Paranoia

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Maria Cecilia Rodriguez

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Jan 31, 2008, 5:32:22 PM1/31/08
to psicosociolista
Paranoia

Al.: Paranoia.
Fr.: paranoia.
Ing.: paranoia.
It.: paranoia.
Por.: paranóia.

fuente: Diccionario de Psicoanálisis
Jean Laplanche
Jean Bertrand Pontalis
bajo la dirección de Daniel Lagache

Psicosis crónica caracterizada por un delirio más o menos
sistematizado, el predominio de la
interpretación, la ausencia de debilitación Intelectual, y que
generalmente no evoluciona hacia la
deterioración.
Freud Incluye en la paranoia no sólo el delirio de persecución, sino
también la erotomanía, el
delirio celotípico y el delirio de grandezas.
El término «paranoia» es una palabra griega que significa locura,
desorden del espíritu. Su
empleo en psiquiatría es muy antiguo. La complicada historia de esta
palabra se ha descrito a
menudo en los tratados de psiquiatría, a los que nos permitimos
remitir al lector. Es sabido que la
paranoia, que en la psiquiatría alemana del siglo xix tendía a
englobar el conjunto de los delirios,
experimentó una mayor precisión y limitación de su extensión durante
el siglo xx, principalmente
por la influencia de Kraepelin. Sin embargo, todavía hoy persisten
divergencias entre las distintas
escuelas en cuanto a la extensión de este cuadro nosográfico.
No parece que el psicoanálisis haya ejercido una influencia directa en
esta evolución; pero
ejerció una influencia indirecta, en la medida en que contribuyó, por
intermedio de Bleuler, a
definir el campo limítrofe de la esquizofrenia.
Para el lector de Freud puede resultar útil ver cómo se inserta en
esta evolución el empleo
freudiano de la palabra paranoia. En sus cartas a Fliess y en sus
primeros trabajos publicados,
Freud parece mantenerse dentro de la acepción prekraepeliana y
considerar la paranoia como
una entidad muy extensa que agrupa la mayoría de los delirios
crónicos. En sus escritos
publicados a partir de 1911, adopta la gran distinción de Kraepelin
entre paranoia y demencia
precoz: «Considero plenamente justificado el paso dado por Kraepelin,
que ha reunido en una
nueva unidad clínica, con la catatonia y otras formas patológicas, una
gran parte de lo que
anteriormente se denominaba paranoia». Ya es sabido que Kraepelin
reconocía, junto a las
formas hebefrénica y catatónica de la demencia precoz, una forma
paranoide en la que existe
un delirio, aunque poco sistematizado, que se acompaña de
inafectividad y que evoluciona hacia
la demencia terminal. Freud, al adoptar esta terminología, se verá
inducido a modificar, en uno de
sus primeros escritos, un diagnóstico de «paranoia crónica» en
dementia paranoides.
Freud, en concordancia con Kraepelin, mantuvo siempre como
independiente del grupo de las
demencias precoces, el conjunto de los delirios sistematizados,
reuniéndolos bajo la
denominación de paranoia: engloba en ella no sólo el delirio de
persecución, sino también la
erotomanía, el delirio celotípico y el delirio de grandezas. Su
posición difiere claramente de la de
su discípulo Bleuler, que incluye la paranoia en el grupo de las
esquizofrenias, por encontrar en
ella el mismo trastorno fundamental y primario: la
«disociación» (véase: Esquizofrenia). Esta
última tendencia prevalece sobre todo en la escuela psiquiátrica
americana de inspiración
psicoanalítica.
La posición de Freud presenta algunos matices. Si bien en varias
ocasiones intentó diferenciar la
paranoia de la esquizofrenia, en lo referente a los puntos de fijación
y a los mecanismos que
intervienen, también admite que « [...] los síntomas paranoicos y
esquizofrénicos se pueden
asociar en todas las proporciones», y ofrece una explicación genética
de tales estructuras
complejas. Si tomamos como referencia la distinción introducida por
Kraepelin, la posición de
Freud aparece como opuesta a la de Bleuler. Kraepelin distingue
claramente la paranoia, por una
parte, y la forma paranoide de la demencia precoz, por otra; Bleuler
incluye la paranoia en la
demencia precoz o grupo de las esquizofrenias; Freud, por su parte,
incluiría en la paranoia
algunas formas llamadas paranoides de la demencia precoz,
especialmente por considerar que
la « sistematización » del delirio no constituye un buen criterio para
definir la paranoia. Como
indica claramente el estudio del Caso Schreber (e incluso su título),
la «demencia paranoide» del
presidente Schreber para Freud es esencialmente una «paranoia».
No aspiramos a exponer aquí una teoría freudiana de la paranoia.
Indicaremos solamente que la
paranoia se define, en sus distintas modalidades delirantes, por su
carácter de defensa contra
la homosexualidad. Cuando predomina este mecanismo en un delirio
llamado paranoide, esto
constituye para Freud una razón suficiente para relacionarlo con la
paranoia, incluso en
ausencia de « sistematización ».
Aunque elaborada sobre bases bastante distintas, la posición de
Melanie Klein entronca con
esta tendencia de Freud a hallar un fundamento común para la
esquizofrenia paranoide y la
paranoia. Ello explica, en parte, la aparente ambigüedad del término
«posición paranoide». La
posición paranoide se centra en el fantasma de persecución por los
«objetos malos» parciales, y
M. Klein encuentra esta misma fantasía en los delirios, tanto
paranoides como paranoicos.


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Paranoia

fuente: Diccionario de Psicoanálisis bajo la dirección de Roland
Chemama

s. f. (fr. paranoia; ingl. paranoia; al. Paranoia). Psicosis
caracterizada por un delirio de
persecución sistematizado e interpretativo al que se atribuyen
especialmente los delirios de
celos, de erotomanía y de grandeza. Desde el punto de vista freudiano,
estas diversas formas
de delirio son otras tantas maneras de negar la homosexualidad
proyectándola al exterior [véase
delirio]. El análisis de la paranoia es ejemplar para Lacan de la
teoría de la psicosis, para la cual
justamente ha introducido el concepto de forclusión del Nombre-del-
Padre.
Esta «forclusión del Nombre-del-Padre» le quita todo sentido a lo que
depende de la significación
fálica, cuyo encuentro sumerge al sujeto en el desconcierto,
librándolo al retorno en lo real, en
forma de alucinaciones, de lo que falta en el nivel simbólico. El
delirio va a suplir a la metáfora
paterna desfalleciente, construyendo una «metáfora delirante»,
destinada a dar sentido y
cohesión a aquello que carece de sentido y cohesión.
El uso del término paranoia, muy antiguo en psiquiatría, ha
evolucionado desde una extensión
muy amplia, tanto que en la psiquiatría alemana del siglo XIX llega a
englobar al conjunto de los
delirios, hasta un empleo más preciso, limitado, esencialmente bajo la
influencia de E. Kraepelin
(1899), a las psicosis en las que se instala un sistema delirante
durable e inconmovible, que deja
intactas las facultades intelectuales, la voluntad y la acción.
Corresponde a los conceptos de
monomanía y de delirio crónico sistematizado de los autores antiguos y
se distingue por lo tanto
de la esquizofrenia, o demencia precoz.
S. Freud, después de Kraepelin, adopta esta gran distinción y engloba
en la paranoia, además
del delirio de persecución, la erotomanía, el delirio de celos y el
delirio de grandeza. Se opone así
a Bleuler, que hace entrar la paranoia dentro del grupo de las
esquizofrenias y encuentra en el
origen de las dos enfermedades mentales el mismo trastorno
fundamental, la disociación. Esta
última concepción es la que prevalece actualmente en la escuela
psiquiátrica norteamericana de
inspiración psicoanalítica.
Freud, sin embargo, por otras razones, en particular porque la
sistematización del delirio no
bastaba a sus ojos para definir la paranoia, no vacila en vincular a
este grupo ciertas formas,
llamadas «paranoides», de la demencia precoz. Así, en el título mismo
de su observación del
caso Schreber, hace equivaler paranoia y demencia paranoide (dementia
paranoides).
Pero el aporte esencial del psicoanálisis a propósito de la paranoia
no concierne a estos
problemas de clasificación nosográfica. Incluso tendería a dejarlos de
lado para dedicarse más
bien a poner en evidencia los mecanismos psíquicos en juego en esta
psicosis y la parte
innegable que le cabe a la psicogénesis en su etiología.
El caso Schreber, En 1911 Freud establece la observación de un caso de
paranoia a partir de
las Memorias de un neurópata (1903) del presidente Schreber, eminente
jurista que había escrito
y publicado él mismo la historia de su enfermedad. Esta había
comenzado, después de su
nominación para la presidencia de la Corte de Apelaciones, bajo la
forma progresiva de un
«delirio alucinatorio» multiforme, para culminar luego en un delirio
paranoico sistematizado, a
partir del cual, según uno de sus médicos, «su personalidad se había
reconstruido» y había
podido mostrarse «a la altura de las tareas de la vida, exceptuando
ciertos trastornos aislados».
En este delirio, Schreber se creía llamado a salvar el mundo, por una
incitación divina que se
trasmitía a él por medio del lenguaje de los nervios y en una lengua
particular, llamada lengua
fundamental (al. Grundsprache). Para eso, debía trasformarse en mujer.
La hipótesis de
arranque de Freud fue que podía abordar estas manifestaciones
psíquicas a la luz de los
conocimientos que el psicoanálisis había adquirido de las
psiconeurosis, porque ellas provenían
de los mismos procesos generales de la vida psíquica.
Así, en las relaciones que en su delirio Schreber mantiene con Dios,
Freud reencuentra,
traspuesto, el terreno familiar del «complejo paterno». Reconoce, en
efecto, en ese personaje
divino, el «símbolo sublimado» del padre de Schreber, médico eminente,
fundador de una escuela
de gimnasia terapéutica, con quien él mantenía relaciones a la vez de
veneración y de
insubordinación. Del mismo modo, en la subdivisión entre un Dios
superior y un Dios inferior,
redescubre los personajes del padre y del hermano mayor.
Narcisismo y homosexualidad. Freud hace girar su interpretación
esencialmente en torno de la
relación erótica homosexual con estas dos personas. Considera, en
efecto, esencial a la
paranoia que Schreber haya debido construir un delirio de persecución
para defenderse del
fantasma del deseo homosexual, que expresaría, según él, la
feminización exigida por su misión
divina. Este fantasma, presente en la evolución normal del varón, sólo
deviene causa de psicosis
porque hay en la paranoia un punto de fragilidad situado «en alguna
parte de los estadios del
autoerotismo, del narcisismo y de la homosexualidad».
La referencia al narcisismo será precisada en 1914, cuando Freud
distinga más nítidamente
todavía la libido de objeto de la libido narcisista, de cuyo lado
situará la psicosis en su conjunto.
Tanto en los esquizofrénicos como en los paranoicos, Freud supone una
desaparición de la
libido de objeto en provecho del investimiento del yo, y el delirio
tendría como función secundaria
la de intentar retrotraer la libido al objeto.
Esta reflexión ya se encuentra en los trabajos de K. Abraham (1908),
que opone, a propósito de
la demencia precoz, los dos tipos de investimiento, del mismo modo
como supone para la
persecución un origen erótico, no siendo el perseguidor al principio
sino el objeto sexual mismo.
El mecanismo proyectivo. Al retomar esta tesis, Freud le va a dar un
desarrollo muy importante,
puesto que va a fundar lo esencial de su teoría: el delirio de
persecución, en efecto -lo mismo,
por otra parte, que los delirios erotomaníacos y de celos-, sería
siempre el resultado de una
proyección, que produce, a partir del enunciado de base homosexual
«Yo, un hombre, amo a un
hombre», primero su negación: «Yo no lo amo, lo odio», y luego la
inversión de las personas: «El
me odia». Por medio de esta proyección, lo que debería ser sentido
interiormente como amor es
percibido como odio proveniente del exterior. El sujeto puede evitar
así el peligro en el que lo
colocaría la irrupción en su conciencia de sus deseos homosexuales.
Peligro considerable a
causa de la fijación de estos enfermos al estadio del narcisismo, lo
que haría de la amenaza de
castración una amenaza vital de destrucción del yo. El delirio por lo
tanto aparece como un medio
para el paranoico de asegurar la cohesión de su yo al mismo tiempo que
reconstruye el
universo.
Desarrollos de la teoría freudiana. De estos dos puntos esenciales en
la teoría freudiana de la
paranoia, regresión al narcisismo y evitación de los fantasmas
homosexuales por medio de la
proyección, el primero conoció su desarrollo más importante a partir
de M. Klein, para quien toda
psicosis era un estado de fijación o de regresión a un estadio
primario infantil, en el que un yo
precoz era capaz, desde el nacimiento, de experimentar angustia,
emplear mecanismos de
defensa y establecer relaciones de objeto, pero con un objeto
primario, el seno, escindido entre
un seno ideal y un seno persecutorio. Este yo todavía desorganizado y
lábil desviaría la
angustia, suscitada en él por el conflicto entre las pulsiones de vida
y las pulsiones de muerte,
por una parte recurriendo a la proyección y, por la otra, a la
agresividad. Se ve en consecuencia
que, desde el principio, todo ser humano es psicótico y, en
particular, paranoico. Esta posición
primitiva es denominada, por otra parte, esquizoparanoide.
Por el contrario, en lo concerniente al segundo punto, es decir, al
núcleo homosexual de la
paranoia, Melanie Klein no lo retorna y plantea además problemas de
fondo que ya los mismos
contemporáneos de Freud habían señalado.
La forclusión del Nombre - del - Padre. Pero sin duda es en Lacan
(Seminario sobre las
psicosis, 1955-56) en quien esta cuestión ha sido retomada de la
manera más apropiada para
aclararla. Volviendo a la lectura freudiana del texto de Schreber,
introduce un supuesto esencial
para comprender lo que Freud llama el «complejo paterno» en el
neurótico y lo que lo distingue de
lo que se encuentra en el psicótico, clarificando de un solo golpe
considerablemente lo que
significa la pretendida «homosexualidad» del paranoico. Este supuesto
es el de la función
paterna simbólica, o metáfora paterna, designada también con el
término Nombre-del-Padre, que
conviene distinguir del padre real porque resulta del reconocimiento
por la madre no sólo de la
persona del padre, sino sobre todo de su palabra, de su autoridad, es
decir, del lugar que ella le
reserva a la función paterna simbólica en la promoción de la ley. En
el paranoico, esta metáfora
no opera. Hay en él -Lacan retorna aquí un término posterior en la
obra de Freud- Verwerfung,
que Lacan traduce por «forclusión», es decir que, en el lugar del
Nombre-del-Padre, hay un
agujero, que produce en el sujeto un agujero correspondiente en el
sitio de la significación fálica,
lo que provoca en él, cuando se encuentra confrontado con esta
significación fálica, el
desarreglo más completo. Es así como se desencadena la psicosis en
Schreber, en el momento
en que es llamado a ocupar una función simbólica de autoridad,
situación frente a la cual sólo
puede reaccionar con manifestaciones alucinatorias agudas, a las que
poco a poco la
construcción de su delirio vendrá a aportarles una solución,
constituyendo, en el lugar de la
metáfora paterna desfalleciente, una «metáfora delirante», destinada a
dar un sentido a lo que
para él carece totalmente de sentido.
En esta concepción se comprende mejor a qué corresponde lo que Freud
designa como
homosexualidad. Se trata, con más exactitud, de una posición
transexual, es decir, de una
feminización del sujeto, subordinada no al deseo de otro hombre, sino
a la relación que su madre
sostiene con la metáfora paterna y, por lo tanto, con el falo. En este
caso, que es de forclusión
del primer término, se atribuye al hijo ser ese falo materno, lo que
lleva a la conclusión de que «a
falta de poder ser el falo que le falta a la madre, le queda la
solución de ser la mujer que le falta a
los hombres» («De una cuestión preliminar ... », Escritos) o, todavía,
la mujer de Dios.
La forclusión de la metáfora paterna impide en efecto asimilar a una
posición femenina en la
homosexualidad, o a aquella más general del Edipo invertido, este ser
la mujer al que se
encuentra constreñido Schreber, porque, contrariamente a esas otras
dos situaciones, lo que le
falta precisamente es la amenaza de castración. El padre de Schreber,
situado fuertemente
como una figura imponente y respetada, ilustra bien que un padre pueda
ser así en la realidad,
pero, al propio tiempo, por el hecho mismo de que se arroga una
posición de legislador o de
servidor de una obra, puede estar en relación con esos ideales en una
postura de demérito o
incluso de fraude, es decir, «de excluir al Nombre-del-Padre de su
posición en el significante»
(Escritos).
Otra consecuencia de esta reformulación teórica es que pone término,
de manera quizás
abrupta, a las discusiones sobre el distingo entre paranoia y
esquizofrenia. La cuestión de la
paranoia deviene la cuestión totalmente general de la estructura de la
psicosis.



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Paranoia

fuente: Elementos para una enciclopedia del psicoanálisis
El aporte Freudiano
Esta obra fue dirigida por Pierre Kaufmann: (1916-1995), filósofo del
psicoanálisis.

La mayor parte de los tratados y vocabularios de psiquiatría y
psicoanálisis se consideran
obligados a recordar que el término «paranoia» está tomado del griego
clásico. Convendría
además subrayar la distancia entre su acepción originaria y su
transposición moderna. En la
lengua de Esquilo, Eurípides, Aristófanes -pero también en la de
Hipócrates-, «paranoia» no
designa una enfermedad del alma, sino el arrebato de un delirio. En
Los siete contra Tebas, el
término evocará el abrazo fatal en el que se precipitan Edipo y
Yocasta; en Eurípides, la
terrorífica visión de la que cae víctima Orestes después del asesinato
de su madre; en
Aristófanes, el ensueño ideológico de un burgués ateniense; en
Hipócrates, finalmente, la crisis
epiléptica. Es cierto que este mismo vocablo, «paranoia», se encuentra
también en la definición
jurídica, atestiguada por Platón y Andócides, de procedimiento de
interdicción al que está
expuesto el padre pródigo por parte de sus herederos. Pero también en
este caso es llamada a
recubrir la descripción de comportamientos observables; le
corresponderá a la psiquiatría
alemana del siglo XIX realizar su transposición desde ese registro
descriptivo a la clasificación
nosográfica, en equivalencia con esa entidad que es el delirio
sistematizado de la escuela
francesa. Testimonio de una evolución ya esbozada, el léxico
etimológico de Kraus aportará su
definición en su 4 a edición, de 1844, bajo la doble entrada de
«paranoia» o «parancea».
Kahlbaum y Krafft-Ebing continúan su elaboración con esta denominación
nueva. Finalmente, en
vísperas de la llegada del psicoanálisis, la cuarta edición del
Tratado de psiquiatría de Kraepelin
fija en unas cincuenta páginas los elementos en adelante clásicos de
una sintomatología
destinada a dar asidero a todas las discusiones ulteriores. Punto de
referencia sin duda
precioso para marcar la originalidad en tal sentido de la
investigación freudiana.
El delirio sistematizado
No obstante, mayor que ningún otro será en este sentido el aporte de
la enseñanza de
Griesinger; hasta nosotros ha llegado un ejemplar de su Tratado de
psiquiatría cuidadosamente
anotado por el propio Freud; se trata de una obra que, con reserva de
la terminología, anticipa ya
la intervención del psicoanálisis. Al tratar los caracteres generales
de la locura y sus analogías
con ciertas formas «normales» de experiencia, Griesinger, en efecto,
describe sobre todo las
afinidades con el sueño y la hipnosis. En lo que concierne al delirio,
delimita su dominio con la
denominación de Verrücktheit [demencia], distinguida de la Versinnung
o confusión alucinatoria.
Algunos años después, Kraepelin suscribirá esta denominación.
Simplemente reemplazará el
término Verrücktheit (el delirio sistematizado de los franceses) por
el término paranoia, no sin
asociarlo, en nota, con la designación de Griesinger, dejando en manos
de Freud el desarrollo de
fondo de las intuiciones más originales de Griesinger. No obstante, la
interpretación
psicoanalítica de la paranoia no se desarrollará sobre el terreno
abarcado por esta nueva
designación, sino por un efecto de arrastre a partir del estudio de la
histeria y de la neurosis
obsesiva.
«En psiquiatría -escribe Freud el 24 de enero de 1895-, las ideas
delirantes se clasifican con las
ideas obsesivas, siendo unas y otras perturbaciones puramente
intelectuales; la paranoia se
ubica junto al trastorno obsesivo en tanto que psicosis intelectual.
Si las obsesiones son
atribuibles a un trastorno afectivo, y si se ha demostrado que deben
su potencia a algún
conflicto, la misma explicación debe ser valedera para las ideas
delirantes. Estas ideas se
desprenden de una perturbación afectiva y su fuerza se debe a un
proceso psicológico. Los
psiquiatras tienen una opinión contraria, mientras que los profanos
acostumbran atribuir la locura
a choques psíquicos... El hecho es éste: la paranoia crónica, en su
forma clásica, es un modo
patológico de defensa, lo mismo que la histeria, la neurosis obsesiva
y los estados de confusión
alucinatoria.»
Más precisamente, entonces, según el principio de explicación admitido
por Freud en su
generalidad, «estas personas se vuelven paranoicas porque no pueden
tolerar ciertas cosas».
«Además -añade-, es preciso que su psiquismo esté particularmente
predispuesto.» ¿En qué
consiste esta predisposición?
Proyección y recusación de creencia
El análisis de un ejemplo remite a Freud a una escena de seducción (24
de enero de 1895), en la
que el problema consistirá en caracterizar la represión en la
especificidad del proceso
paranoico. La defensa -escribe Freud-, era innegable, pero también
habría podido terminar en un
síntoma histérico o una obsesión. ¿Cuál era la especificidad de la
defensa paranoica? Se
introduce entonces el mecanismo de la proyección. Un mecanismo a fin
de cuentas trivial, cuya
importancia había sido señalada en particular por Schopenhauer; no
obstante, también hay que
reconocer que Freud renovó su concepción, interpretándolo como
equivalente a una represión
-diferente de la represión histérica- que se basa en primera instancia
en el contenido que la
motiva. Por lo tanto, hay que precisar la relación de esa defensa,
asegurada por un «mal uso»
del mecanismo de proyección, con el incidente primario.
El 1 de enero de 1896 Freud encara sucesivamente el incidente primario
(sin duda análogo al que
engendra la neurosis obsesiva), el recuerdo de ese incidente, el
displacer que provoca (de
manera aún indeterminada), la represión consecutiva y la proyección.
Pero a esta última está
asociado además un proceso totalmente característico, que es el de
recusar la creencia
(versagen des Glaubens). Entendemos por esto la desconexión respecto
del yo, o
desapropiación, de un contenido incompatible con la identidad que el
sujeto se reconoce. Más
precisamente, la conciencia se niega a dar crédito al autorreproche, y
a tal fin emplea el
procedimiento de la proyección. Se hace responsable al prójimo del
displacer. El síntoma primario
así constituido es la desconfianza, la susceptibilidad exagerada con
respecto a los otros. Las
voces representan los autorreproches a la manera de un síntoma de
compromiso. En términos
más amplios, «los caracteres generales de esta neurosis -la
importancia atribuida a la voz en
tanto que imagen de las relaciones con el prójimo y a los gestos que
nos revelan la mentalidad de
los otros, la importancia asimismo del tono de sus dichos y de las
alusiones-, todo ello emana del
hecho de que la conciencia no puede admitir ninguna relación directa
entre el contenido de las
observaciones y el recuerdo reprimido». Con la puesta en evidencia del
«rehusamiento de
creencia» concomitante con la proyección, en el curso de ese año de
1896 se realiza una
redistribución de conjunto de los datos del problema. En primer lugar,
al prestarse atención a la
emergencia del síntoma originario, su localización cronológica aparece
como característica
distintiva en relación con la neurosis obsesiva y la histeria.
El marco edípico
«En la paranoia -escribe Freud en mayo de 1896-, las escenas
(originarias) tienen lugar después
de la segunda dentición, y son evocadas en la madurez. La defensa se
manifiesta entonces
como incredulidad; la paranoia es la neurosis que menos depende de los
determinantes
infantiles. Representa la neurosis de defensa por excelencia,
independiente de la moral y la
aversión sexual que proveen a la neurosis obsesiva y a la histeria sus
motivos de defensa.»
En la estructura de la paranoia encontrará su justificación un vuelco
metodológico esencial.
Hemos aprendido que el proceso se despliega en un orden: incidente,
recuerdo, displacer,
recusación de creencia (desconexión), represión (1 de enero de 1896).
Como consecuencia se
considera que el prójimo me imputa el rasgo o el deseo que yo condeno.
Ahora bien, al año siguiente se produjo la crisis de la que emergió la
primacía de la organización
edípica, y sin duda la paranoia contribuyó al descubrimiento de esta
organización en un grado no
menor que la influencia que el descubrimiento del Edipo tuvo sobre el
análisis de la paranoia. En
síntesis, la paranoia puso de manifiesto un tipo de defensa que
implica, en la recusación de la
creencia, la relación del sujeto con el otro. La organización edípica
confirma esta investigación,
en cuanto asigna a tal experiencia sus dimensiones normativas. Por
ello, la interpretación de la
paranoia abre el camino a la reconstrucción de las fases de la
cultura. «En la paranoia -escribe
Freud el 24 de enero de 1897- se combina la megalomanía con la
creación de mitos genealógicos
sobre el linaje del niño, tendientes al extrañamiento de la familia.
La novela de enajenación, añade
Freud el 25 de mayo de 1897 -según la cual el sujeto se cree extraño
en su familia (p. ej. en la
paranoia) está presente en todas partes y sirve para hacer ¡legítima a
esa familia.»
El testimonio autobiográfico publicado en 1903 por el presidente
Schreber -Memorias de un
neurópata- dará cuerpo a estas primeras sugerencias, en un comentario
cuyo título e
introducción no dejan de sorprender por su modestia, Modestia del
título, que se limita a simples
«Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (dementia
paranoides) descrito
autobiográficamente». Modestia de la presentación del caso, por la
exclusión de toda
dependencia con respecto a la investigación teórica ante la práctica
psiquiátrica efectiva; la
investigación se reduce a la interpretación de un texto.
En el intervalo de 1897 a 1903 se producirá no obstante una revisión
esencial, en forma de
extensión a la paranoia de la crítica ya realizada de la etiología
traumática de la histeria. El 21 de
setiembre de 1897, Freud declara en efecto haber renunciado a su
«neurótica» es decir, a la
hipótesis de que la histeria se origina en un incidente sexual,
hipótesis conservada aún en la
carta 52 del 6 de diciembre de 1896: «estoy cada vez más convencido -
escribía Freud
entonces- de que la histeria deriva de la perversión del seductor».
Una solución posible, añade
el 21 de setiembre de 1897, cuando abandona esta última hipótesis,
tendría en cuenta que el
fantasma sexual se juega siempre en torno del tema de los
progenitores.
Ahora bien, el 15 de octubre de 1897 el mismo movimiento crítico se
extiende a la paranoia, y
precisamente en el contexto de la representación edípica.
«He encontrado en mí, como por otro lado en todas partes, sentimientos
de amor respecto de mi
madre y de celos respecto de mi padre, sentimientos que son, creo, un
fenómeno general de la
temprana infancia», aun cuando su aparición no sea tan precoz como en
la niñez de los
pacientes histéricos (de una manera análoga a la de la novela sobre la
genealogía de los
paranoicos -héroes, fundadores de religiones-). Si esto es así, se
comprende el poder
cautivador de Edipo rey, que desafía todas las objeciones racionales
que se oponen a la
hipótesis de una fatalidad inexorable. Se comprende también por qué
todos los dramas ulteriores
del destino tenían que fracasar lastimosamente. Nuestros sentimientos
se revelan contra todo
destino individual arbitrario como el que se encuentra expuesto en Die
Ahnfrau, etc. Pero el mito
griego ha captado una compulsión que todos reconocen, porque todos la
han experimentado. En
germen, en fantasía, cada espectador fue alguna vez un Edipo, y se
espanta ante la realización
de sus sueños transpuestos a la realidad; se estremece
proporcionalmente a la represión que
separa su estado infantil de su estado actual.»
En síntesis, en la fecha en que se produce el vuelco decisivo del
desarrollo del psicoanálisis,
parecen adquiridos los temas siguientes:
1) El resorte de la proyección paranoica tiene que ver con nuestra
intolerancia a que la gente
conozca de nosotros lo que nosotros ignoramos (24 de enero de 1895).
2) Las características generales de esta afección (importancia
atribuida a la voz, al gesto, al
tono) traducen el corte entre el alter ego y el recuerdo reprimido (1
de enero de 1896).
3) La paranoia es la neurosis que menos depende de las determinaciones
infantiles. Ella
representa la neurosis de defensa por excelencia, independiente de la
moral y de la aversión
sexual, que procuran a la neurosis obsesiva y a la histeria sus
motivos de defensa (20 de mayo
de 1896).
4) La elección de neurosis (histeria, neurosis obsesiva, paranoia)
depende verosímilmente del
estadio de evolución en el que la represión es posible, es decir, en
el que un placer de fuente
interior se transforma en repugnancia proveniente del exterior.
5) Hay desplazamiento por vía asociativa en la histeria,
desplazamiento por semejanza
conceptual en la neurosis obsesiva, característico del lugar y quizá
también de la época en la
que se produjo la defensa, y desplazamiento de orden causal en la
paranoia (25 de mayo de
1897).
Proyección y narcisismo
De modo que, partiendo de la importancia asignada a la fecha del
trauma, progresamos al tomar
en cuenta la fecha de la represión (proyección), y desde allí el marco
edípico en el que ésta
interviene.
Finalmente, el 9 de diciembre de 1899 se reveló la relación con la
teoría de la sexualidad. «Lo que
me preocupa es la "elección de las neurosis". ¿En qué circunstancias
una persona se convierte
en histérica, en lugar de volverse paranoica? En un intento primero y
grosero, en la época en
que yo procuraba impetuosamente forzar la ciudadela, pensaba que esa
elección dependía de la
edad en que se habían producido los traumas sexuales del momento del
incidente... Después ya
no tuve opinión, hasta estos últimos días, en que se me reveló la
conexión con la teoría de la
sexualidad... Entre las capas sexuales, la más profunda es la del
autoerotismo, que no tiene
ninguna meta psicosexual y sólo exige una sensación capaz de
satisfacerlo localmente. Más
tarde lo releva el aloerotismo (homoerotismo y heteroerotismo), pero
sin duda subsiste con la
forma de una corriente independiente. La histeria (así como su
variedad, la neurosis obsesiva)
es aloerótica y se declara principalmente por una identificación con
la persona amada. La
paranoia vuelve a deshacer las identificaciones, restablece a las
personas que se ha amado en
la infancia (véanse mis observaciones relativas a los sueños de
exhibición) y escinde al yo en
varias personas ajenas. Esto es lo que me ha llevado a considerar la
paranoia como el asalto de
una corriente autoerótica, como un retorno a la situación de antaño.
La formación perversa
correspondiente sería la que se denomina locura original.»
De esto surgen las condiciones particulares en las que se propondrá la
tarea de interpretación,
en los casos respectivos de las neurosis histéricas, la neurosis
obsesiva y la paranoia. La
relación transferencial, en los dos primeros tipos de afecciones,
apunta a liberar
representaciones marcadas por la sustitución (histeria), el
desplazamiento (obsesión) y, en el
caso de la paranoia, por la puesta en evidencia de una relación causal
(25 de mayo de 1897).
Bajo esta forma recobra su sentido el principio formulado
anteriormente (el 24 de enero de
1895), según el cual «el contenido real sigue intacto cuando cambia el
emplazamiento (Stellung)
de toda la cosa, y el reproche interior es empujado hacia afuera». Más
precisamente, «la
represión se realiza por recusación de creencia (1º de enero de 1896);
se conservan los
contenidos y afectos de la idea intolerable, pero son proyectados
afuera».
Ahora bien, esto también significa que todos los datos del problema
están reunidos de entrada
por la experiencia, y que lo único llamado a modificarse es su
configuración. De ello resulta que,
en este terreno de la paranoia, un texto autobiográfico pueda hacer
las veces de la emergencia
progresiva del material en la cura. Así puede entonces apreciarse la
originalidad de la
contribución que le aportará a Freud el texto de Schreber. Se
intentarán tres vías: la puesta en
evidencia de la homosexualidad, la función de la proyección y el papel
de la fijación sobre el yo.
La homosexualidad, recuerda Freud, no es original; los estudios de
casos realizados con el
concurso de Jung ya habían atestiguado regularmente que el perseguidor
del delirio paranoico
es un ser que antes había sido amado. La proyección, en segundo lugar,
no es específica de la
paranoia. «En lo que concierne a la formación de los síntomas en la
paranoia, el rasgo más
sorprendente es el proceso que conviene calificar de proyección. Se
reprime una percepción
interna y, en lugar de ella, su contenido, después de haber sufrido
una cierta deformación, llega
a la conciencia con forma de percepción proveniente del exterior. En
el delirio de persecución, la
deformación consiste en una transformación del afecto: lo que debía
experimentarse
interiormente como amor es percibido exteriormente como odio. Uno se
sentiría tentado a
considerar este curioso fenómeno como el elemento más importante de la
paranoia y como
absolutamente patognomónico si no recordara oportunamente dos hechos.
En primer lugar, la
proyección no desempeña el mismo papel en todas las formas de
paranoia; en segundo término,
no aparece sólo en el curso de la paranoia, sino también en otras
condiciones psicológicas; de
hecho, tiene asignada una participación regular en nuestra actitud
ante el mundo exterior. Pues
cuando investigamos las causas de ciertas impresiones, no en nosotros
mismos (como lo
hacemos cuando se trata de otras impresiones del mismo orden), sino
que las situamos en el
exterior, ese proceso normal también merece el nombre de proyección.
Así, si atendemos al
hecho de que se trata -en el caso de la proyección- de problemas
psicológicos más generales,
remitimos a otra oportunidad el estudio de la proyección, y al mismo
tiempo, el estudio del
mecanismo de los síntomas paranoicos ... »
Si bien es cierto que las cuatro formas de funcionamiento de esta
proyección permiten
diferenciar los grandes tipos clínicos -paranoia persecutoria, celosa,
erotómana y megalómana-,
que corresponden, respectivamente, a los desplazamientos del verbo,
del sujeto y del objeto del
enunciado, y a la totalización de la enunciación implícitamente
elaborada por el paciente, esto no
basta todavía para que la proyección sea el fundamento de la paranoia.
Para llegar a ello,
tendremos que referirnos a ese aborto del desarrollo libidinal que es
la fijación del sujeto al yo,
en tanto representante del cuerpo.
El 9 de diciembre de 1899, en efecto, se reconocen las vicisitudes de
la identificación como
resorte del proceso paranoico. Más profundamente, éste nos remite a la
génesis misma de la
identificación, a esa matriz de la identificación que es la
integración en un mismo cuerpo de las
zonas erógenas antes dispersas: «Creo -escribirá Freud a propósito del
presidente Schreber-
que no es superfluo ni injustificado tratar de señalar que el
conocimiento de los procesos
psíquicos que hemos obtenido gracias al psicoanálisis permite desde
ahora comprender el papel
de los deseos homosexuales en la génesis de la paranoia.
Investigaciones recientes han
orientado nuestra atención hacia un estadio que atraviesa la libido en
el curso de su pasaje
desde el autoerotismo hasta el amor objetal. Se lo ha denominado
estadio del narcisismo;
personalmente, yo prefiero la palabra "narcismo", quizás menos
correcta, pero más breve y
eufónica. Este estadio consiste en lo siguiente: el individuo en
desarrollo reúne en una unidad
sus pulsiones sexuales, que hasta ese momento actuaban de modo
autoerótico, a fin de
conquistar un objeto de amor, y al principio se toma a sí mismo, toma
su propio cuerpo como
objeto de amor, antes de pasar a la elección objetal de otra persona.
Quizás este estadio
intermedio entre el autoerotismo y el amor objetal es inevitable en el
curso de un desarrollo
normal, pero parece que ciertas personas se detienen en él de una
manera insólitamente
prolongada, y que muchos de los rasgos de esta fase persisten en ellas
en los estadios
ulteriores de su desarrollo. En ese "sí mismo" tomado como objeto de
amor, quizá los órganos
genitales sean ya el atractivo primordial. La etapa siguiente conduce
a la elección de un objeto
dotado de órganos genitales semejantes a los propios, es decir, a la
elección homosexual del
objeto, y después, a partir de allí, a la heterosexualidad».
Si éste es entonces el término del proceso previo a la represión y a
su expresión proyectiva,
falta aún señalar el momento a partir del cual esta regresión
interviene. La construcción de la
segunda tópica dará base a la elaboración del problema, en cuanto
fijará sus coordenadas
directrices, sobre todo al referir el superyó a la ¡mago paterna,
cuyas vicisitudes y cuya
regresión gobiernan la interpretación de la paranoia. La polémica
sostenida con Jung
aproximadamente en 1911 arrojará una viva luz sobre este desarrollo.
La cuestión del padre
Recordemos sólo que si Jung, rompiendo con Freud, desarrolló la noción
de una «libido»
desexualizada (asimilada, según sus propios términos, al élan vital de
Bergson o a la noción más
general de un «interés» existencial), que por otra parte escaparía a
toda determinación coactiva
del pasado, en tanto que representativa de la exigencia de autonomía
de un sujeto vuelto hacia el
futuro, Jung, decimos, lo hizo en razón del desplazamiento del centro
de la teoría desde la
neurosis hasta la psicosis, y de la consiguiente «radicalización» de
los planteos y conceptos
derivados del análisis de la histeria, según lo atestiguan las
Conferencias de introducción al
psicoanálisis. En efecto, en la medida en que la libido freudiana es
apetito de objeto, apetito de un
objeto cuyo goce satisfaría la meta de la pulsión sexual, en esa
medida la ruptura del psicótico
con la realidad -sea que ella se manifieste por el delirio, la
alucinación o el repliegue del sujeto
sobre su experiencia íntima- parece exigir, a la inversa, un nuevo
estatuto para la libido que,
orientada al mundo y no ya a la búsqueda del objeto, se sustraiga por
ese mismo hecho a la
esfera de la sexualidad. Con esto Jung parece también abolir la
distinción, mantenida por Freud,
entre la energía de la pulsión y la dinámica de los procesos
libidinales; se atribuye a la libido la
energía de una tensión consagrada globalmente al desarrollo pleno del
sujeto en un «mundo».
Los criterios de verificación característicos de estos trayectos se
pueden captar comparando
los trabajos que les sirvieron de preludio: el artículo publicado por
Jung en 1909, «Die Bedeutung
des Vaters für das Schicksal des Eizelnen» [La significación del padre
para el destino del
individuo] y el análisis presentado por Freud en 1911 sobre la
demencia paranoide del presidente
Schreber. Un intercambio de cartas entre Abraham y Freud acerca del
artículo de Jung
demuestra el interés que éste había suscitado en Freud, quien subraya
que, mientras que la
atención del psicoanálisis se había concentrado particularmente en la
investidura libidinal de la
madre, Jung era el primero en atribuir un rol esencial a la
representación de la paternidad y sus
vicisitudes. Habrá que observar además (y esto es lo esencial) que
Jung entiende precisamente
la paternidad como un modelo, herencia del linaje de los antepasados,
según el cual se determina
la figura efectiva y crucial del padre. En 1912, Freud retendrá en
Tótem y tabú esta dimensión del
problema, en una perspectiva filogenética. No obstante, desde el punto
de vista de la
ontogénesis individual en el que nos sitúa el análisis de Schreber, el
padre interviene en tanto
que objeto de una fijación homosexual. Y si, más profundamente, esta
relación se enraíza en
una fijación narcisista, lo hace en cuanto ese padre ha sido por sí
mismo un objeto de amor, un
objeto libidinal. El individuo en desarrollo «reúne, en efecto, en una
unidad sus pulsiones
sexuales -que hasta allí actuaban de modo autoerótico-, a fin de
conquistar un objeto de amor, y
al principio se toma a sí mismo, toma su propio cuerpo, como objeto de
amor». Esta corriente
libidinal arcaica, en una primera fase de represión, se fija en el
inconsciente.
En una segunda fase interviene la represión, descrita, en el caso de
las neurosis, como
«emanada de las instancias más altamente desarrolladas, capaces de ser
conscientes». Pero
«la tercera fase, la más importante en lo que concierne a los
fenómenos patológicos, es la del
fracaso de la represión, la del retorno de lo reprimido. Esta
irrupción se origina en el punto en
que tuvo lugar la fijación, e implica una regresión de la libido hasta
ese punto preciso». «Ya
hemos aludido -continúa Freud- a la multiplicidad de los puntos
posibles de fijación; hay tantos
como estadios en la evolución de la organización de la libido.»
Esta regresión tiene una sanción, que es la vivencia de la destrucción
del mundo. Schreber, en
efecto, «adquiere la convicción de que es inminente una gran
catástrofe, el fin del mundo». Pero
entonces se desencadena el delirio: el paranoico reconstruye el
universo, no en verdad «más
espléndido», como dice Fausto, pero al menos «de modo tal que de nuevo
pueda vivirse en él».
Lo que entonces «atrae poderosamente nuestra atención es el proceso de
curación que suprime
la represión y reconduce la libido hacia las mismas personas que ella
había abandonado». En
este caso no podemos decir que el sentimiento reprimido adentro sea
proyectado afuera: «se
debería decir más bien que lo que ha sido abolido (aufgehoben) adentro
vuelve desde afuera».
Lo que está en juego en la refutación de Freud a Jung es entonces la
posición atribuida al objeto
en la definición de la libido. La libido freudiana, que es ansia de
objeto, recorre todas las
posiciones que ese objeto puede ocupar, en una serie cuyo primer
momento es dado por «la
primera presencia auxiliadora». La libido junguiana es desexualizada
por cuanto se asimila a la
energía de una existencia singular que se realiza en el mundo, con
exclusión de toda aspiración
de objeto. Sin duda, en el ciclo recorrido por la libido se pueden
distinguir la libido del yo y la libido
de objeto. Esta precisión terminológica no compromete la esencia de la
noción, tomada en su
acepción freudiana, si es cierto que, en su posición más arcaica, la
libido del yo nos es
representada como segunda con relación a la investidura de la «primera
presencia» que
aseguró la satisfacción nutricia.
En la línea de las sugerencias de Freud, también es posible remover el
equívoco terminológico del
«objeto» libidinal con referencia al estado de «prematuración»; ante
la carencia orgánica del
recién nacido, este objeto se encuentra reducido al polo virtual de un
«apetito», cuya cualidad de
«sexual» sólo sirve para justificar el hecho de que proviene «del
exterior», y a la exigencia de
repetición que, por este mismo hecho, se liga menos a la satisfacción
de la necesidad que al
goce de un contacto precario. Así adquirirá todo su alcance la noción
de una «pulsión altruista».
Pero, si la libido del prematuro se inserta en un interés de
supervivencia, que le presta un valor
prospectivo, la repetición, cuya exigencia ella porta, devuelve la
meta hacia el pasado y, si bien
en el horizonte de la libido se perfila el objeto, la compulsión
repetitiva sólo apunta a la extinción
de la excitación, puesto que se da por fin el retorno de la
satisfacción, en la que esa excitación
es abolida.
De modo que la pulsión sexual aparecerá como anudada a la pulsión de
muerte, y el principio de
placer, que rige el curso del proceso libidinal, como subordinado al
principio de constancia.
Además, el superyó, representante de la pulsión de muerte, se hará
cargo de la desexualización
de la pulsión: la exclusión del objeto libidinal, al servicio de la
cual se pondrá la empresa de la
sublimación. Se nos propone una traducción matemática de esta
formulación teórica, con la
distinción de la representación vectorial del principio de placer, que
rige la reducción relativa de
la tensión, desde un valor superior a uno menor, y el pasaje al límite
al que tiende la serie
trigonométrica de Fourier, en la presentación, por Gustav Theodor
Fechner, del principio de
constancia. También se subrayará el alcance didáctico de la
anticipación que al respecto ofrece
el comentario de «El motivo de la elección del cofre» en 1913, o sea
siete años antes de Más allá
del Principio de placer. En el estilo del ensayo, Freud presentaba
entonces la imagen de Venus
como la envoltura ilusoria bajo la cual se oculta la fatalidad de la
muerte. De este modo el objeto
libidinal revelaba ya su estatuto de ilusión, la subordinación de la
pulsión sexual a la pulsión de
muerte.
Pero con la constitución del superyó, la clínica y la teoría de la
paranoia se encuentran
fusionadas con la génesis de la experiencia social. Ya el apéndice de
1911, agregado a la
interpretación del caso del presidente Schreber, encuentra su asidero
en Tótem y tabú.
Veinticinco años más tarde, la mitología de Schreber (bajo la forma de
la ordalía del águila) y la
ilustración aportada a la hipótesis de Tótem y tabú por la religión
totémica, se extienden al
dominio general de la religión. Si es cierto que el gran hombre es un
sustituto del padre, se lee en
Moisés y la religión monoteísta (1938), no es sorprendente que cumpla
la función del superyó en
la psicología de las masas, y esta observación debe valer igualmente
para Moisés en su relación
con el templo judío.
Ahora bien, en este modo de ver surge un nuevo punto de referencia
teórico, que es el del
Nombre-del-Padre: «Progresar en la vía de la espiritualidad no es sino
relegar a un segundo
plano las percepciones sensoriales directas y ceder el paso a los
recuerdos, las deducciones,
las reflexiones, procesos todos intelectuales, considerados
superiores, es decidir, por ejemplo,
que la paternidad, aunque los sentidos no puedan revelarla, es más
importante que la
maternidad. Por eso el hijo lleva el nombre de su madre y lo hereda».
Pero, en un desarrollo
paralelo al freudiano, en 1932 apareció la tesis de Lacan titulada De
la psicosis paranoica en sus
relaciones con la personalidad. El propio autor comentará este trabajo
de juventud en su escrito
«Acerca de la causalidad psíquica» (1946), y volverá a él en su
seminario de 1955-1956, sobre
las psicosis, del que en 1958 se publicó un extracto muy elaborado, en
el tomo IV de la revista
La Psychanalyse.
La metáfora paterna y su fracaso
La elaboración de Lacan se basará en dos puntos esenciales: el
narcisismo y el
Nombre-del-Padre.
En su presentación del caso Schreber, Freud insistía en la integración
de las zonas erógenas en
una totalidad orgánica. Esta indicación es elaborada por Lacan en tomo
a las nociones del
cuerpo fragmentado y de la identificación iterativa, ilustración del
«estadio del espejo».
Queda además por precisar, si se acepta que hay en el paranoico
regresión narcisista, a partir
de qué posición tiene lugar esta regresión y qué organización apunta a
destruir. La sugerencia
aportada en 1938 por Moisés y la religión monoteísta en cuanto a la
función del
«Nombre-del-Padre» (como prolongación de una nota más antigua en el
texto sobre el Hombre de
las Ratas, concerniente al pasaje del matriarcado al patriarcado)
encontrará en tal sentido todo
su alcance en el comentario de Lacan, un comentario que apunta a
extraer todas las
consecuencias de la hipótesis de la «forclusión» del Nombre-del-Padre
en tanto que responsable
del boquete del orden significante, en el que se precipita el delirio.
Basándose en el aporte freudiano, constantemente enriquecido desde las
primeras
formulaciones de las que atestigua la correspondencia con Fliess, la
originalidad de este intento
consiste en relacionar con la descomposición del registro simbólico la
producción imaginativa del
psicótico, en primer lugar Schreber. Lacan sigue entonces a Freud,
para suponer en su origen la
puesta fuera de juego del Nombredel-Padre. Hay que subrayar además el
retoque aportado aquí
a la sugerencia de Moisés y la religión nionoteista. Freud evocaba el
nombre del Padre. Lacan
introduce la función de una metáfora que se realiza «en el Nombre-del-
Padre». En otras
palabras, le confiere al padre una especie de trascendencia, y a tal
título ese padre es llamado a
constituirse en el Otro. En consecuencia, la elucidación del proceso
paranoico recurrirá a la
confrontación de dos diagramas; el primero -diagrama de la
normalidad-, inserta el campo de la
realidad entre los dominios respectivos de lo imaginario y lo
simbólico; el segundo nos permite
asistir a la deriva de las posiciones anteriormente fijadas en torno a
las hiancias, donde se
consumen el Falo imaginario y el Padre simbólico.
Sin duda sería instructivo un paralelo entre tales esquemas «que
comparten -nos dice Lacan- el
exceso al que se obliga a toda formalización que quiere presentarse en
lo intuitivo», y la puesta
en escena trágica, donde el vocablo «paranoia» tuvo su cuna cultural.


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