Voto adolescente ![]() Los chicos que podrían ir a votar en las próximas
elecciones legislativas, ¿son votantes fáciles de comprar? ¿Se viene un
proselitismo adolescente ideológico también? ¿Es una apuesta por la
confianza en los adolescentes? ¿Los políticos se sienten abandonados por
los adultos y los jóvenes mayores? ¿Busca el oficialismo asegurarse un
millón de votantes extras? ¿Esto generará un enorme gasto de boletas y
padrones? ¿Estaremos reafirmando los derechos adolescentes? ¿Era necesaria
y urgente esta Ley?
Son tantas las deudas pendientes que tienen los
gobernantes actuales con el país y, especialmente, con los adolescentes
que esto de votar a los dieciséis está rayando en la hipocresía. Habría
que asegurar, primero que nada, una buena educación, el real acceso a
oportunidades formativas. Sería bueno dejar de invertir y pensar en la
calidad de los “spot” para televisión, que, técnicamente, son impecables,
y ocuparse de una vez de los jóvenes. No es que no se haya hecho nada,
sino que hay bastante por hacer. No es que todo esté mal, sino que aún hay
tareas en una cómoda pausa. Hay mucho en el mundo juvenil argentino que
esta pendiente. Con un poquito de autocritica quizás se comience a
trabajar.
El ingreso de los adolescentes en el mundo de los
derechos civiles con el adelantamiento de la responsabilidad para elegir
representantes no puede ser un hecho aislado. Para adquirir derechos, hay
que ejercitarse también en los deberes. Deben saber los jóvenes que la
democracia y la política no son solamente dispensadores de derechos. Deben
aprender que “con la democracia no se jode” y que nos costó mucho a los
argentinos obtenerla.
Nuestros adolescentes deben aprender que no todo lo que
hicieron los gobiernos que precedieron al actual fue malo. Estos futuros
electores deben estudiar los principios republicanos, la sana división de
los poderes, la libertad de expresión, la alternancia pacífica de los
gobernantes y el conocimiento y el respeto a la Constitución
Nacional.
Los adolescentes deben aprender que el pueblo argentino
es uno solo. Que no hay ciudadanos que pueden hablar y manifestarse, y
otros que deben callar y encerrarse en sus casas. Que el más rico debe ser
responsable y cumplir con la ley, y el más pobre también.
Para votar hay que saber y conocer. El que no esté de
acuerdo revise un libro de Educación Cívica o Democrática de la escuela
secundaria. Podrá evaluar el grado de educación en la democracia que
existe hoy. Se debe saber y conocer que en los años noventa nos quejábamos
del desinterés de los adolescentes por la política. Hoy podemos
concederles protagonismo, pero no con la idea escondida de ganar electores
en las urnas.
Hay un tiempo para crecer, para formarse, para madurar.
Hay otro tiempo para tomar decisiones, para poner en práctica lo
aprendido. Las leyes no mejoran por sí mismas la vida de un pueblo. Lo que
mejora y da calidad es la educación. Estamos viviendo un tiempo de
discursos políticos cargados de violencia, donde todo “tiempo pasado fue
peor”, y todo pensamiento diverso es peligroso. Es el tiempo de las
incoherencias, donde la carga ideológica se identifica con los más pobres,
pero sus portadores no abandonan la opulencia y el enriquecimiento
personal. Parece que pasan los años, los partidos cambian, sin embargo,
algunas prácticas nunca se terminan. Los indigentes siguen buscando en los
contenedores de basura como en los noventa, y no lo veo en el diario Clarín, sino con mis
propios ojos. Los ricos, cada vez más ricos.
La inseguridad por la delincuencia, ¿no es fruto acaso
de la gran desigualdad social? O los delincuentes de hoy, ¿lo son por un
exitoso test vocacional? La pobreza argentina siempre fue y será una
paradoja. La gente que pide en la calle o vive en las villas miserias no
es del 2001, ni del 89, es del 2012. Hay que hacerse cargo no solamente de
los éxitos, que son muchos por cierto, sino también de los fracasos. La
pobreza es el fracaso de la política, del sistema y de la ideología.
Los
adolescentes quizá sean unos muy buenos electores. ¡Ojalá no se dejen
engañar! Los adolescentes necesitan y deberían querer saber la verdad. Esa
verdad no está en los discursos oficiales, sino en la calle de todos los
días. Que decidan libremente y que imaginen un país mejor. Pero el país y
el Gobierno deben ser amigos de la verdad.
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