Fue el Estado: Recuperemos
la política
Víctor García Zapata*
28 de octubre de 2014
Tras la impresionante marcha del 22 de
octubre de 2014 por la aparición de los 43 normalistas secuestrados por
policías municipales en Iguala Guerrero, un grupo de activistas intervino de
manera contundente la plancha del Zócalo con una leyenda que ha dado la vuelta
al mundo: “Fue el Estado”. En tanto es ya una acción referencial en los
anales del activismo estudiantil vale la pena dirimir los alcances y significados
de su justa aseveración, en tiempos en los que las estructuras del Estado y la
política que dentro de ellas se desarrolla, están ocupadas por las lógicas del
mercado y del crimen, y en los que el reto de las fuerzas progresistas es
desentrañar dicha asociación tan fatal como perversa.
Sí, hay que decirlo: fue el Estado. No
vale culpar a la oscuridad del “crimen organizado”, pues no es interlocutor válido
para la sociedad, pero tampoco vale diluir responsabilidades de los
funcionarios específicos. Si bien, es necesario identificar que el diseño de
las estructuras facilita la corrupción, es a personas concretas, quienes
tomaron decisiones u omitieron hacerlo, a quienes hay que atribuir
responsabilidades. Los culpables tienen nombre y apellido, algunos actúan
dentro del gobierno y otros en las organizaciones criminales, pero todos ellos
son delincuentes y hay que evitar que su culpabilidad se pierda en la
ambigüedad institucional.
Fue el Estado, pero el problema es que
no sólo estamos ante el ejercicio autoritario de una cadena de mando que
verticalmente decidió una brutalidad de dimensiones apocalípticas. Estamos
frente a la más cruda expresión del lodo configurado por las variadas y
complejas formas de acción conjunta (corrupción, complicidad, infiltración)
entre el crimen organizado y esas autoridades que ocupan el aparato estatal y
ejercen de manera perversa las tareas de gobierno. Es un lodo que, como han
dicho Gustavo Esteva y Javier Sicilia, no distingue entre sus componentes y los
vuelve exactamente lo mismo: políticos criminales y criminales haciendo de
políticos. Y no es un lodo homogéneo, es un cumulo de fragmentos
disputando los recursos para imponerse mediante su bestialidad o,
peor aún, con la bestialidad como objetivo mismo.
Estamos ante un lodo que cada vez se
enraiza más en la estructura de gobierno, pero también en amplios sectores de
la sociedad que en la indefensión por la falta de opciones y
oportunidades de vida digna, ve en el crimen organizado una opción de trascendencia.
Estamos ante un cúmulo de imaginarios que han borrado los limites en lo legal y
los ilegal, lo pacífico y lo violento en tanto códigos de convivencia. La
dinámica de competencia impuesta por la lógica sistémica, hoy ni siquiera
contenida por mecanismos emergentes de redistribución de riqueza y seguridad
social, deriva en violencia como recurso habitual y normalizado, legitimado en
la vida diaria de muchos.
Estamos frente al anunciado debacle de
los partidos como mediación y orientación política de las conflictividades
sociales. Si bien el surgimiento del PRD en 1989 y en los años venideros, logró
refrescar la arena de la policía electoral con un programa de cambio
democrático que rescataba los grandes ideales de la revolucionaria, hoy se
hunde en un pragmatismo que hace tiempo dejó de ser regulado por la ética.
Secuestrado por las corrientes, el PRD ya no tiene espacio ni para la
ciudadanía ni para sus causas. Pocos militantes del partido apartan tiempo en
sus agendas para ir al encuentro de las conflictividades sociales si ello no es
redituable clientelar o corporativamente. La competencia entre las corrientes
por la amplia gama de recursos a los que se acceden mediante los puestos
públicos es voraz al grado de diluir la discusión político programática y permitir
la asociación perversa con quienes tienen dinero para el juego electoral, llámense
priístas conversos, empresarios o miembros del crimen organizado.
Tanto el prd como el resto de partidos políticos, salvo Morena, que enfrenta sus primeros retos,
son ocupantes de la arena político-electoral pero no hacen política. Son los
códigos del negocio y del crimen organizado los que caracterizan su desempeño. Morena empieza mal, no porque pueda ser
ya tachado de los mismo vicios y distorsiones que el resto de partidos, sino
porque no surge para fortalecer el proceso histórico de unificación y
fortalecimiento de la izquierda si no para segregarse de ellas; no está
presente en las luchas sociales si no que se confronta con quienes no ven el
nuevo partido como la mejor opción de cambio; no ha innovado en mecanismos de
selección de candidatos para propiciar el acercamiento de nuevos militantes a
la política y refrescarla de verdad. En los pocos temas en los que Morena ha discutido programáticamente,
como la reforma energética, no ha impulsado programas de cambio de fondo, si no
la vuelta a un status quo que haga
“goteo” de recursos para el bienestar social pero que no modifique las cuestiones
estructurales. En todo caso, existirá, como en toda organización, cierta
diversidad al interior del partido que mantenga la posibilidad de cambiar esta
caracterización.
Estamos ante momentos de tensión y de
sensación de derrota en los que se buscan culpables. A unos se les atribuyen
los actos de otros con tal de sacar la furia. Con ello se justifican discursos,
y agresiones, que desvían la discusión de lo importante. Hay que decirlo claro:
Cuauhtémoc Cárdenas no sólo no participa de la dinámica corporativa de Nueva
Izquierda, no sólo no pertenece a ninguna de las corrientes dominantes del prd, si no que desde el pacto
fundacional de ese partido ha combatido la lógica misma de las corrientes.
Puede estarse en desacuerdo con sus planteamientos, con sus propuestas o
con la falta de ellas, con sus estilos o actitudes, pero atribuirle
responsabilidad en lo sucedido en Ayotzinapa, como de manera obtusa hicieron
algunos (que también tiene nombre y apellido) al finalizar la marcha del 8 de
octubre, es un despropósito propio de una cultura política homogeneizadora:
el clásico e inservible “todos son iguales”. Si lo que se combate es la
política partidista, entonces lo que hay que hacer es dar el debate
estratégico, no descalificar a nadie atribuyéndole los actos de otros.
En el caso de Andrés Manuel López
Obrador resulta perverso atribuirle responsabilidad con respecto a los
actos de Abarca. Pero AMLO tiene que revisar que tanto ha promovido ese
discurso, y esa cultura política en la que aparecer con alguien en una foto, estar
afiliado a su mismo partido, saludarlo en un acto como dice el protocolo,
debatir con alguien en el congreso, coincidir con alguien en una idea o, si en
el ejercicio del deber parlamentario se negoció una ley con él o ellos, se es
ya parte de su "mafia". Es ese discurso maniqueo, que promueve la
incondicionalidad, ampliamente utilizado por AMLO, el que ahora los adversarios
quieren usar en su contra de manera vil. Otra cosa que Andrés Manuel tiene que
revisar de manera auto critica es el apoyo que dio a muchos candidatos de
alianzas vergonzantes como en su momento lo fue Aguirre en Guerrero. Morena tiene la oportunidad de cambiar
eso, basta que se lo proponga.
Por otro lado. Si bien hay centenas de
dignas resistencias que defienden sus bienes y recursos naturales, sus derechos
y los derechos humanos de individuos y comunidades, lo cierto es que
la acción de quienes nos desempeñamos en los movimientos y las organizaciones
está caracterizada por la dispersión y la falta de proyecto de transformación. Hay
pocas experiencias comunitarias, quizás sólo las de las comunidades del EZLN,
que son capaces de transformar su resistencia en un proyecto de sociedad
distinto.
Y en esta falta de política se
dificulta ver cómo es que saldrá la luz. No se ve, por ahora, cómo es que este
círculo vicioso que incluye a los ilegítimos ocupantes del espacio político y
sus instituciones, al crimen organizado y atrapa a los sectores de la sociedad
que replican sus códigos de comportamiento, podrá desentrañarse al grado de que
los códigos de la competencia descarnada y la bestialidad sean sustituidos por
la solidaridad, la igualdad, la democracia y la libertad. Nadie tiene la
respuesta pero, en todo caso, son momentos de reflexión sobre lo que las
izquierdas han venido haciendo y de cómo hemos llegado a debilitarnos después
de que entre 1988 y 2001 (lucha cívico democrática, rebelión zapatista,
movimiento estudiantil), fuimos capaces de dictar la agenda
nacional.
Toca, por lo pronto, pensar cómo hemos
de hacer política para recuperar la política misma. ¿Cómo es que las diversas
colectividades iremos tomando el control sobre nuestra vida en comunidad,
libertad y en democracia? Ello implica pensar en el más amplio significado de
la acción política, tanto en lo micro y autogestivo, como en la disputa
por la administración de los recursos naturales y la defensa de los derechos
humanos, empezando por ganar la libertad de los presos políticos.
Toca, por lo pronto, recuperar la
noción de lo público como eje de la disputa. Toca revertir las inercias y
recuperar la capacidad de dialogo y articulación en función de las
coincidencias y con plena horizontalidad. Toca ir pensando cómo es que se diversificarán
los modos de acción para decir las cosas de manera creativa y convocar a nuevos
militantes a la lucha social. Toca ir ampliando los canales de dialogo entre
las diversas izquierdas (Excluyó a los miembros de Nueva Izquierda de esta
calificación), estar dispuestos a mirarnos de frente para saber cómo es que
cada quien se auto-critica y que esperaría cada quien para actuar con el otro.
Por ahí nos encontramos con más coincidencias de lo esperado. Toca ir
impulsando espacios de formación conjunta en función no solo de formas de
relacionarnos si no de visiones de transformación estructural ¿Cómo hacer para
reorientar las políticas del Estado? ¿Cómo reconstruir las formas de
relacionarnos y propiciar la dignidad como forma de vida de todas y todos?
¿Cómo constituirnos, quienes nos movemos en el campo progresista, en referente
alternativo de aquellos que por la falta de alternativas ven los modos del
crimen y del negocio como opción?
Como dijo Pablo González Casanova en su
mensaje a la Nueva Central de trabajadores, pasado 22 de septiembre de 2014: “Crear
territorios libres de narcotráfico y luchas de distracción, y organizar la
defensa del pueblo por el pueblo es tan importante como organizar la democracia
de los pueblos para la defensa de sus medios de vida y de organización de la
vida con la toma de decisiones consensuada, con el respeto invariable al
dialogo sereno y a la diferencias de sexo, edad, raza, religión o ideología de
pueblos y trabajadores” “Tenemos que –escribió González Casanova en
ese mismo mensaje– prepararnos para una nueva historia a la que tarde o
temprano el pueblo de México se enfrentará con el creciente valor, organización
y sabiduría que le han dado papel pionera en la historia universal”.
Toca, entonces, no caer en desesperación ni voluntarismos, mirar en perspectiva
y a largo plazo pensando serenamente que alternativa proponer para lo
inmediato.
Y si, toca decir fuerte y claro que FUE
EL ESTADO (a los que instrumentaron la ahora celebre pinta hay que agradecerles
por la vocería y el ejemplo de cómo hacer las cosas) y toca construir como
sociedad, y exigir a los ocupantes de sus estructuras administrativas que lo
hagan, condiciones de no repetición,
tanto en lo que tiene que ver directamente con situaciones de represión,
desaparición y tortura como este, como con la erradicación de las causas
estructurales que facilitan o impulsan las violencias de cada una de sus
modalidades. Pero toca, sobre todo, encontrar a los desaparecidos, promover su
reinserción a la lucha y defender con ellos el proyecto de las normales
rurales.
¡Vivos los queremos!
*Vïctor García Zapata es miembro de la Fundación para la Democracia -Alternativa
y Debate- A-C.
“Modernizar significa liberar a los mexicanos de las ataduras de la ignorancia, de la marginación, del autoritarismo, de la improductividad, del desempleo y de la sojuzgación neocolonial.” CCS
Víctor García Zapata
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-Alternativa y Debate-
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