Superyó

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Maria Cecilia Rodriguez

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Nov 22, 2007, 5:39:06 AM11/22/07
to psicosociolista
Superyó

Al.: Über-Ich.
Fr.: surmoi (o sur-moi).
Ing.: super-ego.
It.: super-io.
Por.: superego.

fuente: Diccionario de Psicoanálisis
Jean Laplanche
Jean Bertrand Pontalis
bajo la dirección de Daniel Lagache

Una de las Instancias de la personalidad, descrita por Freud en su
segunda teoría del aparato
psíquico: su función es comparable a la de un juez o censor con
respecto al yo. Freud considera
la conciencia moral, la autoobservación, la formación de ideales, como
funciones del superyó.
Clásicamente el superyó se define corno el heredero del complejo de
Edipo; se forma por
interiorización de las exigencias y prohibiciones parentales.
Algunos psicoanalistas hacen remontarse la formación del superyó a una
época más precoz, y
ven actuar esta instancia desde las fases preedípicas (Melanie Klein),
o por lo menos buscan
comportamientos y mecanismos psicológicos muy precoces que
constituirían precursores del
superyó (por ejemplo, Glover, Spitz).
El término <<Über-Ich>> fue introducido por Freud en El yo y el ello(El
término francés adoptado
es surmoi o sur-moi. En ocasiones se encuentra el término <<Superego>>,
especialmente en R. Laforgue en sus numerosos trabajos sobre el tema.)
(Das Ich und das Es,
1923). Hace resaltar que la función crítica así designada constituye
una instancia que se ha
separado del yo y parece dominar a éste, como muestran los estados de
duelo patológico o de
melancolía, en los que el sujeto se critica y menosprecia: <<Vemos cómo
una parte del yo se
opone a la otra, la juzga en forma crítica y, por así decirlo, la toma
como objeto>>.
La noción de superyó forma parte de la segunda tópica freudiana. Pero,
ya antes de designarla
y de diferenciarla así, la clínica y la teoría psicoanalítica habían
reconocido la parte desempeñada
en el conflicto psíquico por la función que tiende a prohibir la
realización y la toma de conciencia
de los deseos: por ejemplo, censura del sueño. Es más, Freud reconoció
que esta censura podía
actuar en forma inconsciente (lo cual diferenció desde un principio su
concepción de las
opiniones clásicas acerca de la conciencia moral). Asimismo observó
que los autorreproches en
la neurosis obsesiva no son necesariamente conscientes: << [...] el
sujeto que sufre de
compulsiones y de prohibiciones se comporta como si estuviese dominado
por un sentimiento de
culpabilidad que, sin embargo, ignora por completo, de forma que
podemos denominarlo
sentimiento de culpabilidad inconsciente, a pesar de la aparente
contradicción de estos
términos>>.
Pero fue la consideración de los delirios de autoobservación, de la
melancolía y del duelo
patológico lo que condujo a Freud a diferenciar, dentro de la
personalidad, como una parte del yo
erigida contra otra, un superyó que adquiere para el sujeto valor de
modelo y función de juez.
Esta instancia la distingue Freud primeramente, en los años 1914-1915,
como un sistema que
comprende a su vez dos estructuras parciales: el ideal del yo
propiamente dicho y una instancia
crítica (véase: Ideal del yo).
Si se toma el concepto de superyó en un sentido amplio y poco
diferenciado, como en El yo y el
ello (donde, recordémoslo, el término figura por vez primera),
comprende las funciones de
prohibición y de ideal. Si se mantiene, por lo menos como
subestructura particular, el ideal del yo,
entonces el superyó aparece principalmente como una instancia que
encarna una ley y prohibe
su transgresión.
Según Freud, la formación del superyó es correlativa de la declinación
del complejo de Edipo: el
niño, renunciando a la satisfacción de sus deseos edípicos marcados
por la prohibición,
transforma su catexis sobre los padres en identificación con los
padres, interioriza la
prohibición.
Freud indicó la diferencia existente, a este respecto, entre la
evolución del niño y la de la niña: en
el niño, el complejo de Edipo choca inevitablemente con la amenaza de
castración: <<[...] un
superyó riguroso le sucede>>. En la niña, por el contrario, <<[...] el
complejo de castración, en lugar
de destruir el complejo de Edipo, prepara su aparición [...]. La niña
permanece en este complejo
durante un tiempo indeterminado y sólo lo supera tardíamente y en
forma incompleta. El superyó,
cuya formación, en estas condiciones, se halla comprometida, no puede
alcanzar la potencia ni
la independencia que, desde un punto de vista cultural, le son
necesarias [...] >>.
La renuncia a los deseos edípicos amorosos y hostiles se encuentra en
el origen de la formación
del superyó, el cual se enriquece, según Freud, por las aportaciones
ulteriores de las exigencias
sociales y culturales (educación, religión, moralidad). Y a la
inversa, se ha sostenido la
existencia, antes del momento clásico de formación del superyó, ora de
un superyó precoz, ora
de fases precursoras del superyó. Así, varios autores insisten en el
hecho de que la
interiorización de las prohibiciones es muy anterior a la declinación
del Edipo: los preceptos
educacionales se adoptan muy pronto, especialmente, como hizo observar
Ferenczi en 1925, los
relativos a la educación de esfínteres (Psicoanálisis de los hábitos
sexuales [Psychoanalyse
von Sexualgewohpzheiten]). Según la escuela de Melanie Klein,
existiría, desde la fase oral, un
superyó que se formaría por introyección de objetos <<buenos>> y <<malos>>
y que el sadismo
infantil, que entonces se encuentra en su acmé, haría particularmente
cruel. Otros autores, sin
querer hablar de superyó preedípico, muestran cómo la formación del
superyó es un proceso
que se inicia muy precozmente. Así, por ejemplo, R. Spitz reconoce
tres primordia del superyó
en las acciones físicas impuestas, la tentativa de controlar por la
identificación con los gestos, o
la identificación con el agresor, siendo este último mecanismo el que
desempeña el papel más
importante.
Resulta difícil entre las identificaciones, determinar cuáles son las
que intervendrían
específicamente en la constitución del superyó, del ideal del yo, del
yo ideal e incluso del yo.
<<El establecimiento del superyó puede considerarse como un caso de
identificación, lograda con
éxito, con la instancia parental>>, escribe Freud en la Continuación de
las lecciones de
introducción al psicoanálisis (Neue Folge der Vorlesungen zur
Einführung in die
Psychoanalyse, 1932). La expresión <<instancia parental>> indica por sí
sola que la identificación
constitutiva del superyó no debe interpretarse como una identificación
con personas. En un
pasaje singularmente explícito, Freud precisa esta idea: <<El superyó
del niño no se forma a
imagen de los padres, sino más bien a imagen del superyó de éstos; se
llena del mismo
contenido, se convierte en el representante de la tradición, de todos
los juicios de valor, que de
este modo persisten a través de las generaciones>>.
El antropomorfismo de los conceptos de la segunda tópica freudiana ha
sido denunciado casi
siempre a propósito del superyó. Pero, como ha indicado D. Lagache, es
ciertamente una
aportación del psicoanálisis el haber puesto en evidencia la presencia
del antropomorfismo en el
funcionamiento y la génesis del aparato psíquico y de haber
descubierto en él <<inclusiones
animistas>>. También la clínica psicoanalítica muestra que el superyó
funciona de un modo
<<realista>> y como una instancia <<autónoma>> (<<objeto malo>> interno,
<<voz potente(Freud insistió
en la idea de que el superyó comporta esencialmente representaciones
de palabras, y que sus
contenidos provienen de las percepciones auditivas, de los preceptos,
de la lectura.)>>, etc.);
varios autores han subrayado, después de Freud, que el superyó distaba
mucho de las
prohibiciones y preceptos realmente pronunciados por los padres y los
educadores, hasta el
punto de que la <<severidad>> del superyó puede ser inversa a la de
ellos.

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Superyó

fuente: Diccionario de Psicoanálisis bajo la dirección de Roland
Chemama

s. m. (fr. surmoi, ingl. superego; al, Über-Ich). Instancia de nuestra
personalidad psíquica cuyo
papel es juzgar al yo.
El término superyó fue introducido por Freud en 1923 en El yo y el
ello. El superyó es la gran
innovación de la segunda tópica. En las Nuevas conferencias de
introducción al psicoanálisis
(1933), Freud da de él esta descripción: <<Tengo ganas de cumplir tal
acto apropiado para
satisfacerme, pero renuncio a él a causa de la oposición de mi
conciencia. 0, en otro caso, he
cedido a algún gran deseo y, para experimentar cierta alegría, he
cometido un acto que mi
conciencia reprueba; una vez cumplido el acto, mi conciencia provoca,
con sus reproches, un
arrepentimiento ( ... >>. El superyó, que inhibe nuestros actos o que
produce el remordimiento, es
<<la instancia judicial de nuestro psiquismo>>. Por lo tanto, está en el
centro de la cuestión moral.
La censura. En la historia de la teoría freudiana, el superyó apareció
primero bajo la forma de la
censura, la censura del sueño, por ejemplo. Freud reconoce que la
censura puede actuar de
manera inconciente como el sentimiento de culpa: <<El sujeto que sufre
de compulsiones y de
interdicciones actúa como si estuviera dominado por un sentimiento de
culpa inconciente a pesar
de la aparente contradicción en los términos>>. Por lo tanto, el
superyó forma parte del yo y, sin
embargo, puede ser separado de él. Es que el yo puede tomarse a sí
mismo como objeto, puede
escindirse. Esta ruptura, esta escisión, es particularmente nítida,
nos dice Freud en las Nuevas
conferencias..., en el delirio de observación. Los enfermos, en este
delirio, oyen voces que les
comentan sus hechos y gestos. Este poder de observación, que se parece
a una persecución,
los acecha para sorprenderlos y castigarlos. El delirio de observación
nos muestra así una
instancia observadora nítidamente separada del yo, alojada en la
realidad exterior. Pero puede
encontrarse también en el interior y pertenecer a la estructura misma
del yo. Esta instancia, que
en el yo me juzga y me castiga a través de penosos reproches, es lo
que llamamos la
<<conciencia moral>>: la voz de mi conciencia que me hace experimentar
el arrepentimiento por mi
acto. A esta instancia, que puede ser reconocida como una entidad
separada, Freud la llama
<<superyó>>: independiente del yo, puede tratarlo con una extrema
crueldad, como en la
melancolía.
Papel de la autoridad parental. Esta instancia que se hace oír en el
interior se ha manifestado
primero en el exterior, como lo muestra el mecanismo de la formación
del superyó. El papel
prohibidor del superyó ha sido desempeñado primeramente por una
potencia exterior, por la
autoridad parental. El niño pequeño no posee inhibiciones internas,
obedece a sus impulsos y no
aspira más que al placer. La renuncia a las satisfacciones pulsionales
será la consecuencia de
la angustia inspirada por esta autoridad externa. Se renuncia a las
satisfacciones para no
perder su amor.
A través del mecanismo de la identificación, esta amenaza externa se
interioriza. La relación con
los padres, el temor de perder su amor, la amenaza de castigo se
trasforman en superyó por
medio del proceso de identificación: absorbemos al otro por
incorporación oral. La identificación
es, en efecto, la forma más originaria de la relación con el otro.
Pero la identificación con el
objeto debe distinguirse de la elección de objeto: <<Si el varoncito se
identifica con su padre,
quiere ser como su padre; si quiere hacer de él el objeto de su
elección, quiere tenerlo,
poseerlo>>. Sólo en el primer caso su yo será modificado. Si se ha
perdido el objeto o se ha
debido renunciar a él, uno puede, dice Freud, identificarse con él de
modo que la elección de
objeto regrese a la identificación. Al renunciar a los investimientos
colocados en los padres, a
través del abandono del complejo de Edipo, las identificaciones del
niño se ven reforzadas. En el
curso del desarrollo, el superyó deviene impersonal y se aleja de los
padres originales. La
angustia ante la autoridad exterior se ha mudado en angustia ante el
superyó.
En este estadio, el sentimiento de culpa es absolutamente idéntico a
la angustia ante el superyó.
Este último, heredero del complejo de Edipo, adoptará luego las
influencias de las figuras de
autoridad y de los educadores que han tomado el lugar de los padres.
Se enriquecerá con los
aportes de la cultura. La angustia ante el superyó normalmente no
encuentra un término; como
angustia moral, se muestra indispensable en las relaciones sociales.
Pero muchos individuos no
pueden superar la angustia ante la pérdida del amor, lo que no deja de
tener consecuencias en
nuestra vida social. Si bien el superyó está condicionado por el
Edipo, también se explica por un
hecho biológico capital que los liga a ambos: la prolongada
dependencia en la que se encuentra
el niño con respecto a sus padres.
El superyó y la cultura. De este modo, el superyó del niño se edifica
de acuerdo con el superyó
parental. Se convierte en el vehículo de la tradición. Sin embargo,
puede ser distinto de ella, y
hasta de sentido inverso. No siempre el superyó corresponde a la
severidad de la educación. En
El malestar en la cultura (1930), Freud escribe: <<La severidad
original del superyó no representa
o no representa en tal grado la severidad sufrida o esperada de parte
del objeto sino que
expresa la agresividad del niño mismo hacia aquel>>. Para Freud, las
cosas se desarrollan así:
primero, renuncia a la pulsión, consecutiva a la angustia ante la
agresión de la autoridad exterior,
angustia ligada al miedo de perder el amor, amor que protege de la
agresión que el castigo
representa; luego, instauración de la autoridad interior, y renuncia
consecutiva a la angustia ante
esta autoridad interior convertida en conciencia moral. En este
segundo estadio, mala intención y
mala acción coinciden; el deseo no puede ser disimulado al superyó: de
ahí el sentimiento de
culpa y la necesidad de castigo. Se explican así las conductas de las
personas asociales en las
que el sentimiento de culpa precede al acto delictivo en lugar de
seguirlo. Esta necesidad
inconciente de castigo corresponde a una parte de agresión
interiorizada y retomada por el
superyó. Con todo, Freud no confunde superyó y agresividad.
Si bien el superyó es un residuo de las primeras elecciones de objeto,
sin embargo reacciona
contra estas elecciones por medio de la coerción, expresándose bajo la
forma del imperativo
categórico. No se limita a darle al yo el consejo: <<Sé así>> (como tu
padre), sino que también
prohibe: <<No seas así>> (como tu padre); dicho de otro modo:- <<No hagas
todo lo que él hace;
muchas cosas le están reservadas a él solo>>. De esta manera, el
superyó habla. Es <<la voz de
la conciencia>>, <<la gran voz>>. Ligado a la palabra, el superyó es una
instancia simbólica. En El yo
y el ello (1923), Freud nos dice que el superyó no puede renegar de
sus orígenes acústicos,
que comporta representaciones verbales y que sus contenidos provienen
de las percepciones
auditivas, de la enseñanza y de la lectura.
J. Lacan prolonga este análisis. El superyó, para él, constituye una
parte de los mandatos
interiorizados por el sujeto. Pero es un enunciado discordante,
exorbitante con relación a la ley
pacificadora de lo simbólico. De este modo, el superyó es también el
que empuja al sujeto a ir
más allá del principio de placer. Le prescribe más bien el goce. Esto
obliga, por otro lado, a
distinguir el superyó del ideal del yo.
El ideal y el superyó. Junto con las funciones de autoobservación y de
conciencia moral, el
superyó es también portador de la función del ideal. Superyó e ideal
del yo son confundidos a
menudo: tan imbricados están los dos aspectos del ideal y de la
interdicción. Con este ideal del
yo se coteja el yo, aspirando a un perfeccionamiento cada vez más
avanzado. Esta función del
ideal, correlativa, como el superyó, del Edipo, hunde sus raíces en la
admiración del niño por las
cualidades que atribuía a sus padres. Pero el superyó, a diferencia
del ideal del yo, se sitúa
esencialmente en el plano simbólico de la palabra. El uno es
coercitivo; el otro, exaltador. El
superyó es agente de depresión. Pero también llega a atemperar su
dureza por medio de la
actitud humorística.

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Superyó

fuente: Elementos para una enciclopedia del psicoanálisis
El aporte Freudiano
Esta obra fue dirigida por Pierre Kaufmann: (1916-1995), filósofo del
psicoanálisis.

Nada parece más sorprendente que la afirmación de Freud en El malestar
en la cultura: <<El
superyó es una instancia que hemos descubierto nosotros>>. En efecto,
¿qué hay más conocido
que la conciencia moral, el interdicto, la culpa, incluso el
imperativo categórico? No obstante, la
originalidad de la posición freudiana resulta de las dos tesis
siguientes: por un lado, el superyó
está constituido <<como una proporción estructural (Strukturverhältnis)
que no personifica
simplemente una abstracción como la conciencia moral>> (Nuevas
conferencias ... ); por otra
parte, esa proporción no está dada de entrada, sino que su
establecimiento depende de <<las
vicisitudes de la relación de alteridad>>. En otros términos, <<no es la
conciencia moral la que
produce la renuncia a las pulsiones, sino más bien la renuncia a las
pulsiones (inducida por sus
vicisitudes) la que engendra la conciencia moral y la refuerza>>. Por
este hecho, en esa relación
estructural se inscribe la dimensión histórica del sujeto, tanto su
desarrollo individual como su
inserción en el proceso de la cultura y la civilización. El <<superyó>>,
tal como Freud lo entiende,
en su reflexión incesante, que se prolongó durante casi treinta años,
desde <<Introducción del
narcisismo>> y Tótem y tabú hasta El malestar en la cultura y Moisés y
la religión monoteísta,
integra en estas perspectivas las diversas instancias de la psique
(yo, ello, ideal del yo) y el
mundo exterior, el individuo y la cultura, los vivos y los muertos, la
filogénesis y la ontogénesis,
lo consciente y lo inconsciente, Eros y Tánatos.
Desde otro punto de vista, el de la práctica, el superyó constituirá
un modelo ideal para el yo
(<<Neurosis y psicosis>>) y deberá ser tomado en consideración en todas
las formas de
enfermedad psíquica. Más aún, la angustia ante esta instancia, por ser
la única de la que es
posible formarse un concepto analítico, está en el centro del
tratamiento (El yo y el ello). El
superyó aparece así en el centro de la reflexión freudiana, tanto
teórica como práctica. La
figurabilidad fácil del superyó, las metáforas y las imágenes que lo
describen, no pueden
engañarnos. Hay que tomarlas como objetivos que hay que superar para
llegar a la comprensión
de esa proporción estructural psíquica, esa relación que, en efecto,
no puede reducirse a
ninguna de sus metáforas. En el seno del movimiento analítico se
elevaron vivas críticas, no
contra la existencia de esa instancia, sino contra el modo de concebir
su génesis, el momento de
su aparición en la historia, e incluso la prehistoria, del sujeto
(Melanie Klein y otros). A pesar de
su importancia, no tomaremos en cuenta esas críticas en nuestra
presentación, que discernirá
los rasgos esenciales del superyo siguiendo el orden cronológico de
los textos freudianos.
Narcisismo, ideal del yo y facultad de
autoobservación
El superyó se constituye en el pensamiento freudiano en la confluencia
de dos temas que
aparecen explícitamente en las décadas de 1910 y 1920, bajo la presión
de la clínica: el ideal del
yo y una facultad de observación, comparación y crítica.
En 1914, cuando quiere justificar la introducción del narcisismo,
Freud plantea la cupla <<ideal del
yo>>/<<instancia observadora y evaluadora>>. <<Lo primero, entonces, es el
yo ideal, en tanto que
destinatario del amor a sí mismo, de la estima por sí mismo, de los
que gozaba en la infancia el yo
real. Incapaz de renunciar a la satisfacción de la que disfrutó en
otro tiempo, el hombre no quiere
prescindir de la perfección narcisista de su infancia... Trata de
recuperarla bajo la nueva forma
del ideal del yo. Lo que proyecta ante sí como su ideal es el
sustituto del narcisismo perdido de
su infancia: en ese tiempo él mismo era su ideal.>> Simultáneamente,
Freud introduce una
instancia que garantiza esa satisfacción narcisista, una instancia que
proviene del ideal del yo y
observa sin cesar al yo real, comparándolo con el ideal. ¿No es esta
instancia la que en el
pasado se reconocía con los rasgos de la conciencia moral? Es ella la
que está en el origen de
los delirios de observación. Su autoridad se pone de manifiesto a
través de las voces que
hablan del enfermo y le hablan al enfermo en tercera persona. Ya
apunta aquí, en el sujeto, el
conflicto de las pulsiones individuales y las representaciones
culturales y éticas, que actúan en
primer lugar a través de los padres, y después a través de los
semejantes (Mitmenschen).
En 1917, en <<Una dificultad del psicoanálisis>>, la conciencia moral es
presentada cómo alojada
en el <<núcleo del yo>>. Concepción rechazada más tarde, incompatible
sin duda con la <<escisión>>
que esta conciencia moral, después del superyó, introduce en el yo.
Pero en 1921, en Psicología de las masas y análisis del yo, se
constituirá todavía una instancia
única con el título de <<ideal del yo>> -ya, anticipadamente, una
relación estructural-, con múltiples
funciones, disociada del yo y en conflicto con él. Esas funciones son
la autoobservación, la
conciencia moral, la censura onírica y el ejercicio de la influencia
esencial en la represión.
Heredera del narcisismo, esta instancia se revela necesaria para dar
cuenta de los trastornos
de ese narcisismo (presidente Schreber), de la melancolía y de los
delirios de observación.
El superyó y el complejo de Edipo
En 1923, en El yo y el ello, Freud retorna la cuestión, en un nuevo
esfuerzo, dentro de la
segunda tópica, y teniendo hasta cierto punto en cuenta las
adquisiciones de Tótem y tabú
(Freud se refiere por primera vez, en el prefacio y en el propio
texto, al imperativo categórico
kantiano). La instancia conserva las mismas funciones, salvo que se le
retira la prueba de
realidad, para atribuirla de nuevo al yo. Esta instancia recibe un
nombre doble: superyó/ideal del
yo. Por otra parte, y esto es extremadamente importante, esa parte del
yo está en una relación
menos estrecha con la conciencia (Bewusstsein). Para justificar este
nuevo equilibrio de los
elementos, Freud presenta una primera concepción de la génesis de ese
superyó, tomando en
cuenta las oposiciones (o pares contrastados) real/psíquico,
ontogénesis/filogénesis,
individuo/especie humana. Como ocurre a menudo en Freud (véase el
trabajo sobre el presidente
Schreber), esta presentación se basa en un juego de lenguaje, que
expresa aquí los dos
momentos, afirmativo y negativo, del mandato <<Tú debes (hacer como tu
padre); tú no debes
(hacer como tu padre)>>. Al primer momento se asocia una genealogía de
las identificaciones del
sujeto, sean éstas originarias, anteriores a toda investidura de
objeto o <<residuos>> de las
primeras elecciones de objeto del ello; al segundo momento se asocia
<<una formación reactiva
enérgica contra esas investiduras de objeto, interdicto, sentimiento
de culpa, angustia>>. El
complejo de Edipo, en su forma más completa, se convierte en el pivote
de la formación del
superyó, en la medida en que se expresa como conflicto entre el <<tú
debes>> y el <<tú no debes>>.
El superyó es entonces el heredero del complejo de Edipo (tesis
desarrollada en <<El
sepultamiento del complejo de Edipo>>). Se establece entonces un
equilibrio entre los dos
aspectos del <<super>> (Über): la superioridad se manifiesta a la vez en
la aspiración a <<ser
como>> y en la conciencia moral como instancia judicativa.
El ideal aparece subordinado a la instancia crítica y prohibidora.
Este hecho se vincula sin
ninguna duda con la introducción de la nueva teoría de las pulsiones,
que pone en juego a Eros y
a las pulsiones agresivas y de destrucción (Tánatos). La crueldad del
superyó con respecto al
yo es subrayada por su vínculo con la pulsión de muerte, puesto que
además, en la melancolía,
el superyó es, <<por así decirlo, el puro cultivo del instinto de
muerte>>. Sólo en El malestar en la
cultura, al relacionar el origen del superyó con el rechazo de la
agresividad (siguiendo las
intuiciones de Melanie Klein y otros, integradas a sus propias
perspectivas), Freud justifica
indirectamente esa oscilación entre el ideal del yo y el superyó. En
las Nuevas conferencias.... el
superyó se convertirá en <<el portador del ideal del yo>>.
De modo que el superyó es el heredero del complejo de Edipo. Por él se
inscriben en el psiquismo
del sujeto las huellas de las relaciones objetales, y en consecuencia
las huellas de la influencia
del mundo exterior, las vicisitudes de la alteridad. Esos objetos son
en primer lugar los padres,
pero desprendidos por Freud de un familiarismo simplista. Por un lado,
las huellas o rastros de
los que se trata son el resultado de transformaciones complejas por
identificación, proyección,
formación reactiva, etc. Por otra parte, el sujeto pertenece a la
especie humana, y esta
pertenencia se expresa en Freud a través de la hipótesis filogenética.
Finalmente, los padres no
deben considerarse sólo, ni sin duda en primer lugar, en su
individualidad más superficial, como
era el caso del soldado de Schiller (El campo de Wallenstein), sino en
su pertenencia a la
especie humana y a la cultura, a la civilización de la que forman
parte, y por lo tanto a la historia
de esta especie. Tal pertenencia se reconoce en que el advenimiento
del superyó está ligado,
por un lado, al prolongado estado de desamparo y dependencia
infantiles del ser humano, y por
el otro, a la instauración difásica de su vida sexual. En efecto,
estos dos hechos <<biológicos>>
instauran las condiciones durables de la interrelación necesaria del
individuo y su medio humano,
que favorecen la génesis de los sentimientos morales y el hecho del
Edipo y su represión. No
hay que engañarse acerca de la acepción con la que Freud concibe las
incidencias de esta
prematuración biológica. <<La función cultural de la prematuración
biológica no implica sólo el
desamparo biológico del ser humano y la asistencia del adulto -así sea
procurada con el
concurso del lenguaje-, sino también la emergencia conjunta de las
posiciones del sujeto y del
prójimo a través de las vicisitudes de una comunicación en la que
están en juego la credibilidad
del prójimo y la seguridad interior: destino de la pulsión,
destinación de la pulsión en su
dependencia de la muerte>> (Pierre Kaufmann).
Dependencia del yo con respecto al superyó
y sentimiento de culpa
En razón de este origen en el complejo paterno (identificación
originaria con el padre y herencia
del complejo de Edipo), el superyó conserva la capacidad de oponerse
al yo y dominarlo.
<<Monumento recordatorio de la antigua debilidad y dependencia del yo,
justifica su dominación
incluso sobre el yo adulto. A la coacción exterior ejercida por los
progenitores la sucede la
coacción ejercida por el imperativo categórico del superyó.>>
Pero en el carácter de coacción (Zwang) del superyó hay algo más
profundo. La relación del
superyó con el complejo paterno resulta de la transformación de las
investiduras de objeto del
ello en identificaciones. <<El superyó permanece constantemente ligado
al ello y podrá
representarlo ante el yo. Se hunde profundamente en el ello y por esta
razón está más alejado
de la conciencia que el yo.>> Podemos añadir: manifestará entonces toda
la violencia coactiva del
caos pulsional que es el ello.
Si bien la dependencia del yo con respecto al superyó se manifiesta de
manera evidente en el
sentimiento de culpa consciente, no es esto, según lo que acabamos de
decir, lo que constituye
lo esencial de esa dependencia. En el trabajo analítico, nos explica
Freud, hay personas que se
comportan de un modo muy extraño. Su situación en la cura se agrava
cuando se les demuestra
satisfacción por la evolución del tratamiento. Más allá de los
beneficios de la enfermedad a los
que uno se aferra, de la inaccesibilidad narcisista, de la actitud
negativa con respecto al médico,
es preciso reconocer en este caso la acción de un sentimiento
inconsciente de culpa. Esta
expresión es impropia pues, ¿cómo podría ser inconsciente un
sentimiento? Freud propondrá
más tarde la fórmula <<necesidad de castigo>>. El paciente, por otra
parte, no se <<siente>>
culpable, sino enfermo. El sentimiento de culpa se manifiesta sólo en
la forma de una resistencia
a la curación que es muy difícil reducir. Contra esa necesidad de
punición, insiste Freud, nada se
puede hacer de modo directo. Indirectamente, hay que develar
lentamente los fundamentos
inconscientes de esa culpa, de modo que se transforme poco a poco en
un sentimiento de culpa
consciente.
El sentimiento inconsciente de culpa está más o menos presente en toda
afección neurótica y
determina su gravedad de manera decisiva. En <<El problema económico
del masoquismo>> Freud
le asignará su verdadero lugar, al ligarlo al masoquismo <<moral>>, es
decir, al deseo inconsciente
de ser castigado, golpeado por el padre, deseo muy cercano a ese otro
deseo de tener
relaciones sexuales pasivas (<<femeninas>>) con él. Mientras que en el
sentimiento consciente de
culpa el complejo de Edipo está remontado, desexualizado, y aparece la
moral, en la necesidad
de castigo inconsciente hay, debido al masoquismo, resexualización de
la moral, resexualización
que no es beneficiosa para la moral ni para el individuo.
Sentimiento de culpa y angustia de
castración
La angustia del yo ante el superyó es la exteriorización de ese
masoquismo del yo que exige la
punición para ser así liberado. Esta angustia está estrechamente
ligada a la angustia de
castración, sobre todo cuando la intervención del masoquismo es más
fuerte y resexualiza la
moral. En caso contrario, se expresa a través de un malestar social,
indeterminado: <<Así como
en el superyó el padre se convierte en impersonal, la angustia de
castración por el padre se
transforma en angustia social o en angustia moral, indeterminada>>.
La angustia de muerte debe considerarse una elaboración de la angustia
de castración a través
de la angustia ante el superyó. En Inhibición, síntoma y angustia,
Freud escribe: <<Según lo que
sabemos de la estructura de las neurosis de la vida cotidiana,
relativamente simples, es muy
poco probable que una neurosis pueda deberse al único hecho objetivo
de estar en peligro, sin
que queden implicadas las capas inconscientes más profundas del
aparato psíquico. Pero en el
inconsciente no hay nada que pueda darle un contenido a nuestro
concepto de aniquilación de la
vida. Se podría decir que la experiencia cotidiana de la separación
del contenido intestinal y la
pérdida del seno materno experimentada en el destete permiten dar
alguna representación de la
castración, pero nunca se ha vivido una experiencia semejante a la
muerte, o bien ella no ha
dejado, como es el caso del desvanecimiento, ninguna huella asignable.
Por eso me atengo
firmemente a la idea de que la angustia de muerte tiene que concebirse
como análoga a la
angustia de castración, y que la situación a la cual reacciona el yo
es el abandono por el
superyó protector (por las potencias del destino), abandono que lo
deja sin defensa ante todos
los peligros>>.
Superyó, modelo ideal del yo en tanto que
proporción estructural
El superyó, en tanto proporción estructural que liga las diversas
instancias del aparato psíquico
y el mundo exterior ante el yo, es un modelo ideal para la unidad
dinámica del yo: <<En esta
situación aparentemente simple (la del conflicto "directo" entre el yo
y el ello, entre el yo y el
mundo exterior) se introduce una complicación por la existencia del
superyó, el cual reúne en sí,
según un encadenamiento que queda por dilucidar, influencias
provenientes del ello y del mundo
exterior, y de alguna manera es un modelo ideal de aquello a lo que
apunta toda tendencia del yo,
es decir a la reconciliación de sus múltiples lealtades>> (<<Neurosis y
psicosis>>). Al mismo tiempo,
el superyó es un punto de paso obligado en todo tratamiento. Si el
conflicto entre el yo y el
superyó caracteriza las neurosis narcisistas, entonces no hay neurosis
ni psicosis, no hay
conflicto del yo y el ello, no hay conflicto entre el yo y el mundo
exterior, en el que no esté
implicado el superyó.
Superyó, agresividad y muerte del jefe de la
borda
En el período que va desde El malestar en la cultura (1929) hasta
Moisés y la religión monoteísta
(1938), Freud lleva a su término la reflexión sobre el superyó. Allí
reúne y prolonga las
adquisiciones de la segunda tópica y de Tótem y tabú, arraigando el
origen del superyó y el
sentimiento de culpa en el asesinato del jefe de la horda. Se
establece un vínculo necesario
entre agresividad y sentimiento de culpa, y advenimiento del lenguaje
y el pensamiento.
A Freud le resulta inconcebible la existencia de una facultad por así
decir natural para distinguir
el bien y el mal. Es necesario suponer una fuente exterior que decida
qué es lo que debe
llamarse el bien y el mal. ¿Cuál será entonces la motivación del ser
humano para someterse a
ese decreto? ¿Qué sino el miedo a perder el amor de quien enuncia la
ley? Este último, ¿no es al
mismo tiempo el que puede socorrer a ese ser humano que se percibe en
el desamparo y en una
dependencia total respecto del prójimo? El sentimiento de culpa no es
entonces nada más que la
angustia ante esa pérdida de amor, angustia <<social>>. Esta actitud es
la del niño pequeño: no
puede ser otra en su caso. Lo mismo ocurre con muchos adultos, para
los cuales la sociedad
reemplaza a la pareja parental. En esta perspectiva, no cabe
distinguir acción e intención, en el
sentido de que sólo cuenta el hecho de que las cosas sean conocidas
por la autoridad; la
renuncia a las pulsiones será el resultado de esa angustia ante la
pérdida del amor de quienes
enuncian el bien y el mal, angustia ante la agresividad de la que
estos últimos podrían dar prueba
ante el culpable. Para Freud, en este estadio no cabe hablar de
conciencia moral ni de superyó.
Se podría decir en rigor que la angustia es la primera forma de la
conciencia moral.
Desde el momento en que la autoridad se interioriza en virtud de la
instauración de un superyó,
se produce un gran cambio. ¿Por qué y cómo se realiza esa
instauración? En El malestar.... a
través de un texto atormentado, Freud hará depender la derivación del
sentimiento de culpa y del
superyó de la sofocación [repression] exclusiva de las pulsiones
agresivas, y sobre todo de las
del propio sujeto. Pulsiones agresivas que nacen del complejo de
Edipo: <<Cuando se impide la
satisfacción erótica, esto arrastra cierta agresividad contra la
persona que veda esa
satisfacción, y esta agresividad tiene que ser a su vez sofocada>>. El
medio más poderoso de
sofocación es el mecanismo doble de proyección e identificación. El
superyó es su resultado. Su
rigor no es, o no es tanto, el que ha sido experimentado como
proveniente de la autoridad
exterior y el que se le atribuía, sino que subroga nuestra propia
agresividad vuelta contra
aquella. La conciencia (moral) y el sentimiento de culpa son una misma
realidad. El sentimiento de
culpa es la percepción que tiene el yo de esa severidad, de la
vigilancia de la que es objeto.
Desde esta perspectiva se interpretará la tesis de la conciencia moral
como supervivencia de la
severidad de la autoridad exterior, remarcando que <<la agresividad
vengativa del niño tomará por
medida la agresión primitiva que espera de parte del padre>>.
Por otra parte, en cada uno de nosotros el estadio infantil de la
conciencia (moral), el estadio de
la angustia social, jamás está totalmente integrado en el superyó.
Ante la autoridad exterior
siempre subsiste una angustia. Ante los golpes del destino, la
adversidad, el <<rechazo>> que nos
opone el mundo exterior, nos sometemos de nuevo a las exigencias del
superyó, exigencias que
desatendemos en la <<felicidad>>.
Si bien el superyó resulta de la interiorización de la agresividad, no
ignora nada de nuestras
intenciones; para él la intención vale como acto, y por lo tanto trata
con igual salvajismo una y
otro. Finalmente, si el superyó resulta de la vuelta de nuestra propia
agresividad contra nosotros
mismos, se entiende que toda sofocación de esa agresividad conducirá a
una sofocación cada
vez más fuerte, a una virtud siempre más exigente; toda renuncia de la
agresividad se vuelve
una nueva fuente de energía para el superyó.
Pero, ¿no hay en esta génesis del superyó un lugar para el amor, para
Eros? El amor por la
madre, como objeto erótico, interviene indirectamente en la formación
del superyó, sólo a través
de la reacción que suscita ese amor por parte de la autoridad. Ahora
bien, ¿en qué consiste el
amor del niño por esa autoridad? Para comprenderlo, hay que restituir
el desarrollo del individuo
al seno del desarrollo de la especie, y volver a la ambivalencia de
los sentimientos, al conflicto de
Eros y Tánatos.
En el origen Freud supone, siguiendo el hilo de Tótem y tabú, un
asesinato colectivo efectivo del
<<padre>> por los <<hijos>>, los <<hermanos>> de la horda. En esta
efectuación del odio resurge el
conflicto con el amor. <<Los hijos odian al padre, pero también lo
aman.>> Una vez saciado el odio
por la violencia actuada, reaparece el amor en el remordimiento ligado
al crimen. El amor es el
motor más profundo de la constitución del superyó, a través de la
identificación con el padre
muerto, al devorarlo (banquete sacrificial, sacrificio de comunión,
eucaristía cristiana, etc.), al
encargar a ese superyó que castigue el acto de violencia e impida su
retorno. Como dice Freud,
la agresividad, el deseo de violencia, se renuevan sin cesar a través
de las generaciones, y el
sentimiento de culpa se mantiene y refuerza por la transferencia al
superyó de la energía propia
de cada nueva agresión sofocada. La fuerza de la renuncia procede no
sólo del miedo al castigo
posible, sino también del amor bajo la forma de remordimiento. <<Se
comprende entonces que el
hecho de matar al padre o de abstenerse de ello no es decisivo, puesto
que el sentimiento de
culpa es la expresión del conflicto de ambivalencia, de la lucha
eterna entre el Eros y el instinto
de destrucción o de muerte>>, el conflicto que domina toda la vida
psíquica del hombre.
A la fórmula del <<Proyecto>>, <<la impotencia original del ser humano se
convierte en la fuente
primera de todos los motivos morales>>, responde en <<De guerra y
muerte. Temas de actualidad>>:
<<Frente al cadáver de la persona amada han nacido, no sólo la doctrina
del alma, la creencia en
la inmortalidad y una de las potentes raíces de la conciencia de culpa
del hombre, sino también
los primeros preceptos éticos. El primero y más importante de los
mandamientos de la conciencia
que se despertaba enunció: No matarás. Fue adquirido junto al muerto
amado, en reacción
contra la satisfacción del odio oculta detrás del duelo, y se extendió
progresivamente al extraño
no-amado, y finalmente también al enemigo>>. Como Freud lo subraya con
profundidad (y como lo
sabe perfectamente todo historiador), <<Es precisamente el acento
puesto en el mandamiento "no
matarás" lo que nos da la certidumbre de que descendemos de un linaje
infinitamente largo de
asesinos que llevaban en la sangre el placer del asesinato, igual
quizá que nosotros mismos
todavía>>.
Como dice además Freud, <<Nuestro inconsciente no conoce la muerte
propia; está lleno de
placer ante el asesinato del extraño, y dividido (ambivalente) con
respecto a la persona amada>>.
Superyó individual y superyó colectivo
La civilización encuentra en la pulsión agresiva su traba más temible,
pero esta situación exige
un estudio por sí misma. Las reflexiones relacionadas con el superyó
individual no bastan. En
efecto, la civilización es un proceso aparte, que se despliega por
encima de la humanidad. Al
lado de este superyó y correlativamente con la culpa individual, Freud
emplaza un superyó
colectivo (Kulturüberich). Sin profundizar en las relaciones del
psicoanálisis con la teoría de la
cultura, es necesario por lo menos recordar algunos de sus elementos.
Este proceso está al
servicio de Eros: las masas humanas tienen que unirse libidinalmente
entre ellas; la necesidad
por sí sola, las ventajas del trabajo en común, no les procuran la
cohesión deseada. Pero el
impulso agresivo natural de los hombres, la hostilidad de uno contra
todos y todos contra uno, se
opone a este programa de la civilización. Esta pulsión agresiva es
descendiente y
representación principal de la pulsión de muerte que hemos encontrado
en obra junto a Eros, y
que se divide con él el dominio del mundo. La evolución de la
civilización pone de manifiesto la
lucha entre Eros y la muerte, entre el instinto de vida y el instinto
de destrucción, tal como se
desarrolla en la especie humana.
En este combate es preciso distinguir tres planos: el proceso cultural
que se despliega por
encima de la humanidad, el desarrollo del individuo, y el misterio de
la vida orgánica en general.
Examinemos aquí las relaciones entre los dos primeros. Por un lado,
esos dos procesos, aunque
se aplican a objetos diferentes, son de naturaleza muy semejante. El
desarrollo del individuo
persigue la agregación de ese individuo a la masa humana, y el proceso
de la cultura apunta a la
constitución de una unidad colectiva. Habrá entonces homogeneidad
entre los medios empleados
y los fenómenos suscitados. Por otro lado, esos procesos se distinguen
en un aspecto:
-En el desarrollo del hombre aislado, se mantiene como meta principal
el programa del principio de
placer, o sea la búsqueda de la felicidad. La agregación o la
adaptación a una comunidad
humana aparece sólo como una condición inevitable que hay que llenar
precisamente en función
de la procuración de la felicidad.
-En el proceso de la civilización, la situación se invierte: lo que
era una condición en el primer
caso, pasa a ser la meta principal en éste; lo que era meta principal
queda relegado al segundo
plano. Se tiene incluso la impresión de que la creación de una gran
comunidad humana -insiste
Freud- sería más fácil si no hubiera que preocuparse por la felicidad
del individuo.
Habrá entonces un conflicto entre el proceso de la cultura y el
desarrollo del individuo. Este
conflicto no se confunde con el que existe entre Eros y Tánatos, sino
que consiste más bien en
una discordia intestina en la economía de la libido, comparable a la
lucha por la distribución de
esa libido entre el yo y los objetos.
La posición de Freud es matizada. Como lo observa Kaufmann, <<La
estructura edípica no es un
patrón universal, sino un sistema singular de referencias, como lo
será la sociedad ampliada, en
la diversidad de sus formas>>. <<El conflicto entre Eros y Tánatos -
explica Freudse encendió
desde el instante en que se impuso a los hombres la tarea de vivir en
común. Mientras esa
comunidad conoce únicamente la forma familiar, el conflicto
necesariamente se manifiesta en el
complejo de Edipo, instituye la conciencia y engendra el primer
sentimiento de culpa. Cuando la
comunidad tiende a ampliarse, ese mismo conflicto persiste, reviste
formas dependientes del
pasado, se intensifica y arrastra una acentuación de ese primer
sentimiento. Como la civilización
obedece a un empuje erótico interno que apunta a unir a los hombres en
una masa mantenida
por lazos estrechos, no puede llegar a ello más que por un solo medio,
reforzando siempre más
el sentimiento de culpa. Lo que comenzó con el padre se consuma con la
masa. Si la civilización
es la vía indispensable para evolucionar desde la familia hasta la
humanidad, ese refuerzo está
entonces indisolublemente ligado a su curso, como consecuencia del
conflicto de ambivalencia
con el que nacemos, y de la eterna querella entre el amor y el deseo
de muerte. Y quizás, algún
día, gracias a la civilización, esta tensión del sentimiento de culpa
alcanzará un nivel tan elevado
que al individuo le resultará difícil soportarlo.>>
No obstante, Freud espera que el conflicto entre la civilización y el
individuo encontrará un punto
de equilibrio como el que alcanza el conflicto entre la libido del yo
y la libido de objeto para el
individuo.
Pero la analogía entre el proceso de la civilización y la vía seguida
por el desarrollo individual
puede llevarse mucho más lejos. También la comunidad desarrolla un
superyó cuya influencia
gobierna la evolución cultural, y un sentimiento de culpa correlativo.
Hay dos puntos de similitud, y dos diferencias:
-Así como el superyó individual se basa en la impresión dejada por los
progenitores, por el
padre, por las huellas filogenéticas del asesinato del jefe de la
horda, del mismo modo el superyó
colectivo enraíza en las impresiones dejadas por grandes personajes.
No obstante, hay una
diferencia. Mientras que por lo general los padres no son maltratados,
los grandes hombres
conocen a menudo un destino temible, y son escarnecidos, rechazados,
incluso eliminados. En
El malestar en la cultura, Freud se refiere a Jesucristo; en Moisés y
la religión monoteísta
formulará la hipótesis del asesinato de Moisés por el pueblo hebreo.
Pero la diferencia en este
plano destaca una semejanza entre estos hombres excepcionales y el
jefe de la horda. Como
éste, muy a menudo son exaltados después de su muerte violenta: <<La
figura de Cristo, ¿no
sería precisamente el ejemplo más sobrecogedor de este encadenamiento
gobernado por el
destino, si después de todo no perteneciera al mito que le dio origen,
a la creación surgida bajo el
recuerdo confuso de ese asesinato primitivo?>>.
-Un segundo punto concordante es que ese superyó colectivo, ese
superyó de la comunidad
civilizada, lo mismo que el superyó individual, plantea exigencias
ideales severas, cuya no
observancia encuentra también el castigo en una angustia de conciencia
social. Pero también en
este punto hay una diferencia con el proceso del superyó individual.
<<En el individuo -observa
Freud- las agresiones del superyó no levantan la voz de manera
ruidosa, en forma de
reproches, más que en caso de tensión psíquica, mientras que las
exigencias del superyó
permanecen en el segundo plano y siguen siendo a menudo
inconscientes.>> Para el superyó
colectivo, esas exigencias ideales son explícitas o fáciles de
explicitar. Piénsese en las que
regulan las relaciones de los hombres entre ellos y que se resumen con
el nombre de ética.
En Moisés y la religión monoteísta, Freud distingue claramente las
exigencias éticas de ese
superyó colectivo, el renunciamiento que es su correlato y la
elevación de la conciencia de sí
asociada con el progreso de la vida del espíritu, es decir, con la
aparición y el progreso del
lenguaje y el pensamiento. Mientras que, como acabarnos de verlo,
Freud percibe una analogía
posible entre las exigencias éticas del superyó individual y las del
superyó colectivo, el paso de
la vida sensorial a la vida intelectual, el orgullo que el hombre
obtiene de ese paso, le parecen
inexplicables. La dificultad que Freud encuentra aquí, ¿no deriva del
hecho de que el asesinato
del padre de la horda, el advenimiento del <<padre>> y el advenimiento
del pensamiento y el
lenguaje son correlativos? Como escribe Kaufmann, <<El despojo del
omnipotente (el jefe de la
horda) aparecerá como la condición originaria del despliegue del
lenguaje humano y el motivo de
su vínculo constitutivo con la culpa, en la que se perpetúa el
tormento del sujeto debido a la
dependencia amorosa respecto de su víctima. En otras palabras: lo que
es la intensidad de la
cuasi presencia alucinatoria al sueño, lo es el monopolio expresivo
del guía soberano de la horda
a la articulación significante, y el grupo humano entró en el lenguaje
el día en que le arrebató su
privilegio al omnipotente, en la embriaguez de la omnipotencia de los
pensamientos>>. De este
modo se marca profundamente la diferencia entre la culpabilidad
individual y la culpabilidad
colectiva: <<A diferencia de la culpa individual, que se aplica
incansablemente a la anulación de
una falta inasignable, la culpa colectiva aparece como la condición de
la conversión de la pulsión
destructora en actividad de civilización. Además, ligado con el
carácter explícito de las
exigencias del superyó colectivo y de la efectuación por el asesinato
de la agresividad de la
comunidad humana, se añadirá lo siguiente: <<así sustraída a la
subjetividad individual, la falta que
motiva en consecuencia la culpa debe surgir de la esfera de la
realidad, y sin duda, en la medida
en que su realidad se inscribe en el tiempo, de un estatuto histórico.
En otros términos, la culpa
no nos remite sólo a una representación, sino a la experiencia de un
acto colectivo>> (Kaufmann).
Superyó y sublimación
Para concluir esta recorrida de la invención del superyó, es preciso
decir unas palabras sobre
su relación con la sublimación. Cuando se lee El malestar en la
cultura, lo que domina, en efecto,
es la inquietud de Freud ante la tendencia inexorable de la
civilización y la cultura a restringir la
vida sexual, y por lo tanto a aumentar la desdicha sexual del hombre.
Con respecto a la
sublimación, Freud escribe: <<Otras pulsiones instintivas serán
llevadas a modificar,
desplazándolas, las condiciones necesarias para su satisfacción, y a
asignarles otras vías, lo
que en la mayor parte de los casos corresponde a un mecanismo bien
conocido por nosotros: la
sublimación (de la meta de las pulsiones), pero que en otros casos se
separa de él. La
sublimación de los instintos constituye uno de los rasgos más
salientes del desarrollo cultural;
ella es la que permite que en la vida de los seres civilizados
desempeñen un papel tan importante
las actividades psíquicas elevadas, científicas, artísticas o
ideológicas. A primera vista, uno se
sentiría tentado a ver esencialmente en ella el destino que la
civilización impone a los instintos.
Pero es preferible reflexionar más al respecto>>. En efecto, la
sublimación, incluso aunque ataña
a la sexualidad perversa, no escapa a la dura ley común de la
civilización. Supone una renuncia
al menos parcial a las pulsiones (Kulturversagung) y en consecuencia
se basa en el sentimiento
de culpa colectivo. <<El superyó asegura indefinidamente la
perpetuación de una culpa no menos
necesaria para el trabajo de la cultura por la coacción que impone a
las pulsiones, que lo que fue
en su advenimiento el acto de muerte del que procede>> (Kaufmann), Esta
coacción, derivada de
la pulsión de muerte, funda la desposesión del sujeto, sin la cual
ninguna obra es posible. Al leer
el análisis de las memorias del presidente Schreber se pueden apreciar
las dificultades de la
empresa, puesto que en su caso <<la suma de agresión que caracteriza la
paranoia se mide por
el camino que la libido debió recorrer para volver desde la
homosexualidad sublimada hasta el
narcisismo>>. La catástrofe interior de Schreber en la cual es
arrastrado su mundo, el retiro de
sus investiduras del campo de la exterioridad, consagran la ruptura de
la mediación entre la
sublimación y el proceso de la cultura, mediación siempre precaria,
reservada quizás a una
minoría, por lo menos a juicio de Freud. Desde esta perspectiva, el
arte sigue siendo para él una
vía privilegiada de la sublimación, en cuanto es por sí mismo
productor de obra, pero también
porque en la presencia/ausencia de esa obra se establece una relación
con el prójimo. <<En tanto
que realidad aceptada por convención, en la cual, en virtud de la
ilusión artística, símbolos y
formaciones sustitutivas pueden provocar efectos verdaderos, el arte
constituye un reino
intermedio entre la realidad que se rehúsa al deseo y el mundo
imaginario que realiza el deseo,
reino en el cual las aspiraciones de omnipotencia de la humanidad
primitiva siguen en vigor.>>

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Superyó

Alemán: Über-Ich.
Francés: Surmoi (o Sur-moi).
Inglés: Super-ego.

fuente: Diccionario de Psicoanálisis.
Elisabeth Roudinesco
y
Michel Plon

Concepto creado por Sigmund Freud para designar una de las tres
instancias de la segunda
tópica, junto con el yo y el ello. El superyó hunde sus raíces en el
ello y, de un modo despiadado,
actúa como juez y censor del yo.
En su texto de 1924 sobre la economía del masoquismo, Freud declara:
"El imperativo categórico
de Kant es [ ... ] el heredero directo del complejo de Edipo". No se
podría ceñir de mejor modo el
concepto de superyó, que apareció en 1923 en El yo y el ello, producto
de una prolongada
elaboración iniciada en 1914 en el artículo "Introducción del
narcisismo". Freud construyó
entonces la noción de ideal, sustituto del narcisismo infantil: lo
suponía el instrumento de medida
utilizado por el yo para observarse a sí mismo.
La transformación de la concepción del yo a partir del examen clínico
de la patología del duelo y
la melancolía llevó a Freud a abandonar progresivamente la idea de una
equivalencia entre el yo
y el consciente, en beneficio de un yo en gran parte inconsciente. Se
trataba por lo tanto de un
yo dividido, una de cuyas partes parecía desprenderse para observar y
después juzgar a la
parte restante. Freud reemplazó esta idea de clivaje por la de
componente estructural, instancia
de vigilancia y juicio que se convertía en un elemento del yo cuyas
características y funciones
había que estudiar.
En El yo y el ello el superyó aparece todavía mal diferenciado del
ideal del yo, pero es
considerado inconsciente, como una gran parte del yo. Freud se ve
llevado después a precisar
la naturaleza de estas relaciones del superyó con el yo: "Mientras que
el yo es esencialmente el
representante del mundo externo, de la realidad, el superyó se
presenta frente a él como
mandatario del mundo interior, del ello. Los conflictos entre el yo y
el ideal reflejarán en último
análisis -ahora estamos dispuestos a admitirlo- la oposición entre lo
real y lo psíquico, entre el
mundo exterior y el mundo interior." No obstante, en la medida en que
el superyó es aún sinónimo
del ideal del yo, sus funciones siguen siendo ambiguas. A veces
derivan del ideal y de la
prohibición, y en otros momentos, de la función represiva.
En 1933, en la trigésimo primera conferencia de introducción al
psicoanálisis, Freud, después de
presentar la instancia superyoica (sobre todo en El malestar en la
cultura) como un censor
delegado por las instancias sociales ante el yo, despliega el cuadro
exhaustivo de la formación
del superyó y sus funciones.
La formación del superyó es correlativa al sepultamiento de la
estructura edípica. En un primer
momento, el superyó es representado por la autoridad parental que
ritma la evolución infantil
alternando las pruebas de amor y los castigos, generadores de
angustia. En un segundo
momento, cuando el niño renuncia a la satisfacción edípica,
interioriza las prohibiciones
externas. Entonces el superyó reemplaza a la instancia parental por
medio de una identificación.
Freud distingue bien el proceso de identificación respecto de la
elección de objeto, pero se
confiesa insatisfecho con su explicación, y retiene la idea de una
institución del superyó "como
un caso logrado de identificación con la instancia parental".
En cuanto el superyó es concebido como heredero de la instancia
parental y del Edipo, como
"representante de las exigencias éticas del hombre", su desarrollo es
distinto en el varón y en la
niña. Mientras que en el primero reviste un carácter riguroso, a veces
feroz, que resulta de la
amenaza de castración vivida en el período edípico, en la niña el
itinerario es diferente: el
complejo de castración se ha instalado mucho antes que el Edipo. En
consecuencia, el superyó
femenino será menos opresivo y menos despiadado.
Aunque Freud recurrió a menudo a las metáforas de la herencia y la
descendencia para
caracterizar la formación del superyó (desde El yo y el ello hasta el
Esquema del psicoanálisis,
pasando por el texto de 1924 sobre la economía del masoquismo), esta
concepción y las
representaciones que puede inducir deben ser matizadas por dos
consideraciones importantes.
La severidad y el carácter represivo del superyó no deben concebirse
como pura y simple
repetición de las características parentales. En efecto, la severidad
y la tendencia represiva del
superyó se manifiestan con igual fuerza en los casos en que el sujeto
ha recibido una educación
benévola que excluyó cualquier forma de brutalidad; esas
características son el producto de la
precoz puesta en vereda de las pulsiones sexuales y agresivas, por un
superyó al servicio de
las exigencias de la cultura.
Freud subraya también que el superyó no sigue el modelo de los
progenitores, sino el constituido
por el superyó de ellos. La transmisión de los valores y las
tradiciones se perpetúa entonces por
intermedio de los superyoes, de generación en generación. El superyó
es particularmente
importante en el ejercicio de funciones educativas. En este sentido,
Freud les reprocha a las
"concepciones de la historia llamadas materialistas" que ignoren la
dimensión del superyó,
vehículo de la cultura en diversos aspectos, en beneficio de una
explicación basada
exclusivamente en la determinación económica.
De tal modo queda completado el emplazamiento del concepto del
superyó: la nueva instancia es
en adelante la sede de la autoobservación, la depositaria de la
conciencia moral; el superyó es,
finalmente, "el portador del ideal del yo, con el cual éste se mide,
al que aspira, cuya
reivindicación de un perfeccionamiento cada vez mayor se esfuerza en
satisfacer". Si bien el
ideal del yo no queda completamente borrado del equipo conceptual
freudiano, pasa a ser
secundario, al punto de desaparecer en algunos casos en beneficio del
superyó. Lo atestigua la
modificación (introducida en la Nuevas conferencias de introducción al
psicoanálisis) de la
concepción del proceso de constitución de la masa: en 1921 se trataba
de individuos que habían
puesto "un solo y mismo objeto en el lugar de su ideal del yo",
mientras que el texto de 1933
habla de "una reunión de individuos que han introducido la misma
persona en su superyó".
La concepción freudiana del superyó no tuvo el consenso unánime de los
psicoanalistas. En
1925 Sandor Ferenczi insistió en la interiorización de ciertas
prohibiciones muy anteriores al
sepultamiento del Edipo, particularmente las relacionadas con la
educación de esfínteres: "La
identificación anal y uretral con los padres, que hemos señalado
anteriormente, parece constituir
una especie de precursora fisiológica del ideal del yo o del superyó
en el psiquismo del niño".
Melanie Klein sitúa los "primeros estadios del superyó" en el momento
de las "primeras
identificaciones del niño", cuando, muy pequeño aún, "comienza a
introyectar sus objetos"; el
miedo que les tiene gobierna los procesos de rechazo y proyección cuya
interacción parece
tener "una importancia fundamental, no sólo para la formación del
superyó, sino también para las
relaciones con las personas y para la adaptación a la realidad".
En la obra de Jacques Lacan el concepto de superyó ha sido objeto de
múltiples elaboraciones,
relacionadas con la teorización de la pareja ideal del yo-yo ideal.
Desde esta perspectiva, el
superyó sigue siendo dominante, pero, a diferencia de Freud, Lacan lo
concibe como la
inscripción arcaica de una imagen materna todopoderosa, que marca el
fracaso o el límite del
proceso de simbolización. En tal carácter, el superyó encarna el
desfallecimiento de la función
paterna, que es entonces ubicada del lado del ideal del yo.

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