Juliane Furno
30 de julio 2026
Los ataques sistemáticos llevados a cabo por Estados Unidos contra el derecho internacional y las instituciones creadas tras la Segunda Guerra Mundial han vuelto a poner la cuestión del imperialismo en la agenda.
Mientras que, en el período aún en desarrollo del capitalismo, el imperialismo se basaba en gran medida en formas extraeconómicas de explotación, en el período actual, el de la madurez capitalista, los mecanismos propios del mercado han cobrado mucha más importancia que la coacción extraeconómica. Esto no limita ni debilita el imperialismo; simplemente lo replantea en un contexto de madurez capitalista.
La actuación que ofrece hoy Donald Trump al frente del Gobierno de EE. UU. parece ser una mezcla de estas dos formas históricas principales de acción imperialista.
Se están intensificando las sanciones y el alcance extraterritorial del dólar y de las finanzas, junto con el control sobre las cadenas de suministro estratégicas (chips, energía, minerales críticos) y los regímenes de control de las exportaciones y las barreras comerciales desplegados para reorganizar las dependencias y determinar quién tiene acceso a la tecnología, al crédito y a los mercados. En lugar de ocupar territorio, el poder se manifiesta ahora como la capacidad de activar y desactivar los flujos de inversión, tecnología, datos y redes de pago, imponiendo obstáculos significativos y costes económicos no solo a los rivales, sino también a los socios, siempre que le convenga.
El retorno al proteccionismo industrial, las amenazas de carácter neocolonial y las incursiones militares forman parte de este paquete. El imperialismo de la era Trump no tiene reparos en anunciar a qué ha venido y pone al descubierto la estrecha relación entre los intereses del Estado estadounidense y los de sus empresas nacionales.
Las consignas que sustentaron las acciones imperialistas del pasado reciente, sobre todo la demagógica «cuestión democrática», ya no bastan para justificar las aventuras militares.
Y, sin embargo, cuanto más amenazado se siente el imperialismo norteamericano, más feroz se vuelve. Así ocurrió en la década de 1970, cuando la hegemonía estadounidense fue cuestionada en los ámbitos económico, militar y monetario.
La respuesta que restableció la hegemonía estadounidense —comprendida con gran claridad por la economista brasileña Maria da Conceição Tavares— fue la diplomacia del dólar fuerte y la diplomacia de las armas: impulsar una carrera armamentística para superar los esfuerzos soviéticos y elevar el tipo de interés básico del Tesoro de EE. UU., reafirmando así la centralidad del dólar y del sistema financiero con sede en Wall Street.
Estados Unidos parece encontrarse ante la redefinición de un «imperialismo nacional», con características más cercanas al periodo de entreguerras que a lo que surgió tras la Segunda Guerra Mundial, en el que se asomó lo que Samir Amin (2005) denominó «imperialismo colectivo», con Estados Unidos ocupando la posición de liderazgo y contando con Europa Occidental y Japón como socios secundarios.
Ese orden parece haberse desmoronado. Las acciones más recientes de Estados Unidos se han llevado a cabo al margen del derecho internacional, haciendo caso omiso de las resoluciones de la ONU y de su moribundo Consejo de Seguridad, y en desacuerdo con sus propios aliados históricos.
Por lo tanto, sostengo que las acciones del imperialismo estadounidense actual se acercan mucho más a los preceptos que configuraron la construcción del Estado estadounidense hasta la década de 1940 que a la forma imperialista que surgió tras la Segunda Guerra Mundial.
El método de fortalecer la economía estadounidense mediante un sistema arancelario se encuentra en el origen del Estado estadounidense moderno, que hizo un amplio uso de los aranceles para desarrollar su sector industrial, con el mercado interior como eje central.
Al término de la Primera Guerra Mundial, el presidente Wilson presentó un documento que contenía catorce puntos, una propuesta de reordenación global que pretendía sustituir la antigua diplomacia europea —basada en alianzas secretas, el equilibrio de poderes y guerras recurrentes— por un orden liberal y multilateral fundado en normas, la autodeterminación y la apertura económica.
La paradoja es que los propios Estados Unidos acabaron por no adherirse a la Sociedad de Naciones, que era fruto de las propias propuestas de ese mismo presidente demócrata. El Congreso se negó a participar, al considerar más ventajoso preservar la libertad de acción unilateral que someter a la potencia emergente a una organización colectiva. Una vez más, algo muy similar a lo que estamos viviendo hoy en día.
Este nuevo escenario de retorno al aislacionismo estadounidense está en consonancia con la idea del «realismo flexible», expuesta en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EE. UU., donde se deja claro que los intereses nacionales internos tienen prioridad sobre todos los demás —de ahí la ofensiva indirecta sobre las reservas de petróleo de Venezuela y las tierras raras de Groenlandia, por citar solo dos ejemplos—.
Por un lado está el grupo liderado por el secretario de Estado Marco Rubio, comprometido con sofocar las experiencias socialistas o revolucionarias en América Latina, sobre todo en Cuba y Venezuela.
El imperialismo nacional y su doctrina de la «paz a través de la fuerza» se convierten así en el instrumento preferido para impulsar la agenda de Washington. Quedan atrás los intentos de seducir y capturar organismos multilaterales, junto con el discurso del «sistema basado en normas», tan a menudo invocado de manera conveniente y selectiva.
El imperialismo estadounidense ya no se preocupa por mantener las apariencias, y apuesta por su superioridad material y el uso directo de su poder para rediseñar el orden internacional. Para hacerle frente, los demás tendrán que demostrar una fuerza equivalente.
En este contexto, Estados Unidos también está reorganizando su influencia en todo el continente americano: interfiriendo en los procesos electorales de Argentina y Honduras; presionando a Colombia y México con la amenaza de operaciones antinarcóticos en sus territorios; llevando a Cuba a la asfixia económica y exigiendo un acuerdo «antes de que sea demasiado tarde»; ampliando su presencia militar en Ecuador, en Panamá (con la intención de reforzar el control sobre el Canal) y en Haití (defendiendo, en la ONU, una «fuerza» destinada a reprimir a las bandas); y, más recientemente, lanzando un ultimátum a Dinamarca y a otros aliados de la OTAN para que cedan el control de Groenlandia o, de lo contrario, según declaran, se lo tomarán «por la fuerza» (Ron, 2026).
Traducción nuestra
*Juliane Furno es profesora de la Facultad de Economía de la Universidade Federal Fluminense (UFF) e investigadora del Departamento de Economía Política de Tricontinental: Instituto de Investigación Social.
Amin, S. (2005). El imperialismo, pasado y presente. Tempo, 9(18), 77–123. https://doi.org/10.1590/S1413-77042005000100005
Furno, J. (2022). Imperialismo: una introducción económica. Río de Janeiro: Da Vinci Livros.
Ron, C. (2026). Tres lecciones del efecto Trump, dos tareas para el futuro y un mensaje de Bolívar. Boletín Nuestra América. Instituto Tricontinental de Investigación Social. https://thetricontinental.org/pt-pt/boletim-na-corolario-trump-bolivar/
Tavares, M. C. (1985). El resurgimiento de la hegemonía estadounidense. Revista de Economía Política / Brazilian Journal of Political Economy, 5(2), 157–167. https://doi.org/10.1590/0101-31571985-2005
Wood, E. M. (2003). Empire of Capital. Londres/Nueva York: Verso.
Fuente: Tricontinental Political Economy
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