Maria Cecilia Rodriguez
unread,Feb 3, 2008, 1:48:53 PM2/3/08Sign in to reply to author
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to psicosociolista
PARA PENSAR EL VINCULO FRATERNO
Qué nos hace hermanos
Historia de cuatro hermanos que, habiendo sido internados muy
chiquitos en una institución, habían desarrollado un modo singular de
hermandad y nos enseñaron que, pese a las adversidades vividas, se
tenían entre sí.
Por Fabiana Alejandra Isa *
Agustín, cuando tenía 20 días, y sus hermanos de 2, 4 y 6 años, habían
sido ubicados en una institución. Su madre vivía en situación de
violencia y adicciones; la orden judicial establecía su reubicación en
una familia de acogimiento, pero se contaba con una que albergara a
los cuatro juntos. Al pasar los días, los primeros signos del
deterioro de Agustín y de su hermana Bianca inquietaron al personal de
la institución, que pidió colaboración a las familias de la comunidad,
pero consiguió sólo dos familias: una para Agustín y otra para Bianca;
Juan y Tomás continuaron en la institución. Las dos familias,
conscientes de la situación de los niños, procuraban los encuentros
entre ellos; se visitaban con frecuencia, y Juan y Tomás salían
algunos fines de semana con las familias que cuidaban de sus hermanos.
Por lo menos Agustín y Bianca habían encontrado su lugar, su hueco en
el Otro, familias que los cuidaban y reconocían. Pero una nueva
decisión judicial estableció que los cuatro hermanos fuesen separados
de esas familias, y reubicados todos juntos en otra institución más
cercana a la madre, que, luego de un año sin verlos, podría estar en
condiciones de revincularse con sus hijos.
Sin embargo, Agustín no registraba otra madre que la cuidadora, quien
lo había maternado desde los veinte días de vida. Y Bianca no tenía
recuerdos en relación a la madre biológica. Juan y Tomás, en cambio,
se alegraron con la idea de volver a verla. Pero esa dicha no pudo
sostenerse. Tras nueve meses de intentos frustrados con la madre, las
autoridades judiciales dieron un paso al costado y consultaron sobre
la viabilidad de reubicar nuevamente a los hermanos en una familia,
todos juntos.
Mi trabajo se centró en tratar de restituirles a los niños el derecho
vulnerado de vivir en familia y el de ser escuchados. Las autoridades
judiciales argumentaban razones de consanguineidad por las cuales los
hermanos debían permanecer juntos, pese a sus diferentes necesidades;
exigían la convivencia fraternal como requisito para autorizar el
egreso institucional de los niños. Intenté hacerles comprender a las
autoridades judiciales que el todos juntos con estos niños no podía
sostenerse, y que el hecho de conseguirles una familia tampoco, ya que
las cosas habían cambiado para cada niño y ahora se trataba de
situaciones y de necesidades diferentes. Inicié un trabajo para
producir la ruptura de esa certeza respecto de lo que entendemos por
hermandad, para demostrar cómo había situaciones en que los hermanos
podían continuar con su vínculo más allá de la convivencia bajo un
mismo techo.
Había muchas formas de vivir esa hermandad, no una sola. Pero había
que estar dispuesto a comprenderlas en su diversidad. Nadie iba a
quitarles a esos chicos su identidad como hermanos. De hecho, aun
viviendo separados, se sabían hermanos y se reconocían como tales.
Ellos nos habían enseñado que, pese a las adversidades vividas, se
tenían entre sí, y habían inaugurado un modo singular de hermandad:
aun viviendo en sitios diferentes, nunca dejaron de frecuentarse y de
compartir momentos importantes.
Pero sus situaciones eran diferentes. Tanto Agustín como Bianca
reconocían como propias a las familias que los habían cuidado durante
un año. Las demandaban, las buscaban, no entendían el porqué de la
brusca separación. Para Juan y Tomás la realidad era otra: ellos sí
debían encontrar una familia.
Entretanto, las familias que habían cuidado a Agustín y a Bianca
tenían prohibido todo acercamiento a los niños. Estaban desgarradas.
Decidimos consultarlas sobre la posibilidad de recibirlos nuevamente,
incorporando cada una a uno de los restantes hermanos. No dudaron en
aceptar. La familia que tenía a Bianca prefirió, por afinidad entre
los niños, a Tomás; el matrimonio que cuidaba de Agustín decidió
llevarse a Juan.
El reencuentro entre las familias y los niños fue estremecedor. Pero
en Agustín volvieron a manifestarse las secuelas de la carencia
temprana, repetida en su vida: desconocimiento, falta de recuerdos,
indiferencia. Hubo que implementar estrategias para esa situación
singular. Invitamos a la familia cuidadora de Agustín a que nos
trajera fotos del niño con ellos, juguetes o algún objeto que fuese
significativo para él, y así comenzamos un trabajo de historización
con el niño y la familia. Primero fue la indiferencia, luego la
curiosidad, y finalmente el asombro de verse y reconocerse en esa
foto, ese recuerdo evocado por la imagen, y Agustín sonrió.
¿Qué nos hace hermanos? ¿Compartir los mismos padres, convivir bajo un
mismo techo? O, mejor, el reconocimiento y la vivencia de mutualidad
compartida con ese otro. Entiendo la hermandad/fraternidad como
función, no como un presupuesto biológico. El hijo de mi madre no
necesariamente es mi hermano, para que se constituya como tal hace
falta algo más. La serie hijos no necesariamente se anuda con la serie
hermanos.
Paul-Laurent Assoun (Lecciones psicoanalíticas sobre hermanos y
hermanas, ed. Nueva Visión, 2000) sitúa la relación fraternal en tres
actos: 1) la prueba de la intrusión; 2) la experiencia de la
seducción; 3) la pausa de la reconciliación. Estos operadores teóricos
pueden servirnos para definir cuándo estamos frente a un hermano, en
término de funciones y de lazo, y cuándo se trata sólo de la filiación
biológica.
El primer acto de la relación fraternal está marcado por el
acontecimiento intrusivo de la llegada del hermano ?prueba de
intrusión?, que reordena lugares y asigna nuevas funciones en el
complejo familiar. Luego vendrán las experiencias vividas por los
hermanos/as, que no sólo han compartido los mismos padres, sino
también prácticas sexuales precoces, como el ?juego del doctor?,
eslabón intermedio entre la investigación y la seducción. Finalmente
llegaremos a la reconciliación con el hermano, que expresa la
transformación del lazo fraternal a lo largo del tiempo.
Para Assoun, en una relación fraternal deben haber existido esos tres
actos: la intrusión, la experiencia compartida y la reconciliación
final. Así, la vivencia de hermandad va más allá de lo biológico, que
no es requisito para que esos actos se lleven a cabo. Cuando se trata
del lazo fraterno, los requisitos son de orden simbólico. Nos hermanan
las vivencias compartidas y la historia en común, más que la carga
genética que portamos de nuestros padres.
La función socializadora y de soporte que brinda un hermano hace que
imprima una marca en nuestra vida psíquica y que se constituya en
parte de nuestra novela familiar. A la inversa, el conocimiento tardío
de la existencia de un ?hermano?, como fruto de otra relación
parental, no lo constituye forzosamente en tanto tal, en tanto no ha
existido una historia común ni compartida, sino sólo material
genético.
Cuando se accede a las vivencias compartidas de sujetos que se
reconocen como hermanos, se descubre que no pueden pensarse uno sin el
otro, que sus caminos se entrecruzan mutuamente.
Finalmente, vale recordar que una función privilegiada de los hermanos
es el mutuo sostén frente a situaciones difíciles, que otorga un marco
protector ante lo desconocido y facilita la socialización y el
intercambio. En el caso de los niños institucionalizados, ante los
drásticos cambios de escenario que muchas veces deben atravesar, el
tenerse el uno al otro oficia de referencia y posibilita el armado de
una continuidad afectiva indispensable para su vida psíquica. Hay un
hermano allí donde hay escenas vividas, recuerdos compartidos, donde
se construye un relato en común que nos fraterniza.
* Extractado de El concepto de hermano en psicoanálisis y su
incidencia en el ámbito jurídico, publicado en Psicoanálisis y el
Hospital, Nº 32, Avatares de la fraternidad, que acaba de aparecer