La polemica relacion de Macri con la cultura

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Maria Cecilia Rodriguez

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Jan 31, 2008, 5:34:50 PM1/31/08
to psicosociolista
La polemica relacion de Macri con la cultura

Barrido y limpieza

La ensayista reflexiona sobre el reciente pase a disponibilidad de los
responsables del Festival de Teatro y del Festival de Cine
Independiente, Graciela Casabé y Fernando Martín Peña, por la actual
gestión de Mauricio Macri. Según Sarlo, el error es considerar a los
festivales áreas de gestión política en sentido restrictivo, ya que
Berlín, remarca, no cambia la dirección de sus teatros de ópera cada
vez que cambia el gobierno local, y Daniel Barenboim sigue dirigiendo
la Staatsoper a través de elecciones de distinto resultado. Los
riesgos de la privatización de lo público.

Por Beatriz Sarlo


Algunos artistas e intelectuales están viviendo un síndrome que antes
se llamaba oportunismo, pero que ahora se denomina ?ocupar espacios
para que no los ocupe alguien peor?. Se aceptan nombramientos bajo
condiciones en que, en otras circunstancias, hubiera sido simplemente
normal tomarse por lo menos un tiempo para aceptarlos. Un poco por
todas partes, se impone la idea de que alguien inteligente y,
supuestamente, con buenos proyectos puede incorporarse a cualquier
estructura en cualquier condición. Para no hacer responsable sólo a
Mauricio Macri de este clima político, reconozcamos que no sucede sólo
en la Ciudad de Buenos Aires.

Sin embargo, Macri ofrece generosamente ejemplos de reclutamiento sin
principios (¿a quién se le ocurre escribir esta palabra
desacreditada?) y de rápidas patinadas de un lugar a otro. El macrismo
ya se ha ganado un nombre en materia de forzamientos, malos tratos y
desconocimiento de la cuestión cultural. El ministro Hernán Lombardi,
ex radical, ex ministro de De la Rúa, no dio signos de colocarse mucho
mejor en el campo que le asignaron.

Lombardi no sólo despidió a Graciela Casabé, la directora del Festival
Internacional de Teatro de Buenos Aires, sino que le exigió que
desalojara sus oficinas en 48 horas. Casabé fue responsable de ese
festival, de gran éxito, durante años que incluyeron cambios de
gobierno. A ninguno le pareció que había que sacarla ni, mucho menos,
con malos modos. Pero a Lombardi, sí. Rubén Szuchmacher sucederá a
Casabé. La cuestión no pasa por la capacidad de Szuchmacher para
dirigir ese festival. Es un director de teatro reconocido, gestiona un
pequeño teatro también reconocido y seguramente tiene ideas
interesantes para el festival. La cuestión pasa por otra parte.

Pero antes de ir a esa otra parte es necesario agregar una noticia
reciente que, el viernes 21 de diciembre, salió extensamente publicada
por el crítico Diego Batlle en el blog otroscines. Copio lo que
informaba Batlle: ?Luego de dirigir el festival durante tres
ediciones, el crítico e investigador Fernando Martín Peña decidió
poner fin a su gestión ante la falta de respaldo que percibió en las
reuniones que mantuvo con los actuales responsables del área de
festivales (los ex militantes sushi Viviana Cantoni y Alejandro ?
Conejo? Gómez) y con Blas Martínez, asesor del ministro de Cultura
macrista Hernán Lombardi. ?Después de una reunión con Lombardi en la
que no se avanzó demasiado en aspectos concretos, de muchas demoras en
poner en marcha la estructura y estando yo en el Festival de La
Habana, me ofrecieron vía mail seguir en el cargo, pero luego me
encontré con que no iba a contar con las condiciones mínimas de
independencia y autonomía que yo considero necesarias para dirigir y
producir un festival y sin asegurarme tampoco una continuidad más allá
de abril próximo?, indicó Peña. Hace algunos días, prácticamente toda
la plana intermedia del Bafici ya había sido barrida por decisión de
los nuevos funcionarios macristas, que pretenden armar todos los
festivales de la Ciudad con una única estructura integrada por tropa
propia?.

Veamos si es posible separarse un poco de la coyuntura y serenar la
indignación que produce la mezcla de rusticidad, patoterismo y
ambiciones que matan. La pregunta que debería hacerse es qué lugar
ocupa en el organigrama de un gobierno los festivales de cine, los
teatros y las salas públicas. Si se las considera áreas de gestión
política en el sentido más estricto, es lógico que cada nuevo gobierno
barra a los que estaban y ubique sus propios cuadros. Pero el error es
considerarlas lisa y llanamente áreas de gestión política en sentido
restrictivo. Berlín no cambia la dirección de sus teatros de ópera
cada vez que cambia el color del gobierno de la ciudad, y Barenboim
sigue dirigiendo la Staatsoper a través de elecciones de distinto
resultado. Tampoco es usual en el mundo que se cambien los directores
de los grandes hospitales públicos con cada nuevo ministro de Salud (y
un hospital público es una máquina tan compleja como un gran teatro o
un festival, o quizás más). No voy a mencionar el caso clásico de la
BBC, cuyos directores son intocables.

Sigue
En otras partes se considera, con razón, que esos niveles del
organigrama de una ciudad, una provincia o un país deben tener
políticas de mediano plazo y permanecer independientes de los
calendarios electorales y de la comparsa de ambiciosos que rodea un
nuevo gobierno. Cuando hablamos de privatización de lo público,
hablamos de esto: los gobernantes piensan que son dueños de los
lugares a los que llegan para servir y no para servirse de ellos,
entregándolos como botín a quienes los apoyaron o a quienes, después
de la victoria, se muestran dispuestos a convertirse en samurais del
nuevo señor.

¿Esto quiere decir que nunca es posible cambiar al director de un gran
hospital público, de un gran teatro, o de un festival de cine?
Ciertamente no. Hay varias circunstancias que vuelven un cambio
completamente legítimo.

Se puede cambiar un director cuando el gobernante explica con claridad
que su proyecto para ese teatro, festival, hospital, etc., es
diferente del que el director actual ha venido llevando a la práctica.
El gobernante que gana las elecciones tiene derecho a tener proyectos
diferentes. Pero, antes de cambiar a nadie, debe hacer explícitas sus
diferencias con el director anterior, explicar por qué considera que
ese director en funciones no está en condiciones de organizar el nuevo
proyecto, o aclarar que se le ofreció gestionarlo pero que, por estar
en desacuerdo, lo rechazó. O sea que un nuevo gobierno, por lo menos
en teoría, tiene derecho a cambiar a todos los directores de teatro,
hospitales o festivales (salvo en los cargos a los que se haya llegado
por concurso), en la medida en que antes deje en claro que lo hace
porque sus políticas requieren que esos teatros o festivales sean
distintos. El gobierno de Macri, como queda claro en los testimonios
de Peña y Casabé, no hizo nada de esto. Simplemente les dijo que se
consiguieran una caja de cartón corrugado, pusieran adentro sus
pertenencias y se fueran rapidito.

La otra circunstancia que, por supuesto, justifica cambios, es que el
nuevo gobernante desee terminar con un festival o cambiarle el signo o
la especialidad a un teatro, hospital o cualquier otro organismo.
Deberá cumplir condiciones semejantes a las mencionadas más arriba:
explicar claramente, antes de echar a los directores, cuáles son las
razones políticas o culturales. Incluso una de esas razones puede ser
la de presupuesto. Sería discutible, pero muy claro, que un gobernante
dijera que no tiene dinero para la cultura o que no lo tiene para un
hospital de tal especialidad, porque necesita reasignarlo a
dispensarios, hospitales generales o escuelas. Podrá hacer esto, pero
no con un presupuesto ya votado por la Legislatura (como pretende
hacerlo Macri), sino en el próximo ejercicio.

Finalmente un director se cambia a causa del vacío provocado por su
propia renuncia. Alguien no desea colaborar con un gobierno cuyas
medidas políticas generales le generan problemas ideológicos o
valorativos. Agrego este motivo, porque no creo que quien pueda
llegar, por su formación académica, intelectual o cultural, a un lugar
de tanta responsabilidad tenga derecho a pensarse a sí mismo como un
empleado raso, ni concebir su tarea simplemente como un ?trabajo?.

Ninguna de las circunstancias enumeradas, que avalarían un cambio,
están presentes en lo sucedido en las primeras semanas del gobierno de
Macri. Lo que sabemos es lo que cuentan los directores de los
festivales de teatro (echada con grosería) y de cine (forzado a la
renuncia por las condiciones impuestas).

El ministro Lombardi no ha hablado de estas cuestiones. Parece
interesarle más hacer declaraciones sobre el ?control de autenticidad?
de los circuitos turísticos o sobre el fortalecimiento de los nexos
entre turismo internacional y festivales locales, nebulosa fórmula que
tiene más verosimilitud si se piensa en el festival de tango que si se
piensa en el festival de cine (cuyas entradas se agotan con el público
predominantemente local, cosa que sucede igualmente con el
Internacional de Teatro).

Una pregunta que no puedo responder con los datos presentes: ¿son
ávidos de poder, desconfiados o simplemente ignorantes?
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