EL PROCESO DE VALORACIÓN EN LA PERSONA MADURA Carl R. Rogers

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Maria Cecilia Rodriguez

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Feb 28, 2008, 8:47:02 PM2/28/08
to psicosociolista
Hacia un enfoque moderno de los valores:

EL PROCESO DE VALORACIÓN EN LA PERSONA MADURA

Carl R. Rogers

Publicado originalmente en el Journal of Abnormal and Social
Psychology, vol. 68, n 2, 1964, pags. 160-67 y también en Persona a
Persona, de C.R. Rogers, B. Stevens y otros; Amorrortu Editores, B.
Aires, 1980.

El problema de los valores es hoy día motivo de gran preocupación. En
casi todos los países, la juventud se siente profundamente insegura de
su orientación valórica; las diferentes religiones han perdido buena
parte de su influencia; las personas más instruídas de todas las
culturas parecen inseguros y preocupados por los objetivos que
valoran. Las razones no son difíciles de hallar. La cultura mundial,
en todos sus aspectos; se muestra cada vez más científica y
relativista, y los criterios rígidos y absolutos sobre los valores,
recibidos del pasado, parecen anacrónicos. Lo que es quizá más
importante, el individuo moderno se ve acosado desde todos los flancos
por reclamos de valores divergentes y contradictorios; ya no puede
instalarse cómodamente en el sistema de valores de sus antepasados o
de su comunidad, como podía hacerlo en época no muy lejana, y vivir su
vida sin examinar jamás la naturaleza y los supuestos de ese sistema.
Ante esta situación, no es sorprendente que las orientaciones
valóricas del pasado se nos aparezcan en un estado de desintegración o
colapso. Cuestionamos la existencia real o posible de cualquier valor
universal y a menudo percibimos que en nuestro mundo moderno hemos
perdido quizá toda posibilidad de tener una base general o
intercultural para los valores. Un resultado natural de esta
incertidumbre y confusión es la creciente preocupación e interés por
buscar un enfoque de los valores sano, seguro y pleno de significado,
capaz de persistir en el mundo actual. Yo comparto esta preocupación
general y también he experimentado los problemas más específicos al
respecto que surgen en mi propio campo de actividad, la psicoterapia.
Los sentimientos y convicciones del cliente con relación a los valores
suelen cambiar en el curso de la terapia.
¿Cómo puede saber él, o nosotros, si ha cambiado para bien? ¿O acaso
el cliente se limita a tomar para sí el sistema de valores de su
terapeuta, como pretenden algunos? La psicoterapia, ¿es un mero
dispositivo que posibilita la transmisión inconsciente de los valores
no reconocidos ni examinados del terapeuta a un cliente que nada
sospecha? ¿O bien esta transmisión de valores debe ser el propósito
abiertamente declarado del terapeuta? ¿Debe convertirse éste en el
sacerdote moderno, sosteniendo e impartiendo un sistema de valores
acorde con los tiempos actuales? ¿Y cuál sería ese sistema? Mucho se
ha dicho sobre todo esto, desde reflexivas exposiciones de base
empírica como la de D. D. Glad, hasta otras muy polémicas. Como sucede
tan a menudo, el problema general que enfrenta la cultura es dolorosa
y concretamente evidente en el macrocosmos cultural denominado
relación terapéutica.
Me gustaría intentar un modesto enfoque de este problema global. He
observado modificaciones en el enfoque de los valores a medida que el
individuo evoluciona de la infancia a la edad adulta y nuevos cambios
cuando -si es afortunado- continúa evolucionando hacia la verdadera
madurez psicológica. Muchas de estas observaciones surgieron de mi
experiencia terapéutica, la cual me ha brindado múltiples
oportunidades de ver cómo las personas se encaminan hacia una vida más
rica. Partiendo de ellas, creo ver emerger algunas directrices que
podrían ofrecer un nuevo concepto del proceso de valoración, más
sostenible en el mundo moderno. Como primer paso, he presentado
parcialmente algunas de estas ideas en trabajos anteriores; ahora
querría exponerlas en forma más clara y completa. Deseo subrayar que
no hago estas observaciones desde la perspectiva de un humanista o
filósofo. Hablo desde mi experiencia del ser humano actuante tal como
lo he conocido al convivir con él en la íntima experiencia de la
terapia, así como en otras situaciones de evolución, cambio y
desarrollo.

Algunas definiciones
Antes de presentar algunas observaciones conviene, quizá, que procure
aclarar qué entiendo por valores. Las definiciones abundan, pero
Charles Morris ha establecido ciertos matices que estimo útiles.
Señaló que usamos el vocablo "valor" de diferentes maneras. Expresamos
con él la tendencia de cualquier ser viviente a demostrar, en sus
actos, una mayor preferencia por una clase de objeto u objetivo que
por otra; Morris llama a este comportamiento preferencial "valores
operativos". Esta elección no exige ningún pensamiento cognoscitivo o
conceptual; es simplemente la elección de valor indicada a través de
la conducta cuando el organismo elige un objeto y rechaza otro. La
lombriz de tierra que, colocada en un "laberinto" bifurcado, elige la
rama suave en vez de la cubierta con papel de lija está indicando un
valor operativo.
Una segunda acepción del término podría llamarse "valores concebidos":
es la preferencia del individuo por un objeto simbolizado. Esta
preferencia encierra por lo común un anticipo o previsión del
resultado de la conducta dirigida hacia ese objeto simbolizado. Un
ejemplo de valor concebido es elegir que "la honradez es la mejor
política".
Finalmente, utilizamos el término para designar lo que podría
denominarse "valor objetivo" cuando queremos referirnos a aquello que
es objetivamente preferible, sea o no sentido o concebido en realidad
como deseable. Mi exposición apenas si concierne a esta última
definición, ya que se ocupa de los valores operativos y
conceptualizados ("concebidos").

Cómo valora el bebé
Hablemos primero del bebé. Desde un principio, el ser humano posee un
claro enfoque de los valores: prefiere algunas cosas y experiencias y
rechaza otras. Estudiando su comportamiento podemos inferir que
prefiere las experiencias que mantienen, mejoran o ejercitan su
organismo, rechazando las que no cumplan dicho fin. Observémoslo un
poco y veremos que:
Da un valor negativo al hambre, expresando esto a menudo en forma
clara y ruidosa.
Da un valor positivo al alimento, pero cuando está satisfecho lo
valora negativamente: escupe la misma leche por la que tanta avidez
demostraba, o rechaza el pecho que tanto lo satisfacía apartando la
cabeza del pezón con una cómica expresión de disgusto y repugnancia.
Valora la seguridad y el acto de tenerlo en brazos y acariciarlo que
transmiten esa seguridad.
Valora la experiencia nueva por sí misma, manifestándolo en el franco
placer con que descubre los dedos de sus pies, en sus movimientos
exploratorios y su insaciable curiosidad. Demuestra adjudicar una
clara valoración negativa al dolor físico, los sabores amargos, los
ruidos fuertes y repentinos.
Todo esto es una perogrullada, pero examinemos esos hechos en función
de lo que nos dicen sobre el modo en que el bebé enfoca los valores.
Ante todo, no es un sistema fijo sino un proceso de valoración
flexible y cambiante. El mismo alimento le gusta y le disgusta; valora
la seguridad y el reposo pero los rechaza para buscar nuevas
experiencias. Al parecer, lo mejor sería describirlo como un proceso
organísmico de valoración en el cual cada elemento, cada momento de
experiencia, es sopesado de algún modo y luego elegido o rechazado
según tienda o no (en ese momento) a ejercitar y mejorar el organismo.
Evidentemente, este complicado examen de experiencias no es una
función consciente o simbólica sino organísmica; no son valores
concebidos sino operativos. No obstante, este proceso también puede
traer aparejados complejos problemas de valores. Recordemos aquel
experimento en el cual colocaban ante pequeños infantes una veintena o
más de platos con alimentos al natural (sin condimentar). Por un
tiempo manifestaban una clara tendencia a valorar los alimentos que
favorecían su propia supervivencia, crecimiento y desarrollo: si un
niño se llenaba de féculas, pronto habría de equilibrar su dieta con
un atracón de proteínas; si a veces elegía una dieta deficiente en
alguna vitamina, luego buscaba alimentos ricos en ella. En sus
elecciones de valores empleaba la sabiduría del cuerpo o, lo que sería
quizá más exacto, la sabiduría fisiológica de su cuerpo guiaba sus
movimientos conductuales dando por resultado elecciones de valor que
consideraríamos objetivamente buenas.
Veamos otro aspecto del enfoque de valores en el bebé. No cabe duda de
que la fuente o locus del proceso de evaluación está dentro de él; a
diferencia de muchos de nosotros, el infante sabe qué le gusta y qué
le disgusta, y el origen de estas elecciones de valor radica
estrictamente en él: es el centro del proceso de valoración, son sus
propios sentidos los que proveen la evidencia en que basará sus
elecciones. A esta altura de su vida no está influído por lo que sus
padres piensan que debe preferir, o por lo que dice la Iglesia, o por
la opinión del último "experto" en la materia o por el poder
persuasivo de una agencia publicitaria. Su organismo dice, en forma no
verbal: "Esto es bueno para mí", "Aquello es malo para mí", "Esto me
gusta", "Aquello no me gusta nada", partiendo de su propia
experiencia. Si pudiera darse cuenta de nuestra preocupación por los
valores se reiría de ella. ¿Cómo podemos ignorar qué nos gusta y que
nos disgusta, qué nos hace bien y qué nos daña?

El cambio en el proceso de valoración
¿Qué sucede con este proceso de valoración tan eficaz, de base tan
segura? ¿Qué serie de hechos nos lleva a cambiarlo por el enfoque más
rígido, incierto e ineficaz que nos caracteriza a la mayoría de los
adultos? Trataré de exponer brevemente una de las maneras principales
en que, según creo, esto ocurre.
El bebé necesita y quiere amor, tendiendo a practicar conductas que
produzcan una repetición de esta experiencia deseada; pero esto trae
complicaciones. Le tira del cabello a la hermana y le gusta oírla
quejarse y protestar, pero luego oye decir que "es un niño malo y
travieso" (juicio tal vez reforzado por un golpe en la mano) y le
retiran el cariño. A medida que se repite esta experiencia y
muchísimas otras parecidas, el infante va aprendiendo gradualmente que
aquello que a él le parece "bueno" suele ser "malo" a ojos de los
otros. En la etapa siguiente, el infante acaba adoptando hacia sí
mismo la actitud de los demás: ahora, al tirarle el pelo a su hermana,
proclama solemnemente: "Niño malo, malo", introyectando el juicio de
valor de otra persona, tomándolo como propio. Ha abandonado la
sabiduría de su organismo, el locus de valoración, y para retener el
cariño trata de comportarse en función de valores establecidos por
otro.
Veamos otro ejemplo en un niño de más edad. Este niño, quizás en forma
inconsciente, siente que sus padres lo aman y aprecian más cuando
piensa que será un doctor que cuando sueña con ser artista; introyecta
gradualmente los valores adscritos al hecho de ser doctor y acaba
deseándolo por sobre todas las cosas. Luego, ya en la Facultad de
Medicina, le sorprenden sus repetidos fracasos en química -materia
absolutamente necesaria para graduarse en medicina- a pesar de que el
asesor de orientación vocacional le asegura que es capaz de aprobar el
curso. Sólo en las entrevistas con el orientador comienza a comprender
hasta qué punto ha perdido todo contacto con sus reacciones
organísmicas, cuán ajeno es a su propio proceso de valoración.
Daré un tercer ejemplo tomado de un grupo de eventuales maestras a
quienes dicté un curso. Al comienzo del curso les pedí que enumeraran
los dos o tres valores que más deseaban trasmitir a sus alumnos, y
algunos de los muchos que nombraron como objetivos me sorprendieron:
unas señalaban cosas tales como "hablar correctamente", "usar un buen
inglés sin modismos"; otras mencionaban la prolijidad: "seguir las
instrucciones al pie de la letra", y no faltó una que indicó: "Quiero
que cuando les diga que escriban su nombre en la esquina superior
derecha de la hoja y la fecha debajo lo hagan así y no de otra
forma".
Confieso que casi me aterró el hecho de que para algunas de esas
jóvenes los valores más importantes a transmitir a sus alumnos fueran
evitar las faltas gramaticales o seguir meticulosamente las
instrucciones de la profesora. Me sentí desconcertado. Ciertamente,
ellas no habían experimentado estas conductas como los elementos más
satisfactorios y significantes de sus vidas; la inclusión de
semejantes valores en la lista sólo podía explicarse por el hecho de
que los mismos habían recibido la aprobación de la gente,
introyectándose así como valores importantísimos.
Estos ejemplos tal vez nos estén indicando que el individuo abandona y
entrega a otros el locus de evaluación que poseía en la infancia en un
intento de ganar o retener el cariño, aprobación o estima de los
demás. Aprende a desconfiar básicamente de sus propias vivencias como
guía de su conducta. Aprende de los otros un gran número de valores
concebidos y los adopta como suyos aunque tal vez discrepen
notablemente de lo que le dicta su experiencia. Al no estar fundados
en su valoración personal, estos conceptos tienden a ser fijos y
rígidos, en vez de fluídos y cambiantes.

Algunas pautas introyectadas
Creo que la mayoría de nosotros acumulamos de este modo las pautas de
valor introyectadas que guían nuestra vida. En la cultura actual,
fantásticamente compleja, las pautas que introyectamos como deseables
o indeseables provienen de diversas fuentes, siendo a menudo muy
contradictorias en sus significados. Veamos algunas de las
introyecciones comúnmente aceptadas:
Los deseos y comportamientos sexuales son muy malos. Las fuentes de
esta opinión son múltiples: padres, Iglesia, profesores.
Desobedecer es malo. Aquí padres y maestros se alían para subrayar el
concepto: obedecer es bueno, obedecer sin preguntar es aún mejor.
Lo más deseable es ganar dinero. No mencionamos las fuentes de este
valor concebido por ser demasiado numerosas.
El aprendizaje "enciclopédico" es altamente deseable; hojear los
libros, leer por simple curiosidad o por puro entretenimiento es
indeseable. Estos dos conceptos tienden a originarse en la escuela y
en el sistema de enseñanza.
El arte abstracto, "op" o "pop" es bueno. Este valor proviene de la
gente que consideramos sofisticada.
El máximo bien es amar al prójimo. Esta idea viene de la Iglesia y
quizá de los padres.
La cooperación y el trabajo en equipo son preferibles a la labor
individual. Los compañeros son una fuente importante de este
concepto.
Engañar es inteligente y deseable. Esto también proviene del grupo de
pares.
Las bebidas gaseosas, la goma de mascar, los refrigeradores y los
automóviles son absolutamente deseables. Esta idea no nace sólo de la
propaganda: la gente adhiere a ella y la apoya en todo el mundo; desde
Jamaica al Japón, desde Copenhague a Kowloon, se ha llegado a
considerar la "cultura de las gaseosas" como el summum de lo
deseable.
Este es un ejemplo reducido y diversificado de las miríadas de valores
concebidos que las personas suelen introyectar y mantener como
propios, sin haberse puesto a considerar jamás sus reacciones
organísmicas internas ante esas pautas y objetos.

Características comunes de la valoración adulta
A mi entender, de lo anterior se desprende que el enfoque de valores
del adulto común (temo estar refiriéndome a la mayoría de nosotros)
posee las siguientes características:
La mayoría de sus valores son introyectados y provienen de otros
individuos o grupos importantes para él, pero los considera como
propios.
En la mayoría de los temas, la fuente o locus de evaluación radica
fuera de él. El criterio que aplica para establecer sus valores es el
grado de amor o aceptación que le depararán.
No hay relación alguna entre estas preferencias concebidas y su propio
proceso vivencial, o bien la hay pero es confusa.
Suele haber una discrepancia amplia, pero no reconocida, entre estos
valores concebidos y lo que le muestra su propia experiencia.
Como estas concepciones no pueden someterse a la prueba de la
experiencia, debe mantenerlas rígidas e inmutables, pues de lo
contrario sus valores se derrumbarían. De ahí que éstos sean "los
correctos"... igual que la ley de medos y persas que jamás cambiaba.
Como estos valores no pueden ponerse a prueba, no hay un medio rápido
de resolver las contradicciones. Si ha tomado de la comunidad la
noción de que el dinero es lo supremo de lo deseable y de la Iglesia
la idea de que lo es el amor al prójimo, le es imposible descubrir
cuál de los dos conceptos encierra más valor para él. De ahí que en la
vida moderna sea común que el hombre actúe según valores por entero
contradictorios. Discutimos tranquilamente la posibilidad de arrojar
una bomba de hidrógeno sobre Rusia, pero nos saltan las lágrimas
cuando leemos los titulares sobre el sufrimiento de una criatura.
Al haber cedido a otros el locus de evaluación y perdido contacto con
su propio proceso de valoración, se siente profundamente inseguro y
fácilmente amenazado en sus valores. Si se destruyeran algunos,
¿cuáles los remplazarían? Esta posibilidad amenazadora lo empuja a
aferrarse a sus conceptos sobre los valores más rígida y/o
confusamente.

La discrepancia fundamental
Creo que esta imagen del individuo que mantiene sus valores -en su
mayoría introyectados- como si fueran conceptos fijos rara vez
examinados o puestos a prueba, es aplicable a la mayoría de nosotros.
Al asumir como nuestras las concepciones ajenas, perdemos contacto con
la sabiduría potencial de nuestro propio funcionamiento vital y
perdemos confianza en nosotros mismos. Como estas construcciones de
valor suelen diferir radicalmente de lo que ocurre en nuestro propio
vivenciar, hemos llegado a un divorcio básico con relación a nosotros
mismos; a esto se debe buena parte de la tensión e inseguridad
modernas. Esta discrepancia fundamental entre los conceptos del
individuo y su vivencia real, entre la estructura intelectual de sus
valores y el proceso de valoración inconsciente, es parte integrante
de la enajenación fundamental del hombre moderno respecto de sí mismo.
He aquí un gran problema para el terapeuta.

Restableciendo contacto con la experiencia
Algunos individuos afortunados superan esta imagen y evolucionan más
hacia la madurez psicológica. Esto se advierte en psicoterapia, donde
logramos proporcionar un clima favorable para el desarrollo de la
persona, y también en la vida siempre que ella le brinde al individuo
un clima terapéutico. Permítaseme detenerme en esta mayor maduración
del enfoque de los valores, tal como la he visto en terapia. En primer
lugar diré, a modo de salvedad, que la relación terapéutica no carece
de valores. Todo lo contrario: creo que la más eficaz está teñida por
un valor primario: el de que esta persona, este cliente, es valioso en
sí mismo. Como persona, se lo valora en su individualidad y unicidad;
es al sentirse apreciado como persona cuando puede empezar a valorar
lentamente los diferentes aspectos de sí mismo, cuando -y esto es lo
más importante- puede comenzar a percibir y sentir lo que ocurre en su
interior, lo que siente y experimenta, su modo de reaccionar; esta
percepción le resulta muy difícil al principio. Usa su vivencia como
referente directo al cual puede recurrir para elaborar conceptos
precisos y como guía de conducta (E.T. Gendlin ha profundizado sobre
la manera en que esto ocurre). A medida que su vivencia se le hace más
clara, el individuo es capaz de seguir más libremente el proceso de
sus sentimientos; luego, su enfoque de los valores comienza a
experimentar cambios importantes, a asumir muchas de las
características que tenía en la infancia.

Los valores introyectados en relación con las vivencias
Intentaré demostrar lo anterior examinando algunos de los breves
ejemplos de valores introyectados que di párrafos atrás y sugiriendo
los cambios que sufren a medida que el individuo percibe mejor lo que
ocurre en su interior.
El individuo sometido a terapia echa una mirada retrospectiva y
comprende: "Pero yo gozaba tirándole del pelo a mi hermana... y no por
eso soy una mala persona".
A medida que capta su propio vivenciar, el estudiante que fracasa en
química comprende: "Yo no valoro la profesión médica, aunque mis
padres lo hagan; no me gusta la química; no me gusta estudiar
medicina; y no soy un fracasado por abrigar estos sentimientos".
El adulto reconoce que los deseos y comportamiento sexuales pueden
proporcionar gran satisfacción y depararle consecuencias
permanentemente enriquecedoras, o bien superfluas, temporarias e
insatisfactorias. Obra según su propia vivencia, que no siempre
coincide con las normas sociales.
Considera el arte bajo un nuevo enfoque de valor y dice: "Este cuadro
me conmueve profundamente, significa mucho para mí; ciertamente es una
pintura abstracta, pero mi valoración no depende de eso".
Comprende que a veces le halla sentido y valor a la cooperación, en
tanto que en otras desea estar y actuar solo.

La valoración en la persona madura
El proceso de valoración que parece desarrollarse en esta persona más
madura muestra similitudes y marcadas diferencias con el del infante.
Fluído y flexible, se basa en el momento presente y en el grado de
mejoramiento y realización que ofrezca su experiencia. Los valores no
son rígidos sino continuamente cambiantes: la pintura que el año
anterior hallamos plena de significado hoy carece de interés para
nosotros; el modo de trabajar con otras personas que antes nos parecía
bueno ahora nos resulta inadecuado; hoy consideramos parcial o, quizá,
totalmente falsa la creencia que ayer tuvimos por verdadera.
Su valoración de la experiencia es además muy diferenciada o, como
dirían los semánticos, extensional. Aquellas eventuales maestras a
quienes dicté el curso aprendieron que los principios generales son
menos útiles que las reacciones bien discriminadas. Como dijo una de
ellas: "Simplemente sentí que debía mostrarme muy firme con este
niñito, y él pareció recibir mi actitud con agrado; esto hizo que me
sintiera satisfecha de haber actuado de ese modo. Pero casi nunca soy
así con los otros niños". Esta joven se comportaba guiándose por su
vivencia con cada niño. Al considerar los ejemplos ofrecidos ya
indiqué cuánto más diferenciadas son las reacciones individuales de la
persona madura frente a los sólidos, monolíticos, valores
introyectados.
Otra semejanza entre el enfoque del individuo maduro y el del infante
es el hecho de que el locus de evaluación vuelve a quedar firmemente
establecido en su interior: es su propia experiencia la que provee la
información o retroalimentación de datos sobre los valores. Esto no
significa que se cierre a toda evidencia obtenible de otras fuentes,
sino que la acepta como lo que es (una evidencia externa) otorgándole
menos importancia que a sus reacciones internas. Supongamos que un
amigo le dice que cierto libro nuevo es decepcionante y que lee un par
de críticas desfavorables sobre él; su hipótesis tentativa será que no
valorará la obra, pero si la lee su valoración se fundará en las
reacciones que le provoque y no en los comentarios ajenos.
En este proceso de valoración también va implícito un abandono, un
"dejarse llevar" hasta la inmediatez de aquello que experimentamos,
esforzándose por captar y aclarar todos sus significados complejos.
Recuerdo que, hacia el término de su terapia, un cliente mío
reaccionaba ante un asunto que le intrigaba, apoyando la cabeza sobre
las manos y preguntándose: "Veamos, ¿qué siento? Quiero acercarme a
eso, saber qué es". Luego esperaba tranquila y pacientemente, tratando
de escucharse a sí mismo, hasta que lograba discernir con exactitud
las sensaciones que experimentaba. Como otros, este hombre procuraba
llegar a su propio interior.
Este proceso se hace mucho más complejo en el adulto que en el
infante. Su alcance y extensión son mucho mayores porque en la
vivencia actual participan los recuerdos de todas las cosas relevantes
aprendidas en el pasado. Además de su impacto sensorial inmediato,
este momento encierra un significado surgido de similares experiencias
pasadas; reúne en sí lo nuevo y lo viejo. Cuando vivo una experiencia
con un cuadro o una persona, esa experiencia lleva en sí acumuladas
las enseñanzas recogidas en anteriores encuentros con pinturas o
gente, y también el nuevo impacto de este encuentro en particular.
Para el adulto maduro, este momento de experiencia contiene igualmente
hipótesis en torno a las consecuencias que le deparará: "Ahora siento
deseos de beber otra copa más, pero lo aprendido en el pasado me
indica que si lo hago tal vez me arrepentiré por la mañana"; "No es
agradable manifestarle abiertamente a esta persona mis sentimientos
negativos, pero la experiencia previa me indica que, en una relación
prolongada, a la larga resultará beneficioso". Pasado y futuro
conviven en este momento y participan en la valoración.
En la persona madura, como en el infante, el proceso de valoración se
rige por el grado de realización que el objeto de la experiencia le
aporta al individuo. ¿Lo hace más rico, más completo, más plenamente
desarrollado? Este criterio puede parecer egoísta o antisocial pero no
lo es, puesto que las relaciones profundas en que somos útiles a los
demás nos brindan una experiencia de esta clase.
Al igual que el infante, pero con la diferencia de que puede hacerlo
de manera consciente, el individuo psicológicamente maduro confía en
la sabiduría de su organismo y la utiliza. Comprende que si puede
confiar en la totalidad de su ser existe la posibilidad de que sus
sensaciones e intuiciones sean más sabias que su psique, que su
personalidad total sea más sensible y precisa que sus pensamientos.
Porque confía en la totalidad de su ser no teme decir: "Siento que
esta experiencia (este objeto, esta orientación) es buena.
Probablemente, luego sabré por qué lo siento así".
De lo dicho se desprende que este proceso de valoración del individuo
adulto no es nada fácil o sencillo: es un proceso complejo en el cual
las elecciones suelen ser muy difíciles y embrolladas, sin que haya
garantía de que lo elegido brinde realmente la autorrealización. Pero
como todas las evidencias son accesibles al individuo y éste se
muestra abierto a su vivencia, le es posible corregir sus errores: si
ha elegido un curso de acción que no conduce al propio mejoramiento,
lo percibirá y podrá reajustarlo o revisarlo. Como su ambiente óptimo
es el de un máximo intercambio de retroalimentación de datos, este
individuo puede corregir continuamente su rumbo, como la brújula
giroscópica de un barco, en su camino hacia una personalidad más
auténtica.

Algunas proposiciones sobre el proceso de valoración
Para aclarar más el significado de lo expuesto hasta aquí formularé
tres proposiciones que contienen los elementos esenciales de esta
teoría. Si bien es quizás imposible idear pruebas empíricas integrales
para cada una, existe hasta cierto punto la posibilidad de
verificarlas mediante métodos científicos. Asimismo, deseo aclarar que
las presento como hipótesis francamente tentativas y que la firmeza
con que van expuestas sólo tiende a darles mayor claridad.
1.- Al interior de cada ser humano hay una base organísmica para un
proceso de valoración organizado.
Se supone que esta base es algo que el ser humano comparte con el
resto de los seres vivos, una parte del proceso vital actuante en
cualquier organismo sano. La capacidad de recibir información
retroalimentada le permite al organismo ajustar continuamente su
comportamiento y acciones para lograr el máximo mejoramiento.
2.- En el ser humano este proceso de valoración es eficaz, en cuanto
logra un automejoramiento tal que sobreviene la apertura del individuo
a sus vivencias internas.
He intentado dar dos ejemplos de individuos que permanecen abiertos a
su propia vivencia: el pequeño infante, que aún no ha aprendido a
negar en su consciencia sus propios procesos internos, y la persona
psicológicamente madura que ha vuelto a aprender las ventajas de esta
apertura.
3.- Una manera de ayudar al individuo a que logre abrirse a la
experiencia es establecer una relación en la cual se le aprecie como
persona independiente, se le comprenda y se valore con empatía su
vivenciar interior, dándole la libertad necesaria para que pueda
percibir los sentimientos propios y ajenos sin verse amenazada.
Obviamente, esta proposición surge de la experiencia terapéutica.
Constituye una breve formulación de las cualidades esenciales de la
relación terapéutica; algunos estudios empíricos la apoyan (el de
Barrett-Lennard es un buen ejemplo).

Proposiciones sobre los resultados del proceso de valoración
He aquí el meollo de cualquier teoría de los valores o de la
valoración: ¿Qué consecuencias acarrea? Quisiera entrar en este nuevo
terreno formulando con toda franqueza otras dos proposiciones,
referentes esta vez a las cualidades de conducta que emergen de este
proceso de valoración. Luego presentaré, en apoyo de las mismas,
algunas de las pruebas extraídas de mi propia experiencia como
terapeuta.
4.- Entre las personas que avanzan hacia una mayor apertura a sus
vivencias existe una comunidad o similitud organísmica de
orientaciones de valor.
5.- Estas orientaciones de valor comunes incluyen la clase de valores
que mejoran el desarrollo del propio individuo y de otros miembros de
su comunidad, y que contribuyen a la supervivencia y evolución de su
especie.
La experiencia me ha enseñado el hecho sorprendente de que en la
terapia -donde se valora a los individuos, donde se existe y se siente
con mayor libertad- parecen emerger ciertas orientaciones de valor
nada caóticas: por el contrario, presentan una notable similitud, que
no depende de la personalidad del terapeuta, por cuanto las he visto
surgir en clientes de terapeutas con individualidades muy diferentes.
Tampoco parecen deberse a la influencia de una cultura en particular,
ya que he hallado pruebas de estas tendencias en culturas tan
disímiles como las de Estados Unidos, Holanda, Francia y Japón. Me
inclino a pensar que esta comunidad de orientaciones de valor nace de
nuestra común pertenencia a una misma especie: así como un infante
humano tiende a seleccionar individualmente una dieta similar a la
elegida por otros infantes humanos, del mismo modo un cliente sometido
a terapia tiende a seleccionar orientaciones valóricas similares a las
elegidas por otros. Tal vez haya en la especie ciertos elementos de
experiencia que tiendan a producir el desarrollo interior, los cuales
serían elegidos por todos los individuos humanos si gozaran de
verdadera libertad de elección.
Enumeraré unas pocas de estas orientaciones de valor tal como las
percibo en mis clientes a medida que avanzan hacia el desarrollo y
madurez personales.
Tienden a alejarse de las "fachadas", a valorar negativamente la
simulación, la actitud defensiva, la adopción de una máscara falsa.
Tienden a alejarse de las "obligaciones", a valorar negativamente el
sentimiento compulsivo de que "Debo ser o actuar así y así"; el
cliente evita ser "lo que debe ser", quienquiera haya fijado ese
imperativo.
Tienden a no actuar buscando satisfacer expectativas ajenas, a valorar
negativamente el afán de agradar a los demás como un objetivo en sí
mismo.
Valoran positivamente la sinceridad, tienden a ser ellos mismos tal
como son, con sus sentimientos propios; ésta parece ser una
preferencia muy arraigada.
Valoran positivamente la autonomía; se sienten cada vez más orgullosos
y confiados al dirigir su propia vida, y elegir por sí mismos.
Valoran positivamente el propio yo, los sentimientos propios; pasan de
una situación en que se contemplaban a sí mismos con desprecio y
desesperación a otra en que se valoran a sí mismos y a sus reacciones
como algo meritorio.
Valoran positivamente la idea de que constituyen un proceso; dejan de
desear alguna meta fija y prefieren la excitación de ser un proceso de
posibilidades en germinación.
Llegan a valorar, quizá mas que nada, la apertura total a su
experiencia interior y exterior. Optan claramente por mostrarse
abiertos y sensibles a sus propias reacciones y sentimientos internos,
a las reacciones y sentimientos ajenos y a las realidades del mundo
objetivo. Esta actitud abierta se convierte en su recurso más
apreciado.
Valoran positivamente la actitud de sensibilidad y aceptación hacia
los demás; llegan a apreciar a los demás por lo que son, tal como han
llegado a apreciarse a sí mismos por lo que son.
Por último, valoran positivamente las relaciones profundas: el hecho
de alcanzar una relación estrecha, íntima, verdadera, plenamente
comunicativa con otra persona es altamente apreciado por todo
individuo y parece satisfacer una honda necesidad suya.
Estas son, pues, algunas de las orientaciones preferidas por los
individuos que he observado avanzar hacia una personalidad madura.
Estoy seguro de que la lista es inadecuada y hasta cierto punto
inexacta; no obstante, encierra para mí posibilidades estimulantes,
por las razones que trataré de explicar a continuación.
Considero importante el hecho de que los valores que seleccionan los
individuos cuando se aprecian como personas no abarcan toda la gama de
posibilidades: en ese clima de libertad, no encuentro un individuo que
valore el fraude, el asesinato y el robo, otro que valore una vida de
autosacrificio y un tercero que sólo valore el dinero; en vez de esto,
parece haber un fondo común subyacente. Me atrevo a opinar que cuando
el ser humano goza de libertad interior para elegir lo que valora
profundamente, sea lo que fuere, tiende a optar por aquellos objetos,
experiencias y metas que contribuyen a la supervivencia, crecimiento y
desarrollo propios y de otras personas. Supongo que es propio del
organismo humano preferir esos objetivos de contenido socializador y
que permiten la realización personal cuando está expuesto a un medio
que favorece el desarrollo.
Como corolario, digamos que en cualquier cultura donde haya un clima
de respeto y libertad y se valore al ser humano como persona, el
individuo maduro tenderá a elegir y preferir estas mismas
orientaciones valóricas. Esta hipótesis, que podría comprobarse, es
importantísima: significa que aunque el individuo en cuestión no
poseyera un sistema consistente o aún estable de valores concebidos,
su proceso interior de valoración conduciría a tendencias emergentes
que serían constantes en todas las culturas y en todos los tiempos.
También advierto que los individuos que manifiestan ese proceso fluído
de valoración que he procurado describir, y cuyas orientaciones de
valor suelen ser las ya enumeradas, desempeñarían un papel muy eficaz
en el fluyente proceso de la evolución humana. La supervivencia de la
especie humana en este mundo depende de que sus individuos se adapten
con mayor prontitud a los nuevos problemas y situaciones y sean
capaces de seleccionar, de entre lo nuevo y complejo, aquello que
tenga valor para el desarrollo y la supervivencia, lo cual les exige
precisión en su apreciación de la realidad. Creo que la persona
psicológicamente madura, tal como la he descrito, posee las cualidades
que le harían valorar las experiencias fructíferas para la
supervivencia y mejoramiento de la raza humana; esa persona sería
digno participante y guía en la evolución de la humanidad.
Vaya una última observación. Parecería que hemos vuelto a la cuestión
de la universalidad de los valores, aunque por un camino diferente: en
vez de contar con valores universales que "están ahí" o con un sistema
universal impuesto por algún grupo (filósofos, gobernantes o
sacerdotes), tenemos la posibilidad de poseer orientaciones de valor
humanas y universales nacidas del vivenciar del organismo. La
evidencia terapéutica indica que los valores personales y sociales
emergen como algo natural y vívido cuando el individuo percibe de
cerca su propio proceso organísmico de valoración, sugiriéndonos la
hipótesis de que si bien el hombre moderno ya no confía en la
religión, ciencia, filosofía u otro sistema cualquiera de creencias
para que lo provea de valores, puede hallar en sí mismo una base
organísmica de valoración; si es capaz de retomar contacto con ella,
esta base le brindará un enfoque organizado, adaptable y social para
abordar los complejos problemas valóricos que todos enfrentamos.
Resumen
He tratado de formular algunas observaciones, nacidas de la
experiencia psicoterapéutica, que conciernen a la búsqueda humana de
una base satisfactoria para nuestro enfoque de los valores.
He descrito al infante humano cuando entra directamente a valorar su
mundo, apreciando o rechazando sus experiencias según incidan o no en
su realización personal y empleando en esto toda la sabiduría de su
diminuto pero complejo organismo.
He dicho que parecemos perder esta capacidad de evaluación directa y
acabamos comportándonos y actuando de acuerdo con aquellos valores que
nos depararán aprobación social, afecto y estima. Cedemos nuestro
proceso de valoración para comprar amor, y como el centro de nuestra
vida radica ahora en otros, nos sentimos asustados, inseguros, y nos
aferramos rígidamente a los valores que hemos introyectado.
Empero, si la vida o la terapia nos brindan las condiciones favorables
para continuar nuestra evolución psicológica, entramos en una especie
de avance en espiral, desarrollando un enfoque valórico que participa
de la espontaneidad y fluidez propias del infante, pero que lo supera
con creces en riqueza. En nuestras transacciones con la experiencia
volvemos a ser el locus o fuente de valoración, preferimos las
experiencias que a la larga nos perfeccionen, utilizamos nuestro
aprendizaje y funcionamiento cognoscitivos en toda su riqueza, pero al
mismo tiempo confiamos en la sabiduría de nuestro organismo.
He señalado que estas observaciones conducen a ciertas formulaciones
básicas: el hombre posee dentro de sí una base organísmica de
valoración; en tanto pueda ponerse libremente en contacto con este
proceso interior de valoración mantendrá una conducta tendiente a su
propio mejoramiento; conocemos incluso algunas de las condiciones que
le permiten mantenerse en contacto con su propio proceso vivencial.
En la terapia, esta apertura a la experiencia conduce a orientaciones
de valor aparentemente comunes entre los individuos y, quizás, entre
las culturas. Dicho en un lenguaje más antiguo, los individuos que
mantienen este contacto con sus vivencias acaban valorando principios
tales como la sinceridad, independencia, autonomía, conocimiento de sí
mismo, sensibilidad social, responsabilidad social y relaciones
interpersonales afectuosas.
Extraje la conclusión de que cuando los individuos avanzan hacia la
madurez psicológica -o, más exactamente, hacia la apertura a sus
propias vivencias- puede emerger una nueva clase de orientaciones
valóricas universales. Esta base valórica parece favorecer el
perfeccionamiento propio y ajeno y promover un proceso evolutivo
positivo.
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