506 / 26 - Palantir quiere una República Tecnológica

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Red GeoEcon

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Apr 22, 2026, 1:41:57 PM (7 days ago) Apr 22
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RGE 506 / 26

Palantir quiere una República Tecnológica: su manifiesto parece de villano de cómic

El CEO de Palantir publica un manifiesto de 22 puntos que defiende el rearme, el servicio militar obligatorio y el fin de la era nuclear como hoja de ruta para Occidente


Que algunas empresas de Silicon Valley llevan años con ganas de meter mano en la geopolítica mundial no es ningún secreto, pero publicarlo en X con 22 puntos numerados y firma de CEO es otro nivel. Palantir Technologies, la empresa de software de defensa e IA que trabaja para el Ejército de EE.UU., para ICE y para el NYPD, ha publicado este fin de semana un manifiesto de aproximadamente 1.000 palabras con la doctrina político-militar de su CEO, Alex Karp, y su coautor Nicholas W. Zamiska.

El texto funciona como carta de presentación de The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West (2025), el libro que ocupa ahora mismo el número uno de los bestsellers del New York Times, y Engadget lo ha recogido con una descripción que no deja mucho margen para la interpretación: "bizarre y profundamente preocupante", con comparaciones directas a los monólogos de un villano de cómic.

El manifiesto de Palantir: doctrina geopolítica con 22 puntos y sin complejos

Karp no es un CEO que se limite a hablar de métricas de negocio, y su visión sobre la superioridad tecnológica de EE.UU. frente a Europa ya llevaba meses circulando a finales de 2025, cuando empezó a exponer públicamente una filosofía meritocrática bastante explícita sobre quién debería mandar en el tablero tecnológico global. El manifiesto de ahora es esa misma filosofía, ordenada, numerada y publicada con mucho más ruido.

La premisa que vertebra los 22 puntos es que el poder duro del siglo XXI se construirá sobre software, no sobre diplomacia ni sobre lo que el texto llama "soft power": los comunicados bien redactados han pasado de moda, y lo que queda es la capacidad militar real sustentada en inteligencia artificial, desplegada en varias direcciones que juntas dibujan algo parecido a una doctrina de Estado.

Una de las tesis con más peso propio es que la era de la disuasión nuclear está terminando, con el argumento de que el equilibrio de terror que ha gobernado la geopolítica desde 1945 está siendo reemplazado por una nueva forma de disuasión construida sobre capacidades de IA. Lo que Karp y Zamiska no aclaran, y que resulta bastante relevante, es quién controla esas capacidades y bajo qué tipo de supervisión democrática operarían.

En esa misma dirección geopolítica, el manifiesto defiende que Alemania y Japón deben deshacerse de su "castración postbélica", con el argumento de que ambos países llevan décadas autolimitando su capacidad militar como herencia directa de la Segunda Guerra Mundial y que esa restricción ya no tiene ningún sentido en el contexto de poder actual. Alemania, de hecho, ya lleva meses en ese camino con sus compromisos de rearme, sin que nadie necesitara escribirle un manifiesto para convencerla.

El punto sobre relativismo cultural es probablemente el más incómodo del documento: el texto rechaza de forma explícita la idea de que todas las culturas producen resultados equivalentes y defiende que algunas "han generado avances vitales" mientras otras "permanecen disfuncionales y regresivas", algo que, pronunciado por una empresa que factura miles de millones con contratos de vigilancia gubernamental en medio mundo, adquiere una carga añadida bastante difícil de ignorar.

El manifiesto también propone sustituir el ejército profesional de voluntarios por un servicio nacional obligatorio y universal, con la justificación de que, en un sistema de voluntarios, el riesgo de defender al país recae de forma desproporcionada sobre segmentos concretos de la población y que distribuirlo de manera universal generaría mayor cohesión social y un compromiso colectivo más sólido con la seguridad. Tiene cierta coherencia interna. En EE.UU., políticamente, es dinamita.

La sección sobre Silicon Valley tampoco se queda atrás, y el texto sostiene que la élite tecnológica arrastra una deuda moral con el país que solo se salda participando activamente en la defensa nacional, no construyendo plataformas de consumo. Conectado con eso viene la afirmación de que el iPhone limita nuestro sentido de lo posible y que hay que "rebelarse contra la tiranía de las apps", con el argumento de que la industria ha acabado produciendo herramientas que atrofian la ambición colectiva en lugar de ampliarla.

Que sea precisamente Palantir, una empresa cuyo negocio central son las herramientas de vigilancia masiva para aparatos estatales, quien lance ese diagnóstico sobre la banalización tecnológica tiene algo de irónico que el texto no parece advertir. O quizás sí lo advierte, conoce perfectamente la contradicción y ha decidido que no le importa demasiado.

El manifiesto también formula con bastante franqueza que el email gratis no es suficiente para justificar la influencia de la industria sobre la sociedad, con el argumento de que una cultura solo puede permitirse la decadencia o la superficialidad si a cambio entrega crecimiento económico real y seguridad efectiva, y que si no entrega ninguna de las dos cosas, el contrato entre la industria y el país se ha roto.

Hay también una defensa explícita de Elon Musk, con la afirmación de que "deberíamos aplaudir a quienes intentan construir donde el mercado ha fallado" y la crítica de que la cultura mediática y tecnológica se ría del "interés de Musk en la narrativa grandiosa", ocupando un espacio propio dentro de los 22 puntos que funciona como defensa de un modelo de ambición que Karp y Zamiska presentan como el que la industria debería seguir.

El texto se mete también en terreno más personal con dos afirmaciones que van de la mano: la defensa de la tolerancia hacia la creencia religiosa en entornos que, según el libro, la rechazan de forma sistemática, y la crítica a lo que llaman "un pluralismo vacío y hueco", con el argumento de que celebrar la diversidad de opiniones sin tomar posiciones reales es, simplemente, una forma elegante de no decir nada.

El debate sobre si las grandes tecnológicas deben poner sus capacidades al servicio de los aparatos militares no es exclusivo de Palantir: el uso de la IA de Anthropic en los ataques a Irán en marzo de 2026, horas después de que Trump prohibiera su uso en el gobierno, dejó claro que la frontera entre tecnología civil y tecnología de guerra ya no existe. Palantir simplemente ha dejado de fingir que sí.

Lo que hace difícil despachar el manifiesto como mera provocación de marketing es que Palantir no opera desde la teoría: tiene contratos reales, clientes gubernamentales reales y una influencia real en cómo los Estados democráticos despliegan su aparato de inteligencia y vigilancia. No es una startup con ideas; es una empresa con poder.

Que su CEO publique una doctrina geopolítica de 22 puntos en una red social para acompañar el lanzamiento de un libro dice bastante sobre en qué momento está la relación entre el poder tecnológico y el poder político, y la pregunta sobre dónde acaba la empresa y dónde empieza la ideología deja de ser retórica.

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