"Somos un país atrapado en modelos ineficaces y obsoletos. Nuestra
transición a la vida democrática está incompleta. Salimos del
autoritarismo de Estado, pero no del caudillismo y del autoritarismo
personal."
Con un diagnóstico crudo, el ensayista y filósofo Santiago Kovadloff
no rehúye a las complejidades de la coyuntura política ni escapa a
profundos dilemas existenciales.
Acaba de publicar el libro Los apremios del día, editado por Planeta,
en el que reúne sus columnas quincenales publicadas en el suplemento
Enfoques de LA NACION. Son cerca de 60 artículos en los que subyacen
los grandes temas filosóficos vinculados con la actualidad, el
progreso, las problemáticas del medio ambiente, la ética y la vida
institucional del país.
Allí, con la claridad y hondura que caracterizan su prosa, Kovadloff
hilvana un retrato posible del país y del mundo, a la vez que cimenta
la propia autobiografía de su proceso reflexivo. En una entrevista con
LA NACION, profundiza su visión y advierte que nuestras instituciones
necesitan afianzarse. "Debemos generar un grado de interdependencia
entre los adversarios políticos. La Argentina está enferma de
intolerancia, de autosuficiencia, de la presunción de que el fragmento
reemplaza a la totalidad". Y añade: "Progresar es revertir estos
problemas con un alto grado de comprensión sobre el porqué de nuestra
inactualidad, de nuestra pérdida de protagonismo en el mundo".
-¿Cuáles son las causas del retroceso?
-Nuestros problemas son graves y provienen de una repetición
pretérita. Estamos más cerca del pasado que del porvenir; totalmente
desactualizados; sin un norte que nos guíe al desarrollo. Las
instituciones y la democracia tienen un papel más aparente que real.
Estamos más cerca de la simulación que de la autenticidad, y nuestra
organización política descansa más sobre el temperamento que sobre la
ley.
-¿Qué estamos simulando?
-La consistencia cívica que no tenemos. No hemos capitalizado el
fracaso, que es poder reflexionar sobre las razones por las cuales la
Argentina perdió contemporaneidad. Es urgente un esfuerzo desde lo
político y de nuestras instituciones para entender las causas por las
cuales la ética se divorcia del ejercicio del poder, y por qué éste
queda asociado a un hegemonismo intolerante.
-¿Cuáles son las urgencias por las que se debería empezar?
-La Argentina necesita mayor integración regional; un sentido más
profundo de interdependencia entre sus partes. Para eso, hace falta un
Estado que tenga proyectos de mediano y largo plazo. Necesitamos
instituciones independientes e interdependientes; eso hoy no ocurre.
Necesitamos una reforma política fundamental capaz de brindarle al
país mayor diálogo entre sus partes. La Argentina aún no ha dado el
paso fundamental hacia la sociedad del conocimiento, que viene dado no
sólo por el desarrollo tecnológico sino por la conciencia de lo que es
formar ciudadanos. Si reconciliamos la ética con la eficacia; el poder
político con el conocimiento; la educación con el compromiso civil,
tendríamos manifestaciones de una conciencia de desarrollo sin la cual
el país está condenado a parecer una facción.
-En su libro, hace una encendida defensa del "conocimiento
conjetural". ¿Puede explicarlo?
-Llamo "saber conjetural" al que, sosteniendo con convicción la
defensa de principios, valores e hipótesis, está dispuesto a entender
que en su propia concepción de las cosas no se agota la comprensión de
la verdad; que hay margen para que otras perspectivas, valores y
creencias puedan matizar con su propia razón la nuestra. Pero no
significa una tolerancia escéptica. Quiere decir que todas las partes
son imprescindibles para formar un conjunto; buscamos una cultura
orquestal, sinfónica, abierta a la idea de la integración para
contrarrestar uno de los males fundamentales de la sociedad: la
fragmentación, la diáspora del conocimiento en una infinidad de
especialidades discontinuas que no aspiran a buscarse unas a otras,
sino a imponerse unas a otras. Existe también una hegemonía
epistemológica. Hay disciplinas e ideologías que aspiran a concentrar
en sus manos la totalidad del saber, lo cual, además de falso, es
peligroso. Lo mejor es tener parte de razón y no toda.
-¿No son las grandes potencias las que reforzaron ese paradigma?
-Uno de los males de nuestro tiempo es el que resulta de la pérdida de
valores universales; es decir, consensuar. Las democracias más
desarrolladas en tantos órdenes objetivos no necesariamente lo están
en los órdenes subjetivos y morales. Hoy, los países del Primer Mundo
son de cuarta desde el punto de vista de la capacidad emblemática de
representar grandes valores éticos y espirituales.
-¿Cuál es el riesgo del rechazo a las diferencias dentro de un
escenario globalizado?
-Es algo dramático. Hemos logrado una integración significativa en lo
tecnológico y económico, pero estamos atrasados en lo ético y en el
valor de la diferencia. Necesitamos que la globalización esté
orientada a una sensibilidad mucho más planetaria, abierta a una
conciencia clara de la interdependencia entre partes de un mundo que
tiene su riqueza en la diferencia y no en la homogeneidad.
-¿Qué debates importantes se nos escapan?
-Hasta Perón sentía la necesidad de tener planes quinquenales; es
decir, trabajaba con un concepto del tiempo a mediano y largo plazo
que hoy está ausente. El peronismo es espectral; el radicalismo,
también, y el pensamiento, de modo general, es anémico. Las figuras
que hoy tienen responsabilidad política en la Argentina deben alentar
la idea de que el pensamiento está llamado a cumplir un papel
transformador en nuestra visión del país. Mientras esto no ocurra, el
coyunturalismo va a llevar a un creciente escepticismo social.
-¿Por qué los intelectuales alzaban sus voces mucho más en los años 80
que ahora?
-Porque entonces creímos que el pasaje del autoritarismo a la vida
democrática merecía una dedicación incondicional. Hoy somos más cautos
con la adhesión a un liderazgo determinado. Pero la capacidad de
debatir lo político en el marco de la vida intelectual para mí está
viva. Los intelectuales consideramos que la dimensión de lo político
puede ser riesgosa, pero es imprescindible. No es posible que la
cultura se despliegue a expensas de la política.
-¿Cuál es el déficit más peligroso de nuestra dirigencia?
-La falta de educación. Son especialistas en un campo o en otro, pero
un hombre o una mujer de cultura es mucho más que un experto en un
campo determinado. No podemos seguir contando con una dirigencia
paternalista, autoritaria, demagógica, con líderes que provienen del
ejercicio de la corrupción y de la impunidad de la corrupción. Pero
esa transformación se tiene que dar gradualmente en la sensibilidad
colectiva. La Argentina fue capaz de generar una clase media que honró
la noción de ahorro, de trabajo y de previsión. Podemos recuperarlo
sólo en la medida en que entendamos por qué perdimos el rumbo. Y
perdimos el rumbo porque pusimos el poder político al servicio del
oportunismo y no del desarrollo.
Por Loreley Gaffoglio
De la Redacción de LA NACION