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----- Mensaje original -----
De:de 2010 11:27 a.m.
Asunto: Artículo digital de EL PAIS.
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Por Rodolfo M. Irigoyen El cierre de la primera década del nuevo siglo invita a la reflexión, dado que el país pasa por uno de los momentos más prósperos de su historia. Y es prudente tratar de discernir en qué medida esa prosperidad es fruto de nuestros esfuerzos y aciertos –para reafirmar así nuestra ruta- o es producto de un contexto externo tan favorable que resulta a prueba de errores y omisiones, públicas y privadas. Buen momento entonces para pasar raya y tratar de "aclarar los tantos", para ratificar o rectificar nuestro rumbo. Una ojeada a la historia reciente… A los veteranos nos costó convencernos –y nos sigue asombrando– el hecho de que en las últimas dos décadas hayamos asistido a un cambio estructural en la producción agropecuaria y no a una de las tantas "burbujas" de ilusorio crecimiento que desde siempre conocimos. La firme intensificación de la producción de la ganadería vacuna constatada a partir de los años 90 llevó a que la edad promedio a la faena de los novillos bajara de 4 a 2,5 años, sin disminuir el peso de canal y mejorando la calidad de la carne. Esto, que exige una importante intensificación de la producción, mejora la eficiencia global del proceso productivo, que se expresa también en el aumento del coeficiente de extracción1, que, del 15 a 16% histórico, se estabiliza por encima de 20% en los últimos cinco años. Y aunque la base física se reduce por la expansión agrícola y forestal, la producción de carne aumenta sostenidamente, multiplicándose por 5 el volumen físico de las exportaciones en los últimos 20 años, sin afectar al consumo interno que, por el contrario, alcanza hoy el récord mundial de 60 kg per cápita. La lechería también aumenta su producción en base a productividad, que se duplica en el mismo período: pasó, en promedio, de menos de 1.500 a 2.500 litros de leche por hectárea. El sector forestal, como resultado de su ley de promoción de fines de la década anterior, inició en los 90 un sostenido proceso de crecimiento. Ocupa 800 mil hectáreas, de las que desplazó a la ganadería de cría y a la producción ovina. La agricultura, si bien venía creciendo, dio un salto a partir del retorno del cultivo de soja, iniciado en 2002/2003. En los últimos 20 años la superficie sembrada se multiplicó por 2,5 y la producción de granos de secano por 4. En la zafra actual, si la sequía no se consolida, produciremos cerca de cuatro millones de toneladas de granos de secano, llegando a cinco millones si agregamos el arroz. ¡Cinco millones de toneladas de granos! Sin duda es un Uruguay diferente al de hace apenas 20 años, cuando se producía un millón. Hablamos de un país en el que el volumen físico de su producción agrícola creció a la "tasa asiática" de 8,4% anual durante dos décadas. La producción lanera fue la excepción, pues se redujo linealmente, como resultado de la profunda caída de los precios internacionales. Como contrapartida, a fines de los 90 empezaron con éxito experiencias innovadoras, más intensivas, como las lanas superfinas y el cordero pesado. Todo esto en un contexto tecnológico también renovado. En lo institucional, por la creación del INIA en 1989. En lo productivo, por la revolución tecnológica que representó en los años siguientes la irrupción de los transgénicos (primero en soja, luego en maíz), la moderna industria química y mecánica de apoyo al agro, las nuevas prácticas agronómicas (como la siembra directa), las tecnologías de la información, el acceso a Internet, etc., que en conjunto posibilitaron nuevas y mejores formas de producción. Para tener una expresión económica global del desarrollo agropecuario de estas dos últimas décadas, mencionemos que en el trienio 1989-1991 el país exportó en promedio, en dólares corrientes, por 1.630 millones, y que las estimaciones para 2010 se ubican en el entorno de los 6.900 millones, lo que implica una tasa de crecimiento de 7,5% anual, cifra inédita en el país desde el último cuarto del siglo XIX. Y 75% de esas exportaciones son –y cada vez más– de origen agropecuario. …y a la anterior Los historiadores económicos, según el enfoque, dan distintas fechas al inicio de nuestro secular estancamiento productivo. Algunos lo ubican al comienzo de la década de 1910, luego del medio siglo de crecimiento sostenido iniciado en 1860. Inés Moraes2 estima que el Producto ganadero creció a una tasa anual cercana a 3% entre 1870 y 1913, como resultado del liberalismo comercial mundial, y del nacimiento y desarrollo de una nueva trayectoria tecnológica en el país. Ese dinamismo no se habría recuperado posteriormente (su estudio llega hasta 1970). Luis Bértola3, en los 50 años que transcurrieron entre 1930 y 1980, define solo dos breves períodos de crecimiento del PBI per cápita: entre el 43 y el 55, y entre el 75 y el 80. En general, los medios académicos si-túan a mediados de los 50 el inicio del estancamiento de la economía en general y de la ganadería en particular, con un PBI per cápita de 0 para las dos primeras décadas del período. Luego de la liberalización del comercio exterior que comenzó Végh Villegas en 1974, el PBI empezó a crecer a tasas superiores a 3,5%, excepción hecha del período recesivo 82-85. Para el agro, este último período fue definido como el de "estancamiento dinámico", porque si bien el conjunto crecía con tasas insuficientes, en su interior los diferentes sectores tenían comportamientos muy variables en el tiempo, con breves períodos de crecimiento, seguidos de otros de retroceso. Es la época de los "ciclos ganaderos", de rubros que surgen y desaparecen por razones coyunturales, externas e internas, como la soja a inicios de los 80. En definitiva, transcurrieron casi cuatro décadas de estancamiento antes de que el agro mostrara un crecimiento relativamente estable, y, luego de la crisis económica de 2002, singularmente vigoroso. ¿Qué enseñanzas nos deja esta historia de éxitos y fracasos? ¿Podemos establecer alguna relación causa-efecto que permita discernir qué cosas nos favorecen y qué cosas nos perjudican? Creemos que la respuesta a esta pregunta debe ser claramente positiva. Para fundamentarlo, en el cuadro adjunto describiremos las características que presentaron algunas variables económicas de importancia, en los períodos definidos como de desarrollo y de estancamiento. En conclusión… Las relaciones causa-efecto pueden ser discutibles. Y también la selección de variables a analizar, o a dejar de lado por no considerarlas discriminantes, como por ejemplo la integración regional. Pero de todo lo anterior resulta irrefutable la asociación entre mayor liberalismo económico, y un nivel de bienestar y de oportunidades sostenidamente superior para la gran mayoría de la población. A algunos les resultará paradójico, pero cuando exportábamos solo 25% de lo que producía nuestro agro, vivíamos con problemas de abastecimiento y "hacer cola" para obtener productos básicos era parte de nuestra cultura, dependíamos de "Subsistencias". Ahora, que exportamos más de las tres cuartas partes de lo que producimos, tenemos un nivel de abastecimiento y de consumo cercano al de los países del Primer Mundo. No solo de productos agropecuarios, sino de todo tipo de bienes y servicios que la exportación de aquellos permite importar. En la comparación histórica, es cierto que el contexto externo actual es mucho más favorable. Pero lo podemos aprovechar, cosa que no ocurría con la estructura económica generadora del estancamiento. El círculo virtuoso de la estabilidad, la confianza, las inversiones y el crecimiento, en contraposición con el círculo vicioso de "emparejar para abajo", no crecer, carecer de oportunidades, emigrar. El crecimiento no es sinónimo de desarrollo, no soluciona todos los problemas, pero abre la posibilidad de solución, sin crecimiento no hay salida. Claro que seguimos con muchas asignaturas pendientes. En primer lugar, no estamos respetando el necesario paralelismo entre el desarrollo productivo y el de infraestructura, y las carencias en comunicaciones terrestres (ferrocarril y carreteras), puertos, dragados, etc., amenazan con hacer colapsar al modelo exportador. En segundo lugar, algo que no nos cansamos de repetir desde estas páginas: las carencias en educación técnica, media y superior, que ya se ha constituido en una limitante real y de importancia para el desarrollo productivo4. Y la cuenta que nunca se saca: aunque estemos creciendo a muy buen ritmo, ¿qué potencial de crecimiento y de desarrollo desperdiciamos por no subsanar estas carencias, por reincidir en errores ampliamente demostrados, por seguir financiando a costillas de nuestra competitividad a un Estado elefantiásico que no nos atrevemos a reformar, limitándonos solo a hablar sobre el tema? l Escrito en la primera semana de diciembre de 2010. 1 Número de animales faenados anualmente en relación al total en existencia, expresado en porcentaje. 2 María Inés Moraes, "La pradera perdida", Linardi y Risso, Montevideo, 2008. 3 Luis Bértola, "Ensayos de Historia Económica", Ed. Trilce, 2000. 4 En estos días se divulgó el dato de que 42% de los liceales uruguayos no alcanzaban niveles mínimos de competencia. |
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