Los cortometrajistas volvieron a ser esa mosca cojonera
de todos los años. Cuando se habló de sacarles de la Gala protestaron y
gritaron tanto que hubo que volverlos a incluir en la ceremonia.
Al margen de sus películas, cuya calidad nadie discute, su presencia en el
escenario (fueron llamados todos a la vez para evitar que uno por uno
provocasen la caída de la audiencia) resultó pesada. No es lo mismo ver cómo
agradece su Goya Maribel Verdú que unos cortometrajistas cuyos rostros y
nombres no conoce casi nadie. Aunque digan lo mismo. La Academia se debería
plantear contratar a un guionista que les escribiera algún chiste unos cuantos
gags, y prohibirles que agradezcan el premio a sus padres que confiaron en
ellos desde el primer momento. Eso es algo obvio que ya se da por sabido.