Vivir bien, pensar bonito

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María Catalina Cruz-González

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Mar 27, 2026, 2:36:20 PM (11 days ago) Mar 27
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¿Qué tanto nos conocemos —realmente—? ¿Somos conscientes de la colonialidad que habitamos y encarnamos? ¿Tenemos el ímpetu y la valentía de ser desobedientes?
Un saludo muy especial para todas y todos. Soy María Catalina Cruz-González, estudiante del Doctorado en Diseño, Arte y Ciencia de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Mis intereses de investigación se centran en la relación entre comunicación, cultura pop, nostalgia, representación audiovisual e investigación-creación.
Quisiera comenzar compartiendo la conferencia Decolonialidad estética: interpelar una instalación de 534 años (https://www.youtube.com/watch?v=a3WUorBhexQ&t=628s), dictada por Pedro Pablo Gómez Moreno, en la cual se plantea una idea fundamental: sin la colonialidad, la decolonialidad se vacía de sentido. Esta afirmación nos ofrece una dirección clara: la decolonialidad no busca reemplazar el patrón colonial de poder, sino desnaturalizarlo, evidenciar cómo se ha inscrito y naturalizado en nuestras formas de pensar, conocer, relacionarnos y habitar el mundo.
En este contexto, quisiera articular esta reflexión con dos conceptos que considero fundamentales: el buen vivir y el sentipensar. El buen vivir propone una visión holística de la vida que subordina los objetivos económicos a la dignidad, la comunidad y la ecología, en oposición a la idea moderna de desarrollo basada en el crecimiento ilimitado. Por su parte, el sentipensar —concepto trabajado por Orlando Fals Borda— puede entenderse como una forma de desobediencia epistémica frente al dualismo cartesiano que separa mente y cuerpo, razón y emoción, conocimiento y vida.
Tal vez uno de los efectos más profundos de la colonialidad del saber ha sido precisamente esa separación: aprendimos a pensar sin el cuerpo, a producir conocimiento sin la vida, a investigar sin preguntarnos por la ética de lo que hacemos. Por eso vale la pena preguntarnos: ¿en qué dimensiones la universidad reproduce lógicas coloniales? Porque si algo resulta claro es que el conocimiento no pertenece únicamente a la academia; también se produce en las comunidades, en los territorios, en los movimientos sociales y en las prácticas cotidianas de quienes habitan y resisten el mundo desde otros lugares.
Tal vez la respuesta no sea abandonar la universidad, sino habitarla de otra manera: habitarla críticamente, colectivamente y de forma situada. En ese sentido, me interesa pensar la universidad como un espacio lleno de tensiones, pero también de posibilidades. Porque incluso dentro del sistema existen grietas. Y esas grietas pueden entenderse, siguiendo a Arturo Escobar y a la noción de diseño para las transiciones, como espacios donde emergen iniciativas pequeñas, locales y conectadas que buscan otras formas de vida posibles frente a la crisis del modelo moderno de desarrollo.
Quizá el reto no sea solamente resolver problemas, sino aprender a orientar nuestras prácticas desde el deseo agéntico: el deseo de transformar, de crear, de imaginar otros mundos posibles. Tal vez ahí se encuentren las grietas que necesitamos ensanchar.
La pregunta, entonces, queda abierta: ¿cómo podemos habitar la academia, la investigación y el diseño como espacios para vivir bien, sentipensar y abrir grietas hacia otras formas de mundo?
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