El ensayo de Owen «En los confines del mundo: una nueva historia de la antigüedad» (Crítica) recorre seis mil años de historia y tres continentes, a través de yacimientos arqueológicos que rara vez aparecen en los mapas, pero que encierran hallazgos decisivos para comprender el pasado.

Texto: David Valiente
“Estamos familiarizados con el Imperio romano, la Grecia antigua y, en menor medida, con el Egipto faraónico. Por eso este libro nace de mi interés por buscar nuevos enfoques para contar la historia del mundo antiguo”, explica el historiador e investigador Owen Rees a propósito de su obra En los confines del mundo: una nueva historia de la antigüedad (Crítica). “Entonces, me pregunté: ¿a quiénes habíamos ignorado? ¿Quiénes faltan en nuestras historias? Y la respuesta me llevó a los confines del mundo antiguo, lejos de las grandes ciudades que concentraban el poder político y cultural. Allí encontré historias increíbles sobre la convivencia de comunidades y la mezcla de culturas”.
Desde hace unos años, el eje geopolítico se ha desplazado hacia el Sur Global, más en concreto al Indopacífico. ¿Influye este cambio en el creciente interés por territorios que habían quedado al margen del relato histórico?
Creo que ha sido por una concatenación de factores. La situación geopolítica actual condiciona nuestra manera de escribir la historia, pero también el avance de las técnicas arqueológicas nos ha permitido hacernos preguntas que van más allá del estudio clásico de los imperios. Así pues, los investigadores empezaron a fijarse en lo que yo denomino las “periferias sociales”, esto es, aquellos miembros de la sociedad que apenas son citados en las fuentes. Me refiero sobre todo a las mujeres, los esclavos y los niños, de quienes tenemos escasas referencias textuales, y su papel en la sociedad se había simplificado o incluso ignorado. En la ciudad grecorromana de Karanis, en Egipto, hemos hallado materiales fascinantes: correspondencia entre familiares, escrituras de casa, ropa y juguetes de niños que perfectamente yo podría haber comprado a mi hijo hace dos años. El contacto con estos objetos humaniza tanto al historiador como a la propia disciplina.
Su ensayo se fundamenta en una gran cantidad de fuentes arqueológicas, numismáticas y artísticas. Tengo la sensación de que la historiografía clásica ha abusado del empleo de las fuentes escritas y ha obviado el resto de evidencias.
Es un presentimiento acertado. Durante muchos años, las fuentes escritas han sido casi en exclusiva los soportes argumentales para construir el relato histórico y, como consecuencia, sus protagonistas han sido las élites, que son quienes aparecen en esos textos. Sin embargo, desde hace ya unas seis décadas los historiadores hemos mostrado un mayor interés por ampliar nuestro abanico de fuentes, hacernos más preguntas y hallar nuevas perspectivas y narrativas sobre el mundo antiguo. Seguimos leyendo a Heródoto, Tucídides o Tácito como siempre, pero hoy empleamos sus maravillosos escritos para reconstruir el contexto político que nos permite acercarnos con mayor precisión a la vida íntima de las personas comunes.
A grandes rasgos, ¿cómo definiría las periferias del mundo antiguo en términos históricos?
Las cronologías crean una imagen muy cerrada de los periodos históricos. Cuando se habla de Grecia o Roma, solemos pensar en la Atenas del siglo V a.C., con su esplendor cultural y los filósofos debatiendo en el ágora, o en la Roma imperial dirigida por un Augusto vestido en púrpura. Rara vez imaginamos la Atenas o la Roma de época arcaica. Las periferias rompen esos esquemas mentales y, sobre todo, no respetan nuestras divisiones temporales. Algunas de las ciudades que estudio no solo conocieron el esplendor de la polis ateniense o del Imperio romano, sino que también fueron testigos de su nacimiento y su desaparición. En Egipto, por ejemplo, se pueden encontrar ciudades griegas fundadas en la época clásica, y que siglos después pertenecieron al Imperio romano. A los historiadores nos suele frustrar que las fuentes desmonten los esquemas simplistas heredados, pero al mismo tiempo resulta muy revelador descubrir la diversidad de mentalidades que dieron vida al mundo antiguo.
Ha mencionado una palabra calve: ¿qué revela la periferia sobre la mentalidad de esas personas que habitaban la periferia?
Tradicionalmente, los investigadores hemos intentado entender la mentalidad romana examinando los fenómenos culturales e históricos que sucedían en el centro del imperio. Sin embargo, este marco no explica la mentalidad de las periferias, pues sencillamente se daban creencias imposibles de encajar en las zonas nucleares. Para un griego, el bárbaro era aquel que no conocía su lengua, gentes que les despertaban una profunda sospecha. Platón llegó a decir que la mezcla de sangre griega con la de otras comunidades humanas era una abominación intolerable. En la periferia, sin embargo, la realidad era distinta. En mi libro, analizo la ciudad griega de Olbia, en las costas del mar Negro, donde hallamos evidencias claras de una relación muy estrecha entre griegos y escitas. Era lógico que los griegos en la frontera se acercaran a sus vecinos, con quienes comerciaban y convivían a diario. Esa misma actitud habría resultado extraña en Atenas, donde casi todos eran helenos y no existía la necesidad de pensar en el mestizaje. En el estudio de las mentalidades, la periferia desafía el canon y nos obliga a cuestionar muchos estereotipos.
¿Hasta qué punto estas periferias hicieron posible el dialogo entre las diferentes culturas, más incluso que el propio centro?
En el libro intento demostrar que es en las periferias donde se desata el ingenio y surgen las grandes innovaciones. El flujo constante de ideas de procedencia diversa provoca grietas en las barreras culturales. Taxila, en la actual Pakistán, se convirtió entre los siglos II a.C. y el II d.C. en uno de los grandes centros de aprendizaje del budismo. La ciudad vivió bajo la influencia simultánea de la cultura persa, helena e india, y en su seno se construyó un microcosmos donde esa interactuación produjo nuevos patrones cultuales. El budismo primitivo consideraba inadecuado representar a Buda en su forma humana. Sin embargo, el contacto entre el helenismo y la tradición budista en Taxila propició en el siglo I d. C. las primeras imágenes antropomorfas de Buda. Se llegó incluso a adoptar la iconografía griega: Hércules fue representado como Vajrapāṇi, uno de los protectores de Buda.
¿Entonces las fronteras no eran tan impermeables como a los gobernantes les hubiera gustado?
Es la misma pregunta que yo mismo me he hecho como británico que aún vive las consecuencias del Brexit. La realidad es que en el mundo antiguo las personas se desplazaban más de lo que las fuentes escritas reflejan. El Imperio romano trató de levantar fronteras sólidas y seguras, pero ese esfuerzo fue del todo infructuoso porque las personas no estaban quietas en su lugar de nacimientos, interactuaban y las sociedades fluctuaban de tamaño. En el 390 a.C. (esta es la fecha canónica, otros autores sitúan este suceso en el 387 a.C.), los romanos fueron derrotados en las proximidades del río Alia y Roma fue saqueada por los grupos galos. El miedo a este pueblo se volvió en uno de los más persistentes de la República, hasta el punto de que, tres siglos después, Julio Cesar instrumentalizó este temor para justificar su campaña en la Galia. Cuando las sociedades se sedentarizan y acumulan grandes cantidades de tierra bajo su poder comienzan a sentir suspicacias hacia aquellos grupos de personas nómadas o seminómadas por el simple hecho de no vivir bajo unos mismos parámetros culturales y códigos. Esos pueblos en movimiento acaban percibiéndose como una amenaza para lo que llamamos civilización. En ese sentido hemos cambiado muy poco: los griegos desconfiaban de los escitas por su forma de vida y hoy ocurre algo parecido con el pueblo romaní.
Dejemos por un momento la periferia y vayamos al centro. Las grandes culturas no solo interactuaban en distintos espacios, sino que también cada una de ellas se encontraba en momentos históricos distintos. ¿Cómo afecta esa asimetría a las relaciones entre civilizaciones y qué papel desempeñaban las zonas periféricas en esta desigualdad?
Los griegos no siempre fueron conscientes de la profundidad del pasado del pueblo egipcio. La historia de la humanidad cuenta con cinco mil años de recorrido, de los cuales Egipto protagonizó tres milenios. En el 600 a.C., cuando los griegos empiezan a dejar su impronta en el Mediterráneo, los faraones llevan ya miles de años sentados en el trono de Ra. A través de Platón, nos ha llegado una anécdota que le sucedió a Solón, el gran legislador ateniense, en su visita a la ciudad de Sais en el Delta del Nilo, donde conversó con unos sacerdotes. Cuando estaba intentando demostrar lo antigua que era la historia de los griegos, un sacerdote anciano le interrumpió y le dijo: “Oh Solón, Solón, vosotros los griegos sois siempre pequeños; no hay entre vosotros un anciano”. Con estas palabras el religioso no quería menospreciar el pasado del pueblo griego, solo trató de evidenciar una realidad y es que si comparamos las historias de ambas comunidades, la egipcia contaba con una memoria más larga. A pesar de que los considerasen bárbaros, los griegos respetaban profundamente el saber científico, las matemáticas y la arquitectura egipcia.
Algo similar ocurre entre Roma y China.
Tanto el Imperio romano como el chino sabían de la existencia del uno y del otro, pero nunca llegaron a establecer cauces diplomáticos con los que mantener una comunicación fluida y oficial. Las fuentes chinas revelan que en el 166 d.C. un grupo de romanos llegó a la corte imperial del emperador Han Huan. Seguramente sería una delegación comercial independiente, ya que las fuentes romanas no revelan nada al respecto. Unos años antes, en el 97 a.C., los chinos habían enviado a Gan Ying para establecer contacto con la corte imperial romana. A pesar de ese deseo mutuo por conocerse, el encuentro nunca se produjo: el viaje estaba lleno de obstáculos, desde el control de los partos sobre las rutas hasta la simple fatiga de un trayecto inmenso. Lo más paradójico es que el enviado regresó a su tierra justo cuando se encontraba a las puertas del Imperio romano. A menudo me pregunto qué hubiera sucedido si estos dos poderosos imperios, en su momento de mayor esplendor, hubieran establecido relaciones diplomáticas formales. ¿Cuántas guerras nos hubiéramos evitado? ¿Qué formas artísticas y científicas hubieran podido nacer de ese diálogo? Es una de las grandes oportunidades perdidas de la historia.
¿Qué le debe Occidente a la periferia?
Es una cuestión difícil de responder. La concepción de Occidente es una construcción social y cultural creada por la élite y dependiente de sus tradiciones. Aun así, diría que Occidente ha heredado de la periferia, sobre todo, la capacidad de mezclar culturas para crear algo nuevo. Los romanos no llegaron a Britania para levantar un compartimento estanco donde solo cupiera lo romano. Interactuaron con las poblaciones locales y se aculturaron. Por tanto, cuando nos referimos a esos romanos no lo hacemos como “romanos en Gran Bretaña”, sino como “romanos británicos”. En la academia ya no entendemos la romanización como una imposición, sino como un juego de sinergias entre conquistadores y conquistados. El problema es que las fuentes escritas han ocultado en gran medida esa realidad y han dejado fuera del relato elementos esenciales. Apelamos a la cristiandad como uno de los pilares de nuestra civilización, pero olvidamos que el cristianismo nació como una pequeña secta del judaísmo y que su expansión siguió caminos muy distintos. En Roma fue primero una religión popular y solo después la adoptaron las élites; en Etiopía, en el reino de Aksum, ocurrió lo contrario: se convirtió antes la élite y más tarde el pueblo. Estudiar la periferia nos obliga a repensar qué significa realmente Occidente. Cuando usamos esa palabra solemos referirnos al poder, la jerarquía y el elitismo, pero la historia muestra otras lecciones más valiosas: la mezcla, el intercambio y la capacidad de aprender del diferente. Creo que ahí está lo mejor de nuestra tradición.
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