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Capítulo 5
ESPAÑA Y AMÉRICA
LOS CIMIENTOS DEL
IMPERIO
Cuando España se convirtió en un
Estado-nación adquirió también un imperio ultramarino y el mundo hispánico pasó
a estar formado por una metrópoli y unas
colonias, proceso desdibujado por el
imperio de corte más antiguo de Carlos V pero clarificado por la perspectiva más
nacional de Felipe II. El imperio
español en América era un gran complejo de
pueblos, instituciones y riqueza, cuyo vínculo con la metrópoli eran los
oficiales, los comerciantes y el poderío
naval. La sanción última del imperio
era la autoridad real y el poder español, que a su vez se vieron enormemente
reforzados por los logros imperiales,
cuya medida era la actividad comercial
y los tesoros indianos. El comercio entre España y América durante todo el siglo
XVI y la primera mitad del XVII,
tanto por su valor como por el volumen de
las mercancías transportadas, fue el comercio transoceánico más importante en el
mundo occidental. Junto con
su principal elemento -la plata americana- se
convirtió en el factor más importante de la economía española, sin el cual su
posición durante la segunda
mitad del siglo XVI habría sido infinitamente más
débil. En el período subsiguiente existió una íntima conexión entre la
contracción del comercio entre
1630 y 1640 y el retraimiento de la España de
los últimos Austrias. Cuando las riquezas procedentes de América dejaron de
afluir a la economía española,
la metrópoli comenzó a vivir un período de
enormes dificultades.
Ese premio no se consiguió de forma
fortuita. España tenía una serie de condiciones políticas, geográficas y
técnicas gracias a las cuales estaba más preparada
que ninguna otra nación de
la Europa occidental no sólo para aprovechar las oportunidades de formar un
imperio sino para crearlas. Es cierto que Portugal
había iniciado el camino
en el siglo XV, avanzando más por el Atlántico y hacia el sur por la costa
africana en busca de esclavos negros, especias y oro.
Por otra parte, el
progreso económico y técnico que hacía posible la expansión estaba al alcance de
otras naciones además de España. La existencia de
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comerciantes banqueros y de letras de
cambio permitió poner al servicio del comercio ultramarino instrumentos de
intercambio internacional y, sobre todo,
crediticios y, durante un período de
gran escasez de metales preciosos, fue posible reunir el capital necesario sin
el cual las empresas habrían sido imposibles.
Los nuevos métodos fueron
perfeccionados primero en Italia, ya en el siglo XVIII, pero España fue la más
rápida en aprenderlos y en este sentido fue superior
a los países del norte
de Europa. [1]-1 No tardó tan poco España en beneficiarse de la revolución
técnica que se produjo en las embarcaciones y en el arte
de la navegación. En
otros aspectos su progreso fue inigualable, y su experiencia de primera mano. En
el arte de la guerra estaba a la cabeza de Europa,
habiéndolo aprendido en la
larga lucha contra los moros y, luego, en las campañas en Italia. La
superioridad de sus armas fue un factor fundamental en
la rápida y abrumadora
conquista de los aztecas y los incas. Pero España no sólo tenía poder militar,
sino también administrativo. La soberanía eficaz
de la corona y de sus
agentes, que desarrollaron Fernando e Isabel, otorgó a España la primera
maquinaria estatal moderna en Europa y la equipó no sólo
para administrar un
imperio desde la metrópoli sino para exportar sus instituciones y funcionarios a
nuevos territorios.
La colonización española fue
diferente de la de Portugal, su único rival en la carrera hacia el imperio.
Portugal era menos consciente que su vecina de
las ventajas políticas y
religiosas que reportaba la expansión. Desde luego, Colón y sus soberanos tenían
interés en el oro y las especias del Lejano Oriente,
y Portugal no ignoraba
la ventaja que suponía tomar al islam por la espalda. Pero la búsqueda de
alianzas contra la expansión del imperio turco en la Europa
oriental y en el
Mediterráneo, y la conciencia del poder inherente al imperialismo, estuvieron
más presentes en la política española que en la de Portugal.
[2]-2 Esta
diferencia de énfasis se reflejó en el proceso de expansión. El procedimiento
que siguió España en los primeros años de descubrimiento y
conquista
-especialmente la rapidez de actuación y la elección de las rutas-
revistió una especial importancia a la hora de determinar la política futura del
imperio.
La búsqueda de un paso occidental hacia el Lejano Oriente dejó paso,
desde los años del segundo viaje de Colón, a un deseo de explotar las nuevas
tierras
que él había descubierto de manera accidental. En otras palabras, se
inició una política de colonización que serviría para extender el cristianismo y
obtener
metales preciosos. Una
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vez tomada esta decisión, el único
límite era la extensión de territorio disponible. En ese punto, la política
española difirió de la portuguesa en otro
aspecto, la realización de la
colonización por etapas. Entre 1492 y 1498 la exploración del Nuevo Mundo quedó
limitada a las Antillas y a algunas zonas
de Tierra Firme y su control
correspondió por completo a Colón. En el segundo periodo, entre 1498 y 1506,
Colón perdió el monopolio y la exploración se
dirigió más hacia Tierra Firme,
sirviendo Santo Domingo de base secundaria para una nueva etapa colonizadora. En
el tercer período, desde 1506 a 1516,
Colón ya había muerto y, aunque
continuaron partiendo desde España expediciones a la antigua usanza, los mayores
esfuerzos de exploración y conquista se
realizaron a partir de las propias
colonias, primero desde Santo Domingo y luego desde Cuba. Finalmente, entre 1517
y 1535 se realizó la conquista masiva
del continente, de México y Perú,
operaciones que también partieron desde las colonias existentes.
La colonización española fue única no
sólo en sus objetivos y sus métodos sino también por su volumen. El proceso de
conquista reforzada, de asentamiento
y colonización, habría sido imposible
sin oleadas constantes e importantes de emigrantes. Ya desde el segundo viaje de
Colón, en 1493, España comenzó a
dedicar más recursos a la empresa, pero la
colonización real no se inició hasta la llegada de 2.500 inmigrantes a La
Española en 1502. En los decenios
de 1520 y 1530 las conquistas de México y
Perú fueron realizadas por pequeños grupos de conquistadores, a los que
siguieron rápidamente importantes oleadas
de inmigrantes. Unos 250.000
españoles emigraron a América en el período 1506-1600, y 200.000 entre los años
1600 y 1650, cifras nada despreciables para
un país cuyo crecimiento
demográfico no se prolongó mucho más allá de 1580. [3]-3 Fue éste un movimiento
espontáneo de población, aunque el Estado intervino
para animar a
determinados grupos como el clero y para disuadir, sin conseguirlo plenamente, a
otros como los judíos, los moriscos, los reos de la Inquisición
y los
extranjeros. Entre los primeros emigrantes el número de mujeres era escaso, pero
en los decenios posteriores a la conquista las mujeres llegaron
a constituir
una cuarta parte e incluso una tercera parte del total y en algunos casos
formaban parte de familias enteras de emigrantes. Todos los sectores
sociales
realizaron el viaje a América. Desconocemos los porcentajes, aunque es indudable
que los hidalgos constituían una pequeña minoría, que la mayor
parte
de
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los emigrantes eran trabajadores y
artesanos y que dominaban los grupos urbanos. Sevilla y Toledo aportaron el 22
por 100 del total. [4]-4 En un principio
la mayoría optaron por México, pero
en las décadas posteriores al descubrimiento de Potosi, Perú y el Alto Perú
atrajeron a un gran número de inmigrantes,
absorbiendo no menos del 37 por
100 de los emigrantes conocidos en el período 1540-1559. En su mayor parte
acudían atraídos por factores de «atracción»
antes que factores de «empuje».
[5]-5 El oro y la plata actuaban como imanes, pues tanto el gobierno como los
emigrantes y, desde la segunda expedición
de Colón, los viajes,
exploraciones, conquistas y operaciones comerciales se financiaban contando con
la posibilidad de encontrar metales preciosos. La
minería y la mano de obra
esclava, características de la economía colonial, aparecieron, por tanto, desde
el primer momento. Esta forma de explotación
supuso la ocupación efectiva de
extensos territorios y la movilización de una importante mano de obra. España
tenía los medios para conseguir ambas cosas
gracias a su poderosa máquina
militar y a su técnica administrativa.
El ansia de conseguir oro y plata fue
mitigada por una misión religiosa, sin la cual la expansión española habría sido
inconcebible o habría adoptado una
forma muy diferente. En efecto, el
descubrimiento y la conquista de América estuvieron animados de un espíritu de
expansión misionera, y todo el proceso
contó con el sostén de los recursos de
la Iglesia. También en este aspecto la posición de España era única. España
poseía la primera Iglesia reformada
de Europa. [6]-6 El nivel de su
jerarquía, la valía de sus teólogos y el celo de sus misioneros no conocían
parangón en el mundo occidental. Por otra parte,
la Iglesia española tenía
experiencia directa en los contactos con el infiel en la propia península y, si
esto explica en parte su intolerancia, ayuda
también a comprender su interés
por extender la fe a quienes no la conocían. Contaba, pues, con la confianza y
el material humano necesarios para desempeñar
un papel vital en la expansión
colonial. También tenía los ideales y la fuerza para frenar el colonialismo
feroz de los nuevos pobladores y para introducir
hasta cierto punto las ideas
de orden y justicia en el nuevo imperio. Las razones que impulsaron la
colonización española eran varias. Según las palabras
clásicas de Bernal
Díaz, soldado y cronista de la expedición de Cortés a México, los españoles
acudieron al Nuevo Mundo «para servir a Dios y a Su Majestad,
y dar luz a los
que estaban en tinieblas y también por haber riquezas». La Iglesia y la corona
adoptaron con seriedad el presupuesto de servir a Dios,
como lo demuestran
sus esfuerzos por convertir a los indios y protegerlos. Pero la gran masa de los
colonos era indiferente a estos aspectos. Tal como
explicó Pizarro a un
sacerdote que protestaba ante la expoliación de los indios en Perú y lo
exhortaba a transmitirles el conocimiento de Dios y la fe:
«No he venido por
tales razones. Yo
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Lámina 3. Hernán Corres (reproducido
por cortesía del Archivo General de Indias. Sevilia).
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he venido a quitarles el oro». [7]-7
Hombres como Pizarro fueron a las Indias como una clase dirigente, para
conseguir trabajo y dinero de los nativos y
para luchar contra ellos si era
necesario. Los misioneros, deseosos de salvar las almas de los indios, vieron
frustrados sus esfuerzos y algunos de ellos
comenzaron a ofrecer alternativas
positivas a las relaciones existentes entre los españoles y los nativos. Era
importante que la Iglesia tuviera la energía
necesaria para producir esos
hombres y que la corona les diera la oportunidad de poner a prueba sus
alternativas, como la evangelización pacífica de Las
Casas, los
hospitales-pueblos de Vasco de Quiroga en México y las reducciones de los
jesuitas en Paraguay y en otras partes. Por supuesto, el dilema
era
insoluble. Como gobernantes seculares, los reyes españoles deseaban
conseguir dominio y riquezas, y también la Iglesia estaba comprometida en ello.
Como
monarcas cristianos y protectores de la Iglesia en América estaban
comprometidos, en su conciencia, en la labor de ganar a los indios para la fe.
Pero
que se intentara verdaderamente conseguir ambos objetivos determinó que
la política real fuera ambigua y vacilante. Esto dio a los idealistas
-obispos,
misioneros y letrados-la oportunidad que buscaban para dejar sentir
sus ideas y su influencia en la lucha por la justicia para los indios. Estos
ideales
cristianos humanitarios se hicieron patentes en la legislación
colonial española y aunque no siempre triunfaron en la práctica impidieron que
los dominios
de España en el Nuevo Mundo degeneraran hasta convertirse en un
imperio dedicado tan sólo al expolio.
España poseía las diferentes
cualidades necesarias en una potencia colonial. Poseía los objetivos y los
medios. Por ello, no fue un mero hecho fortuito
que Colón ligara su fortuna a
la de Castilla. [8]-8 Antes ya había recurrido a otras potencias. Portugal
rechazó sus servicios, porque el progreso de la
especulación geográfica y la
experiencia adquirida en los círculos políticos y de negocios lo llevaron a
negarse a comprometerse en una hipótesis errónea.
En cualquier caso, Portugal
había invertido demasiado en las expediciones africanas y en la búsqueda de una
ruta directa hacia las especias orientales
por el sur como para interesarse
por los planes de un hombre cuyos cálculos acerca de las distancias eran tan
obviamente erróneos. Colón, que llegó demasiado
tarde para Portugal, apareció
demasiado pronto para el norte de Europa, pues mientras Portugal rechazó sus
planes porque en ese país existía un exceso
de conocimientos, potencias como
Francia e Inglaterra los rechazaron porque carecían de los conocimientos
suficientes. Sin embargo, en Castilla, donde
el genio y la tenacidad de Colón
coincidieron con la intuición y la imaginación de la reina Isabel, el terreno
estaba casi abonado para ese proyecto, aunque
fueron necesarios siete
años
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de esfuerzos para que fructificara
finalmente en 1492. Esos varios años de retraso son importantes. Si Colón no
hubiera pasado un decenio de su vida explicando
sus planes por toda la Europa
occidental, el papel de Castilla podría haber sido considerado como accidental.
Pero la respuesta de Isabel y el apoyo financiero
de los armadores y
negociantes de Niebla excluye por completo la casualidad, porque el proyecto
había sido ofrecido por todas partes y durante mucho tiempo.
Además, desde un
punto de vista determinante, el de la geografía, España era ideal para el
objetivo de Colón.
En efecto, probablemente de todas las
condiciones que favorecían a España las geográficas eran las más importantes.
Andalucía, punta de lanza de la reconquista,
era ya una región fronteriza,
con una larga experiencia en el contacto y el enfrentamiento con el islam, y
estaba preparada para convertir la reconquista
en conquista. Más aún,
Andalucía estaba situada en la intersección del Mediterráneo y el Atlántico y en
la latitud correcta. Los vientos y las corrientes
convertían a Sevilla -y a
Lisboa- en los lugares más adecuados desde los cuales enviar a los barcos hacia
el Atlántico para hacerlos regresar más tarde.
[9]-9 En consecuencia, desde
el primer momento Andalucía disfrutó de un monopolio virtual en las
comunicaciones y el comercio con las Indias y estuvo en
disposición de
convertirse en la puerta de España hacia América. Pero antes España tenía que
conquistar América.
LA CONQUISTA DE MÉXICO
Cortés desembarcó en México el 22 de
abril de 1519 al frente de unos 550 hombres y consiguió la rendición de la
capital azteca y de la sede del poder transcurridos
algo más de dos años, el
13 de agosto de 1521, encabezando un ejército de 900 españoles contra una
nutrida hueste de mexicanos. Diez años después, Pizarro
derrotó al inca en
Cajamarca y dio comienzo a la conquista de Perú enfrentándose con 168 españoles
a un ejército de decenas de millares de guerreros.
La conquista de América por unos
centenares de hombres en un período de tiempo asombrosamente corto no es
inexplicable, aunque las explicaciones son complejas.
El factor negativo
reside en la indefensión de las sociedades americanas frente a los ataques desde
el exterior. Las tensiones políticas existentes en
el seno de los imperios
azteca e inca, su total retraimiento, sus deficiencias militares y su tecnología
relativamente modesta se cuentan entre los factores
que los hacían
especialmente vulnerables a los ataques externos, mientras que sus estructuras
de gobierno, con una cabeza sobredimensionada, significaban
que sin la cabeza
el cuerpo carecería de la voluntad de resistir. En un sentido más positivo,
España poseía un conjunto de cualidades -políticas, técnicas
e ideológicas-
especialmente adecuadas para el papel de conquistador. A ellas
añadía
481
Bernardo de Vargas Machuca,
distinguido capitán de las guerras coloniales, la tenacidad y la voluntad de los
conquistadores, que él llamaba «fortaleza interior».
Pero entre las numerosas
ventajas que poseía España de cara a la aventura imperial, la llave que abrió
las puertas de América fue, sin duda, la capacidad
de reunir el poder militar
suficiente en el lugar y el momento oportunos. Se debate todavía la importancia
de las armas de fuego en el conjunto causal.
Mientras algunos historiadores
les atribuyen una influencia decisiva, para otros apenas tuvieron importancia.
Sin embargo, el hecho es que los españoles
las tenían, mientras que los
indios carecían de ellas. [10]-10
Se hace difícil calibrar los niveles
relativos de civilización entre Europa y América. Aunque se puede aceptar que el
indio americano vivía en la misma
armonía respecto de su medio que el español
europeo, en una situación de enfrentamiento entre ambos hay que presumir una
situación favorable para España.
El español del siglo XVI tenía la certeza de
que su tecnología era superior a la del indio y, desde luego lo era como
instrumento de poder. Los mexicanos,
que carecían de metales duros,
advirtieron inmediatamente las ventajas del hierro de los españoles. Los
mensajeros de Moctezuma informaron en este sentido:
«Sus arreos y sus armas
son de hierro. Llevan vestidos de hierro y cascos de hierro en sus cabezas. Sus
espadas son de hierro; sus arcos son de hierro;
sus escudos son de hierro y
también lo son sus lanzas». El relato azteca continúa: «Dijeron esto porque no
había hierro entre los nativos, sino sólo cobre».
[11]-11 Las armas de los
mexicanos eran primitivas según los parámetros europeos. Su arma más temible era
la macana, un garrote de madera con un filo muy
agudo de obsidiana, capaz de
infligir un daño mortal con sólo algunos golpes. Tenían, además, una variedad de
lanzas y espadas anchas con hojas de piedra.
Para lanzar proyectiles contaban
con la honda y los arcos. El arco largo les servía para disparar gran cantidad
de flechas y muy rápidamente. Su armadura,
el ixcahuipiles, se fabricaba con
un sólido algodón acolchado, que los protegía de las flechas y que algunos
españoles utilizaron por el clima.
Los aztecas tenían una organización
militar, oficiales y tropas profesionales y un sistema de reclutamiento para
campañas concretas. Pero sus conocimientos
tácticos eran rudimentarios y su
tendencia a luchar formando grupos masivos, en campo abierto, los hacía
vulnerables a las armas de fuego y a cualquier
tipo de proyectil. Es cierto
que se adaptaron rápidamente a los movimientos de los españoles, aprendiendo a
protegerse, a preparar emboscadas y a situarse
en un terreno poco adecuado
para las maniobras de la caballería. Pero su mayor riesgo era su visión
religiosa de la guerra, que dificultaba sus acciones
en distintas formas. Su
preocupación por los sacrificios humanos los llevaba a intentar hacer
prisioneros en lugar de conseguir cadáveres y sus tradiciones
litúrgicas, que
insistían en que las operaciones militares debían ir precedidas de
un
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complejo ceremonial, servían para
alertar a los españoles, que gracias a ello pudieron librarse del desastre en
más de una ocasión.
Los incas, al igual que los aztecas,
no carecían de capacidad técnica e industrial. Sin embargo, pese a todos los
logros de su civilización, no disponían
siquiera de la tecnología básica de
los europeos contemporáneos. No tenían armas de metales duros, ni vehículos con
ruedas, ni caballos. Frente al acero
español, sus armas eran de madera, de
piedra, de cuero y de bronce, mientras que fabricaban su armadura defensiva con
algodón acolchado, poseyendo además
gruesos cascos de lana o de madera. No
era en absoluto agradable enfrentarse con sus mazas y hachas en la lucha cuerpo
a cuerpo, pero no les daban una
gran potencia de choque. Sus proyectiles
consistían en hondas y jabalinas, y algunos indios peruanos utilizaban arcos y
flechas. Frecuentemente causaban
importantes bajas entre los españoles
haciendo rodar piedras por las laderas de las montañas.
La superioridad de los españoles en
cuanto al armamento y, sobre todo, su posesión de armas de fuego era, en último
extremo, un reflejo de la tecnología
superior de Europa. Sin embargo, el
poder militar de España se veía estimulado también por su expansionismo
dinámico. En las primeras fases de esa expansión,
en Granada y en el
Mediterráneo, los españoles habían adquirido nueva experiencia militar y, en
especial, habían comenzado a experimentar con el uso táctico
de las armas de
fuego, con la artillería y pequeñas armas o «piezas sutiles» según la
terminología contemporánea. La conquista de América se produjo en
un momento
de transición por lo que respecta al armamento europeo, en el que las armas
antiguas iban dejando paso a otras nuevas. A comienzos del siglo
XVI, la
infantería española poseía las armas tradicionales, la espada, la pica y la
ballesta. La espada era fundamental, ya fuera la espada corta, de doble
filo,
para cortar, o el estoque largo para embestir. Se trataba de un arma poderosa en
manos de un infante preparado. Como señaló el infante y cronista
Bernal Díaz,
los espadas españoles dieron a los mexicanos «un mal año de estacadas». [12]-12
También la pica era un arma básica en una unidad de infantería,
indispensable
para hacer frente a las cargas de caballería, cargas que en América procedían de
grupos de españoles rivales más que de los indios, que carecían
de caballos,
y de esta forma la pica se convirtió en un arma característica de las guerras
civiles en Perú. En el Nuevo Mundo los españoles desplegaron
la caballería
ligera armada con la lanza jineta, de tres o cuatro metros de longitud con una
punta de metal. Entre las armas para lanzar proyectiles la
ballesta de metal
era valorada todavía en el siglo XVI por su gran potencia de disparo, aunque no
tenía el alcance y la velocidad de los arcos amerindios.
En Europa, la
ballesta quedó obsoleta a partir del decenio de 1520. En América, donde existía
un retraso de algunos años en la introducción de nuevas armas,
ya había sido
totalmente abandonada en favor de las armas de fuego en los años de
1540.
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El arcabuz, que disparaba pelotas de
plomo o de estaño, era la más novedosa de las armas europeas y el arma de fuego
más común durante la conquista. Sus
ventajas técnicas no fueron evidentes de
forma inmediata. No era mucho más precisa que la ballesta, su alcance sólo era
algo mayor -eficaz hasta los 400
metros- y su velocidad de disparo era
ligeramente mayor. Pero sus especificaciones mejoraron constantemente, así como
la habilidad de los tiradores. Según
se afirma, «fue Gonzalo Pizarro ...
diestro arcabucero y ballestero; con un arco de bodoques pintaba lo que quería
en la pared». [13]-13 De cualquier manera,
el arcabuz presentaba ventajas
específicas: era un arma sencilla y segura, que consistía básicamente en un tubo
de hierro forjado sellado en un extremo,
con una boca y una cazoleta, de
manera que poco era lo que podía funcionar mal. Los españoles, que fueron los
primeros en sustituir la pistola que se disparaba
desde el pecho por el
arcabuz, en el que la forma de la culata permitía apuntar desde el hombro,
fueron también las primeras tropas europeas en utilizar
el arcabuz de forma
sistemática. En 1500 los ejércitos españoles utilizaban el arcabuz de mecha casi
tanto como la ballesta. En 1495, Colón solicitó 100
espingardas (equivalentes
al arcabuz) y 100 ballestas para equipar a los 200 soldados que le acompañaron
en su segundc viaje. El arcabuz avanzó desde esa
posición de igualdad hasta
desplazar a la ballesta, hacia 1530 en Europa y hacia 1540 en América. Es
difícil precisar la cronología exacta de su introducción
en el Nuevo Mundo,
pues las descripciones que nos han dejado los cronistas de la conquista no son
lo bastante precisas como para identificar con exactitud
los modelos
concretos utilizados en México y Perú. Casi con toda seguridad no poseían un
calibre estándar, que no se desarrolló en España hasta el decenio
de
1540.
Los conquistadores también llevaron
consigo de España la artillería más moderna. De esta forma se beneficiaron de
los importantes cambios que experimentó
el armamento en Europa. En el curso
del siglo xv los ejércitos habían abandonado los grandes cañones medievales con
sus enormes calibres y construyeron
piezas de artillería más pequeñas y
ligeras. Esas nuevas piezas, que iban, por su tamaño, desde el cañón a la
culebrina y el falconete, se fabricaban generalmente
de bronce, y en
ocasiones de hierro, y disparaban bolas de hierro. Se montaban sobre carros con
ruedas, se cargaban por la boca y el tubo del arma rotaba
para los diferentes
alcances. Todavía no existía un calibre estándar. Probablemente, la artillería
utilizada en la conquista fue de pequeño tamaño, pero
pese a ello era lenta,
pesada y consumía demasiada pólvora. Por todas esas razones el número de piezas
utilizadas durante la conquista no fue elevado.
En abril de 1521 Cortés
menciona que poseía «tres tiros gruesos de hierro y quince tiros de bronce».
[14]-14 Podía tratarse de culebrinas de tamaño medio
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(12 kg) y pequeñas (6 kg). Por su
parte, Bernal Díaz afirma que Cortés contaba con diez piezas de bronce y algunos
falconetes al iniciarse la conquista
de México. Al finalizar su campaña
Cortés enumera setenta piezas, algunas de las cuales las había llevado consigo,
mientras que otras las había obtenido
en los barcos de aprovisionamiento o
las había comprado en los talleres locales. Las piezas de artillería, a pesar de
las ruedas, eran un arma difícil
de mover, a menos que fueran transportadas
por un barco. Es significativo que Cortés desplegara su artillería con más
eficacia cuando montó las piezas
en los barcos para librar una especie de
guerra naval en el gran lago en el que se hallaba situada la ciudad de
México.
Finalmente, los conquistadores
transportaron caballos al Nuevo Mundo. A partir del segundo viaje de Colón los
españoles enviaron caballos en todas las flotas
y organizaron también centros
de cría de caballos en Cuba y Jamaica, que suministraban a las expediciones del
continente. De todas formas, la mayor parte
de los soldados luchaban a pie y
los caballos escasearon durante muchos años, quedando reservados para los
oficiales y los hombres adinerados. Cortés llevó
consigo solamente 16
caballos a Nueva España y Pizarro tenía únicamente 30 cuando inició la conquista
de Perú. Los indios se asombraban al ver los caballos
y al principio creían
que caballo y jinete eran un solo individuo, y cuando los aztecas hacían
prisioneros entre la caballería española decapitaban tanto
a los caballos
como a los hombres. El asombro dejaba paso al terror y el caballo tuvo tan sólo
un valor militar. Como observara Vargas Machuca, «los caballos
son especie de
armas». [15]-15 En último extremo, fue la caballería el factor que aseguró a los
conquistadores el predominio sobre los indios. Los caballos,
utilizados con
habilidad, fueron la clave de la conquista, sin cuya existencia ésta habría sido
más lenta y costosa. Cortés afirmó que «nuestras vidas
dependían de los
caballos», lo cual es cierto. Frente a estas nuevas armas, los indios sólo
contaban con su armamento tradicional, el que utilizaban contra
los hombres,
y solamente las boleadoras y las lanzas más largas les permitían oponerse a los
caballos con alguna posibilidad de éxito.
Aunque algunos de los conquistadores
habían adquirido experiencia de combate en Europa, las tácticas que habían
aprendido eran de escaso valor frente a
un enemigo que no se comportaba como
los europeos y en un terreno que planteaba problemas nuevos cada día. La
organización basada en el tercio, un cuadrado
formado por piqueros y rodeado
por armas de fuego, era improcedente en América, donde era más adecuada la
organización en comandos. De cualquier forma,
los conquistadores no poseían
un poder de fuego masivo. En los primeros años de la conquista, las armas de
fuego escaseaban y su lentitud no podía ser
compensada con el número. Por
tanto, no desempeñaron un papel fundamental en las tácticas de la conquista y
los conquistadores no proyectaron su acción
en torno a ellas. Sin embargo,
aun cuando su potencia de fuego fuera limitada, las nuevas armas dieron a los
españoles una ventaja psicológica que
485
es imposible precisar pero que era
importante, ya que provocaron sorpresa y terror en una población que no las
entendía ni las conocía. En cuanto se enteró
de que los españoles habían
desembarcado en la costa de México, Moctezuma envió mensajeros desde la capital
para que investigaran y le informaran. Cortés
intentó deliberadamente
aterrorizar a los mensajeros disparando un arcabuz delante de ellos. Según una
crónica azteca: «Los mensajeros perdieron el sentido
y se desmayaron. Cayeron
uno junto a otro y permanecieron tumbados donde habían caído. Pero los españoles
no tardaron en revivirlos; los levantaron, les
dieron vino para beber y les
ofrecieron algo de comer». Los indios regresaron rápidamente a la ciudad de
México e informaron a su jefe. «Cuando Moctezuma
escuchó su informe, le
invadió el terror ... Era como si se hubiera apoderado de él la desesperación.»
[16]-16
Cortés desembarcó en México en abril
de 1519 con unos 550 hombres y 16 caballos. Contaba, en su infantería, con unas
50 ballestas y 30 arcabuces. Posteriormente,
recibió repuestos y nuevos
suministros, pero su fuerza nunca fue importante y las armas básicas con las que
luchaba eran la espada y el caballo. Cuanto
más avanzaba hacia el interior
más evidente era su escasez de hombres y más vulnerable parecía. Tuvo que
adaptar su táctica a la situación, tratando de
explotar el odio que sentían
los tlaxcaltecas hacia los aztecas y de reclutar aliados en la sociedad india.
Recurrió también al terror y la violencia,
y se mostró especialmente duro con
aquellos indios a los que consideraba sospechosos de mentira y traición. Así, en
Cholula, alegando que los indios intentaban
matarlo, y deseoso de hacer una
advertencia a Moctezuma, reunió de pronto a los jefes: «Cortés mandó matar
algunos de aquellos capitanes, y los demás dejó
atados. Hizo desparar la
escopeta, que era la seña, y arremetieron con gran ímpetu y enojo todos los
españoles y sus amigos a los del pueblo. Hicieron
como en el estrecho en que
estaban, y en dos horas mataron seis mil y más». [17]-17 Pero estas tácticas no
consiguieron salvar a los invasores durante
su primera ocupación de la ciudad
de México, en que fueron superados por el número de sus enemigos y el 20 de
junio de 1520, en una noche de desastre,
la legendaria noche triste, fueron
rechazados en las calzadas que conducen a la ciudad y perdieron todos sus
cañones y armas pequeñas, las dos terceras
partes de sus caballos y más de la
mitad de los hombres.
Cortés pasó prácticamente un año en
Tlaxcala, reagrupando sus fuerzas y organizando refuerzos y suministros, al
tiempo que preparaba un nuevo plan. México
Tenochtitlán se hallaba situada en
un lago y se llegaba a ella a través de una serie de calzadas. Cortés creía que
esa ventaja topográfica podía ser neutralizada
utilizando barcos armados que
transportaran las tropas y armas de fuego, es decir, mediante una fuerza naval.
Formulado el plan, fue inmediatamente llevado
a la práctica y en ese aspecto
la superioridad de la tecnología española
486
era manifiesta. Partiendo casi de la
nada, los españoles construyeron 13 bergantines de guerra, carabelas en
miniatura. Su éxito consistió en su habilidad
para adaptar las técnicas
europeas a los recursos locales. Los artesanos y técnicos salieron de sus
propias filas; reclutaron la mano de obra entre sus
aliados indios;
seleccionaron la madera de entre la de mejor calidad que existía localmente; y
la brea, cuyo uso era desconocido para los mexicanos, la
buscaron y
encontraron en los pinares de Huachipingo. Tras un notable éxito en la
construcción de los barcos, éstos fueron transportados, en partes
prefabricadas,
por portadores nativos hasta unos canales abrigados,
construidos especialmente al borde del gran lago en el que se hallaba situada la
capital. [18]-18
El éxito de la batalla de México se
debió a la utilización de una fuerza muy integrada. Las armas de fuego
desempeñaron un papel importante. Utilizadas
como potencia naval, adquirieron
una movilidad que normalmente no poseían y contribuyeron enormemente a la
conquista. Como afirmó Cortés: «los bergatines
llegaron por la una parte y
por la otra de la calzada; y como con ellos se podia llegar muy bien cerca de
los enemigos, con los tiros y escopetas y ballestas
hacíanles mucho daño».
[19]-19 El poder naval de los conquistadores y su posición logística dependía
del apoyo de aliados que les permitiera conseguir
mano de obra para el
transporte, pero dependía también de la versatilidad técnica de los españoles.
En último extremo, consiguió quebrantar las defensas
de los indios para que
pudieran penetrar la caballería y la infantería y pudieran atacar los mexicanos
aliados. Sin embargo, ninguna de esas armas consiguió
culminar con éxito el
asedio. Transcurridos 45 días no había indicio alguno de capitulación, y la
pólvora se había agotado casi por completo. En esa tesitura,
Cortés se
decidió a poner en práctica una política de destrucción implacable. Provocó la
inanición de los aztecas, realizó bombardeos masivos y consiguió
su sumisión,
capturó a su jefe y redujo a ruinas su capital.
Cuando perseveró en su victoria de
1521 con el envío de expediciones hacia el norte, el sur y el oeste para ampliar
la conquista, estos factores militares
interdependientes continuaron
operando. La rapidez con que actuaron los españoles les permitió explotar el
dominio azteca, su sistema de recaudar tributos
y de ejercer el control. Así,
los españoles podían conservar el antiguo orden, al menos en parte, si podían
actuar antes de que se desplomara por completo.
En esta fase de la conquista,
cuando el problema consistía en conservar lo que se había conseguido, Cortés dio
gran importancia a la acumulación de piezas
de artillería y de armas
pequeñas, que se convirtieron en un elemento fundamental de la
conquista.
487
LA CONQUISTA DE PERÚ
Un relato similar, con variaciones
locales, puede hacerse de la conquista de Perú. [20]-20 En cada caso, el factor
decisivo no fue tanto el dominio de un
arma particular sino la improvisación
táctica: el uso eficaz de la caballería cuando el terreno lo permitía, la
potencia de fuego cuando existía y la infantería
en todos los casos. Si estos
métodos tardaron más en triunfar en Perú fue, en parte, porque los
conquistadores se disputaron los despojos y se enzarzaron
en una guerra
civil. Es un hecho también que, en un principio, la expedición de Pizarro sufría
de escasez de armas para disparar. Sin embargo, Pizarro
tenía la ventaja que
le daba un decenio de progreso en las armas de fuego, del que habría tenido
conocimiento en su visita a España en 1528, durante la
cual habría obtenido
mayores suministros y los últimos modelos. Además, llevó consigo a Perú a un
especialista en artillería, el griego Pedro de Candia,
que fue a esta campaña
con una comisión real. Lo cierto es que por razones de coste, de disponibilidad
o de táctica, Pizarro no organizó la expedición
en torno a las armas de
fuego. Contaba, en proporción, con menos armas de fuego que Cortés diez años
antes, y los primeros cronistas de sus campañas no
hacen prácticamente
ninguna alusión al armamento.
Pizarro partió hacia Panamá en 1530
con unos 180 hombres y 30 caballos para conquistar Perú. Su campaña siguió un
esquema clásico. La explotación de las
divisiones políticas, el recurso a
rápidas operaciones que aterrorizaban a la población y la captura de los jefes
recuerdan las tácticas de Cortés en México.
En otros aspectos, los
conquistadores de Perú eran más experimentados, disciplinados y calculadores que
los seguidores de Cortés y tenían un espíritu más
emprendedor. La llegada de
Pizarro a Túmbez, en la costa septentrional de Perú, coincidió con una guerra de
sucesión y con el derrocamiento del inca Huáscar
por su hermanastro
Atahualpa. Los informes recibidos por Pizarro acerca de este conflicto le
impulsaron a abandonar su base de Túmbez para penetrar hacia
el interior en
1532. En el camino hacia Cajamarca, según el soldado-cronista Francisco de
Xerez, Pizarro tenía «sesenta y siete de a caballo y ciento diez
de a pie,
tres dellos escopeteros y algunos ballesteros». [21]-21 Otros dan cifras más
altas, pero el número no parecía importar. Una vez en Cajamarca,
el 16 de
noviembre, los españoles invitaron a Atahualpa a entrevistarse con ellos, le
tendieron una emboscada en la plaza principal, mataron a la mayor
parte de
los componentes de su séquito e hicieron prisionero al propio inca. La
implacable carnicería de los indefensos seguidores de Atahualpa se
realizó
por medio de la lanza, la espada y el puñal. «Y allí en la plaza cayó
tanta gente una sobre otra que se ahogaron muchos.» [22]-22 Sin perder un solo
español,
los hombres
488
de Pizarro masacraron a unos 7.000
indios, lo que constituye una medida de su desesperación y de su
crueldad.
Pizarro recibió refuerzos españoles,
aumentando hasta 600 el número de sus hombres, mientras que las fuerzas del
inca, privadas de su jefe, no pudieron
aprovechar la ventaja de su
superioridad numérica ni resistir el avance de los conquistadores. En las duras
batallas que se libraron en el camino hacia
Cuzco los caballeros, arqueros y
lanceros españoles fueron los guerreros dominantes. Los incas se sentían
aterrados por los arcabuces, a los que llamaban
illapa, porque creían que la
explosión era el trueno del cielo y que sus dueños eran los hijos del Sol. Más
aún les impresionaban los caballos, como comenta
Garcilaso: «Y así ninguna
cosa los admiró tanto para que tuviesen a los españoles por dioses, y se
sujetasen a ellos en la primera conquista, como verlos
pelear sobre animales
tan feroces, como al perecer de ellos son los caballos, y verles tirar con
arcabuces, y matar al enemigo a doscientos y a trescientos
pasos». [23]-23
Los caballos eran el factor fundamental, que daba a los españoles su movilidad y
la posibilidad de luchar contra los ejércitos incas desde
mayor altura. A
pesar de las dificultades, los españoles consiguieron hacer pasar a los caballos
incluso por los puentes incas. Los caballos compensaban
la dificultad de
respirar que experimentaba la infantería al tener que moverse por las altitudes
peruanas con el peso de la armadura de acero y de sus
elegantes
morriones.
Los habitantes de Cuzco no opusieron
resistencia, permaneciendo en actitud pasiva en la ciudad que fue conquistada el
15 de noviembre de 1533, siendo ocupada
y despojada de sus tesoros.
Sistemáticamente se ocuparon los principales centros del imperio inca y en 1535,
es decir en menos de 5 años, la conquista
de Perú había sido completada. Se
produjo entonces (entre 1536 y 1537) una violenta rebelión india encabezada por
Manco Inca, sucesor de Huáscar, que sitió
Cuzco y cortó las líneas de
aprovisionamiento desde la costa. Los dos centenares de españoles que había en
Cuzco eran ampliamente superados en número por
las decenas de millares de
indios, que se movían con tanta rapidez en las montañas que la infantería
española no conseguía alcanzarlos. Los españoles sufrieron
gran cantidad de
bajas en esa rebelión, especialmente entre la infantería, que tenía que
mantenerse muy próxima a la caballería para no verse abrumada
por la
superioridad numérica de los indios. Aunque los españoles sólo tenían 70 u 80
caballos, éstos fueron su salvación, tal como informó el cronista
Pedro
Pizarro: «a los de a caballo [los indios] temían mucho porque los alcanzaban y
mataban pasando por ellos». [24]-24 No era fácil evitar la dispersión
de los
nutridos ejércitos indios y garantizar su aprovisionamiento y poco a poco la
rebelión se apagó por sí sola, con una cierta intervención de los
españoles.
Así pues, durante la conquista y pacificación de Perú, las armas
de fuego no fueron dominantes ni decisivas. Eran escasas, viejas y son
prácticamente
489
ignoradas por los cronistas. Durante
la segunda rebelión de Manco Inca (1538-1539) las armas de fuego destacaron por
su ineficacia: los españoles perdieron
una batalla decisiva en Oncoy y no
pudieron hacer prisionero a Manco cuando sus cinco arcabuceros fueron superados
por el enemigo al no poder cargar sus
armas con la suficiente
rapidez.
Sólo durante las guerras civiles,
cuando las dos facciones luchaban por las tierras, la mano de obra y otros
beneficios del imperio, comenzaron las armas
de fuego a desempeñar un papel
importante en Perú, primero durante la lucha entre los Pizarro y los almagristas
(1537-1542) y luego durante la rebelión
de Gonzalo Pizarro (1544-1548). En
este período, Perú superó el desfase con Europa respecto al armamento y adquirió
importantes suministros de los últimos
modelos, de los que pudieron disponer
no sólo los insurgentes sino también las autoridades. En 1548, en la vigilia de
la batalla de Jaquijahuana, la armada
imperial poseía en Perú: «seis tiros,
setecientos arcabuceros, quinientos piqueros, cuatrocientos de a caballo, y de
allí hasta llegar a Xaquixaguana se
recogieron hasta número de mil y
novecientos hombres». [25]-25 Las armas de fuego se habían convertido en un
armamento habitual.
Consecuentemente, la guerra
definitiva contra el enclave inca se libró con una potencia de fuego masiva. El
virrey Francisco de Toledo la dirigió de forma
implacable contra los
supervivientes incas en la campaña de Vilcabamba de 1572, que fue el último
enfrentamiento trágico entre los viejos y los nuevos
sistemas de armamento.
La batalla de Coyaochaca, donde los indios avanzaron hacia los letales arcabuces
armados con simples lanzas, mazas y flechas, fue
un conflicto entre dos
culturas, casi entre dos épocas. Las armas tradicionales de los incas,
utilizadas en la lucha cuerpo a cuerpo, no podían hacer frente
a las armas de
fuego españolas, ahora lo bastante precisas como para eliminar individualmente a
los jefes indios. La fuerza expedicionaria persiguió a
los incas a través de
Chuquillusca, sofocando todavía la resistencia con su artillería y sus
arcabuces. Los fugitivos perdieron el fortín de Huaya Pucara
ante el fuego de
la artillería, lo que dejó abierto el camino hacia la última ciudad libre de los
incas, Vilcabamba, que se hallaba ya abandonada.
Así pues, la superioridad militar de
los españoles en el Nuevo Mundo fue fruto de una conjunción de circunstancias y
una combinación de diferentes armas.
El poder y el terror que desplegaron los
primeros conquistadores fueron resumidos por el cronista López de Gómara:
«Maravillábanse de ver comer y correr
a los caballos. Temían el resplandor de
las espadas. Caíanse en el suelo del golpe y estruendo que hacía la artillería,
y pensaban que se hundía el cielo
a truenos y rayos». [26]-26 Cortés creía
que había sido la superioridad de las armas la que había permitido a los
españoles sobrevivir a la abrumadora
superioridad numérica del enemigo.
Durante su preparación del segundo ataque contra México envió una expedición a
La Española en busca de «caballos y armas
y
490
ballestas y pólvora, porque esto es
lo que en estas partes es más necesario; porque peones y rodeleros aprovechan
muy poco solos, por ser tanta cantidad
de gente y tener tan fuertes y grandes
ciudades y fortalezas». [27]-27 Las armas de fuego presentaban una doble
ventaja. Daban a los españoles una superioridad
específica en los
enfrentamientos a corta distancia y no exigían una gran habilidad y una gran
preparación. Pero hubo importantes enfrentamientos en los
que las armas de
fuego fueron escasas o faltaron por completo. Entonces, las espadas, los puñales
y las lanzas demostraron su importancia, resultando ser
demasiado poderosas
para los cuerpos mal protegidos de los indios. Pero los soldados de infantería
luchaban bajo la protección de los hombres de la caballería,
cuya ventaja
radicaba en su mayor altura y movilidad. Con los caballos, la superioridad de
los españoles era total. Es cierto que tenían que soportar andanadas
de
flechas lanzadas con rapidez, pero la armadura de los españoles les permitía
protegerse de las armas de los indios, mientras que las armaduras de
los
indios no les protegían lo suficiente frente a los
españoles.
Las armas de la conquista eran
suministradas por los mercaderes, no por el Estado. La conquista y la ocupación
fueron financiadas por la empresa privada
como una inversión ante la
expectativa de obtener beneficios. El jefe a quien se confiaba la ocupación de
nuevos territorios tenía que organizar su expedición
por su propia cuenta,
reclutando oficiales, tropas y marineros y consiguiendo barcos, armamento,
suministros y caballos. Intentaba sufragar esos gastos
por dos
procedimientos: en primer lugar, consiguiendo que los comerciantes y otros
capitalistas invirtieran en la expedición adelantando el dinero
necesario
para comprar armas y provisiones; en segundo lugar, atrayéndose a
hombres que aportaran sus propias armas, caballos y séquito con la esperanza de
conseguir
tierras como recompensa. El caso del propio Cortés ejemplifica bien
este proceso, cuando preparaba su expedición en Cuba. Tal como afirmó de él
Bernal
Díaz:
Pues para hacer estos gastos que he
dicho no tenía de qué, porque en aquella sazón estaba muy adeudado y pobre,
puesto que tenía buenos indios y encomienda
y sacaba oro de las minas ... Y
como unos mercaderes amigos suyos le vieron con aquel cargo de capitán general,
le prestaron cuatro mil pesos de oro y
le dieron fiados otros cuatro mil en
mercaderías sobre sus indios y hacienda y fianzas.
Díaz, un típico soldado de infantería
de posición modesta, estaba preocupado por los costes:
Como había muchas deudas entre
nosotros, que debíamos de ballestas a cincuenta y a sesenta pesos, y de una
escopeta ciento y de un caballo ochocientos y
novecientos pesos, y otros de
una espada cincuenta, y de esta manera eran tan caras todas las cosas que
habíamos comprado, pues un cirujano, que se llamaba
maestre
491
Juan, que curaba algunas malas
heridas y se igualaba por la cura a excesivos precios, y también un medio
matasanos ... demandaban que las pagásemos de las
partes que nos daban.
[28]-28
A pesar de que tenían reputación de
lo contrario, los comerciantes españoles también participaban del espíritu
emprendedor del siglo XVI y buscaban mercados
para las armas en las
diferentes partes del mundo, incluida América. La conquista fue una colaboración
entre la corona, los soldados y los comerciantes.
En general, los españoles
conquistaron América con muy pocas bajas. La pérdida de 600 hombres durante la
noche triste en México Tenochtitlán, fue excepcional.
Incluso en las duras
campañas de Cortés, Pizarro, Almagro y los otros grandes conquistadores las
pérdidas de los españoles fueron muy reducidas. En cambio,
los indios
sufrieron ingentes bajas y los campos de batalla que contemplaron el avance de
las armas españolas quedaban cubiertos con sus cadáveres. Las
bajas de los
indios son un testimonio de la superioridad de las armas españolas y de sus
armaduras. En el inicio de la conquista las armas de fuego desempeñaron
un
papel secundario, pero en las últimas fases eran fundamentales. Por otra parte,
en el período posterior a la conquista se convirtieron en un
poderoso
disuasor de las rebeliones indias.
EL COMERCIO DE LAS
INDIAS
A medida que avanzaba la conquista,
también progresó el comercio, otra de las formas en que España se apropió de
América. La actividad comercial pronto
quedó limitada, en España, a Sevilla y
sus puertos satélites del Guadalquivir y era un monopolio en manos de una
corporación de las casas mercantiles sevillanas,
conocida como el Consulado.
Ciertamente, al establecer esas restricciones, la corona actuaba en función de
consideraciones políticas, religiosas y estratégicas,
así como fiscales y
económicas. Pero aunque era un monopolio legal -criticado desde el primer
momento- tenía su fundamento en la realidad y correspondía
a una serie de
condiciones técnicas y geográficas.
Es cierto que en 1495 Cádiz fue
designado como el puerto de salida y por una Ordenanza del 14 de febrero de
1503, que organizaba en Sevilla la Casa de la
Contratación, un organismo que
administraba las relaciones económicas entre España y las Indias, se decretó la
obligación de que todos los barcos procedentes
de las colonias utilizaran
únicamente el puerto de Sevilla, definiendo así de forma permanente el monopolio
sevillano y el derecho exclusivo de Castilla
en la relación con los nuevos
descubrimientos. [29]-29 Pero las disposiciones
492
de 1495 y 1503 no hacían sino
registrar hechos existentes. En sus contratos con los organizadores de
expediciones, el primero de los cuales fue Colón, el
Estado se limitaba a
reservarse el papel de registrar, garantizar y arbitrar cualquier futura
reclamación. La elección de los puertos dependía, originalmente,
de la
iniciativa privada, y Colón eligió Cádiz y Sevilla. Todas las expediciones que
se organizaron entre 1492 y 1510 partieron desde Andalucía. En
otras
palabras, fueron los expertos de la época los que eligieron Andalucía,
primero Niebla y luego, debido al volumen cada vez mayor de las expediciones,
los
puertos del Guadalquivir, Cádiz, Sevilla y Sánlúcar. En favor de Sevilla
jugaba un factor decisivo, que ya era un centro comercial, de finanzas y de
la
administración y, por tanto, tenia el personal y los organismos a través
de los cuales el Estado podía controlar las nuevas empresas, utilizando
Cádiz
y Sanlúcar como puertos en la costa atlántica. Por tanto, no se
pretendió conceder un monopolio a un solo puerto sino a una serie de ellos y a
toda una
región, de la que Sevilla era su capital interior.
Así pues, la solución del monopolio
fue decidida por expertos y superó la prueba del tiempo y de la experiencia.
Pero cabe preguntarse por qué, además de
excluir a otros estados -práctica
universal en esa época- y a otros reinos de España -signo de la hegemonía de
Castilla- excluyó también España a otros
puertos como Valencia, Barcelona, La
Coruña y Bilbao. La respuesta es que antes de que el Estado los excluyera, lo
había hecho la naturaleza. No habría
sido razonable añadir más dificultades a
una travesía del Atlántico ya de por sí difícil. La navegación desde los puertos
del Mediterráneo quedó excluida
porque dependía de la existencia de vientos y
corrientes favorables para navegar por el estrecho de Gibraltar, siendo además
un trayecto añadido en una
región totalmente expuesta a los ataques de los
piratas berberiscos. La costa cántabra estaba mejor situada, pero no podía
competir con las ventajas de
que gozaba el suroeste de España en cuanto al
viento y la corriente, en un momento en que la velocidad y la elección del
momento oportuno eran fundamentales
y en que escaseaban los pilotos bien
preparados. Y así como los piratas berberiscos amenazaban la intersección entre
el Mediterráneo y el Atlántico, también
los corsarios franceses, y más tarde
los ingleses y holandeses, infestaban las rutas entre el norte de España y las
costas del Atlántico sur. Antes de
que se dispusiera de medios adecuados para
medir la longitud, cualquier barco que pretendiera dirigirse a América desde el
norte de España tenía que navegar
por la costa hasta el cabo San Vicente y
era precisamente a la costa adonde los piratas del norte dirigían sus ataques,
pues no tenían muchas oportunidades
de encontrar a sus presas en medio del
océano. Si el comercio de las Indias se hubiera dirigido hacia el norte, habría
quedado expuesto a los ataques de
los piratas y habría sido un blanco más
tentador que el comercio europeo de España porque era mucho más valioso.
Finalmente, las condiciones económicas
reforzaban los factores geográficos y
tácticos. La costa montañosa del norte era menos favorable que el sur por lo que
respecta al potencial agrícola.
Los tres productos agrícolas principales eran
el trigo, el vino y el aceite, y aunque no siempre era posible exportarlos,
cuando lo era procedían de Andalucía,
que, en
493
consecuencia, suministraba lo
necesario para el sustento de las tripulaciones, los emigrantes y los
colonizadores de unas fuentes que podían acceder fácilmente
a su
puerto.
Naturalmente, también el Estado tenía
sus intereses. Sus representantes consideraron conveniente apoyar los factores
naturales del monopolio. Tanto por
razones políticas, como fiscales, el
gobierno español deseaba ejercer un control exclusivo sobre las relaciones con
el Nuevo Mundo, para impedir la emigración
de elementos peligrosos para la
seguridad política y religiosa. En el siglo XVI ambas cosas eran casi
inseparables y a la vista de las pretensiones de
los hugonotes en Florida y
de la colaboración inglesa con los cimarrones, de inclinaciones islámicas, de
Tierra Firme, la política española no puede calificarse
sino de realista. Era
igualmente vital ejercer el control sobre el envío de armas y de literatura
subversiva, así como concentrar todos los medios de defensa
para que fueran
más eficaces. En definitiva, el interés de la corona en que un solo puerto
controlase todo el comercio indiano era evidente y no tardó
en organizar una
administración monopolística, que se inició con la burocracia embrionaria de la
que se rodeó el obispo Juan Rodríguez de Fonseca, consejero
colonial de la
reina Isabel. En 1503 fructificó en la Casa de la Contratación, que encontró en
Sevilla su sede natural. La Casa, que dependía de la corona,
era el
instrumento fundamental del monopolio, ya que controlaba las flotas, los
cargamentos y a todos aquellos que participaban en el comercio y la
colonización.
En 1524 pasó a depender del Consejo de las Indias, fundado ese
mismo año, que puso fin a la dirección personal de la administración colonial
que había
ejercido Fonseca y que se convirtió en el organismo fundamental de
la corona para el gobierno colonial, mientras que la Casa de la Contratación se
especializaba
en los asuntos económicos.
Ahora bien, la política de la corona
fue más flexible que la de los armadores y comerciantes privados. Un edicto de
Carlos V, que vio la luz en 1529, abrió
la posibilidad de que el viaje de ida
comenzara en otros puertos además de Sevilla, y durante un tiempo se pudo pensar
en una modificación del rígido monopolio.
[30]-30 Pero estas medidas nunca se
aplicaron realmente, en parte por la oposición de los monopolistas, y en parte
porque el gobierno pronto consideró
necesario controlar la importación de
metales preciosos y sobre todo, tal vez, porque los puertos que podían haberse
beneficiado de ellas no lo intentaron
seriamente, ya que era poco factible.
Por ello, esa ley se derogó y en cualquier caso el desarrollo gradual del
sistema de convoyes reforzó el monopolio.
No quiere esto decir, por supuesto,
que siempre fuera efectivo, ya que el fraude era importante y especialmente en
el viaje de vuelta muchas mercancías
y metales preciosos escapaban a través
de Galicia, Gibraltar y Portugal. Pero, en conjunto, el monopolio fue respetado,
hasta el 97 por 100 en el viaje
de ida durante más de una centuria, y entre
el 96-98 por 100 [31]-31 en el viaje de vuelta. Esto por lo que respecta al
monopolio en España. Fuera de ella
estaba el intruso extranjero,
que
494
desarrollaba un comercio ilegal, no
oficial, y ante el cual la resistencia en América fue diversa en función del
volumen de comercio oficial que recibían
las colonias de la madre patria. Si
éste era insuficiente, entonces los colonos -con frecuencia con la connivencia
de los oficiales locales- estaban dispuestos
a transgredir la ley y comerciar
con los extranjeros, como ocurrió en los decenios de 1540 y 1560, cuando
comerciaron en el Caribe los intrusos franceses,
portugueses e ingleses. Sin
embargo, aunque la presencia de comerciantes ilegales fue casi permanente, sólo
desde 1620 y, más aún, desde 1630, su actividad
empezó a hacer que no tuviera
sentido hablar de monopolio. Hasta entonces se mantuvo la supremacía de Sevilla,
y España recibió la parte del león de los
beneficios procedentes de
América.
Pero hablar del «monopolio de
Sevilla» significa ignorar la función que desempeñaron otras regiones de España.
Si Sevilla tenía el monopolio del comercio,
el norte de España, especialmente
Vizcaya, tenía el monopolio de la flota, ya que suministraba casi todos los
barcos españoles que participaban en el comercio
indiano. [32]-32 Hay que
decir que, en general, las provincias del norte de España desempeñaron un papel
importante en la expansión colonial. Los puertos
de El Ferrol y La Coruña
eran bases defensivas contra los piratas del norte. La riqueza del norte,
conseguida, como hemos visto, gracias a la pesca, la
metalurgia, la
construcción naval y la exportación de lana, suministraba capitales,
equipamiento y productos para el comercio, así como una gran parte
de los
recursos humanos. Durante una gran parte del siglo XVI ese suministro fue de
gran importancia. Entre 1520 y 1580 la región costera
septentrional
suministró al menos el 80 por 100 de los barcos que surcaban la
ruta de las Indias. Entre 1580 y 1610 descendió ese porcentaje hasta situarse en
el 50
por 100 y a partir del segundo cuarto del siglo XVII no fue, en este
aspecto, más que un proveedor más. Ese retroceso se produjo también en el
suministro
de hombres del mar y se reflejó en la despoblación de las ciudades
del norte, que perdieron una gran parte de su población en favor de las del sur.
Esas
regiones eran las que sufrían más directamente la actividad corsaria y
la supremacía marítima anglo-holandesa, y su prosperidad disminuyó cuando se
interrumpió
la ruta entre Bilbao y Amberes. [33]-33 Pero sólo eran una parte
de España. La decadencia temprana de un sector reducido de la península ha sido
una de
las razones que ha inducido a adelantar el inicio de la crisis
económica española. Ahora bien, el comercio indiano continuó floreciendo y
aportando riqueza
a sus dominadores mucho tiempo después de la década de
1580. Esto fue así, entre otras cosas, gracias a que España lo defendió cada vez
con mayor eficacia
frente a sus rivales.
La defensa del monopolio colonial se
basaba fundamentalmente en el control administrativo y en la protección naval.
Además, existían instalaciones militares
en los puntos clave del continente
americano. Cada barco que navegaba entre Sevilla y las indias tenía que
registrarse a la ida y a la vuelta en la Casa
de la Contratación, que llevaba
un registro con una información detallada del barco, la
495
compañía y el cargamento. Sin
embargo, los oficiales de la Casa estaban vinculados por lazos de familia y
amistad, por comunidad de intereses y por acuerdos
financieros más o menos
clandestinos con las grandes casas mercantiles del Consulado, la corporación a
la que pertenecían los monopolistas sevillanos.
Su tarea consistía en regular
el comercio, pero la recaudación de los derechos de aduana -el almojarifazgo que
había que pagar en los puertos españoles
y americanos donde los barcos
rendían viaje- se arrendaba por separado. Así pues, el registro de los barcos se
hacía cumplir con todo rigor, porque era
el medio de mantener el monopolio de
Sevilla. En cambio, el registro de las mercancías, que era la base para el
cálculo de los impuestos, se amañaba sistemáticamente
para ocultar la
naturaleza y el valor de los productos. Naturalmente, no era fácil ocultar la
cantidad global de las mercancías pero los bultos simplemente
se contaban, se
aceptaban las declaraciones formales acerca de su contenido y habitualmente la
Casa de la Contratación se oponía con éxito a la solicitud
de los
almojarifes, funcionarios de aduanas, para que se les permitiera abrirlos e
inspeccionarlos. Por ello, la base sobre la que se realizaban los
cálculos
tributarios era arbitraria, formal y en gran medida ficticia y,
además, los consignadores podían eludir totalmente el registro introduciendo las
mercancías
en los barcos de guerra que escoltaban a los convoyes mercantiles.
Debido a esa «psicosis de fraude», sólo es posible ofrecer una aproximación
cuantitativa
poco precisa respecto a la naturaleza de los envíos a las Indias
y se hace imposible calcular la cantidad creciente de productos extranjeros
enviados a
las Indias dentro del monopolio. [34]-34 Ahora bien, el monopolio
era objeto de constantes ataques desde el exterior.
Desde el principio fue necesario
proteger las comunicaciones entre España y las Indias de los ataques de
corsarios y piratas, y pronto fue necesario también
proteger el mercado
colonial de la actividad de los intrusos extranjeros, a los que los españoles
calificaban con el término genérico de corsarios. 1535
fue el último año de
paz para las Indias españolas en el siglo XVI. A partir de entonces los ataques
de los corsarios obligaron a la corona a dedicar cada
vez más fondos a las
defensas terrestres (fortificaciones, artillería y tropas) y, asimismo, a las
defensas navales, es decir a las patrullas que vigilaban
la costa y los
convoyes transatlánticos. Hacia 1575, la actividad de los corsarios suponía la
pérdida de entre 30 y 40 barcos al año. En 1585, en la distribución
de los
fondos de los diferentes tipos de defensa, se destinaba a las defensas
terrestres el 25 por 100 del presupuesto total de defensa, dedicándose
idéntico
porcentaje a las patrullas costeras y al convoy. Los costes navales
de todo el imperio suponían el 75 por 100 del total de los costes imperiales de
defensa.
Sin embargo, hay que decir que la suma total dedicada a la defensa
de las Indias, unos 5 millones de ducados entre 1535 y 1585, era escasa para una
potencia
mundial y suponía tan sólo una pequeña parte de lo que la corona
gastaba en el mantenimiento de la casa real, en las guarniciones de España y en
otros
rubros europeos, y mucho menos de lo que se gastaba en las guerras
holandesas. [35]-35 Las Indias no eran
496
un blanco fácil pero estaban mal
defendidas cuando Drake llevó a cabo su ataque en 1586.
En la primera mitad del siglo XVI, la
mayor amenaza procedía de Francia, no sólo porque las constantes guerras
francoespañolas también se libraban en el
Atlántico, sino porque los piratas
hugonotes siempre consideraron los barcos españoles como un objetivo legítimo.
En la segunda mitad de la centuria, los
mayores ataques procedieron de los
marinos ingleses que, dirigidos por Hawkins, intentaron primero introducirse en
el sistema comercial español para, más
tarde, con Drake, atacarlo
frontalmente. La defensa era urgente y no tardó en organizarse. Desde 1512 la
Casa de la Contratación tenía la orden de enviar
dos carabelas a las Canarias
para proteger de los corsarios franceses a los barcos procedentes de las Indias.
A partir de 1521 se ordenó que una escuadra
de entre 3 y 5 barcos patrullara
entre la costa española y las islas. Esta escuadra, que finalmente fue incluida
en el sistema de flotas, prefiguró la
futura Armada de la Guardia de la
Carrera de las Indias, que se convirtió en la escolta armada clásica en el
Atlántico. Sin embargo, durante algunos años
la defensa española tuvo que
contentarse con sus modestos inicios, aunque en 1513 se habían dado
instrucciones a la Casa de la Contratación para que enviara
dos carabelas al
otro lado del Atlántico para patrullar las costas de Cuba y proteger a los
barcos que llegaban al final de su travesía. [36]-36 Luego,
al aumentar los
peligros, la organización defensiva se organizó de manera más eficaz... y con
mayores gastos. Desde 1528 apareció una nueva línea defensiva,
la armada
«para la guardia de costa y navíos de Indias». Desconocemos cuál era su centro
de operaciones, pero desde luego tendió un puente defensivo entre
Andalucía y
el Nuevo Mundo.
Estos esfuerzos se redoblaron en
momentos diferentes en los decenios de 1520 y 1530, según la incidencia de la
guerra con Francia o la intensidad de la
actividad de piratería, y en este
período comienza a aparecer ya lo que sería la organización definitiva del
comercio de las Indias: las travesías independientes
dejaron paso
gradualmente a la navegación en convoyes, protegidos por barcos de guerra. Fue
también en esos años cuando entró en vigor la avería, primero
de forma
intermitente desde 1518 para atender a necesidades inmediatas y, finalmente,
como un impuesto regular. Por este procedimiento era el comercio
el que
financiaba los costes de defensa, especialmente los de las flotas armadas que
escoltaban a los convoyes. [37]-37 En los años 1540, cuando el volumen
del
comercio suponía una tentación más fuerte para los piratas, comenzaron a
utilizarse barcos más grandes y potentes para garantizar la seguridad y
al
mismo tiempo se decretó la obligación de navegar en convoyes de al menos
10 barcos, escoltados por buques de guerra de mayor tamaño y con más
armamento.
El sistema
497
se perfeccionó en los años difíciles
de la guerra con Francia durante la década de 1550, formándose convoyes más
numerosos y mejor protegidos que navegaban
con una periodicidad bianual.
Aunque la guerra con Francia terminó oficialmente en 1559, España tuvo que
enfrentarse entonces a un peligro nuevo y cada
vez más temible procedente del
norte de Europa, y después de no pocas vacilaciones el sistema de convoyes
adquirió su forma definitiva.
En 1564, el convoy doble -es decir,
la navegación conjunta de dos flotas hasta que se separaban en las Pequeñas
Antillas, sistema que se había iniciado
en los años de 1540- fue sustituido
por el envío de dos convoyes anuales por separado. [38]-38 Tras esta
reorganización, todos los barcos que zarpaban
de España hacia las Indias
tenían que navegar en un convoy, excepto los que poseían suficiente armamento,
los barcos de esclavos procedentes de Angola
y los avisos, o barcos de enlace
encargados de mantener las comunicaciones en el intervalo entre las flotas
anuales. Los convoyes se reunían en Sevilla,
Cádiz y Sanlúcar y zarpaban en
dos grupos: la flota partía en abril o mayo hacia Veracruz, en Nueva España, y
los galeones en agosto rumbo a Nombre de
Dios, en el istmo de Panamá. Desde
su lugar de cita en La Habana, los dos convoyes regresaban a España en el otoño
siguiente. El sistema de convoyes, a
pesar de que pueda parecer rígido y
torpe, fue una adaptación positiva. Si España hubiera podido desarrollar sus
comunicaciones imperiales en condiciones
de paz, habría sido posible, y
necesario, por supuesto, un sistema comercial más rápido y eficaz, pero ante la
negativa de otras potencias a reconocer
su monopolio comercial y de ocupación
en América, ésta era la única respuesta posible. Sin duda, la imposición del
sistema de convoyes pretendía paliar,
en parte, la escasez de pilotos
cualificados, aunque la razón fundamental de su entrada en vigor fue la
seguridad. En este sentido, no es una mera coincidencia
que los convoyes
adquirieran su organización definitiva en un momento en que Hawkins campaba a
sus anchas en el Caribe. El sistema funcionó bien, a pesar
de que los navíos
de escolta llevaban, a veces, mercancías incluso en la boca de los cañones. Fue
una decidida respuesta de España a sus enemigos y rivales.
Capturar o
destruir una flota era extraordinariamente difícil y sólo en muy raras
ocasiones, a lo largo de dos siglos, resultó aniquilada una flota
completa,
como en el desastroso combate de Matanzas en 1628. Normalmente, las
bajas se debían al mal estado de los barcos, a las condiciones climáticas, o a
los
accidentes. De hecho, desde 1560, cuando las flotas de las Indias estaban
formadas casi por completo por barcos de mayor tamaño y de mayor tonelaje,
que
navegaban en convoy, España dominó el Atlántico y ese canal vital de las
comunicaciones imperiales funcionó, si no sin ningún problema, con eficacia.
Ciertamente,
el coste era elevado, en forma de escasez de productos en las
colonias, que ofrecía nuevas oportunidades a los intrusos, y de un gravoso
impuesto de defensa
sobre el comercio que no hacía sino alentar el fraude.
Por otra parte, la ruta del Pacífico, entre Panamá y Lima, apenas se hallaba
defendida. No obstante,
el sistema de convoyes no fue el último expediente al
que recurrió España en materia de defensa.
498
Las patrullas navales acabaron
organizándose en tres unidades principales: la Armada del Mar Océano, cuya
misión era navegar por el Atlántico, la Armada
de la Guardia de las Indias,
que escoltaba a los convoyes, y la Armada de Barlovento, que se circunscribía a
la zona del Caribe. A estas unidades se añadían
escuadras de galeras, que se
utilizaban para la defensa de la costa meridional española. Aunque su
mantenimiento era costoso tanto en tripulantes como
en pertrechos y no eran
adecuadas para las aguas del Atlántico norte, eran eficaces porque no dependían
del viento y en 1574 se decidió enviarlas a las
Indias para que patrullaran
las costas de Tierra Firme -desde Cartagena a Nombre de Dios-, de Cuba y de La
Española. Sin embargo, no fue un trasplante
afortunado. La escasez de
hombres, las condiciones climáticas desfavorables y la incapacidad de la
embarcación para adaptarse a las aguas oceánicas redujeron
la eficacia de la
galera en su nuevo punto de destino. Pero esto llevó a una nueva adaptación, con
mayor éxito: la galizabra, un barco híbrido que combinaba
los rasgos de la
galera con los del buque de guerra oceánico. [39]-39 Finalmente, en los decenios
finales del siglo XVI las autoridades dieron una nueva
respuesta a los
ataques enemigos. Desde 1588 la desorganización momentánea del sistema de
convoyes regulares provocada por la importante colaboración que
la Armada
Invencible exigió a las flotas de las Indias, determinó la presencia de
escuadras de zabras -barcos pequeños, rápidos y bien armados que
sacrificaban
todo a la velocidad y que eran fletados por la corona- en la
ruta transatlántica para transportar el tesoro que era indispensable para
financiar la política
española. Las zabras no estaban pensadas para combatir,
pues no eran lo bastante pesadas, sino para escapar a los ataques gracias a su
velocidad. En este
sentido, su utilización era un reconocimiento de debilidad
y, por otra parte, era una solución costosa ya que no transportaban mercancías.
Sin embargo,
cumplieron perfectamente el objetivo que se pretendía conseguir
y fueron un nuevo ejemplo de la capacidad de adaptación de España y otra
advertencia a
los enemigos del norte de Europa de que no debían subestimar su
poder defensivo.
El comercio de las Indias,
organizado, controlado y protegido, se expandió con notable vitalidad. En
esencia, se trataba de situar en el mercado americano
productos de consumo a
alto precio y recibir a cambio dinero. Las exportaciones españolas consistían
básicamente en vino y aceite de Andalucía, paños de
la zona central de
España, herramientas del País Vasco, mercurio para la amalgama de la plata y
hombres. La producción colonial que podía competir con
la de la madre patria
estaba prohibida -aunque la prohibición no siempre se respetó- pero todavía
había lugar para la importación de productos animales
y vegetales de las
Indias, algunos de los cuales habían sido trasplantados allí por los españoles,
como los cueros, las maderas tintóreas y el azúcar,
productos, todos ellos,
cuya reexportación permitía obtener beneficios. Pero el mayor interés de los
españoles se centraba en el valor de la riqueza mineral
de las Indias. Los
grandes
499
depósitos de plata de Nueva España y
Perú eran la justificación económica del imperio, el imán que atraía a los
emigrantes y a los mercaderes, la esperanza
de un gobierno en bancarrota y
eran la razón última del riguroso monopolio establecido y del cuidado con que se
protegía. No existen datos que permitan
estimar la producción de cada una de
las zonas mineras ni la producción global de América. El único indicador es la
cantidad de metal recibido en España,
pero es un dato poco fidedigno, ya que
no tiene en cuenta el volumen de metales preciosos que quedó en América, el que
iba a parar todos los años al Lejano
Oriente en el galeón de Manila y el que
desapareció a través del fraude y el contrabando. Ahora bien, las importaciones
declaradas son indicativas de las
enormes cantidades de plata que salieron de
las Indias. [40]-40 Estas importaciones estimularon aún más el comercio y fueron
uno de los principales factores
de su extraordinaria expansión.
Esa expansión del comercio no fue
regular sino que estuvo sometida a diferentes fluctuaciones. [41]-41 Hubo un
prolongado período de expansión entre 1504
y 1610, y un largo período de
declive a partir de 1610. En el primer período se produjeron dos fases
expansivas, la primera desde 1504 a 1550 y la segunda
entre 1562 y 1592,
separadas, en los años centrales de la centuria, por un período recesivo de doce
años.
El primer gran período de expansión,
entre 1504 y 1550, contempló el incremento del número de travesías de ida y
vuelta, de 35 en 1506 a 215 en 1550, al
tiempo que el volumen del comercio
aumentaba en un 800 por 100, pasando de 3.309 toneladas en los inicios del
período a 32.355 en los últimos años del
mismo. [42]-42 Ésta fue la era de
los conquistadores, de la expansión colonial rápida, de los primeros envíos de
metales preciosos, que actuaron como un
estímulo para la inversión y para
nuevas conquistas. Entre 1504 y 1510 España envió hombres, productos
alimentarios, mercancías diversas y animales a las
Indias, a cambio de los
cuales obtuvo oro, y en esos primeros años las colonias producían pérdidas ya
que absorbían más de lo que producían. Entre 1510
y 1522, con la explotación
de las islas -La Española, Cuba y Puerto Rico- comenzaron a aumentar los
dividendos de las inversiones, no sólo en oro sino
también en azúcar. Pero
esta expansión se interrumpió durante el período 1522-1532, años en los que los
recursos de las islas se invirtieron en la colonización
de Nueva España.
[43]-43 Luego, desde 1533 hasta 1544, Nueva España comenzó a enviar sus
riquezas, seguida de Perú, aumentando enormemente la afluencia
de metales
preciosos. El comercio dejó de ser insular para desarrollarse a escala
continental. Comenzaron entonces a utilizarse mayor número de barcos,
y de
mayor tamaño, a medida que la expansión los hacía necesarios y rentables. El
grueso de sus
500
cargamentos no eran ya productos
agrícolas, sino bienes manufacturados, como paños y equipos para las minas y
molinos de azúcar. En ese momento se estableció
una relación más directa
entre los precios y la expansión comercial. Cuando aumentaban los precios, todo
aumentaba, incluido el comercio. Los comerciantes
querían obtener beneficios
de sus inversiones y los productores americanos aspiraban a conseguir un mercado
para sus productos tanto en España como en
el resto de Europa. La correlación
dependía de que los mercaderes y armadores conocieran el nivel de precios y
fueran conscientes de la relación financiera
entre España y las Indias. Así
ocurrió en el período 1535-1540: los comerciantes enviaban grandes cantidades de
productos a las Indias cuando los precios
eran elevados en España, y menos
cuando los precios descendían. Por lo tanto, las Indias actuaron de estímulo,
provocando una inflación en España que facilitó
la financiación del comercio
con las Indias. Los comerciantes sevillanos, que sabían por experiencia que un
aumento de precios en España creaba una situación
favorable para que se
elevaran también en las Indias, aumentaron sus exportaciones con la expectativa
de obtener importantes beneficios. A su vez, las
remesas importantes de
metales preciosos elevaron los precios y estimularon aún más el comercio.
[44]-44
La expansión de la primera mitad del
siglo llegó a su cúspide en los seis años transcurridos entre 1544 y 1550. Para
entonces la expansión territorial había
terminado prácticamente, aunque los
nuevos territorios aún no se habían explotado por completo. En 1545 se descubrió
la riqueza mineral de Potosí en los
inhóspitos Andes del Alto Perú, y ese
yacimiento se convertiría en la fuente de plata más importante del mundo.
[45]-45 El número de barcos y el volumen
de comercio aumentaron al elevarse
todavía más los precios. En aras de la seguridad contra piratas y corsarios
comenzaron a utilizarse barcos cada vez
de mayor tamaño, y se les obligó a
navegar en convoyes de al menos diez unidades, escoltadas por poderosos buques
de guerra. Había, pues, dos factores
en expansión, el comercio y los barcos
que lo transportaban. Con el incremento del comercio aumentó también la demanda
de barcos y, al no existir un número
suficiente de ellos para atender al
volumen del comercio, se incrementó el precio de los fletes. La escasez de
barcos, y el coste más elevado de los fletes
estimularon la construcción
naval y determinaron la llegada a Sevilla de un mayor número de barcos
extranjeros. Entonces, los beneficios obtenidos gracias
a los elevados
precios de los fletes permitieron a los armadores realizar nuevas inversiones y
aumentar el tamaño de sus flotas. No obstante, llegó el
momento en que las
Indias no podían responder con la rapidez necesaria a las exigencias comerciales
de la metrópoli. Este desfase entre las exportaciones
españolas y las remesas
enviadas desde las Indias determinó que aumentara el número
501
de barcos en las Indias, que no
estaban aún preparados para regresar debido a la escasez de fletes que
reportaran buenos beneficios. Mientras tanto, en
España, el alto coste de los
fletes fue causa de que sólo se consignaran productos costosos que podían
sufragar ese precio. Así pues, el proceso de rápida
expansión quedó bloqueado
por un doble cuello de botella, ya que los barcos se amontonaban en las Indias y
las mercancías en Sevilla, justo en el momento
en que las inversiones
adicionales en la construcción naval comenzaban a fructificar. Mientras los
precios elevados incentivaban las exportaciones, todo
marchaba bien, pero
cuando los precios descendían o se estancaban se producía la crisis, ya que a su
regreso a España el número de barcos era excesivo
ante la reducción de las
exportaciones, y ello a su vez perjudicaba a los astilleros.
[46]-46
Naturalmente, hubo de pasar un tiempo
hasta que todos estos factores tuvieran su repercusión pero a partir de 1550 se
dejaron sentir y la expansión se interrumpió
durante más de diez años. En
1554, el tráfico de ida hacia las Indias -23 barcos frente a 133 en 1550- fue el
más reducido desde 1522 y se produjo, asimismo,
una importante caída del
volumen de tonelaje y de su valor. Las condiciones comerciales habían variado,
la economía depredadora de los conquistadores había
llegado a su fin y se
había detenido el avance de la frontera de la conquista. A partir de ese
momento, la riqueza ya no estaba disponible simplemente
para el que quisiera
tomarla, sino que era necesario crearla. Al mismo tiempo, los precios se
hundieron, lo cual desalentó a los comerciantes ante la falta
de perspectiva
de obtener beneficios. Cuando los precios comenzaron a recuperarse nuevamente a
partir de 1554, fue la cada vez más encarnizada guerra con
Francia la que
actuó como freno del comercio. Fue durante el período entre 1554 y 1556 cuando
la amenaza de los corsarios franceses fue más intensa y mayores
fueron las
pérdidas de barcos españoles. Los comerciantes de Sevilla reaccionaron negándose
a consignar cargamentos, ante lo cual ningún convoy zarpó del
Guadalquivir
durante 22 meses. Cuando se reanudó la navegación en 1555 los convoyes estaban
formados por mayor número de barcos, lo cual aunque reforzaba
la seguridad
dificultaba el comercio, pues hasta que se perfeccionó el sistema de convoyes
retardaba el tráfico al impedir que los barcos pudieran iniciar
rápidamente
el viaje de regreso. Esto, a su vez, reducía los beneficios de las inversiones
en las operaciones navales e inmovilizaba el capital comercial.
También la
guerra causó nuevos perjuicios. El enorme esfuerzo militar realizado por España
en el decenio de 1550 como consecuencia de la política de Carlos
V y de su
hijo fue una de las causas principales de la bancarrota del Estado en 1557. Los
subsiguientes embargos de las remesas americanas indujeron a
los comerciantes
no sólo a tratar de evadirlos mediante el fraude, sino también a mantener su
dinero en las Indias. Al disminuir las entradas de dinero,
también lo
hicieron las inversiones, lo cual sólo sirvió para intensificar la depresión.
[47]-47
Sin embargo, en 1559 se inició un
largo período expansivo, que alcanzó toda su fuerza
502
a partir de 1562, de forma que entre
esa fecha y 1608 el número de barcos que navegaron por la ruta de las Indias
aumentó el 176 por 100 y el volumen de
tonelaje el 238 por 100. Había otros
signos de prosperidad, como la exportación de productos nuevos, tales como la
madera para los astilleros americanos,
un mayor número de productos
manufacturados en relación con los productos agrícolas, nuevos tipos de barcos,
más embarcaciones extranjeras y un mayor número
de comerciantes extranjeros
en Sevilla. Por otra parte, el comercio estaba ahora mejor protegido pues el
sistema de convoyes fue finalmente perfeccionado
en 1564. La recuperación
comenzó lentamente y sólo en 1566-1570 se alcanzó el volumen de comercio
existente en 1546-1550. Sin embargo, existían ya las
condiciones en las que
podía tener lugar la expansión. España disfrutó de un breve período de paz tras
la firma del tratado de Cateau-Cambrésis en 1559.
Aunque los marinos y
hombres de mar de la costa occidental de Francia continuaron luchando contra los
barcos españoles, casi con independencia de cuál
fuera la política de su
país, Francia quedó debilitada por las guerras de religión, mientras que España
estuvo libre de compromisos militares importantes
hasta la guerra con los
turcos en 1571 y el nuevo estallido de las hostilidades en los Países Bajos en
1572. Es cierto que en el Caribe Flawkins no dejaba
de acosar al comercio y
las defensas españolas desde 1562, pero pasarían aún diez años antes de que
Drake llevara a cabo su ataque contra Panamá, más espectacular
y mucho más
ominoso. Mientras tanto, se habían alcanzado los principales objetivos de
conquista y ocupación y podían desarrollarse con rapidez la colonización
y el
desarrollo interno de las colonias. Poco antes de 1560 se introdujeron en las
minas de Nueva España los métodos alemanes de producción de plata
por
amalgama con el mercurio, lo que permitió aumentar notablemente la
producción y, desde que se comenzó a explotar la mina de mercurio de
Huancavelica, especialmente
desde 1576, Potosí poseyó una fuente local de
este producto vital y Perú comenzó a suministrar proporcionalmente más cantidad
de metal incluso que Nueva
España. [48]-48 El rápido incremento de la
producción de las minas de plata, que entrañó una mayor demanda de productos
europeos y el aumento de las remesas
de metales preciosos a España,
desencadenaron el segundo período prolongado de expansión, al inducir a los
comerciantes a invertir en la actividad comercial.
Las inversiones fueron
especialmente lucrativas en los bienes manufacturados, que continuaron
sustituyendo a los productos agrícolas en las bodegas de
los galeones. Otros
sectores de la economía española se beneficiaron también de la nueva expansión,
especialmente los astilleros vizcaínos, de donde procedían
la mayor parte de
los barcos que realizaban el comercio indiano. Finalmente, hubo un notable
incremento de los precios, causa y efecto a un tiempo del
intenso
comercio.
No obstante, no puede decirse que no
hubiera dificultades. La organización de los convoyes, necesaria por la escasez
de pilotos y por motivos de seguridad,
era en sí misma un obstáculo pues los
convoyes y sus escoltas tenían que ser financiados por el
503
comercio, y además impedían la
utilización de los barcos con criterios económicos, al inmovilizarlos durante
largos períodos y limitar los beneficios de
los capitales invertidos en su
construcción. [49]-49 Pero los problemas más graves se planteaban al margen del
comercio. Las expediciones y ataques devastadores
de Hawkins y Drake
inauguraron una nueva era en el Atlántico español. Sus consecuencias no pueden
calcularse simplemente por las pérdidas que sufrieron
el comercio y la flota
española, que fueron relativamente pequeñas, pues aun el espectacular ataque de
Drake contra Panamá en 1572 sólo provocó la pérdida
de 1/20 del valor de las
exportaciones anuales de España a las Indias. [50]-50 Pero aunque las
recompensas obtenidas por los ingleses y la destrucción
que provocaron fueron
insignificantes, provocaron un fuerte sentimiento de inseguridad, especialmente
en la importante ruta del Pacífico desde El Callao
a Panamá. Drake no era
sólo un pirata, sino además un enemigo nacional que atacaba en puntos
estratégicos de la economía imperial, y la pérdida subsiguiente
de confianza
entre los comerciantes españoles fue muy importante. Por otra parte, la
ampliación de los compromisos de España en Europa le impidió dedicar
todos
sus esfuerzos a la defensa del imperio. La guerra contra los turcos, que culminó
en la batalla de Lepanto (1571), exigió la presencia de numerosos
barcos de
pequeño tamaño que anteriormente estaban integrados en las flotas de las Indias
y dio a los armadores un incentivo para mantener a sus barcos
en América,
evitando exponerlos en el Guadalquivir a las exigencias de la corona. Las
necesidades financieras eran cada vez mayores y los comerciantes
corrían aún
un mayor riesgo de ver sus tesoros secuestrados para pagar la campaña del
Mediterráneo o el ejército de los Países Bajos. Por ello, eran razones
de
peso las que los impulsaban a mantener sus cargamentos y sus tesoros, así como
sus barcos, en las Indias. El comercio indiano, dificultado por las
exigencias
del gobierno y las amenazas de los enemigos, sufrió también las
consecuencias de la situación existente en América. La epidemia de 1576 en Nueva
España
acabó con el 40-50 por 100 de la población india y produjo una enorme
escasez de mano de obra. [51]-51 Las remesas mexicanas de metales preciosos
descendieron
del 61 por 100 (1571-1575) al 35 por 100 (1581-1585) del total,
y el comercio con Nueva España experimentó pérdidas similares.
Pero el comercio de las Indias tenía
mecanismos de recuperación y conoció una nueva eclosión a partir de 1578, con
años de gran prosperidad entre 1584 y
1586. Frente a los 114 barcos dedicados
al comercio en 1576 había 213 en 1586, con un incremento en el volumen de
negocio del 50 por 100. [52]-52 Al mismo
tiempo, el progreso más decisivo
realizado hasta entonces en el envío de metales preciosos se produjo en los
quinquenios 1576-1580 y 1581-1585, hecho que
se reflejó inmediatamente en el
alza de los precios andaluces en un 18 por 100 en los seis
504
años transcurridos entre 1576 y 1582.
[53]-53 En este período, sobre todo desde 1582 a 1585, las condiciones eran
extraordinariamente favorables para la
expansión comercial. La unión de las
coronas de España y Portugal permitió contar con una nueva base en las Azores,
lo que reforzó la seguridad de las
comunicaciones imperiales, en un momento
en que el sistema de convoyes comenzaba a funcionar con mayor eficacia y con
travesías más rápidas. El período
de calma relativa que conoció España desde
el momento en que descendió la presión de los hugonotes en Francia y comenzó la
guerra decisiva con Inglaterra,
fue un momento de respiro que supo aprovechar
con gran éxito. El comercio y las remesas de metales preciosos se multiplicaron
y fue en esos años cuando
España consiguió los grandes excedentes que
permitieron financiar la Armada Invencible y reemplazar sus pérdidas
rápidamente. El convoy que se dirigió
hacia Nueva España en 1585 constituyó
una de las marcas en toda la historia del comercio indiano -51 barcos, 17.000
toneladas- en un año en el que España
tenía muchos otros compromisos y no
podía descuidar su defensa frente a los ataques de Drake. [54]-54 A pesar del
peligro, los comerciantes no dejaron
de invertir durante los años de precios
elevados de 1582-1584, atraídos por la recuperación del mercado
mexicano.
Pero la expansión no fue nunca
ilimitada y el parón se produjo a partir de 1587. El exceso de exportaciones
durante los años de prosperidad provocó la saturación
del mercado tanto en
España como en América. Sin embargo, una vez más el mayor obstáculo procedía del
exterior. La escalada de la ofensiva inglesa desde
1585 hasta 1589 fue un
nuevo golpe para la seguridad de los intereses españoles y la confianza de sus
comerciantes. Esto se apreció en el aumento del número
de barcos de guerra
utilizados para escoltar los convoyes y de avisos para la comunicación de
noticias y órdenes. El ataque de Drake contra Cádiz en abril
de 1587, en el
curso del cual capturó y destruyó la flota de Nueva España en el mismo puerto,
no sólo redujo el número de barcos disponibles sino que destruyó
sus
cargamentos. Esa operación fue un golpe tanto para el Estado como para el
comercio, impidió la partida de un convoy y provocó tal pánico entre
los
comerciantes y armadores sevillanos que empezaron a dudar si debían hacer
nuevas inversiones. El último recurso defensivo era ahora la Armada
Invencible,
y en ella se pusieron todas las esperanzas. En consecuencia, se
produjo una interrupción en el comercio de las Indias a la espera del éxito de
la gran
empresa de España. La Invencible ya había absorbido una gran parte de
los barcos españoles, lo que se justificaba con el argumento de que no sólo
atendía
a las necesidades del Estado sino también a las de los comerciantes,
cuyos intereses se veían tan perjudicados por la politica de los ingleses. Como
estaba
en juego la defensa de las Indias, era lógico que las poderosas flotas
indianas participaran en el ataque. De hecho, constituyeron la parte más
importante
de la fuerza de invasión, lo que explica el predominio de los
barcos de gran tamaño en la Armada Invencible. Más aún, el comercio indiano
suministró la
mayor
505
parte del material humano para la
campaña de Inglaterra, ya fuera directamente a través de las levas realizadas en
los puertos del Guadalquivir, como en
el caso de la flota de escolta de Diego
Flores de Valdés, que fue desviada de su trayecto a Tierra Firme en 1588 para
que se integrara en la Invencible,
o indirectamente, por medio de los
reclutamientos realizados en Vizcaya, semillero de marineros españoles, que
suministró la mayor parte de los recursos
humanos en la carrera de las
Indias.
El comercio de las Indias participó,
pues, muy intensamente en la Armada Invencible. En la operación estaban
implicados sus hombres, sus barcos y sus intereses
vitales. Como no podía ser
de otra forma, el desastre militar fue un terrible golpe para su confianza y su
prosperidad. Sólo las pérdidas de barcos ya
fueron muy perjudiciales, pues de
un total de 100.000 toneladas a que ascendía la flota del Atlántico se perdió el
50 por 100 en 1588, pérdidas que sumadas
a las de Cádiz el año anterior
alcanzaron el 60 por 100. [55]-55 El comercio indiano sufrió las consecuencias
con mayor fuerza que ningún otro sector de
la economía española, no sólo por
el número de barcos que había dedicado a la campaña, sino porque se trataba de
los barcos de mayor tonelaje, los más
recientes y mejores, precisamente
aquellos en los que se había puesto tanta confianza. Pero más graves aún fueron
las pérdidas humanas. De los 8.000 oficiales
y marineros que participaron en
el conflicto, muy pocos retornaron al servicio activo. España, que tenía que
atender a tantos compromisos ultramarinos,
ya sufría escasez de marineros y
se tardaba mucho más en formar a un buen marino que en construir un barco. Estos
desastres tuvieron un efecto inmediato
en el comercio de las Indias. Las
necesidades de la Armada Invencible y, más tarde, sus pérdidas, impidieron la
navegación normal de las flotas y desde
octubre de 1586 a marzo a 1589 no
zarpó ningún convoy hacia Tierra Firme. La interrupción del ritmo estacional de
las expediciones elevó el número de naufragios
producidos como consecuencia
de una partida apresurada o demasiado tardía desde las Indias. En los primeros
años del decenio de 1590 los barcos disponibles
para la travesía del
Atlántico eran tan viejos y tan pequeños que los comerciantes dudaban en
embarcar sus mercancías en ellos, especialmente porque podían
ser atacados
por los corsarios ingleses. [56]-56 La escasez de barcos y de mano de obra
repercutió en el alza del precio de los fletes, añadiéndose así
una nueva
carga a las que ya tenía que soportar la actividad comercial. Los marineros,
conscientes de su fuerza, exigían salarios más elevados e
importantes
adelantos y se negaban a firmar el contrato hasta el momento de
la partida. Mientras tanto, la guerra continuaba afectando al comercio pues los
comerciantes
preferían dejar sus beneficios en las Indias fuera del alcance
de los corsarios ingleses y de su propio gobierno, una medida útil pero que hizo
que disminuyeran
las remesas de metales preciosos. Todas estas dificultades
tenían su origen en la ofensiva inglesa, y el importante aumento de la tasa de
la avería,
506
del 1,7 por 100 en 1585 al 8 por 100
en 1591, reflejaba el enorme incremento de los costes de defensa y, por ende, de
los gastos generales del comercio.
La destrucción de la flota de Nueva España
en Cádiz en 1587 y de la escolta armada en la campaña de la Armada Invencible de
1588 fueron especialmente negativas
para la avería, sobre todo porque
coincidieron con el período en que la campaña contra Inglaterra dejó diezmadas
las flotas españolas, en que las necesidades
de las Indias pesaron
fuertemente sobre la marina española y en que los costes crecientes determinaban
que los barcos fueran tan caros como raros.
Pero no todo estaba perdido. En
realidad, el hecho más notable de estos años no fue el desastre de la Invencible
sino la rapidez con que España se recuperó
de él. Echó mano a los recursos
acumulados en años de mayor prosperidad, en particular en la primera mitad de la
década, y comenzó a contraatacar y a dar
nuevas pruebas de su extraordinaria
capacidad de resistencia. Fue el Estado el que dirigió la recuperación, llevado
de la ansiedad de conseguir las remesas
de metales preciosos. Se enviaron
ingenieros a reorganizar las fortificaciones en las Indias y, en ausencia de
convoyes armados regulares, el gobierno
organizó, a sus expensas, un nuevo
método para transportar el tesoro y los productos valiosos, en pequeñas
escuadras de zabras, fragatas extraordinariamente
rápidas que eran capaces de
escapar prácticamente de todos sus perseguidores. [57]-57 El sistema se utilizó
por primera vez en 1588, se renovó en 1589
y 1590 y se prolongó luego hasta
1592. Pero, en realidad, todo el comercio indiano reaccionó vigorosamente en esa
situación de emergencia. Sin dilación
se construyeron nuevos barcos en los
astilleros españoles y se prolongó la vida útil de las naves más viejas.
Asimismo, se pusieron en servicio barcos
más pequeños que los que se
utilizaban habitualmente en la carrera de las Indias. Los convoyes y sus
escoltas armadas fueron reconstruidos desde comienzos
del decenio de 1590, lo
que constituyó una recuperación realmente extraordinaria. Es cierto que algunos
de los signos de la recuperación eran negativos.
En efecto, debido a los
elevados precios de los fletes y a la necesidad de España de relajar la
normativa para conseguir barcos, numerosos buques extranjeros,
en su mayor
parte del norte de Europa, comenzaron a participar en el comercio de las Indias.
Su porcentaje pasó así del 5,9 por 100 del tonelaje total
en 1579-1587, al
21,25 por 100 en 1588-1592. [58]-58 Pero este factor todavía estaba bajo control
y España continuó monopolizando la mayor parte de los
beneficios. En 1592 ya
había pasado lo peor y el comercio indiano pudo recuperar su ritmo y sus métodos
habituales, con las travesías regulares de las
flotas y las ingentes remesas
de metales preciosos. Los envíos de metales americanos ascendieron a 48 millones
de pesos en 1580-1584, a 43,2 millones en
1585-1590, a 30,4 millones en
1590-1594 y a un máximo de 78,4 millones en 1595-1599. [59]-59 Por tanto, España
pudo salvar mucho más que unos cuantos barcos
del desastre de la Invencible.
Conservó su más rica posesión y continuó explotándola de forma
inexorable.
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[1] Sobre la expansión española véase
Francisco Morales Padrón, Historia del descubrimiento y conquista de América,
Madrid, 1971, Sobre el imperio español
en América, véase Lyle N. McAlister,
Spain and Portugal in the New World 1492-1700, Oxford, 1984. Sobre el
significado de la conquista y la colonización
para España y para Europa véase
J. H. Elliott, The Old World and the New 1492-1650, Cambridge, 1971 (hay trad.
cast.: El viejo Mundo y el Nuevo, Alianza,
Madrid, 19903). Sobre el comercio
indiano el estudio moderno que se ha convertido en un clásico es el de C. H.
Haring, Trade and Navigation between Spain
and the Indies in the Time of the
Habsburgs, Cambridge, Mass., 1918; pero todas las obras anteriores han sido
superadas por la obra monumental de H. y
P. Chaunu, Séville et l'Atlantique
(1504-I650), París, 1955-1959, 8 vols., que es un recurso de primera magnitud
para nuevas investigaciones y que ha sido
sintetizada por su principal autor,
Pierre Chaunu, Sevilla y América. Siglos XVI y XVII, Sevilla, 1983.
[2] Chaunu, Séville et l'Atlantique,
vol. VIII, I, pp. 76-85.
[3] Sobre la política y los métodos
de la colonización véase J. Pérez de Tudela Bueso, Las Armadas de Indias y los
orígenes de la política de colonización,
Madrid, 1956. No existen
estadísticas completas sobre el número exacto de españoles que emigraron a las
Indias durante el período colonial. Véase C. Bermúdez
Plata, Catálogo de
pasajeros de Indias durante los siglos XVI, XVII y XVIII», Sevilla, 1932-1940, 2
vols.; sobre el primer volumen, que estudia el período
1509-1534 y que
menciona 5.320 nombres, véase C. Pérez Bustamante, «Las regiones españolas y la
población de América (1509-1534)», Revista de Indias, VI
(1941), pp. 81-101;
sobre el segundo volumen, que se ocupa del período 1535-1538 y que menciona
5.600 nombres, véase J. Rodríguez Argua, «1,as regiones
españolas y la
población de América (1535-1538)», Revista de Indias (1974), pp. 698-748. Véase
una estimación moderna en Magnus Mörner, «La emigración
española al Nuevo
Mundo antes de 1810. Un informe del estado de la investigación», Anuario de
Estudios Americanos, 32 (1975), pp. 43-131.
[4] Peter Boyd-Bowman, «Patterns of
Spanish Emigration to the Indies until 1600», Hispanic American Historical
Review, 56 (1976), pp. 580-604.
[5] Mörner, «La emigración española
al Nuevo Mundo antes de 1810», pp. 54-61, 73-74.
[6] . Véase supra, pp.
306-307,367-376.
[7] Citado en L. Hanke, The Spanish
Struggle for Justice in the Conquest of America, Filadelfia, 1949, p. 16, obra
básica para la cuestión de las relaciones
raciales en el imperio español (hay
trad. cast.: La lucha por la justicia en la conquista de América, Istmo, Madrid,
1988).
[8] Sobre Colón, la obra de S. E.
Morison, Admiral of the Ocean Sea, Boston, 1942, 2 vols., es todavía una
introducción útil, pero los especialistas modernos
y las fuentes básicas son:
Consuelo Varela, ed., Cristóbal Colón. Textos y documentos completos, Madrid,
1984; Juan Gil y Consuelo Vareta, eds., Cartas
de particulares a Colón y
relaciones coetáneas, Madrid, 1984, y de los mismos autores, Temas colombinos,
Sevilla, 1986.
[9] «Le plus Atlantique des pays
méditerranéens, le plus méditerranéen des pays Atlantiques», como describe
Chaunu a Andalucía; vol. VIII, I, p. 52.
[10] La obra de Alberto Mario Salas,
Las armas de la conquista, Buenos Aires, 1950, es una auténtica joya para la
historia de la conquista.
[11] Miguel León-Portilla, ed., The
Broken Spears: The Aztec Account of the Conquest of Mexico, Boston, 1962, p.
15.
[12] Bernal Diaz del Castillo,
Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, ed. Joaquín Ramírez
Cabañas, México, 1964, pp. 230, 329.
[13] Garcilaso de la Vega, el Inca,
Obras completas, ed. P. Carmelo Sáenz de Santa María, BAE, 132-135, Madrid,
1960, 4 vols.; vol. III, p. 402; Royal Commentaries
of the Incas and General
History of Peru, trad. con introd. de Harold V. Livermore, Austin, Texas, 1966,
2 vols.; vol. II, pp. 1.069.
[14] Hernán Cortés, Cartas de
relación, nota preliminar de Manuel Alcalá, México, 19632; Letters from Mexico,
trad. y ed. Anthony Pagden, Londres, 1986,
pp. 206-207.
[15] Bernardo de Vargas Machuca,
Milicia y descripción de las Indias, Madrid, 1892, 2 vols.; vol. 1, p.
154.
[16] León-Portilla, The Broken
Spears, p. 42.
[17] Francisco López de Gómara,
Conquista de Méjico, BAE, 22, Madrid, 1852, p. 337; Cortés. The Life of the
Conqueror by His Secretary, trad. y ed. Lesley
Byrd Simpson, Berkeley y Los
Ángeles, 1964, p. 129.
[18] C. Harvey Gardiner, Naval Power
in the Conquest of Mexico, Austin, Texas, 1956, pp. 140-154, 190.
[19] Cortés, Letters from Mexico, p.
222.
[20] John Hemming, The Conquest of
the Incas, Londres, 1983; James Lockhart, The Men of Cajamarca. A Social and
Biographical Study of the First Conquerors
of Peru, Austin, Zèxas,
1972.
[21] Francisco de Xerez, Verdadera
relación de la conquista de la Nueva Castilla. Biblioteca Peruana, 1.a serie,
tomo I, Lima, 1968, p. 209.
[22] Diego de Trujillo, Relación del
descubrimiento del reyno del Perú. Biblioteca Peruana, Lima, 1968, l' serie,
tomo H. p. 54.
[23] Garcilaso, Obras completas, III,
94; Royal Commentaries, 1, p. 151.
[24] Pedro Pizarro, Relación del
descubrimiento y conquista de los reinos del Perú, BAE, 168, Madrid, 1965, pp.
224, 228-229, 231-232.
[25] Diego Fernández de Palencia,
Primera y segunda parte de la Historia del Perú, ed. Juan Perez de ZLdela Bueso,
BAE, 164-165, Madrid, 1963, 2 vols.;
vol. 1, p. 220.
[26] Gómara, Cartes, pp. 57-58;
Conquista de Méjico, p. 313.
[27] Cortés, Letters from Mexico, pp.
156-157.
[28] Bernal Díaz, Verdadera historia,
pp. 31, 347-348.
[29] J. de Veitia Linaje, Norte de la
contratación de las Indias occidentales, Sevilla, 1672; R. Antúñez y Acevedo,
Memorias históricas sobre la legislación
y gobierno del comercio de los
españoles con sus colonias en las Indias occidentales, Madrid, 1797; Chaunu,
Séville et l'Atlantique, vol. VIII, I, pp.
182-184.
[30] Véase supra, pp.
379-381.
[31] Chaunu, Séville et l'Atlantique,
vol. VIII, I, pp. 201-203.
[32] Ibid., vol. VIII, 2, I, p.
405.
[33] Ibid., vol. VI, I, pp. 160-167;
vol. VIl, pp. 36-37; vol. VIII, I, pp. 256-266.
[34] Ibid., vol. I, pp. 70-88,
97-121.
[35] Paul E. Hoffman, The Spanish
Crown and the Defense of the Caribbean, 1535-1585, Baton Rouge, 1980, pp.
214-229.
[36] Haring, Rode and Navigation, p.
87; sobre la amenaza francesa véase H. Folmer, Franco-Spanish rivalry in North
America, 1524-1763, Glendale, Calif.,
1953.
[37] G. Céspedes del Castillo, La
Avería en el comercio de Indias, Sevilla, 1945; Chaunu, Séville et lAtlantique,
vol. 1, pp. 169-175, 185-194.
[38] Haring, Rade and Navigation, pp.
1-20, 123-154, 201-230.
[39] Sobre el uso de galeras en
Cartagena de Indias véase Chaunu, Séville et l'Atlantique, vol. VIII, I, pp.
1.035-1.039, 1.042-1.054.
[40] Véase supra, p. 443, n.
74.
[41] El descubrimiento, cronología y
análisis de esas fluctuaciones se cuentan entre las contribuciones más
importantes de Chaunu en este tema; véanse sus
cifras y cuadros, Séville et
l'Atlantique, vols. II-VII, y su interpretación, primero sobre una base
geográfica, y luego cronológica, vol. VIII. Véase
especialmente, vol. VIII,
2, 1, pp. 15-25, y Apéndice 11, Cuadro E.
[42] Ibid., vol. VIII, 2, I, pp.
49-50.
[43] Ibid., vol. VIII, 2, I, pp.
81-141.
[44] Ibid., vol. VIII, 2, I, pp.
142-185.
[45] Peter J. Bakewell, «Registered
Silver Production in the Potosí District, 1550-1735», Jahrbuch für Geschichte
von Staat, Wirtschaft and Gesellschaft
Lateinamerikas, 12 (1975), pp. 67-103;
y del mismo autor Silver and Entrepreneurship in Seventeenth-Century Potosi: The
Life and Times of Antonio López
de Quiroga, Albuquerque, N. M. 1988, pp.
15-19 (hay trad. cast.: Plata y empresa en el Potosí del siglo XVIII, Diputación
Provincial de Pontevedra, Pontevedra,
1988).
[46] Chaunu, Séville el l'Atlantique,
vol. VIII, 2, I, pp. 247-250.
[47] Ibid., vol. VIII, 2, I, pp.
261-344.
[48] G. Lohmann Villena, Las minas de
Huancavelica en los siglos XVI y XVII, Sevilla, 1952, pp. 452-453.
[49] Chaunu, Séville et l'Atlantique,
vol. VIII, 2, I, pp. 436-441.
[50] Ibid., vol. VIII, 2, 1, pp.
514-515.
[51] W. Borah, New Spain's Century of
Depression, Berkeley, 1953, pp. 18-19; Chaunu, Séville et l'Atlantique, vol.
VIII, 2, I, pp. 518-519, 560-563.
[52] Chaunu, Séville et l'Atlantique,
vol. VIII, 2, 1, pp. 585-588.
[53] Hamilton, American Treasure and
the Price Revolution in Spain, pp. 107-108.
[54] Chaunu, Séville et lAtlantique,
vol. VIII, 2, I, pp. 726-728. Véase supra, p. 171.
[55] Ibid., vol. VIII, 2, 1, pp.
769.
[56] Ibid., vol. III, pp. 398-400,
412-413, 437, n. 59, 420, n. 10; cuadros 200 y 201; sobre la escasez de
marineros y el alza de los salarios véase vol.
III, p. 420; vol. VIII, 2, I,
pp. 795-796.
[57] Ibid., vol. Ill, pp. 412, 427,
n. 59, 450, 468. Véase supra, p. 498.
[58] Ibid., vol. VIII, 2, I, pp.
772-773.
[59] Morineau, Incroyables gazettes
et fabuleux métaux, pp. 250, 262.