Mi vida, no te pido rasgos fijos,
rostros plausibles o un buen porvenir.
En tu inquieto vaivén ya son iguales
el sabor de la miel y del ajenjo.
Al corazón que juzga al cambio vil
rara vez lo sacude un sobresalto.
Así a veces resuena en el silencio
de los campos un tiro de fusil.
Portovenere
Allá emerge el Tritón
entre olas que lamen
el umbral de un cristiano
templo: toda inmediatez
es antigüedad. Toda debilidad
nos lleva de la mano
como una amiga joven.
Allá no hay quien se mire
o se escuche a sí mismo.
Allá, en los orígenes,
afirmarse es tonto:
te alejarás más tarde
para asumir un rostro.
Gloria del abierto mediodía
cuando ya no dan sombra los árboles,
e instante tras instante en derredor
por la excesiva luz, las apariencias, arden.
El sol, arriba, es un seco arenal.
Mi día, pues, aún no ha transcurrido:
la hora más hermosa está detrás del muro
que aísla en un ocaso desvaído.
Abrasa, en torno; un martín pescador
se precipita sobre un resto de vida.
Lejos de esta aridez está la buena lluvia,
pero en la espera es perfecta la alegría.
Traducción de Ricardo H. Herrera