidad intelectual. Para vislumbrarla en toda su riqueza y vitalidad, es mejor dar un rodeo por su incansable confrontación con la actualidad, de la que aún daba testimonio, el 11 de abril, su última entrevista para Le Monde, donde se leen estas palabras que sirven como un bonito epitafio: “Dudo de toda afirmación mientras no tenga la prueba de su veracidad. Dudo de la humanidad al tiempo que creo en ella. Tengo fe en el amor y en la fraternidad”.

Un pensamiento enfrentado a las sorpresas de la actualidad
Porque, lejos de mantener el periodismo a distancia o despreciarlo, Edgar Morin no dejó de practicarlo. Fue periodista a su manera, y sin duda único en su género. En otras palabras, un periodista moriniano, al igual que se inventó a sí mismo como sociólogo, buscando su disciplina al descubrir caminos alternativos y recorriendo senderos de aventura. Sociólogo que hace periodismo, periodista que practica la sociología: negándose a levantar un muro entre el saber académico y la curiosidad periodística, no ha dejado de ocupar esa posición inclasificable, tan expuesta como incierta.

Sin embargo, a sus detractores les costaría mucho presentarlo como un ejemplo de intelectual mediático –esclavo de los medios en los que participan, encadenado a esa servidumbre que los promociona–. La diversidad de géneros (estudios, artículos de opinión, entrevistas) y de medios (Le Monde y Le Nouvel Observateur, sobre todo) lo demuestra: siempre ha conservado su libertad, aprovechando los medios según su propio momento, en lugar de dejarse llevar por el momento mediático.

Lejos de la habitual expresión de opiniones, donde el intelectual se extravía al erigirse en juez de todo, el Morin periodista da muestra de una obstinación, acompañada de un riesgo: confrontar sin cesar el recorrido de su pensamiento con las sorpresas de la actualidad. Más que una facilidad, fue una exigencia, libremente elegida: entre ejercicio y entrenamiento, una especie de prueba y contraprueba en la que la obra en curso, en lugar de refugiarse en su torre de marfil, se enfrenta a la vida misma que se supone que debe iluminar, poniendo a prueba su ideal de comprensión frente a la realidad del acontecimiento.

Esta elección fue teorizada por Edgar Morin en 1972, en el número 18 de la revista Communications, que dirigía. Titulado simplemente “El acontecimiento”, marca la transición entre la sociología del presente –de la que había sido, desde la posguerra con L’An zéro de l’Allemagne (1946), artífice y promotor– y la filosofía de la complejidad, cuyo taller será la escritura a largo plazo de La Méthode. En el sumario de este número-manifiesto, encontramos dos artículos programáticos de Morin que abren y cierran la revista: “El retorno del acontecimiento” y “El acontecimiento-esfinge”.

“Reinterrogar el acontecimiento”: la ambición que anuncia ya en el prólogo de este número sirve de puente entre su curiosidad por la actualidad y sus imprevistos, de los que dan testimonio sus escritos sobre el cine, las estrellas, la cultura de masas, la juventud yé-yé, el Mayo del 68 o incluso el rumor de Orléans, y el reto intelectual que le espera al autor aún más inclasificable de La Méthode. Reinterrogar el acontecimiento es, en efecto, reinterrogar las disciplinas, perturbar sus separaciones y difuminar sus fronteras.

Es reconocer la aleatoriedad, admitir el “acontecimiento-ruido”, considerar que “son acontecimientos perturbadores o accidentales, desorganizadores o destructores, los que, en ciertos casos, en ciertas condiciones y entre ciertos umbrales, tienen un efecto reorganizador-morfogenético”. Es, insiste entonces, hacer surgir una ciencia inédita “en una tierra de nadie entre varias disciplinas”. Y, a partir de ahí, inevitablemente, ganarse la antipatía de esos “aduaneros epistemológicos que rechazan las ideas sin pasaportes bien establecidos”.

En resumen, afrontar el acontecimiento y no apartar ya la mirada de él es, si no entrar en disidencia, al menos ponerse en riesgo académico. “El rechazo del acontecimiento fue quizá necesario para los primeros desarrollos de la racionalidad científica. Pero también puede corresponder a una preocupación por la racionalización casi morbosa, que descarta el azar porque el azar es el riesgo y lo desconocido”: la conclusión en forma de tesis –aquí, la primera– del artículo introductorio muestra claramente que Morin no piensa flaquear ante el reto que se ha planteado.

Y el horizonte con el que termina el artículo final deja entrever la recompensa esperada: “El acontecimiento se sitúa en el límite donde lo racional y lo real se comunican y se separan. Pero es precisamente en esos terrenos limítrofes donde se plantean los problemas de lo singular, de lo individual, de lo nuevo, de lo aleatorio, de la creación, de la historia (…) Es en su unidad (contradictoria) donde podemos situar la organización, la transformación. Es en este eje donde nos orientamos hacia la Scienza Nuova: ciencia de los sistemas complejos autoorganizados, ciencia de la evolución, ciencia (de las condiciones) de la creación”.

El rechazo del “sociologismo abstracto”
Biología, historia, física, comunicación, psicología, psicoanálisis, etc.: al combinar, entre otras aportaciones, las reflexiones de Henri Atlan, Jean-Pierre Changeux, Henri Laborit, Emmanuel Le Roy Ladurie, Pierre Nora o Anthony Wilden, el índice multidisciplinar de Communications da fe de esta ambición científica. Pero este nuevo Morin, el de La Méthode, que reivindica un lenguaje erudito no siempre evidente para el profano, no debe relegar al olvido al antiguo Morin que aparecía en la prensa, en particular el de las primeras grandes investigaciones-reflexiones para Le Monde –sobre el programa Salut les copains (1963), la revista Planète (1965) o la Commune étudiante (1968).

Porque esos dos Morin van de la mano, son inseparables, se apoyan el uno en el otro, y viceversa, para descifrar el enigma del presente. Además, una vez lanzada La Méthode, tras el inevitable periodo de vacío que siguió a lo que fue a la vez una culminación y una metamorfosis, el Morin periodista no dejará de reaparecer, a partir de los años 80, sobre todo en torno al conflicto israelo-palestino o ante el fin de Yugoslavia.

Si se presenta este número de Communications como un momento decisivo, es para subrayar hasta qué punto, en la evolución que le llevó de la sociología del presente a la aventura de la complejidad, Morin mantuvo este punto de anclaje: la práctica del acontecimiento, la preocupación por su problematización, el cuestionamiento de su enigma. Pero no faltan indicios más antiguos que dan testimonio de las constantes morinianas. De una revista a otra, cuando, en 1962, pone fin a la aventura colectiva de Arguments, iniciada en 1956, Morin expresa un único pesar: no haber podido situar la revista “en una zona intermedia entre la reflexión y la actualidad”, haber sido penalizado por su periodicidad irregular que hacía “imposible intervenir en el acontecimiento”.

A partir de entonces, se esforzará por superar esa contradicción en solitario, alternando o haciendo convivir, en la prensa cotidiana y en el libro en elaboración, en un ir y venir, el matiz de la reflexión y el cuestionamiento de la actualidad. El año del cierre de Arguments se publicó L’Esprit du temps, al que seguirá un segundo tomo en 1975, finalmente subtitulados, al estilo de Morin, Nevrose para el tomo 1, Necrose para el tomo 2. 1962, otro momento decisivo, similar a 1972. Un año después empieza su colaboración con Le Monde: la investigación inaugural sobre la generación yé-yé.

Basta con releer L’Esprit du temps para adivinar que las ideas del autor sobre la cultura y la comunicación de masas no podían sino llamar la atención de un redactor jefe sin prejuicios, preocupado por la calidad y libre de sesgos. Aunque dirigida al mundo de las y los sociólogos, la metodología que defiende Morin en ella, el “método autocrítico y método de la totalidad”, remite implícitamente a los criterios de un periodismo exigente: “Evitar el sociologismo abstracto y burocrático del investigador desconectado de su investigación, que se contenta con aislar tal o cual sector sin intentar ver qué es lo que conecta unos sectores con otros”.

Del mismo modo que no hay buen periodismo sin curiosidad ni generosidad, sin amor ni empatía por el mundo y quienes lo habitan, la sociología de la modernidad que anhela Edgar Morin entonces supone “que el observador participe en el objeto de su observación: en cierto sentido, hay que disfrutar del cine, disfrutar con meter una moneda en una máquina de discos, divertirse con las máquinas tragaperras, seguir las competiciones deportivas, en la radio y en la televisión, tararear la última canción; hay que ser uno mismo un poco de la multitud, de los bailes, de los curiosos, de los juegos colectivos; hay que conocer ese mundo sin sentirse extraño en él; hay que disfrutar paseando por los grandes bulevares de la cultura de masas”.

Trece años más tarde, cuando Morin publicó el segundo volumen de L’Esprit du temps, justo cuando terminó el inicio de La Méthode, por mucho que hayan variado los campos de curiosidad, el enfoque no solo es idéntico, sino que se reivindica de forma más explícita. Anunciando, en una nota al principio de Nécrose, la próxima publicación de la obra maestra como nada menos que un “esfuerzo de reconsideración teórica general de la sociología y, más ampliamente, de la ciencia del hombre”, insiste en la coherencia de una obra en díptico con “su parte conceptual-teórica y su parte fenomenológica” . Una investigación, repite, de “dos caras”, que no deja de «ir y venir entre el esfuerzo teórico bio-antropo-sociológico (…) y la exploración del fenómeno”. “Estos dos aspectos, concluye, siempre han resonado e interactuado entre sí. Se trata de la misma investigación”.

Enfrentarse a la Esfinge, hacer hablar a sus enigmas
Ahora bien, el fenómeno es el acontecimiento, la crisis, el presente, la actualidad. Y es en este terreno donde el periodismo moriniano afirma su originalidad, transformando la habitual tribuna de expresión en un inusual campo de experimentación. Morin se apropia del género periodístico para desviarlo y subvertirlo con el fin de servir a su propia obsesión: enfrentarse a la esfinge, hacer hablar a sus enigmas, desafiar a ese “monstruo de la sociología” que es, según él, el acontecimiento, “que significa la irrupción a la vez de lo vivido, del accidente, de lo irreversible, de lo singular concreto en el tejido de la realidad social”.

El acontecimiento, añade, “es decir, la información”. La información que perturba, que desestructura, que sacude y que cuestiona. Ahí tenemos una clave para entender el éxito –en notoriedad, estima e incluso amistad– de Edgar Morin entre los periodistas. Y es que el reto que se propone es, sencillamente, el que ellos y ellas deberían asumir y que, con demasiada frecuencia, por desgracia, se les escapa: dejar que el acontecimiento hable por sí mismo en lugar de juzgarlo, darle sentido en lugar de oscurecerlo, abrirlo a todas sus posibilidades en lugar de reducirlo a un único desenlace; en otras palabras, reflexionar sobre él invitando a la reflexión.

En este sentido, el uso que Morin hace del periodismo, aunque es inseparable de su obra intelectual, no es prosaicamente instrumental. Su práctica del género remite también a una empatía fundamental por la profesión que, desde la segunda revolución industrial y el advenimiento de la prensa de masas a finales del siglo XIX, se ha construido en torno a su profesionalización. Así pues, Morin muestra hacia el periodismo sociología comprensiva que, evidentemente, no excluye la mirada crítica, pero que no supone necesariamente un distanciamiento, postura que lo distingue de Pierre Bourdieu y de su sociología de los medios, espontáneamente recelosa.

Esta tradición sociológica empática se reivindica, por cierto, explícitamente en el número de Communications dedicado al acontecimiento. De las nueve citas, cuya diversidad de autores refleja su habitual gusto por lo variado, que él mismo ha colocado como epígrafe de este número concebido como un manifiesto, la primera basta para resumir la exigencia: “Solo puede interrogarse sobre el sentido del universo quien es capaz de sorprenderse ante el curso de los acontecimientos”. Lógicamente, Max Weber (1864-1920) es aquí el primero en aparecer.

En Francia no se destaca lo suficiente: a lo largo de su vida, Weber mostró interés por la prensa y el trabajo periodístico. Consideraba la participación en la vida intelectual de un periódico como una de las formas del “servicio al presente” que exige el compromiso democrático. Con la primera masificación mediática de la historia ante sus ojos, paralela a la industrialización de la prensa y a la profesionalización del periodismo, en 1910 elaboró un vasto proyecto de investigación sociológica sobre la prensa que diversas mezquindades y adversidades –¡académicas y periodísticas!– le impidieron llevar a buen término. Por último, la segunda de las conferencias recogidas en Le savant et la politique (1919) contiene un sorprendente alegato a favor de una profesión cuya exigencia de verdad e integridad se había visto, sin embargo, socavada por la Gran Guerra de 1914-1918.

Es cierto que el cumplido puede parecer envenenado, ya que establece un nivel de exigencia muy alto: “La mayoría de la gente ignora que una obra periodística realmente buena exige al menos tanta inteligencia como cualquier otra obra de los intelectuales, y con demasiada frecuencia se olvida que se trata de una obra que hay que producir sobre la marcha, por encargo, a la que hay que dar una eficacia inmediata en condiciones de creación que son totalmente diferentes a las de los demás intelectuales. Rara vez se sospecha que la responsabilidad del periodista es mucho mayor que la del científico y que el sentido de la responsabilidad de cualquier periodista honrado no es en absoluto inferior al de cualquier otro intelectual; incluso se podría decir que es mayor si nos remitimos a las observaciones que se pudieron hacer durante la última guerra”.

Edgar Morin podría haber firmado estas líneas, él, que no temió ser mal visto por algunos de sus colegas por frecuentar con complicidad los malos lugares periodísticos y que siempre tuvo la tentación de lanzar un¡No soy de los vuestros! a los defensores de una “nomenclatura intelectual o universitaria”, como confiaba en Mes démons (1994). A la vez concreto y comprensivo, el interés constante de Weber por la prensa se hace eco del primer Morin sociólogo, que estudia los medios de comunicación de masas y se interesa por la noción de “gran público”.

A Max Weber no solo le interesaba la prensa como producto acabado. Distanciándose de una crítica rutinaria que no va más allá de los contenidos –es decir, de un comentario o un juicio sobre lo que la prensa ofrece para leer y, hoy en día, para ver o escuchar–, la abordaba como un objeto social total, interesándose por los procesos y las prácticas, curioso por la industria y sus fuerzas materiales, preocupado por la profesión y sus procedimientos artesanales, cuestionando las culturas así producidas y los imaginarios así transmitidos.

El presente y la cotidianidad como campos de investigación
Del mismo modo, el Morin de L’Esprit du temps en 1962 ya tenía a sus espaldas una reflexión sobre el cine con Le Cinéma ou l’homme imaginaire (1956) y Les Stars (1957). Mezclando el placer con la reflexión, no dudaba en convertir sus visitas a las salas oscuras en una digresión sociológica. En contraposición a ese desdén por lo cotidiano mediante el cual el saber se protege de las dificultades del mundo en lugar de intentar comprenderlas, teoriza entonces sobre el presente como terreno por excelencia. A principios de los años 60, sus observaciones, sensibles como lo sería una placa fotográfica, presentan un evolución –politización juvenil, globalización cultural, presentismo omnipresente– cuyo comentario se ha vuelto, desde entonces, desmesurado.

“El nuevo individualismo —escribe— se diferencia del hedonismo clásico. Este, dedicado únicamente al disfrute del momento, ignoraba lo que quizá sea la aportación más novedosa de la cultura de masas: la participación en el presente del mundo”. “Cultura del hoy eterno y cambiante”, insiste, “la cultura de masas tiende a devolver el espíritu al presente”, a “hacer del presente el marco de referencia absoluto”, a “atomizar tanto el tiempo como al individuo”, pero “al mismo tiempo, provoca una prodigiosa circulación de las mentes hacia otros lugares”, convirtiendo a la persona humana en “un ser de los lugares lejanos cuyo espíritu siempre vaga por los horizontes de su vida”.

Aunque marcados por el optimismo de la época, estos escritos están sobre todo impregnados de esa dialéctica entre inquietud y esperanza que nunca abandonó a Edgar Morin. “Donde hay peligro, crece lo que nos salva”: este verso de Hölderlin, repetido libro tras libro en su última etapa, resume su ética de pensamiento ante los acontecimientos. “La angustia brota por todos los poros de la cultura de masas, pero sale expulsada en movimientos, agitaciones, sobresaltos, suspenses, imágenes de golpes, trampas, ataques, asesinatos…”, escribe en 1962, apostando entonces por la elaboración de nuevas respuestas a las contradicciones de la existencia en y a través de este movimiento del presente, respuestas que a su vez están en constante movimiento.

Una década y algunas decepciones más tarde, si bien el cuestionamiento no ha cambiado, el diagnóstico es menos entusiasta: la conclusión de L’Esprit du temps 2 evoca una “Edad Media moderna”, “un estado híbrido e incierto, marcado por la decadencia de una legitimidad cultural sin que se afirme una nueva legitimidad”. Anunciando la época que vendría cuando otros aún miraban hacia atrás, estas líneas de 1975 dan testimonio de una innegable clarividencia forjada en la práctica de este arte de la ejecución: la confrontación con la época, el cuestionamiento del espíritu de la época, la curiosidad por lo cotidiano.

La audacia de los comienzos
Hoy en día, aunque Morin, al no tener discípulos –pues nunca quiso fundar una escuela–, no carece de imitadores en materia de sociología del presente, se olvida la audacia de sus comienzos, que, a su vez, acabarán por convertirse en un acontecimiento con los éxitos editoriales de Commune en France (1967) y La Rumeur d’Orléans (1969). A finales de los años 50 y principios de los 60, las traducciones al francés del olvidado Georg Simmel, de diversas figuras de la Escuela de Fráncfort, de Walter Benjamin o de Siegfried Kracauer aún estaban por llegar. Procedentes de Alemania, marginales y exiliados, estos imprescindibles predecesores, iniciadores de un pensamiento del presente en la frontera de los géneros y en la encrucijada de las disciplinas, aún no se habían impuesto en Francia para dar ejemplo.

En este sentido, Edgar Morin fue sin duda un precursor, buscando su camino sin antecesores. Pero, en lo que respecta a la relación con el periodismo, este parentesco a la vez posterior y lejano con estos diversos autores tiene sentido, ya que todos ellos, cada uno a su manera y con su estilo, dieron testimonio de una relación cultural con la prensa tejida de curiosidad y complicidad. Desde este punto de vista, y en un recorrido inverso en el que el periodismo conduce a la sociología en lugar de prolongarla, esta excepción moriniana evoca la originalidad de Park.

Durante mucho tiempo desconocido en Francia, Robert Ezra Park (1864-1944), antes de darse a conocer como el fundador de la escuela de Chicago a la que la sociología urbana contemporánea aún le debe mucho, fue primero reportero en Detroit, Minneapolis, Chicago y Nueva York, y como periodista de investigación y de sucesos, enfrentándose a la cruda realidad social antes de retomar sus estudios superiores en Alemania, con Georg Simmel.

“Son más bien las noticias las que forman la opinión”, solía teorizar el periodista y sociólogo Park, quien, al incorporarse tardíamente al mundo académico, ya pasado de los 49 años, se basó en su práctica periodística para construir una sociología práctica. En consonancia con ello, en la investigación de campo transdisciplinar, interactiva y participativa que Morin impulsó en torno al municipio bretón de Plozévet, encontramos los rasgos de un sorprendente manual de investigación tanto periodístico como sociológico.

El método denominado in vivo que inventó en esa ocasión anima a los investigadores de la aventura bigoudène a sacudir su “percepción objetiva” mediante “una gran participación subjetiva”, al igual que Park invitaba a sus estudiantes a sumergirse de lleno, como reporteros de campo, en los universos que querían explorar. Minucioso por los detalles hasta la obsesión, este Mémento de l’enquêteur elaborado por Morin en julio de 1965 merecería ser abordado en los estudios de periodismo, sobre todo, por su búsqueda de los reflejos de indiferencia inconsciente y por su explicación de esa cualidad esencial para la profesión, el “saber recordar”.

Los instrumentos de la investigación
Tres años más tarde, bajo el impacto de la crisis de 1968, Edgar Morin sistematiza esta reflexión metodológica sobre “la relación observador-observado”. Como confirmación del dialogismo moriniano entre acontecimiento y teorización, es precisamente de ese año de donde data la problematización más lograda del “método in vivo”. Se trata de un documento de trabajo difundido en el Grupo de Sociología del Presente, que se retomará en el epílogo de La Rumeur d’Orléans(1969) y luego en Sociologie (1984). En un intento por definir las condiciones concretas de “una investigación que no deja de ser investigadora”, estos Principes d’une sociologie du présent se centran en los “instrumentos”, “técnicas” y “medios” de lo que Morin prefiere llamar… “investigación”.

Bajo este término, hay que entender una investigación que, en primer lugar, pretende “favorecer la aparición de datos concretos y, como tal, debe ser lo suficientemente flexible como para recopilar documentos en bruto”. Pero también se trata de una investigación que se deja sorprender por lo que encuentra, que piensa en contra de sí misma y de sus supuestos, que se verifica a la vez que se corrige y encuentra sus interpretaciones gracias a sus confrontaciones. En Francia, a menudo el periodismo llamado “de investigación”, tanto para marginarlo como para mitificarlo, en el que la búsqueda del hecho inédito precede a la elaboración de un comentario encontrará, en estas sistematizaciones de Morin, motivos para reafirmarse.

A ese periodismo no le sorprenderá descubrir, en la reedición de Sociología de 1994 y al final de la parte dedicada a la sociología del presente, un artículo del periodista Edgar Morin sobre el caso de la sangre contaminada, publicado en Le Monde en 1992. En él se lee lo siguiente, como un eco de la soledad vivida o de la adversidad soportada por el periodista portador de malas noticias: “Toda información que molesta siempre llega con retraso a los sistemas de ideas o a las instituciones, y, una vez llegada, las consecuencias que debería determinar se retrasan a su vez”.

Pero, desde Max Weber hasta Robert Ezra Park, las diversas escuelas sociológicas más cercanas que distantes de los medios de comunicación no son la única referencia que evoca irresistiblemente la asidua labor periodística de Edgar Morin. Hay otra, a la vez más lejana y muy cercana, que solo sorprenderá si se confunde al autor con su vulgata, su pensamiento cambiante y su legado inmóvil: Karl Marx. Y, aquí, la analogía nos lleva a una dimensión demasiado a menudo ignorada de la obra-vida moriniana: su vertiente política. Tanto en Morin como en Marx, existe una imbricación casi existencial entre la elaboración tenaz de una teoría del mundo y el ejercicio obstinado de una práctica del acontecimiento.

En una época en la que el oficio aún no se había convertido en una profesión, Marx no dejó de ser periodista. En Prusia, el joven Marx hizo de ella el terreno de sus primeras batallas políticas, lanzando un alegato idealista en defensa de la prensa libre, ese “ojo abierto por todas partes del espíritu del pueblo”, esa “encarnación de la confianza que un pueblo tiene en sí mismo”.

Posteriormente, desde su exilio londinense, fue, para la prensa de Estados Unidos, en particular el New York Tribune, un cronista habitual de los acontecimientos británicos y mundiales, que a menudo se entrelazaban, ya que el corazón del capitalismo mundial latía entonces en Londres. Ese Marx era periodista en el sentido en que solemos entenderlo, más que editorialista: si bien expresaba un punto de vista, un análisis o una postura, se preocupaba por estar bien informado antes de buscar la inspiración. Antes de comentar o, mejor dicho, mientras comentaba, informaba a sus lectores.

Aunque las motivaciones materiales no eran ajenas a esta actividad remunerada, no se le puede reducir a eso. Más fundamentalmente, el periodismo de Marx encajaba con su enfoque intelectual, sus compromisos y sus curiosidades. Los comentaristas que, por ejemplo, concluyen demasiado rápido que no hay una verdadera teoría del Estado o de lo político en toda su obra, ignoran curiosamente la extrema riqueza y la gran coherencia de sus artículos sobre Francia, donde se elabora el concepto de bonapartismo, mucho más rico y complejo de lo que se suele entender, introduciendo un nuevo pensamiento sobre la relación entre la sociedad y el Estado.

De hecho, tanto en Morin como en Marx, existe una imbricación casi existencial entre la elaboración tenaz de una teoría del mundo y el ejercicio obstinado de una práctica del acontecimiento. Marx se enfrenta a los acontecimientos mientras escribe El Capital, ese libro sin fin, del mismo modo que Morin escribe La Méthode sin renunciar nunca a las exigencias del presente, durante los casi treinta años que le ocupó.

Evitar lo artificial, lo prefabricado, el espejismo
Sin duda audaz, la comparación está a la altura de las ambiciones fundacionales de ambas obras. El mismo desafío prometeico las une: captar la totalidad del presente, pensar de forma global y mundial, a riesgo de todo y de lo general, salir de lo fragmentario y lo compartimentado, no dudar en crear un sistema al tiempo que se rechaza el cierre sistémico. Y este desafío es, en esencia, político, como subrayó desde el principio Cornelius Castoriadis con motivo de la publicación del primer tomo de La Méthode: “El trabajo de Morin ayuda a liberar el pensamiento y la voluntad políticos”. En cierto modo, la apuesta es aún más arriesgada para Morin, testigo de un mundo huérfano de grandes utopías, que para Marx, impulsado por un optimismo progresista que el totalitarismo aún no había desengañado.

Pero es precisamente esa antorcha la que Morin se niega a abandonar, vinculando indisolublemente el esfuerzo de teorización y el interés por el acontecimiento. “La atención prestada al fenómeno, al acontecimiento, a la crisis –escribe en 1968–, conduce, no al debilitamiento, sino al refuerzo de la exigencia teórica”. A esto le sigue, de forma tan lógica como inmediata, una referencia al marxismo “que pretende ser una teoría general, capaz de captar el acontecimiento significativo para enriquecer y verificar la teoría, como fue el caso en El 18 de Brumario de Luis Bonaparte”.

En el fondo, Edgar Morin, tanto en sus artículos como en sus libros, se ha mantenido fiel al compromiso que formuló en plena efervescencia intelectual de Arguments. Fechado en el cuarto trimestre de 1959, el decimosexto número de la revista se abre con una contribución de su director-gerente titulada “¿Qué hacer?”. Tras recordar que no pretendía “fundar una escuela, una secta, una familia espiritual” y que prefería “un grupo de compañeros, libres de criticarse mutuamente”, Edgar Morin afirma lo siguiente, que es lo esencial: “No por ello nos situamos en el plano del escepticismo universal, del eclecticismo universitario. Por mi parte, creo en los grandes sistemas, en la gran construcción teórica y práctica que abarca los problemas de la naturaleza y del hombre, del conocimiento y de la acción. Pero una experiencia común nos ha hecho comprender que el último Gran Sistema –el marxismo– está hoy fosilizado, es insuficiente. Debemos contribuir a la elaboración de un nuevo sistema, pero nos espera un largo trabajo. Y durante la transición, que puede ser muy larga, o tal vez no llegue a nada, debemos evitar los sucedáneos, lo prefabricado, el espejismo”.

En esta empresa de superar el marxismo, no como un cuerpo doctrinal del que, en mayor o menor medida, el morinismo sería heredero, sino como promesa de una inteligibilidad global, la seguridad de no desviarse cediendo a las ilusiones descansa, una vez más, en una confrontación incesante con la actualidad inmediata; en otras palabras, para seguir en el vocabulario marxista, en una praxis del acontecimiento.

Al descartar la torre de marfil, la refundación intelectual supone un apetito por el presente. De hecho, en un número posterior de Arguments que incluye en su sumario un dossier sobre los intelectuales, Morin retoma el hilo ya tejido por Marx: “La obsesión de Marx es desinsularizar la inteligencia. Es la obsesión por la praxis, los intercambios ininterrumpidos entre la teoría y la práctica, donde se forja el hombre total, que ya no es un intelectual, sino el artífice de su propia historia…”.

La comparación tiene, evidentemente, sus límites, subrayados por las diferencias contextuales. En 1864, Marx participa en la fundación, en Londres, de la Asociación Internacional de Trabajadores, la Primera Internacional, mientras que, a la misma edad, Morin ya había roto hacía tiempo con el activismo y ya había dado cuenta, con la intemporal Autocrítica(1959), de su expulsión del Partido Comunista. Pero, precisamente, lo que Morin demuestra después es que la política no se reduce a la afiliación y, mejor aún, que hay que arriesgarse a repensarla y refundarla desde fuera de sus círculos profesionales.

Definitivamente sin partido desde que cumplió los 30 años, Morin no por ello dejó de estar imbuido de la política, una dimensión de su obra demasiado poco destacada y comentada. Así, en Mes démons, un ensayo de autobiografía y autoanálisis intelectual a medio camino entre la confesión y la defensa, es precisamente para describirse a sí mismo, como reivindica dos palabras que, espontáneamente, uno imaginaría que más bien le inspiraran desconfianza: “pasión” y “misión”. “Pasión política” por los acontecimientos históricos, “misión intelectual” de restituir su complejidad.

Al detallar “esta misión, cuya polivalencia se ha ido revelando cada vez más ante mis ojos”, plantea en primer lugar su “conciencia de que el intelectual es un actor, más allá de la alternativa entre el compromiso y la torre de marfil, en el juego de la verdad y el error, que está en el centro del juego de la historia humana”. Así, el Morin periodista se inventará una fidelidad infiel al Morin militante, es decir, al Morin que se hizo comunista por ideal en la resistencia, y que luego resistió por ideal al comunismo: no renunciar a la esperanza, no caer en el error. Ahora, obsesionado por “la obsesión permanente del problema del error”, siendo el más extendido el error ideológico, reivindica “la movilización de todas las cualidades intelectuales en las actividades políticas”, negándose a que se reserve “la parte más oscura, infantil e incontrolada de uno mismo para la política”.

Esta búsqueda de una problematización de los acontecimientos, que se esfuerza por elevar su comprensión, en lugar de su crítica “que selecciona arbitrariamente sus objetivos y no sabe criticarse a sí misma”, constituye la originalidad de sus artículos. Reivindicando “la salvaguarda de la ética del debate frente a la del rechazo”, y prefiriendo la explicación a la maldición, Morin se niega a denunciar si no sabe explicar. Sin embargo, y ahí radica todo el talento del periodismo moriniano, este distanciamiento de los reflejos sectarios –de denuncia, de condena, de exclusión– no significa la neutralización del acontecimiento, su embalsamamiento bajo una comprensión que agotaría su subversión.

Lo improbable, lo inesperado y la incertidumbre
Los ataques, tan injustos como hirientes, que le han valido sus reflexiones sobre Israel y Palestina y su compromiso constante con el pueblo palestino lo han demostrado, paradójicamente. Cuestionar, comprender, contextualizar: estas simples exigencias intelectuales perturban profundamente las certezas de quienes prefieren simplificar –en modo binario–, tranquilizar –en el registro identitario– o elegir –según los reflejos partidistas–. Al final de Mes demons, Morin les había respondido de antemano, sin excluirse a sí mismo de la advertencia: “Sé que puedo engañarme con la ilusión, equivocarme sobre el error, histerizarme ante la histeria, tratar mal la complejidad; por eso creo aún más en la imperiosa necesidad de una conciencia que nos permita resistir en todo momento y en todos los ámbitos a todas las fuerzas mentales, ideológicas, culturales e históricas que suscitan las innumerables formas de error. Y, de manera inseparable, creo en la necesidad de repensar la política”.

En este esfuerzo por repensar la política, el periodismo es, para Morin, el instrumento privilegiado. Ciertamente, como hemos visto, porque, desde un punto de vista práctico, su materia prima es el acontecimiento, la sorpresa, el azar, lo inédito, lo imprevisto, el accidente, la crisis, etc. Pero también, desde un punto de vista teórico, porque la cuestión de la verdad, y por tanto del error, está en el centro tanto de su legitimidad democrática como de su definición ética. Y, por consiguiente, de su riesgo. A lo largo de su producción periodística, Edgar Morin da vida así a ese “principio de incertidumbre” que está en el centro de su pensamiento político y de su dimensión moral.

“Al mismo tiempo que abandoné el mesianismo –escribe en Mis demonios–, hice, en sentido contrario, una crítica realista del realismo y de sus fallos, para no confundirlo con la aceptación del hecho consumado, y para abrirlo no solo a la llegada de lo posible, sino también a la de lo improbable y lo inesperado. Al introducir lo improbable y lo inesperado en el realismo, introduje en él un principio de incertidumbre”.

Improbable, inesperado, incertidumbre: tantas palabras que, a la vez, abarcan las libertades y las limitaciones, las apuestas y los riesgos, los entusiasmos y las decepciones de este oficio inclasificable, el periodismo. También su tragedia. “Nuestro papel, hoy en día, es anunciar que no hay buenas noticias”, escribía en 1959 Morin en Arguments, invitando a los intelectuales a volver a ser los “disonantes” de su época.

En cualquier momento, en cualquier lugar, un periodista digno de ese nombre podría decir lo mismo.

27/05/2026

Traducción: viento sur

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