Maria Cecilia Rodriguez
unread,Mar 10, 2008, 1:00:34 PM3/10/08Sign in to reply to author
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to psicosociolista
La condición mortal en la perspectiva de Cornelius Castoriadis
No he de vivir por siempre
El hecho de la condición mortal es desestimado en nuestra cultura,
señala el autor de esta nota, quien, citando al psicoanalista y
filósofo Cornelius Castoriadis, observa que "aceptar la finitud, tanto
del individuo como de las instituciones, forma parte del proyecto de
autonomía que también caracteriza a la cultura occidental, a partir de
los griegos y desde la
Revolución Francesa"
Por Narciso Notrica *
El tema de la mortalidad es tratado poco frecuentemente en nuestro
medio: me parece merecedor de mejor atención. También he notado una
muy pobre problematización en el ámbito médico y asistencial, lo cual
es significativo ya que hoy en día la medicina, como institución, es
la encargada, por la cultura, de procesar la muerte; no se concibe
fácilmente una muerte sin asistencia médica. Es un tema que en general
no existe salvo cuando excede algún encuadre, y entonces ya es un
síntoma. Intentaré mostrar los desarrollos que hace al respecto
Cornelius Castoriadis.
Un punto nodal es su idea de que la actitud ante la muerte proviene de
una significación socialmente transmitida; él rechaza todo endogenismo
en esta cuestión: "Nada hay en mí, nada mío y propio, que me diga que
he nacido y que moriré, nada 'psicológico' y nada 'trascendental'. El
hecho de que nací y moriré es un saber esencialmente social (me lo
dijeron o lo vi), que me es transmitido/impuesto; y que, por supuesto,
el núcleo más íntimo de la psyché ignora sin más" (El mundo
fragmentado, Buenos Aires, Altamira, 1993).
Castoriadis considera el reconocimiento y la aceptación de la
mortalidad, tanto en la sociedad y en la cultura como en el individuo,
como un requisito para el logro de la autonomía y de su corolario
indisociable, la libertad.
El desarrollo de la cultura está explicado como una de las principales
defensas contra la asunción de la mortalidad, y estas defensas se
perpetúan transmitidas por el pensamiento "heredado".
Castoriadis trasciende los desarrollos freudianos, que habían asignado
a la religión el papel más importante ante la mortalidad, cuando llega
a concebir la cultura como algo defensivo frente al reconocimiento de
aquélla: la cultura, en la que estamos incluidos, prescribe ritos y
significaciones cuyo sentido es evitar la aceptación de la muerte
propia o de las instituciones y sus significados. Es posible que esta
idea se acerque a dar cuenta de la pobre dedicación que recibe el
tema.
Aproximándonos más al punto de vista clínico, y para explicar la
interminabilidad de los análisis que devienen interminables,
Castoriadis enuncia que hay una imposibilidad de ambos, analista y
paciente, en aceptar la mortalidad, ejemplificada en el dejar paso al
que deviene nueva persona y, como tal, extraño y desconocido. En la
cultura actual hay un rechazo, que puede hacerse presente también en
un análisis, de los riesgos inherentes a la autonomía, a la libertad
y, en consecuencia, al vivir. La aceptación de estos riesgos significa
quedar al borde del abismo generado por la pérdida de sentidos, tanto
aquellos transmitidos-constituidos por lo histórico social y con los
que el sujeto se identifica, como aquellos que ha creado y tienen
mayor individualidad. El logro de la aceptación constituye el fin-de-
análisis, en los dos sentidos, como objetivo y como terminación del
proceso, en que puede usarse esta expresión, y por esa misma razón son
la "roca viva" -como la denominaba Freud- en la que puede quebrarse
el
análisis. Se puede entender con esta base la impasse analítica y las
situaciones que se han denominado como reacción terapéutica negativa,
ya de otra manera que como expresión más o menos directa de la
"pulsión de muerte".
La asunción de la condición de mortalidad es un requisito previo a la
posibilidad de la autonomía, tanto en el nivel individual como para el
establecimiento de sociedades autónomas. Castoriadis entiende que las
actuales condiciones de desenvolvimiento de nuestra cultura son
precisamente las contrarias a tal posibilidad. La idea de progreso
ilimitado y las significaciones de seudorracionalidad y seudodominio
del hombre y de la naturaleza están básicamente al servicio de negar
la mortalidad. Forman parte y se transmiten a través del "pensamiento
heredado".
Pero la cultura occidental, al entender de Castoriadis, es la única
que posee, al lado de un proyecto hegemónico capitalista, otro
proyecto de desarrollo de la autonomía del hombre y de la formación de
sociedades autónomas. Este proyecto es derivado de aquellos momentos
de autonomía presentes en la democracia griega y en la Revolución
Francesa. Como parte de una ética de la mortalidad, propone crear
significaciones y sentidos que reemplacen a los que están perdidos,
generar así "tipos antropológicos" complementarios a esas nuevas
significaciones, trabajar en función de promover el desarrollo de
autonomía. El reconocer obligaciones con generaciones futuras, basadas
en la deuda con las que nos antecedieron, es una base para construir
posiciones éticas alrededor de este problema. Freud, quien definió al
ser humano como "derechohabiente temporario de una
institución que lo trasciende", marca un antecedente para tal
postura.
Castoriadis le asigna al psicoanálisis, como actividad práctico-
poiética (es decir, de creación) un papel en el desarrollo del estado
autónomo de
subjetividad reflexiva y deliberante que es, a su entender, el
funcionamiento mental más desarrollado.
Las sociedades heterónomas postulan significaciones en las que hay
algo eterno -Dios, la patria, los laureles, la lengua, etcétera- que
funciona como figura identificatoria. Sobre estas figuras rige la
"clausura": una imposibilidad de que sean cuestionadas, en tanto se
explican a sí mismas como "causas". El proyecto social está impregnado
de visos de eternidad, porque asumir la disolución y la muerte de ese
proyecto, de las significaciones, de la nacionalidad, es rechazado.
Resolver esto, es decir, darle otro curso, requeriría instituir nuevas
significaciones que permitieran cambiar nuestras relaciones con la
vida y la muerte. Se puede
así plantear la posibilidad de una "muerte trófica".
En esta manera de entender, Castoriadis sigue en mucho a Octavio Paz:
"Nuestra muerte ilumina nuestra vida. Si nuestra muerte carece de
sentido, tampoco lo tuvo nuestra vida. La muerte es intransferible
como la vida. Si no morimos como vivimos es porque realmente no fue
nuestra vida la que vivimos: no nos pertenecía como no nos pertenece
la mala suerte que nos
mata. Dime cómo mueres y te diré quién eres. [...] La vida, colectiva
o individual, está abierta a la perspectiva de una muerte que es, a su
modo, una nueva vida. La vida sólo se justifica y trasciende cuando se
realiza en la muerte. Y ésta también es trascendencia, más allá puesto
que consiste en una nueva vida. [...] La muerte moderna no posee
ninguna significación que la trascienda o refiera a otros valores. En
un mundo de hechos la muerte es un hecho más" ("Todos santos, día de
muertos", en El laberinto de la soledad).
En la cultura actual, la muerte juega el papel que en tiempos de Freud
ocupaba la sexualidad: algo a ser negado y escotomizado. La
sexualidad, en tanto representa y evoca el paso de las generaciones,
remite a la muerte, o finitud individual, y por eso también es motivo
de defensa. La relación sexo-muerte tiende también a erotizarse al
servicio de la defensa.
El aceptar la finitud, tanto del individuo como de las instituciones
y
significaciones sociales, es una fuerte renuncia narcisística. Para
que esta renuncia forme parte del proyecto autonómico debe ser
transformada en autolimitación, lo cual requiere un trabajoso esfuerzo
elaborativo, vale decir, de creación de nuevas significaciones. La
muerte es un sinsentido y nuestra mente no puede aceptarlo fácilmente.
Se tolera más y mejor un sentido negativo que un sinsentido.
El valor culturalmente asignado al "progreso" y a la prolongación de
la vida ha creado en la sociedad occidental actual un vacío; el
progreso como valor ha entrado en crisis, ya no es aceptado, se
descree de él y la experiencia ha demostrado que no se traduce en
mejores resultados para la humanidad. La situación generada con la
cada vez menor provisión de suministros sociales sostenedores, así
como las dificultades de inserción e inclusión, plantean el
interrogante de cómo se resolverá tal vacío (en términos de
Castoriadis: insignificancia).
Parafraseando un modelo freudiano encuentro que, respecto de la
muerte, es posible distinguir tres polaridades: vida/muerte, vitalidad/
mortalidad e inmortalidad/ mortalidad. La polaridad vida/ muerte es
quizá la más transitada por el psicoanálisis, a partir de los términos
"pulsión de vida/pulsión de muerte"; representa estados
sustantivables, más bien fijos y definibles. Creo, además, que, en
este contexto, vida y muerte han adquirido características polisémicas
que a veces trivializan su significado.
La polaridad vitalidad/mortalidad se puede relacionar con la
melancolía, dado que la identificación con el objeto perdido disminuye
la vitalidad y genera un muerto eterno que, paradójicamente, no muere
nunca. También forman un par complementario, en tanto estamos hablando
del reconocimiento y la aceptación de la mortalidad como requisito
para una vitalidad autónoma, de la que la mortalidad es un ingrediente
necesario.
La polaridad inmortalidad/mortalidad parece ser la más cercana al
punto de vista que nos interesa: se acerca al paradigma que parte de
un estado originario, la mónada, primariamente inmortal y omnipotente,
que como parte de un desarrollo puede o no llegar a una aceptación de
la mortalidad, lo cual será acorde con el logro de otros puntos de
funcionamiento autónomo.
Pienso también en una inmortalidad secundaria, que aparece en mitos y
obras literarias y artísticas. Puede llegarse a ella a través de
pactos y está ligada con vivencias de encierro, monstruosidad y
castigo. Es el caso de Fausto, en sus distintas versiones. En el caso
del Holandés Errante, es más bien un castigo despersonalizante y
desvitalizante: un vivir interminable, una condición de muerto en vida
que necesita una intervención salvadora para rehumanizarse recuperando
la posibilidad y la capacidad de morir.
*Fragmento de "Finitud y mortalidad en Castoriadis", incluido en
Insignificancia y autonomía. Debates a partir de Cornelius
Castoriadis, por Yago Franco, Héctor Freire y Miguel Loreti (coords.),
de reciente aparición
(ed. Biblos).
Narciso Notrica- Publicado en Página 12