Capítulo 10. La expresión plena de la ira
Matar gente es demasiado superficial
Matar, pegar, culpar, lastimar a otra persona, física o mentalmente, no son más que expresiones superficiales de lo que nos ocurre por dentro cuando sentimos enojo. Si estamos realmente furiosos, nos gustaría disponer de una manera más poderosa de expresarnos a plenitud.
Distinguir entre estímulo y causa
El primer paso para expresar de forma plena nuestra ira a través de la CNV consiste en desvincular a los demás de cualquier responsabilidad por ella. Debemos liberarnos de ideas tales como: “Él (o ella o ellos) hizo que me pusiera furioso cuando actuó así” Esta manera de pensar nos lleva a expresar nuestra ira superficialmente culpando o castigando a la otra persona.
Nunca nos enojamos por lo que hizo otra persona. Podemos identificar su conducta como el estímulo, pero conviene diferenciar con claridad que una cosa es el estímulo y otro muy distinta la causa.
Para motivar a través de la culpa mezcle el estímulo y la causa
Cuando el sentimiento de culpabilidad se usa como una táctica de manipulación y coacción, resulta útil confundir el estímulo y la causa. Los niños que se acostumbran a escuchar frases como “Papá y mamá se ponen muy tristes cuando traes malas notas”, acaban creyendo que su conducta es la causa de la infelicidad de sus padres. Solemos decir: “Haces que me irrite”, “Heriste mis sentimientos con tu conducta”. “Lo que hiciste me puso triste”. Usamos nuestro lenguaje de muy diferentes maneras para convencernos de que si nos sentimos como nos sentimos es por lo que otros hicieron. El primer paso del proceso para expresar de manera plena nuestra ira consciente en darnos cuenta de que las cosas que puedan hacer los demás nunca son la causa de cómo nos sentimos.
Entonces, ¿Cuál es la causa de la ira? En el Capítulo 5 describí las cuatro opciones que tenemos a nuestro alcance cuando alguien nos dice algo o hace algo que no nos gusta. La ira surge cuando elegimos la segunda opción; cuando nos enfadamos y buscamos culpables; es decir, cuando optamos por hacer el papel de Dios y juzgar o culpar a otra persona por haberse equivocado o haber hecho algo que merece castigo. Aunque es posible que inicialmente no seamos conscientes de ello, la causa de la ira proviene de nuestra manera de pensar.
La tercera opción descrita en el Capítulo 5 es la de iluminar nuestros propios sentimientos y necesidades con la luz de la conciencia. En lugar de hacer un análisis mental de las incapacidades de una determinada persona, elegimos conectarnos con nuestra vida interior. Esta fuente de energía vital es tanto más palpable y accesible cuanto más nos centramos en lo que necesitamos en cada momento.
Si, por ejemplo, alguien llega tarde a un encuentro que acordamos y necesitamos sentirnos seguros de que le importamos a esa persona, quizá nos sintamos heridos. En cambio, si necesitamos tener media hora de calma y soledad, tal vez disfrutemos el tiempo de espera y agradezcamos su tardanza. Entonces, la causa de nuestros sentimientos no es la conducta de la otra persona, sino nuestras necesidades del momento. Siempre que establecemos contacto con nuestras necesidades, estableceremos contacto con nuestra energía vital. Nuestros sentimientos podrían ser intensos, pero no nos sentiremos enojados. La ira es el resultado de una manera de pensar que aliena de la vida nos desconecta de nuestras necesidades. Indica que analizamos y juzgamos a alguien en lugar de centrarnos en ver cuáles de nuestras necesidades no están siendo satisfechas.
Además de la tercera opción, consistente en centrarnos en nuestros propios sentimientos y necesidades, en todo momento tenemos la opción de iluminar con la luz de la conciencia los sentimientos y necesidades de la otra persona. Cuando elegimos esta cuarta opción, tampoco nos enojamos. No reprimimos la ira; cuando conseguimos estar plenamente presentes con los sentimientos y necesidades de la otra persona, la ira simplemente no existe.
La ira siempre encierra algo que es útil para la vida
Muchas veces me preguntan: “¿Acaso no hay circunstancias en que la ira está justificada?” Mi respuesta es que tengo la firme convicción de que, si me sumo en el grado que sea a la idea de que se producen en el mundo “actos insensatos” y “actos sensatos” y de que hay “personas codiciosas” y “personas honradas”, sólo con esto ya contribuyo a que exista la violencia en el planeta. En lugar de estar de acuerdo o en desacuerdo con la manera de ser de la gente que asesina, viola o contamina el ambiente, estoy convencido de que servimos mejor a la vida centrando la atención en nuestras necesidades.
Cuando juzgamos a otros generamos violencia
En el núcleo de toda ira existe una necesidad insatisfecha. En consecuencia, la ira siempre podrá convertirse en algo valioso si la utilizamos como un reloj despertador que nos informa que tenemos una necesidad insatisfecha y que, si persistimos en nuestra manera de pensar, no es probable que la satisfagamos. Expresar de forma plena nuestra ira exige tener plena conciencia de nuestra necesidad. Por otro lado, hace falta energía para satisfacer esa necesidad. Sin embargo, la ira acapara nuestra energía y la canaliza hacia el castigo de los demás y no hacia la satisfacción de nuestras necesidades. En vez de “indignarnos”, recomiendo que nos conectemos de manera empática con nuestras propias necesidades o con las de los demás. Esto tal vez exija mucha práctica, durante la cual de manera sistemática y repetida sustituiremos conscientemente la oración: Estoy enfadado porque ellos...” por esta otra: “Estoy enfadado porque necesito...”
El estímulo frente a la causa: implicaciones prácticas.
Quiero subrayar la distinción entre causa y estímulo tanto en el terreno práctico y táctico como en el filosófico. Me gustaría ilustrar este punto a través de un dialogo con John, un prisionero sueco.
John: Hace tres semanas que hice una petición a las autoridades de la cárcel y todavía no me contestaron.
MR: Cuando ocurrió esto, ¿Por qué se enojó?
John: ¡Acabo de decírselo! ¡Ni siquiera me contestaron!
MR: Espere un momento. En lugar de decirse: “Me enojé porque ellos...”, sea consciente de lo que se dice a usted mismo que hace que se siente enojado.
John: Yo a mí no me digo nada.
MR: Vamos a ver; poco a poco, preste atención a lo que le ocurre por dentro.
John: (Tras reflexionar unos momentos en silencio): Lo que yo me digo es que no tienen ningún respeto por los seres humanos, no son más que una pandilla de burócratas fríos y anónimos y nosotros les importamos un bledo. Son un montón de...
MR: Gracias, es suficiente. Ahora ya sabe por qué está furioso; lo está por pensar como piensa.
John: ¿Qué tiene de malo pensar de esa manera?
MR: Yo no digo que tenga nada de malo. Fíjese en una cosa: si yo dijera que no está bien que usted piense de esa manera, eso significaría que yo pienso de esa misma manera sobre usted. No digo que está mal juzgar a la gente, decir que son unos burócratas anónimos o que actúan de una manera desconsiderada y egoísta. Sin embargo, sugiero que usted se enfurece porque piensa de ese modo. Centre su atención en sus propias necesidades. ¿Cuáles son sus necesidades en este caso en particular?
John: (Después de un largo silencio): Marshall, necesito la capacitación que pedí. Si no la hago, estoy completamente seguro de que volveré a la cárcel apenas salga a la calle.
MR: Y ahora que se ha centrado en sus propias necesidades, ¿Cómo se siente?
John: Asustado.
MR: Ahora póngase en los zapatos de un funcionamiento de prisiones. Si yo fuera un recluso, ¿No tendría más probabilidades de que satisficieran sus necesidades si les dijera: “¡Eh, necesito ese curso porque me asusta pensar en lo que pueda hacer cuando salga de la cárcel si no lo hago!”, que si me acerco a quien sea viéndolo como un burócrata anónimo? Aunque no lo diga con palabras, mi mirada expresará lo que pienso. ¿Cómo es más probable que satisfaga mis necesidades?
John clava los ojos en el suelo y permanece en silencio
MR: ¡Eh, amigo!, ¿Qué pasa?”
John: No puedo hablar sobre eso ahora
Al cabo de tres horas, John se me acercó y me dijo: “Marshall, ojalá hace dos años me hubiera enseñado lo que me enseñó esta mañana. No habría matado a mi mejor amigo”
Cuando tomamos conciencia de nuestras necesidades, la furia da lugar a sentimientos útiles para la vida
Todas las formas de violencia tienen su origen en personas que se engañan a sí mismas y piensan que su dolor es provocado por otras personas que, por consiguiente, merecen ser castigadas.
La violencia surge de la creencia de que los otros nos producen dolor y por lo tanto merecen ser castigados
Una vez sorprendí a mi hijo menor sacando una moneda de la habitación de su hermana. “¿Le preguntaste a tu hermana si podías tomar ese dinero?” le pregunté. “¡Yo no tomé ningún dinero!”, respondió. Me enfrenté con varias opciones. Podría llamarlo mentiroso, aunque esto habría dejado mis necesidades insatisfechas ya que todo juicio sobre otra persona reduce la posibilidad de ver satisfechas nuestras necesidades. Si interpretaba su respuesta como una falta de respeto, me orientaba en otra dirección. Sin embargo, si quería empatizar con él o expresar con franqueza lo que sentía y necesitaba, aumentaba extraordinariamente la posibilidad de ver satisfechas mis necesidades.
La manera en que respondí me resultó de gran ayuda. No consistió tanto en lo que dije, sino en lo que hice. En lugar de juzgarlo llamándolo mentiroso, traté de prestar atención a sus sentimientos: estaba asustado, quería protegerse e impedir que lo castigara. Al empatizar con él, tendría una oportunidad de establecer una conexión emocional desde la cual podríamos satisfacer las necesidades de ambos.
Sin embargo, si encaraba la situación tratándolo como mentiroso, aun sin decírselo directamente, era poco probable que mi hijo sintiera la suficiente seguridad para decirme con sinceridad lo que había pasado. En ese caso, yo habría pasado a formar parte del proceso: por el mismo hecho de juzgarlo mentiroso, habría contribuido a que se autocumpliera la profecía. ¿Por qué alguien va a querer decir la verdad sabiendo que esto le acarreará una recriminación y un castigo?
Los juicios a otras personas tienden a funcionar como profecías que se autorrealizan
Quería señalar que, cuando tenemos la cabeza llena de juicios y análisis sobre otras personas a partir de los cuales dictaminamos que son malas, codiciosas, irresponsables, mentirosas o tramposas que contaminan el ambiente, valoran más las ganancias que la vida o se comportan como no deberían, habrá muy pocas de esas personas que se interesen en nuestras necesidades.
Son pocos los seres humanos que pueden centrarse en nuestras necesidades cuando las expresamos a través de imágenes sobre los errores que ellos cometen. Por supuesto, podemos tener éxito cuando usamos ese tipo de juicios al intimidar a los demás para que satisfagan nuestros deseos. Si sienten tanto miedo o tanta vergüenza o se consideran tan culpables que modifican sus conductas, podemos acabar convencidos de que es posible “ganar” a través de echarle en cara a los demás los errores que cometen.
Sin embargo, si consideramos la situación desde una perspectiva más amplia, advertiremos que cada vez que satisfacemos nuestras necesidades valiéndonos de este procedimiento no sólo salimos perdiendo sino que además, contribuimos notablemente a la violencia que impera en el planeta. Quizás resolveremos nuestro problema inmediato, pero habremos creado otro nuevo. Cuanto mayor sea el grado en que la gente perciba acusaciones y juicios en nuestras palabras, más a la defensiva estará, más agresiva se volverá con nosotros, y menos le importarán nuestras necesidades en el futuro. Aun cuando momentáneamente nuestra necesidad quede satisfecha, en el sentido de que los demás hacen lo que nosotros queremos, más adelante nos veremos obligados a pagar por ello.
Cuatro pasos para expresar la ira
Pasos para expresar la ira:
1. Detenerse. Respirar profundamente
2. Identificar los pensamientos que contienen juicio
3. Conectarse con las propias necesidades
4. Expresar nuestros sentimientos y nuestras necesidades no satisfechas
El primer paso consiste en efectuar una pausa y no hacer nada salvo respirar. Nos abstenemos de culpar o castigar a la otra persona. Nos limitamos a quedarnos quietos. Después identificamos los pensamientos que están provocando nuestra ira. Puede ser, por ejemplo, que hayamos oído algún comentario que nos haya inducido a pensar que alguien nos excluía de una conversación por motivos raciales. Sentimos rabia, nos detenemos, y entonces prestamos atención a los pensamientos que se agitan en nuestra cabeza: “No tiene derecho a actuar de esta manera! Es un racista”. Sabemos que todos los juicios como éste son trágicas expresiones de necesidades insatisfechas, por lo que damos el paso siguiente y nos conectamos con las necesidades que yacen detrás de estos pensamientos. Si considero racista a alguien, tal vez la necesidad subyacente sea de inclusión, igualdad, respeto o conexión.
Para expresarnos plenamente, entonces abrimos la boca y manifestamos nuestra ira, si bien ahora transformada en unas necesidades y unos sentimientos vinculados con ellas. Sin embargo, expresar estos sentimientos puede requerir mucho valor. Cuesta muy poco exclamar: “¡Esto es racismo!”. Es más, a lo mejor hasta disfrutamos diciéndolo, pero puede resultar atemorizante ahondar en los sentimientos y necesidades que se esconden debajo de una afirmación como ésta. Para expresar nuestra ira en forma plena, podemos decirle a la otra persona: “Cuando entraste en la habitación y te pusiste a hablar con los demás y a mí no me dijiste ni una palabra y después hiciste ese comentario sobre los blancos, sentí nauseas y me dio un miedo terrible. Desencadenó en mi interior la necesidad de que se me trata a un mismo nivel de igualdad. Me gustaría que me dijeras cómo te sientes con esto que te digo”.
Antes que nada, ofrecer empatía
Cuanto más escuchemos a los demás, tanto más nos escucharán
Como a menudo resulta difícil, en tales situaciones, que los demás estén abiertos a recibir nuestros sentimientos y necesidades, si queremos que realmente nos escuchen necesitamos empatizar con ellos primero. Cuanto más empaticemos lo que les lleva a comportarse de una manera que no satisface nuestras necesidades tanto más probable será que luego nos respondan con empatía.
Permanecer conscientes de los pensamientos violentos que nos surgen, sin juzgarlos
Al escuchar los sentimientos y necesidades del otro, reconocemos nuestra común humanidad
Siempre que centramos la atención en los sentimientos y necesidades de los demás, experimentamos lo que nos une: que todos somos seres humanos. Cuando otra persona me dice que tiene miedo y que quiere protegerse, reconozco que también yo tengo necesidad de protegerme y que conozco muy bien lo que es estar asustado. Cuando mi conciencia se centra en los sentimientos y necesidades de otro ser humano, percibo la universalidad de nuestra experiencia. He aprendido que disfruto más en el trato de los seres humanos si no me concentro en lo que piensan. Aprendí a disfrutar mucho más de la vida fijándome en lo que guardan en el corazón en lugar de centrarme en lo que tienen en la cabeza.
Nuestra necesidad radica en que la otra persona escuche verdaderamente nuestro dolor
Un ejemplo de conversación:
MR: En cuanto empezó a hablar, me puse furioso, y me sentí frustrado, triste y desalentado porque las experiencias que yo tuve con los judíos no tienen nada que ver con las suyas, lo que me llevó a pensar que ojalá usted también hubiera tenido el tipo de experiencias que yo tuve. ¿Podría decirme qué es lo que escuchó de lo que acabo de decirle?
Hombre: Oiga, yo no quise decir que todos los judíos sean...
MR: Perdone, ¿Podría decirme qué es lo que escuchó de lo que le dije?
Hombre: ¿A qué se refiere?
MR: Permítame que le repita lo que intentaba decirle. Sólo quiero que oiga el dolor que sentí cuando oí lo que usted dijo. Para mí es muy importante que usted lo entienda. Lo que quiere decirle es que sentí una gran tristeza, porque las experiencias que yo tuve con judíos fueron muy diferentes de las suyas, y pensé que ojalá tuviera usted ocasión de tener experiencias con judíos que no tuvieran nada que ver con las que tuvo hasta ahora. ¿Podría decirme qué me oyó decir?
Hombre: Lo que usted está diciendo es que no tengo derecho a decir lo que dije.
MR: No, me gustaría que me escuchara de otra manera. De veras que no quiero censurarlo. No tengo ningún deseo de hacerlo.
Según mis experiencias apenas alguien percibe en nuestras palabras la menor sombra de acusación, ha dejado de oír nuestro dolor. Si aquél hombre me hubiera contestado: “Lo que le dije es terrible; fueron comentarios racistas”, entonces no habría oído mi dolor. En cuanto una persona considera que cometió un error, ya no puede captar plenamente nuestro dolor.
Las personas no escuchan nuestro dolor cuando se creen en falta
Culpar a los demás es fácil. Todos estamos acostumbrados a que nos culpen de cosas, y a veces incluso lo aceptamos y acabamos por odiarnos, lo que no nos impide continuar comportándonos de la misma manera. Cuando advertimos que la persona con la que hablamos se siente culpada de algo. Tal vez necesitemos moderar el tono, volver atrás y prestar atención a su dolor durante un tiempo más.
Hay que tomase el tiempo necesario
La parte más importante de aprender a vivir el proceso que hemos analizado consiste en tomarnos el tiempo necesario. Es posible que nos sintamos incómodos al desviarnos de conductas que nos son habituales y que, a partir del condicionamiento que hemos recibido, se nos han vuelto automáticas, pero si queremos vivir de acuerdo con nuestra escala de valores, entonces estaremos dispuestos a tomarnos el tiempo que haga falta.
Resumen
Culpar y castigar a los demás son expresiones superficiales de la ira. Si queremos expresar plenamente nuestra ira, el primer paso consiste en desvincular a la otra persona de cualquier responsabilidad por ella. En lugar de eso, iluminamos con la luz de la conciencia nuestros sentimientos y necesidades. Es muchísimo más probable que veamos satisfechas nuestras necesidades si las expresamos que si criticamos, culpamos o castigamos a los demás.
Los cuatro pasos para expresar la ira que sentimos son:
1. Hacer una pausa y respirar.
2. Identificar las ideas que nos llevan a juzgar a los demás.
3. Establecer contacto con nuestras necesidades
4. Expresar nuestros sentimientos y nuestras necesidades insatisfechas.
A veces, entre los pasos 3 y 4 podemos optar por brindar empatía a la otra persona a fin de que esté en mejores condiciones para oírnos cuando nos expresemos en el paso 4.
Tanto para aprender el proceso de la CNV, como para aplicarlo, necesitamos tiempo.