Empezando en casa. La responsabilidad es y debe ser un asunto de todos. Desde la madre, el padre o encargado del joven estudiante; pasando por los profesores, personal administrativo, directores y comunidad en general, debemos mostrar con nuestros ejemplos y actitudes el sendero por seguir por nuestros educandos.
Cuando una madre pretende obviar un requisito para que su hijo o hija ingrese, de forma arbitraria y antojadiza, a una institución equis, está enseñando la posibilidad de un mundo sin reglas, en el que podemos guiarnos simplemente por nuestros propios intereses; cuando un padre justifica el desgano o apatía de su progenie en el incumplimiento de sus deberes escolares, está fomentando la irresponsabilidad y el facilismo; cuando un profesor promueve acciones de acuerdo con sus intereses y pretensiones mezquinas, está suscitando el irrespeto a los estudiantes y al sistema en sí; cuando un director, en plena conciencia de sus deberes, declina en la realización de sus acciones en pos de un ordenamiento jurídico y administrativo, está siendo cómplice innegable de provocar los males que en los últimos días han salido a la luz y, con claro cinismo, nos han abofeteado en la cara.
Deber de actuar. Los anteriores simplemente resultan pequeños ejemplos en la gran pirámide de instancias y situaciones en las que, como auténticos ciudadanos, tendríamos el deber de actuar en concordancia con los más altos valores humanos, éticos y morales. Mas si es nuestro deseo provocar cambios en las aulas, en las instituciones educativas, en las comunidades y hasta en el país, tenemos la obligación de vernos en el espejo y visualizar la imagen de nuestros verdaderos actos.
Las respuestas están dadas; tras las sombras de la indiferencia y la negación, surgirá, con refulgente luz y resonando en nuestras mentes y conciencias las réplicas de: “La responsabilidad es y debe ser un asunto de todos”.
Este pequeño reportaje salío publicado en La nación el viernes 20 de abril del 2007, donde nos hace reflexionar que la violencia en las aulas vienen desde nuestro hogar y se acrecenta en nuestra aulas, lo más grave es que todos debemos buscar solucionar esta violencia que está carcomiendo a nuestros jóvenes.
Todos sabemos que siempre es triste y doloroso arrastrar la vida cuando no se recibió amor, sobre todo de los padres durante la niñez. Todo el que ha estudiado siquiera un poco al ser humano, le va a decir que los cinco primeros años de la vida dejan una marca imborrable para toda la vida, para bien o para mal. Por eso, el privar a un niño de amor es como privar de fertilizante a un árbol que empieza a crecer, pero el golpearlo es como echarle veneno, lo va a terminar de matar psicológicamente y emocionalmente, o mejor va a crecer herido de muerte. Pero hay golpes y golpes, algunos golpes sacan sangre o dejan morados, incluso un mal golpe puede producir la muerte, pero hay otros mas sutiles que no se ven, pero que se graban a fuego lento no sólo en mente sino en la identidad de ese niño o de esa niña. Se graban en su "yo", y los frutos de estos golpes emocionales se van a ver después en sus relaciones con personas significativas y en su relación con el mundo.