Admirando el abundante pelaje rubicundo de mi gatito abisinio José II,
una alumna me sugirió que escribiera sobre los famosos pelirrojos de
la historia. Resulta curioso que durante la Edad Media, en algunas
culturas a los pelirrojos se les consideró personas en estrecho
contacto con el diablo, mientras que en otras civilizaciones se creía
que tenían algún poder divino y eran muy respetados.
Algunos le asignan al sabio pero mujeriego rey Salomón de la Biblia
una espesa barba como sarro y una cabellera de fuego, la cual
indudablemente debe de haber fascinado a la reina de Saba, la bella
Makeda. No sería el único monarca que complementaría su corona con
una linda cabellera roja. Enrique II de Plantagenet, rey de Inglaterra
e infiel esposo de Leonor de Aquitania, sería tan pelirrojo como su
padre Godofredo de Anjou, pero mientras Godofredo combinaba una tez
marmórea con su pelaje rojo, Enrique sería un estallido ambulante de
pecas. Enrique II en una ocasión hasta permitió que su esposa Leonor
le trajera a un cosmetólogo sarraceno para ver si se quitaba las pecas
mediante menjunjes malolientes, pero lo único que logró fue cubrirse
de ronchas temporalmente.
De los hijos de Enrique II con Leonor la que heredaría las pecas y el
cabello flamífero sería la desventurada Juana, a quien le fue muy mal
en su vida amorosa. Durante las Cruzadas, la barba y la espesa
cabellera roja del monarca alemán Federico I, apodado precisamente
Barbarroja, llamó mucho la atención de los supersticiosos sarracenos,
pero el hecho de haber sido un precioso pelirrojo no salvó al pobre
Federico a la hora de morirse ahogado en el Río Saleph para luego
acabar como macabro encurtido talismánico en un barril de vinagre.
Otro rey rubicundo fue el glotón y despiadado gordinflón inglés
Enrique VIII, cuyo cabello parecía hecho de cobre fino. Vanidoso como
él solo, cuando se casó con su quinta esposa Catalina Howard admitió
que se sintió atraído porque la chica era pelirroja como él. Los
genes de Enrique VIII fueron heredados por la erudita, sagaz e
incomparable Elizabeth Tudor, quien hasta en eso fue digna hija de
papi.
Elizabeth Tudor, más conocida como Elizabeth I La Reina Virgen, se
capeó de las pecas, pero su cabellera lustrosa fue la envidia de
muchas de sus damas de compañía, quienes recurrieron a mezclas
peligrosas para teñirse el pelo imitando el extraño tono de la melena
de la reina. El cabello de la princesa portuguesa Isabella de Avis fue
una de las cosas que más inspiró a Tiziano para pintarla. Cuando
Isabella ya era la esposa del monarca español Carlos I, su cabello ya
no era tan violentamente anaranjado a como lo había sido chiquita,
pero el color bruñido de su melena siempre fue objeto de elogios.
La monarca celta Boadicea, quien luchó contra Paulino Suetonio para
evitar que los romanos masacraran a su pueblo, era poseedora de una
hermosísima cabellera roja que le llegaba más abajo de las nalgas,
mientras que la perversa condesa húngara Erzebet Báthory era una
atractiva pelirroja.
Aunque entre los pueblos asiáticos es menos común encontrar
pelirrojos, se afirma que Genghis Khan, el gran conquistador mongol de
las estepas, poseía la extraña combinación de ojos pardos con una
melena color caoba. Algunos supersticiosos afirmaban que Genghis
presentaba esa pinta porque era hijo del diablo. Sin embargo, entre
otros pelirrojos está el hermosísimo patrono de Irlanda, el alegre
San Patricio, quien tenía su testa coronada por una sedosa explosión
de rizos rojos. Patricio, quien cristianizó a la Isla Esmeralda de
irlanda, no es visto por nadie como diabólico, a pesar de haber sido
pelirrojo.
En la historia del imperio otomano, dos pelirrojos fueron famosos en
tiempos de Solimán el Magnífico. Cyra, la esclava europea que llegó
a ser la madre de nada menos que el sultán Solimán El Magnífico,
poseía una explosiva combinación de cabellos rojo-fuego con ojos
verdes como jade. Aunque era prohibida por las leyes islámicas la
reproducción de la imagen humana, Solimán, quien era bastante
aceptable como retratista grabó varias imágenes en oro de su
imponente y espléndida madre. Otro pelirrojo célebre fue Ibrahim,
primer gran visir que tuvo Solimán al ascender al trono. Ibrahim
además era cuñado de Solimán por haberse casado con una hermana
menor del sultán.
Entre los grandes del mundo de las artes, la pintura y las letras hubo
varios pelirrojos. Simonetta Stefanelli, la linda muchacha que inspiró
tanto a Boticelli como para tomarla de modelo para su cuadro El
Nacimiento de Venus, era rubicunda, pero sin pecas. Quizás uno de los
más famosos sea Antonio Vivaldi, compositor, violinista y profesor de
música veneciano a quien apodaron Il Prete Rosso (el Cura Rojo) por su
exquisita melena roja. Vivaldi, quien dejó el sacerdocio para escalar
a la fama como el autor de Las Cuatro Estaciones, tuvo además dos
hijas pelirrojas con su adorada Cecilia, una trompetista que él sedujo
cuando ella era alumna suya en el Hospedale della Pietá.
Pedro Pablo Rubens, el flamenco pintor que se inmortalizó gracias a
sus inefables gordas, fue también otro pelirrojo que se destacó por
su apostura, buena salud y gran genio. Consciente de que poseía una
agraciada cabellera, en una ocasión pasó una tarde entera mezclando
tintes para poder reproducir el tono de su pelo y terminar de pintar
uno de sus cuadros. Vicente Van Gogh, el flamenco a quienes muchos
consideran como el padre del expresionismo, también poseía un color
bastante raro de cabello, siendo éste similar a la zanahoria cruda.
La poetisa norteamericana Edna Saint Vincent Millay tenía un tono
bastante subido de caoba en su cabellera, similar a la del explorador
vikingo Eric el Rojo (el que se le había adelantado por muchos siglos
a Colón en el descubrimiento de América.) Caballo Loco, gran
dirigente de la resistencia Sioux contra la codicia del gringo blanco,
poseía una extraña melena castaña rojiza que probó ser natural, ya
que su hijita la había heredado también.
Entre algunos de los personajes poco sabrosos de la historia también
hubo pelirrojos. Francois Ravaillac, el loco y fanático religioso
católico que asesinó en 1610 al buen rey francés Enrique IV, era
rubicundo y cubierto de pecas, mientras que las lindas hechiceras
Isobel Gowdie y Elisabeth Selwyn-Jones ambas tenían sus molleras
cubiertas por espeso pelambre rojo. Rebecca Galloway, la remilgada
amante del gran dirigente indio norteamericano Tecumseh, era pelirroja.
Magda Lupescu, la sagaz y lasciva amante oficial del rey Carol II de
Rumanía, estaba tan orgullosa de su melena roja natural que
recomendaba a las prostitutas rumanas que se pintaran el pelo de
cobre...
Y no solo el de la cabeza! La famosa bailarina francesa del Moulin
Rouge La Goulue («La Golosa») era la darling del pintor Henri de
Toulouse-Lautrec (quien siempre sintió fascinación por las
pelirrojas), pero ni su linda cabellera la salvó de ser expulsada en
verguenza cuando se practicó un aborto. Otra pelirroja que fue
tristemente célebre fue la pervertida gringuita Evelyn Nesbit, quien
tras una agitada vida colorada de bailarina y concubina del arquitecto
Stanford White, protagonizó un buen escándalo cuando su maridito
Harry Thaw con celos retrospectivos mató a su ex amante en el Madison
Square Garden.