El tiempo de las águilas
Difícil recordar en qué momento empezó todo, es difícil señalar el preciso que desencadenó la marea de cambios que marcaron su vida. Desde que nació empezó a recibir etiquetas que le dieron su identidad. Cada una marcaba algo de lo que le definía: “Eres hijo de Arturo y Carlota” decía una, otra agregó: “Tienes esta nacionalidad” o “Naciste en la ciudad de la montaña”, y añadían: Este es tu puesto en la sociedad”. Así construyó su identidad básica, llenándose de etiquetas que le daban una tranquila sensación de confianza. Creció en una familia corriente y siguió todas las instrucciones que la lista de la felicidad indicaba. Obtuvo su título de bachiller y fue a la universidad, porque hay que tener un título, le dijeron. Conoció el amor, una mujer maravillosa con la cual descubrió mundo y sembró sueños. Se casó y tuvo hijos, un regalo de la vida que colmaría por siempre un buen espacio de su corazón. Pagó con mucho esfuerzo un vehículo. Se dejó embelesar por algún banco que le convenció que era suficientemente solvente como para ostentar una tarjeta de crédito. Compró, o se hizo la ilusión de que compraba, un apartamento que a la postre le pertenecía al banco. Siguió estudiando para tener más diplomas y títulos que colgar en su creciente ego y a eso le agregó cargos y posiciones. Por supuesto, se hizo a un buen fondo de pensiones porque le dijeron que era importante ahorrar para la vejez cuando ya no habría un sueldo y nadie podría hacerse cargo de él y claro está no faltó el faltaron los seguros de vida, de entierro y otros riesgos más. Como un bingo, llenó las casillas de la lista de la felicidad que le vendían y creyó que ese era su camino. Sentado en una maravillosa burbuja viajaba en la nave espacial de su ego, lleno de etiquetas que le diferenciaban y con una buena cantidad de cosas que le...