| Estimados amigos de Wokitoki,
es muy interesante construir espacios para pensar junto a otros, teniendo en claro que no se trataría -desde mi perspectiva- de una búsqueda de consensos, sino, por el contrario, tratando de hacer presente el espíritu creativo y la deriva de las potencias políticas del 2001, construir espacios de imaginación y pensamiento en el que se pueda poner
en evidencia el disenso. El sistema de arte contemporáneo argentino (cuyos "cimientos" más recientes podríamos localizar en el circuito noventista Rojas-ICI-Ruth Benzacar-Taller Barracas, para dar forma casi de inmediato a las Becas Kuitca y a los proyectos ligados a la Fundación Start) recibió un fuerte cimbronazo al atravesar el umbral del 2001. Muchas experiencias y prácticas artísticas hasta entonces ninguneadas (tanto conceptualmente como a la hora de la distribución de los pocos recursos económicos que existían en aquélla década), no solo se hicieron "visibles", sino que pusieron sobre la mesa de las políticas culturales un nuevo conjunto de ideas y de argumentos. Deglutir este sapo no resultó una tarea fácil para la élite social que controla el imaginario cultural argentino (especialmente en las artes visuales). Para esta élite y sus intereses políticos y económicos, dar respuesta requirió de un esfuerzo, sobre todo en cuanto al modo de conceptualizar estas prácticas e imágenes. Con la ayuda de los intelectuales ligados a los experimentos hegemónicos de los 90 y la cooptación (o el nuevo ninguneo, esta vez con los teóricos) de los jóvenes que estaban pensando en otras direcciones, esta élite social siempre tuvo y continúa teniendo como parte de su estrategia de construcción hegemónica la "ocupación" y agenciamiento de los espacios e instituciones públicas ligadas a la cultura: el Fondo Nacional de las Artes, la Secretaría de Cultura de la Nación, la Dirección de Museos, la Dirección de Patrimonio, la enseñanza artística pública. Ocupar y agenciar estos espacios -obviamente- no quiere decir dotarlos de más presupuesto ni de pensarlos de modo descentralizado, federal, regional,ni mucho menos como herramientas emancipatorias, al servicio de una cultura para todo el
pueblo. La respuesta desde aquél momento fue la creación de una nueva etiqueta: "Arte y Política". Algunas teóricas como Ana Longoni o Andrea Giunta, pero también Valeria González o Rodrigo Alonso, llegaron a utilizar neologismos como "artivismo" o "arte activista". Lo cierto es que con esa etiqueta se fue normalizando poco a poco lo que sería la nueva etapa de nuestro pretencioso sistema de arte contemporáneo, y fue esta categoría la que hasta la fecha permite que se perpetúe una configuración jerárquizante de la cultura, en la que existen críticos, teóricos, curadores, gestores, instituciones, que podrían definir qué práctica es política y cuál no. Al interior del colectivo wokitoki nos interesa construir una plataforma de debate de las políticas culturales, de las prácticas artísticas. Como parte de ese debate surgió la noción de "politicidad del arte". Personalmente, creo que lo más vitalmente político del arte, pero también de todo hacer que se proponga desplegar su propia "politicidad", consiste en su capacidad de ruptura de esa estructura jeráquica que el semiocapitalismo propone, en su capacidad de
apertura y presentación de los disensos, de los desacuerdos, como una condición básica necesaria para la imaginación y la creación. De lo contrario, reproduciremos lo que ya ocurrió recientemente: mientras la élite social argentina concentra capital y poder, mientras se pretende retomar el modelo social y económico saqueador y excluyente, los artistas nos regodearemos en un clima de "estéticas relacionales" (construcción de lazos entre sujetos, importando más los lazos que los sujetos), "tecnologías de la amistad" (importando más las redes de "amigos" que los contenidos de las redes y de la amistad), y ahora en su versión aggiornada, enfocaremos nuestra atención sobre la "formación artística" como en el caso de los proyectos privados (siempre agenciando dineros estatales) de la CIA, la Beca Kuitca en la Di Tella, la Escuela Belleza y Felicidad, el LIPAC. Dejo para una segunda intervención una situación paradigmática de esta política cultural que en los 90 se basó en el simulacro, la parodia y la ironía y que ahora intenta arrogarse la capacidad de administrar la politicidad del arte. Esta situación es la que surge del acercamiento del arte a la política de derechos humanos imperante desde el 2003. La utilización de un campo de concentración como la ESMA para el aterrizaje de gestores y operadores culturales y artistas emblemáticos de la hegemonía de los 90, genera un poco de estupor. ¿Es posible que nuestra clase dominante no tenga escrúpulos a la hora de hacer negocios, incluso los culturales? ¿Podríamos hablar de la existencia de una cultura transgénica, funcional al modelo hegemónico de la soja
transgénica y la minería a cielo abierto, que utiliza como principal operación estética ya no la parodia y el simulacro, sino la recombinación de signos y símbolos sin importar un comino los significados y los sentidos del arte? Hacerme estas preguntas me lleva a una respuesta inquietante: por supuesto que existe la politicidad del arte, que no tienen nada que ver con arte "y" política, pero... esta potente dimensión existe de modo concomitante a otra: la responsabilidad del artista.
Estas palabras son un conjunto de ideas y reflexiones que surgen al calor del diálogo y debate junto a wokitoki, y habiendo terminado de leer un mail de invitación del LIPAC a un encuentro la próxima semana, para pensar "consideraciones sobre lo público".
un abrazo, eduardo molinari |