CHANGE.ORG
Es cierto. Las etiquetas son reduccionismos inaceptables. Especialmente cuando se usan administrativamente.
Un amplio grupo de psiquiatras, liderados por el doctor S. Timimi, han
enviado una petición formal al Colegio de Psiquiatras de Reino Unido en
la que solicitan la abolición de los sistemas de clasificación
diagnóstica, CIE y DSM. La petición se ha acompañado de una campaña de
recogida de firmas en la plataforma Change.org, que, en el momento de
redactar este artículo, contaba con el apoyo de más de 1.000 firmantes
en tan sólo dos días tras su lanzamiento. En declaraciones a los medios,
S. Timimi [1] ha afirmado que: El proyecto del DSM no se puede
justificar, ni en sus principios teóricos ni en la práctica. Tiene que
ser abandonado para que podamos encontrar formas más humanas y eficaces
de responder a la angustia…”
En el comunicado, titulado “No más etiquetas diagnósticas” (No more
psychiatric labels), realizan una revisión exhaustiva de los motivos y
de la evidencia científica en la que sustentan esta posición,
estableciendo las siguientes conclusiones:
• Los diagnósticos psiquiátricos no son válidos.
• El uso de los diagnósticos psiquiátricos aumenta la estigmatización.
• La utilización de diagnósticos psiquiátricos no ayuda a la decisión sobre el tratamiento a elegir.
• El pronóstico a largo plazo de los problemas de salud mental ha empeorado.
• Estos sistemas imponen las creencias occidentales sobre los trastornos mentales en otras culturas.
• Existen modelos alternativos, basados en la evidencia, para proporcionar una atención eficaz en salud mental.
El escrito, supone una declaración sin tapujos, de lo que estos
psiquiatras consideran acerca del quehacer de su trabajo y del futuro de
la salud mental. “La psiquiatría se encuentra atrapada en un callejón
sin salida”, aseguran en la introducción al texto. La recopilación de
estudios científicos sobre epidemiología, las investigaciones
transculturales y los ensayos clínicos de eficacia del tratamiento
“ponen de relieve hasta qué punto los datos son inconsistentes con el
modelo médico dominante, basado en diagnósticos, y considerado como el
paradigma organizativo de la práctica clínica”. “El uso continuado de
los sistemas de clasificación diagnóstica para la realización de la
investigación, la formación, la evaluación y el tratamiento de las
personas con problemas de salud mental es incompatible con un enfoque
basado en la evidencia, capaz de mejorar los resultados”. Por tanto, “ha
llegado el momento de facilitar que la teoría y la práctica en salud
mental superen este estancamiento, eliminando los sistemas de
clasificación diagnóstica CIE y DSM”.
En relación con la etiología de los trastornos mentales, el comunicado
señala que “el fracaso de la investigación científica básica para
revelar cualquier disfunción biológica específica o cualquier marcador
fisiológico o psicológico que sirva para identificar un determinado
diagnóstico psiquiátrico es sobradamente reconocido”. “La única
excepción importante a la falta de apoyo sobre la etiología de un
diagnóstico es el trastorno por estrés postraumático, que atribuye los
síntomas al resultado directo de un trauma”. Además,“existe un amplio
cuerpo de evidencia que vincula los episodios psiquiátricos,
considerados como más graves, como las alucinaciones auditivas y la
psicosis, a situaciones de trauma y abuso, incluyendo el abuso sexual,
el físico y el racial, la pobreza, el abandono y el estigma”. Por este
motivo, “es importante tratar de comprender las experiencias psicóticas
dentro del contexto de la historia de vida de la persona. No hacerlo
puede resultar perjudicial porque empaña y añade confusión acerca de los
orígenes de las experiencias y conductas problemáticas, teniendo la
posibilidad de ser entendidas”.
Los autores del texto se muestran preocupados ante la falta de validez
de los sistemas de clasificación diagnóstica y manifiestan que “el hecho
de que la investigación científica básica no haya podido establecer
ningún marcador biológico específico para ningún diagnóstico
psiquiátrico, pone de manifiesto que los sistemas de clasificación
actuales no comparten el mismo valor científico para pertenecer a las
ciencias biológicas que el resto de la medicina”. Sin embargo, afirma el
comunicado, “nuestra incapacidad para encontrar correlatos biológicos
no debe ser vista como una debilidad. En lugar de empeñarnos en mantener
un línea de investigación científica y clínicamente inútil, debemos
entender este fracaso como una oportunidad para revisar el paradigma
dominante en salud mental y desarrollar otro que se adapte mejor a la
evidencia”.
A este respecto, el documento recoge los estudios y meta-análisis que
avalan la eficacia de determinadas intervenciones psicológicas, así como
las investigaciones sobre el efecto placebo asociado a los
psicofármacos, afirmando que el modelo biologicista en enfermedad mental
está obsoleto. El desequilibrio bioquímico en el que se basa el
tratamiento farmacológico en salud mental, “no se ha podido demostrar”,
según señala.
Asimismo, detallan los graves perjuicios que puede suponer para las
personas ser tratadas bajo la perspectiva biológica (la estigmatización,
la falta de búsqueda de las verdaderas causas del problema, la
confianza ciega en la medicación…), así como los riesgos y la falta de
eficacia del tratamiento farmacológico, citando las investigaciones,
incluso realizadas por la Organización Mundial de la Salud, que
evidencian, al comparar transculturalmente poblaciones de personas con
trastorno mental que no habían recibido ningún tratamiento farmacológico
con personas con trastorno mental que sí lo habían recibido, que “los
pacientes con trastorno mental, fuera de EE.UU. y Europa, presentan unas
tasas de recaída significativamente más bajas y son significativamente
más propensos a alcanzar una plena recuperación y menor grado de
deterioro a largo plazo, aunque la mayoría haya tenido un acceso
limitado o nulo a medicación antipsicótica”.
“En resumen, parece que actualmente contamos con una evidencia
sustancial que muestra que el diagnóstico en salud mental, como
cualquier otro enfoque basado en la enfermedad, puede estar
contribuyendo a empeorar el pronóstico de las personas diagnosticadas,
más que a mejorarlo”, señala el documento. “Por lo tanto, la única
conclusión basada en la evidencia que se puede extraer es que los
sistemas psiquiátricos diagnósticos formales, como el DSM y el CIE,
deberían abolirse”.
Como alternativa, el grupo de psiquiatras que ha elaborado el documento,
propone la implantación de nuevos paradigmas, basados en la evidencia,
“que pueden ser desarrollados e implementados fácilmente”, e instan a la
colaboración y el debate conjunto con otros profesionales de la
psicología, sociología, filosofía, medicina, etc. Concluyen su
comunicado, enumerando los siguientes “buenos puntos de partida”, tanto
en la búsqueda de factores causales como en la realización de la
práctica clínica:
Etiología: las investigaciones sobre la estrecha asociación entre
situaciones traumáticas, sobre todo, en la infancia y adolescencia, y
trastornos mentales como la psicosis, dan cuenta de que los factores
contextuales deben integrarse en la investigación.
Práctica Clínica: Si bien los resultados sobre la eficacia del
tratamiento farmacológico no ha mejorado en 40 años de investigación,
existen otras alternativas, “en áreas tan diversas como los servicios de
psicoterapia, los servicios comunitarios en salud mental, abuso de
sustancias e intervención con parejas”, que han incorporado el peso que
juega la alianza terapéutica o el apoyo social en la eficacia de la
intervención, mejorando la eficacia de las resultados. Determinados
movimientos basados en unenfoque de “recuperación” o “rehabilitación”,
en vez de en un modelo de enfermedad y de clasificación diagnóstica, así
como los programas que defienden un modelo integrado de atención a la
salud mental y física, “son buenos ejemplos de cómo la evidencia puede
incorporarse para facilitar un cambio de la cultura institucional”.
En definitiva, el texto supone un reconocimiento formal de las
aportaciones y de la eficacia de las intervenciones psicológicas, así
como del paradigma biopsicosocial y del enfoque basado en la
rehabilitación, que defiende esta rama de la ciencia. Lo insólito del
documento, es que es un hito que esta afirmación esté siendo avalada por
un grupo de psiquiatras, comprometidos con su profesión y preocupados
por mejorar la atención que se presta en salud mental.
Se respondió de un lado, que no hay pruebas cognitivas específicas, ni
marcadores metabólicos o neurológicos, ni clínicos para sustentar
rotundamente el diagnóstico de TDAH, por la misma ambigüedad de su
definición, de los estudios epidemiológicos, que dan valores de
prevalencia tan distintos como entre el 0.5% y el 26%, a pesar de los
intentos de establecer criterios de normalización, con grandes
diferencias transculturales entre los evaluadores mismos. Los estudios
imagenológicos han sido inconsistentes. Se hablaba de que no existen
tratamientos específicos más que el polémico metilfenidato, que tiene
efectos similares en niños normales con base en datos la industria
farmacéutica en contextos investigativos cuestionables, por sesgos en la
investigación y sobornos a los investigadores.
Los oponentes al diagnóstico, que ha alcanzado proporciones de epidemia,
señalan en este mismo hecho, una cuestión cultural, dado que la
inmadurez de los niños es un hecho biológico en sí mismo pero dependen
de los criterios con los que se juzgue tal inmadurez, que están
determinados por la cultura. Señalaban además que, en nuestra cultura
occidental moderna hay muchos factores que afectan en negativo a la
salud mental de los niños y sus familias, tales como la falta de apoyo
de la familia ampliada, la culpabilización de las madres, que tienen que
llevar sobre sus hombros la responsabilidad de la crianza de sus hijos,
la presión escolar, la caída de la autoridad moral y de la función
paterna, los dilemas en relación con la disciplina, el sistema de
valores de una economía de mercado, que insiste en el individualismo, la
competencia y la autosuficiencia, más la ambición de lucro de la
industria farmacéutica, son factores que pueden ayudar a la creación de
un constructo clínico de tal naturaleza.
De otro lado, se preguntan si el modelo médico del TDAH puede ser útil
terapéuticamente y se contestan que hay un problema en esa mirada
descontextualizada y simplista que lleva a padres, maestros y médicos a
hacerle el quite a la responsabilidad de la crianza de niños bien
educados. Al aliarnos con la sociedad de mercado y la industria
farmacológica y convertirnos en agentes de control social, sofocamos las
singularidad de los pequeños, convirtiéndolos en víctimas de ese
sistema, tanto a ellos como a sus familias, al ponerlos en contacto con
drogas altamente adictivas, sin un beneficio comprobado a largo plazo,
con la creación de una dependencia exagerada de los médicos.
El contrincante del opositor, hablaba de que la hiperactividad ni es una
construcción social ni una enfermedad genética, sino un interjuego de
lo biológico y lo cultural. Para defenderlo acude a la investigación de
Schachar y Tannock, en el 2002, sobre la estructura cerebral, la función
y la composición del ADN. Para resaltar que las influencias genéticas
son fuertes, algunas en el campo molecular, especialmente con los genes
que afectan la dopamina, experiencia que se han replicado con firmeza, y
que el ambiente facilita o no su expresión. Habla de cambios
estructurales del cerebro de niños que se someten a pruebas
imagenológicas.
El apuntalador de la teoría de la existencia de la hiperactividad como
entidad, la muestra como un fuerte predictor de un ajuste psicosocial
probre, con una mayor propensión a los trastornos de conducta, problemas
psiquiátricos en la adolescencia, fracaso educativo y laboral,
incapacidad para ocupaciones creativas y relaciones satisfactorias.
1] El doctor Sami Timimi publicó, en el British Journal of Psychiatry,
una ponencia en un debate acerca de cómo el Trastorno de Déficit de
atención con hiperquinesia se entiende mejor como una construcción
cultural, en la medida que el doctor se encuentra seriamente preocupado
por el uso de anfetamina en niños. En el 2002, un grupo de eminentes
psiquiatras y psicólogos publicó una declaración de consenso sobre la
ciencia, el diagnóstico y el tratamiento de tal trastorno. Era una toma
de postura ante distintos puntos de vista con respecto a su definición.
Una pregunta en torno si el trastorno de déficit de la atención era una
construcción cultural para tratar la intolerancia de la sociedad a
conductas desajustadas de una norma ideal fue respondida por Sami
Timimi, psiquiatra de niños y adolescentes, autor de Psiquiatría
infantil patológica y medicalización de la infancia y el profesor Eric
Taylor, psiquiatra infantil del Instituto de psiquiatría e investigador
en etiología, evolución y tratamiento del TDAH.