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El Seminario de San Rafael, bajo la dirección del P. Luis González Guerrico ha sido sólido en su formación doctrinal y espiritual, continuando la obra iniciada por Monseñor Kruk, el P. Alberto Ezcurra y el P. Alfredo Saénz. Si el Obispo “agradece la generosidad, abnegación, responsabilidad y tino con la cual el P. Luis ha conducido el Seminario”… Si el Obispo pondera “las altas condiciones morales, espirituales e intelectuales del P. Luis”… ¿Por qué lo echa?

Tengamos los pensamientos de la Iglesia, seamos fieles a Nuestro Señor, permanezcamos aferrados a su Santo Sacrificio, a sus enseñanzas y a sus ejemplos. Leía ayer que el Cardenal Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, temía una “protestantización de la Iglesia”. Y tiene razón. Pero, ¿qué es la misa nueva, sino una protestantización de la misa de siempre? ¿Y qué pensar del Papa que, como sus predecesores, visita un templo luterano?

... que el Papa confiese que está "amargado" por lo que pasa en el Vaticano va más allá de una simple preocupación; es, en cierto modo, una confesión de impotencia y un velado reconocimiento de culpabilidad indirecta por no haber controlado lo mucho, lo decisivo, que había que controlar.

Nuestra Señora de Fátima dijo que los errores de Rusia se propagarían por todo el mundo... Ahora se hace mediante el marxismo cultural. Hay una continuidad, desde la revolución sexual leninista, a través de Gramsci y de la Escuela de Frankfurt, hasta la actual ideología de los derechos homosexuales y de género.

Los diarios del día repiten la noticia de la renuncia de Mons. Sarlinga, obispo, ahora emérito, de Zárate-Campana, Prov. de Buenos Aires, Argentina. La Nación destaca, porque tuvo la manos metidas en el asunto en su momento, el verdadero motivo de esta dimisión.

Cumplido el mes de la muerte de mi madre, agradezco las oraciones que muchas personas me han comunicado han rezado y misas que han dicho o encargado por su alma, así como todas aquellas de las que no he tenido noticia. Gran obra de caridad rogar por las almas de los difuntos y buen consuelo para sus más cercanos.

Francisco, por “cortesía” con una judía ortodoxa, ha ocultado el crucifijo pectoral y ha hecho una reverencia ante quien se negó a hacerla ante él, como vicario de Cristo, “por razones religiosas”.

No es fácil decir la verdad ante el mundo, obstinado, empantanado en sus vicios. Pero menos lo parece, decir la verdad cuando los destinatarios de tales comunicaciones son “los buenos”, los que están del lado del bien y al cual, en ejercicio de su autoridad, le hacen mal. Por lo dicho y por mucho más que huelga decir, pues por ahora es suficiente.

Y vosotros, cristianos, para quienes la Buena Nueva es como si no existiera, porque vuestros corazones están muertos por el pecado: he aquí que se acerca el que es la vida. "¿Por qué habréis de preferir la muerte? Él no quiere la muerte del pecador sino que viva".

Mientras la increíble tragicomedia de este pontificado continúa desarrollándose, sigo volviendo sobre aquel artículo desesperado de Rorate Caeli, cuyo autor nos alertaba, en el mismo momento de la elección del cardenal Bergoglio, de que como arzobispo de Buenos Aires era “famoso por su inconsistencia”, y que “la fe y la moral parecen haber sido irrelevantes para él”.

Por algunos día no quise leer ninguna declaración de Francisco. ¿Para qué? Si con él o sin él, elocuente o callado, he visto con mis propios ojos a la Iglesia viva transmitiendo lo que recibió.

Sin voluntad de producir una secuela de lo publicado anteriormente, cuyo motivo fue recordar el aniversario de una declaración que marcó un momento central en la historia de la Iglesia contemporánea, parece conveniente dar a conocer también, a quien no lo haya leído, el capítulo posterior a dicha declaración, algunos meses después.

El 21 de noviembre de 1974, el arzobispo Marcel Lefebvre realizó una breve declaración doctrinal que produciría enorme impacto en su momento y durante largo tiempo. Y que toma particular relevancia en éste, bajo el reinado de Francisco, cuyas características el arzobispo francés luego jefe involuntario del tradicionalismo y fundador de la FSSPX describía en ese momento, a menos de diez años del cierre del Vaticano II, con sorprendente anticipación.

Es lo que sostiene el cardenal africano Robert Sarah en su libro "Dios o nada" y en la discusión que le siguió. En forma exclusiva aquí el anticipo de una intervención de su autoría, en el próximo número de "L'Homme Nouveau".