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Por Gustavo Fernández
Publicado en "Al
Filo de la Realidad" # 11, 6 de Julio de 2000.
Las
ásperas sogas ya mordían las carnes de mis
muñecas y tobillos cuando traté de apoyar
mejor mi espalda sobre la húmeda y extrañamente
rojiza piedra. Acalambrado, sudoroso y con miedo, luché
inútilmente una vez más, tratando de escapar
de los nudos que me mantenían maniatado, antes de
que el sol del amanecer asomara por entre los picos gemelos
del oeste.
Sentía,
más que escuchaba, la opresiva presencia de la multitud, expectante y
festiva, aglomerada al pie de la escalinata de piedra y veinte metros
por debajo del altar. El sol apareció entonces, y un rugido del pueblo
recibió su presencia. Con la sangre golpeándome las sienes, tironeé una y
otra vez mis ataduras mientras la sombra del sacerdote sacrificador,
con el "tumi" -el cuchillo ceremonial de hoja filosa, semicircular-
levantado en la diestra, ya caía sobre mi pecho. Sus ojos, febriles de
"cebil", la sagrada planta alucinógena, buscaban mi corazón para
propiciar a Pachamama, la diosa de la fertilidad. Y con la velocidad del
rayo descargó el golpe sobre mi cuerpo, mientras mi terror se fundía
con el último grito.Fue
el grito -creo que no otra cosa- lo que me despertó, sentado en la
bolsa de dormir y la frente y las manos perladas de sudor. Temblando,
humedecí mi boca con un sorbo de agua de la caramañola y me incliné para
abrir la entrada de la carpa. Afuera, la luna brillaba fantasmal sobre
el ruinoso y desierto centro ceremonial indígena, en ese pequeño valle
perdido entre montañas al noroeste de la provincia argentina de
Catamarca, donde había acampado. El sueño -gracias a Dios, sólo se
trataba de eso- había sido necesaria consecuencia de las sorpresas de
las últimas horas: descubrir que en nuestro país, pirámides, prácticas
de hechicería con drogas y sacrificios humanos, acompañados de
canibalismo ritual, también eran parte de nuestra historia. ¿HUBO UNA "CIVILIZACIÓN DE LAS PIRÁMIDES" SOBRE EL PLANETA?Cuando
uno habla de pirámides, inexcusablemente se piensa en Egipto o en
México que son, cuanto menos turísticamente, las conocidas por el común
de la gente. Pero a poco de andar en estos temas, uno encuentra con
sorpresa que pirámides -ciertamente, de distintas alturas y
complejidades- las hubo sobre toda la faz del planeta: China, Perú,
Tailandia, Islas Canarias, Mongolia, Zimbabwe... Incluso, se afirma que
al norte del Brasil, en las espesuras vírgenes del Matto Grosso,
observadores aéreos han divisado en medio de la selva tres gigantescas
construcciones de este tipo.El
tema de las pirámides es en sí una caja de sorpresas. En contra de lo
que popularmente se cree, por ejemplo, la pirámide más gigantesca no es
egipcia -la de Keops- sino mexicana -la de Cholula-. Mientras que la
primera tiene una altura de ciento cincuenta metros y doscientos metros
de lado, su adláter americana tiene... doscientos cincuenta metros de
altura y cuatrocientos cincuenta de lado. Monstruosa edificación que
permitiría, prácticamente, colocar cuatro "Keops" en su interior, con el
agravante de estar construída en una de las selvas más mortales del
mundo.El uso
que les haya sido dado también es motivo de especulaciones. Una cosa es
cierta: por lo general no fueron tumbas, el cual es otro de los mitos
creados en torno a ellas. La de Keops, volviendo al caso, se llama así
por -hipotéticamente y según la arqueología oficial- haber sido
levantada durante el reinado de ese faraón y no por la suposición, sin
mucho fundamento más allá del especulativo, de haber sido su tumba, la
cual, precisamente, ha sido descubierta doscientos kilómetros más al
sur. Gran biblioteca de piedra, observatorio astronómico o centro
esotérico de iniciación, practicamente todas las hipótesis pueden
aplicársele.Finalmente,
está el misterio -en realidad, una colección de ellos- de su
ingeniería. Desde Herodoto -el así llamado "padre de la Historia"- hacia
aquí, incontables generaciones de intelectuales se han devanado los
sesos tratando de explicar cómo fueron hechas. Y al día de hoy, la
mayoría de esas "explicaciones" siguen siendo improbables. El problema
comienza cuando algún arqueólogo o historiador cree "descubrir" -yo
diría "inventar"- una técnica de construcción piramidal, que parece muy
simpática en el papel pero, dado que la mayoría de esos especialistas
ignoran por completo física, matemática, cálculo de resistencia de
materiales y un largo etcétera, sus respuestas no pasan nunca a
demostrarse en la práctica.AQUÍ ESTÁN, ESTAS SONLos
que desde hace años nos venimos dedicando al estudio de estos enigmas,
tropezamos a veces con cosas curiosas; en mi caso, por ejemplo, advertir
que en medios periodísticos desde 1989 estaba circulando la versión de
que en el norte de nuestro país -más concretamente, en las localidades
catamarqueñas de Santa María y Andalgalá- habrían sido descubiertas
pirámides escalonadas, asociadas a centros de culto religiosos
diaguitas, calchaquíes e incas y, en contra de lo que pareciera dictar
el sentido común, ninguno de mis colegas se había tomado el trabajo de
verificar la información. Pero mucha más sorpresa me causó comprobar la
desidia, indiferencia o llámenle como quieran, de los mismos arqueólogos
-o tal vez debería escribir "algunos arqueólogos"- que, conocedores de
su existencia, minimizan su importancia o no incentivan a las
autoridades responsables a explotar adecuadamente tales riquezas
culturales de nuestra tierra.En
parte, quizás tengan razón. El turista es, casi por naturaleza, un
depredador, y las visitas de contingentes con camisas floreadas,
sombrillas y cámaras fotográficas a tales lugares podría acabar
rápidamente con ellas (¿imaginan a cada visitante llevándose una
piedrita de recuerdo?) además de dañar ecológicamente el delicado
equilibrio de esos sistemas. Pero el turismo también genera ingresos
que, sabiamente administrados -aunque se pone bravo este asunto con la
corruptela imperante- pueden aplicarse a la preservación de esos
lugares.
¿Sabían que en todo el NOA (Noroeste Argentino) hay más de trescientos
(sí, 300) yacimientos arqueológicos?. ¿Sabían que en Catamarca existe
una ciudadela entre las montañas que nada tiene que envidiarle al Machu
Pichu peruano, excepto quizás la inteligente difusión dada a éste
último?. ¿Aparece en nuestros libros de Historia que toda esa región,
desde principios de nuestra era hasta la llegada -más que destructiva-
de los conquistadores, fue el centro de una avanzada cultura, social,
técnica y religiosamente hablando, con caminos, fortificaciones
defensivas, plazas y mercados que reunían en las festividades a
trescientas mil personas, hospitales públicos, médicos, funcionarios
administrativos eficientes, granjas comunitarias, sistemas de riego
gratuitos, observatorios astronómicos, escuelas?Nuestros
indígenas, ciertamente, no eran "salvajes". Y aún sus costumbres, que
hoy pueden parecernos chocantes, tienen su explicación. El consumo
de plantas alucinógenas por ejemplo, no era un vicio social -como ocurre
en nuestra orgullosa civilización- sino una práctica reservada a unos
pocos hombres y mujeres preparados y en ocasiones especiales, para
experimentar estados alterados de consciencia, acceder así a "otra"
realidad y transformarse en portavoces de los dioses. El canibalismo no
era simplemente la costumbre de masticarse al vecino. Se trataba de
prisioneros de guerra, consagrados y tratados con sumo respeto durante
un año -generalmente, caciques enemigos- a los que una vez sacrificados
les eran extraídos cerebro, corazón y testículos, comidos éstos por los
gobernantes. ¿La razón?. Más allá de la repugnancia que podemos sentir,
seríamos injustos en no reconocer que se trataba de un verdadero
homenaje al enemigo, porque lo que se buscaba era incorporar las
cualidades de virilidad (testículos), coraje (corazón) e inteligencia
(cerebro) del contrario. Pregunta: ¿quién es más respetuoso con el
enemigo; aquellos antepasados nuestros que aún en la guerra reconocían
así las virtudes del enemigo, o nosotros, en nuestras "guerras
civilizadas" en que dejamos pudriéndose los cadáveres de los
combatientes del otro bando y nos mofamos de ellos?Los
grandes centros poblados de esas culturas tenían, todos, sus propios
lugares de culto. Constituían agrupaciones de grandes piezas amuralladas
(como las de Hualfín y Shincal) con habitaciones para los sacerdotes,
despensa para los peregrinos y dormitorios, "cuartos de sudar" (una
ocupación imprescindible como parte del proceso de purificación, y
similares a nuestros baños sauna) oratorios y, finalmente, los "ñuñus":
pirámides escalonadas, de dos, tres y hasta cuatro niveles, construídas
de tierra (similares, en ese sentido, a los "mounds" estadounidenses que
imitan figuras animales de gigantescas proporciones) asentadas con
lajas de piedra, de entre quince y veinte metros de altura, en la cima
de las cuales se impetraba a los dioses o se sacrificaban prisioneros.De
una antigüedad de entre seiscientos y ochocientos años, quedan restos
de ellas en las dos localidades ya citadas. Digo restos porque, a través
del tiempo, fueron concienzudamente destruídas. Primero por "vasijeros"
o buscadores de tesoros reales o imaginarios que las han venido
excavando desde los tiempos de la conquista; luego por habitantes de la
zona, puesteros y arrieros en su mayoría, que han retirado las grandes
piedras que las cubrían para sus particulares necesidades dejándolas así
expuestas a la acción erosionante de los vientos (que hay que verlos
soplar en la región) y finalmente por algunos sacerdotes católicos
celosos de su oficio que aplicaron el criterio de que destruyendo los
lugares de reunión religiosa de los nativos, irían así destruyendo el
corazón de sus propias creencias. Hoy en día de estos "ñuñus" o
pirámides sólo sobreviven, en parte, los niveles inferiores. empero, la
magnificencia de la superficie cubierta, la soledad y lo desértico del
paisaje, la altura (donde hasta respirar se hace trabajoso, y cuánto más
lo sería acarreando semejantes piedras) todo se conjuga para pasmar de
admiración al viajero, ante la perseverancia, el tesón y la inteligencia
de los aborígenes.A MODO DE CONCLUSIÓN
¿Cuál es, más allá del antropológico, el verdadero valor de haber
constatado la existencia de pirámides en Argentina?. Exactamente, romper
con dos conceptos que parecen transpirar de los manuales escolares: que
antes de la colonia y la organización política de nuestro país, estas
tierras estaban sólo habitadas por indígenas primitivos, bárbaros y, si
se quiere, hasta aislados culturalmente del mundo. Personalmente creo
que tal concepto es uno más del imperialismo intelectual al que se ha
visto reiteradamente sometida nuestra identidad; si lo aceptamos, en
consecuencia todo lo que venga de afuera será mejor y si por "accidente"
se pierde o destruye lo autóctono, bueno, las pérdidas no serán de
lamentar.Los
"ñuñus" y sus cultos asociados demuestran otras cosas: quizás
tardíamente sí, pero ya conocen aquello de "más vale tarde...", nuestros
pueblos precolombinos se integran a un intercambio de conocimientos que
muchos siglos antes había comenzado en Asia, Africa, pasó luego a
Mesoamérica (fíjense qué curioso; en el único lugar de Europa donde hay
restos de pirámides es en las islas Canarias, según algunos
investigadores vinculadas a América a través del desaparecido puente de
la Atlántida) y de ahí a Sudamérica llegando a nuestras latitudes.
Conocimientos que reflejaban en un tipo de construcción (las pirámides)
toda una simbología común; el acceder a otras dimensiones mediante el
shamanismo de la droga, el culto al tigre (el puma, asimilable al
jaguar, en nuestras latitudes) y el dragón (aquí, la serpiente) algo que
existe desde China hasta la Argentina primitiva, el conocimiento de que
ciertos lugares geográficos en las montañas tienen una "energía
especial", una fuerza telúrica que los hace obvios puntos de
concentración ceremonial: en este sentido, nos comentaba en la ciudad de
San Fernando del Valle de Catamarca el arqueólogo Nicolás de la Fuente
que cerca de Ancasti él ha descubierto un centro religioso
impresionante, con farallones de piedra cubiertos de miles de pinturas
rupestres religiosas.A
muchos kilómetros de distancia desde donde estoy escribiendo estas
líneas, y a mil metros de altura, en una pequeña meseta perdida entre
montañas no lejos de Santa María, un centro ceremonial con su pirámide
vuelve a dormir el sueño de milenios después de haber sido perturbado
por unos pocos aventureros (como, si se quiere, es mi caso) que se
atrevieron a llegar hasta allí bajo un sol achicharrante y sin una gota
de agua en decenas de kilómetros a la redonda. El descubrimiento que en
1989 anunciara el historiador Rubén Quiroga, director del Museo
Antropológico de Santa María, vuelve a ser cubierto por el manto del
olvido. Pirámides, la experiencia psicodélica de la droga sagrada, desde
el "peyote" mexicano hasta el "cebil" local, remembranzas de noches
iluminadas por antorchas donde en la gran plaza un hombre con piel de
jaguar y una mujer cubierta con los cueros de muchas serpientes bailan
una hermética danza de guerra mitológica cuyos oscuros orígenes se
pierden en la noche de los tiempos.¿Qué
significan esas "escaleras al cielo"?. ¿Qué quieren transmitirnos, aun
hoy, los pocos sobrevivientes del culto al tigre y la serpiente (y no
puedo dejar de pensar en los brazos quemados del "pequeño saltamontes"
de la serie "Kung Fu")?. ¿Qué puertas cósmicas habrían los alucinógenos
ciertas noches del año en ciertos lugares de la montaña?. No lo sé. Sólo
puedo decir que luego de varios días de caminar entre las ruinas y
dormir solitario en el corazón de esos lugares, serán muchas las otras
noches en que, como un mensaje cifrado llegando a través de las brumas
del sueño, despertaré sintiendo la proximidad del "tumi" a mi pecho,
escuchando a la multitud, en comunión religiosa, murmurando plegarias
muchos metros por debajo, y esperando el minuto último del primer rayo
del sol asomando sobre el horizonte. |