El rio más lindo del mundo y una batalla olvidada por el idioma.

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Ana Laprida Doncel

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Jun 9, 2009, 7:21:14 PM6/9/09
to paco...@googlegroups.com
 
 
Hola Juan Carlos
 
Me gusta este diálogo que hemos entablado, es enriquecedor.
Casualmente estoy releyendo a Bioy Casares, específicamente "El sueño de los ´héroes", y me he encontrado con frases que están fuera de la ortografía ortodoxa española. Me tomo el atrevimiento de transcribirlas.
 
Pag.24 -Vos todavía creés en esas cosas-
 
Pag 31 -¿No sabés?-le replicaron....
 
Pag.105 -Olvidás lo más importante...
 
Las tildes están colocadas en el original según el lenguaje rioplatense.
 
Como ves hasta un Premio Cervantes puede ser otorgado a un escritor que se salta las reglas del ortodoxo buen escribir.
 
¿No has leído a Abelardo Castillo, a Haroldo Conti, Alejandra Pizarnik o a Juan José Saer?
 
Como curiosidad te envío un artículo de una prestigiosa revista cultural argentina sobre un episodio ocurrido en 1927 entre los defensores del idioma y los escritores argentinos, incluído Borges.
 
Ana
 
 
...porque la Tierra está llena de
violencia, haz para ti un arca de
madera de árbol resinoso.
Génesis 6: 13,14
El Arca del Nuevo Siglo / Una publicación de La Caja de Ahorro y Seguro S.A.
 


El Arca del Nuevo Siglo no se responsabiliza por material de cualquier tipo no solicitado, ni tampoco por la devolución del mismo. Las colaboraciones firmadas expresan la opinión de sus autores y no reflejan necesariamente la opinión de la revista. La línea editorial de la revista se expresa exclusivamente a través de los textos firmados por su Consejo Editor.

 
 


 

Una batalla olvidada por la soberanía nacional

 

Guerra gaucha por el idioma

 

 

En 1927 América latina contempló cómo una agresiva hueste imperial pretendía, desde España, reavivar un coloniaje muerto y enterrado hacía más de cien años. En esta ocasión el ataque sería contra el idioma, la identidad y la cultura de los pueblos. Y hubo pelea. Palabra por palabra, a golpes de lunfardo y estocadas de ironía, Marechal, Scalabrini Ortiz y Borges, desde la revista Martín Fierro, defendieron con la pluma como espada la integridad nacional y continental.


Osvaldo Tangir / Periodista

Con el presuntuoso título Madrid, meridiano intelectual de Hispanoamérica, el 15 de abril de 1927 apareció en La Gaceta Literaria de Madrid una nota cuyo contenido provocó un mayúsculo revuelo en el ambiente intelectual de habla castellana. Es que, como un caballo de Troya desembarcado buenamente en nuestras playas, el texto embozaba nada menos que una intentona de conquista neocolonial, lo que desencadenó una heroica, también inteligente y jocosa, defensa de los criollos. La Batalla del meridiano –bien podría ser su nombre– aunque desconocida en los anales patrios, fue una de las más significativas y virulentas de que se tenga memoria.
Sin bombardas ni arcabuces, la lucha independentista esta vez involucró el idioma; el campo de batalla fue el papel y en lugar de sangre corrieron ríos de tinta.

“Españoles seréis...”

El brulote del meridiano, firmado por Guillermo de Torre, buscaba entrometerse en los intereses de esta “magna extensión continental”, de la que se sentía más o menos dueño por un difuso y ya perdido derecho, y a la que incluyó de prepo en un área cultural ilusoria que llamó “Hispanoamérica, Iberoamérica o América española”.
Obviamente, no fue un intento aislado. El joven escriba no estaba solo en la lid. Lo acompañaban en el sentimiento otros popes de la cultura peninsular, de antes y del momento, creyentes de que América latina era todavía una joya de la Corona.
Esta tradición imperial de ignorar desde la literatura tanto la voluntad ajena como los designios de la historia, fue instaurada, al menos en España, por un tal Bernardino Fernández de Velasco, Duque de Frías. Noble, pero liberal, y aun poeta renombrado, de-signado miembro de la Academia Española a partir de 1847.

El punto meridiano

Con el tema de la lengua como ariete y sostén ideológico, De Torre reafirma en su audaz escrito el ideario imperial y desembarca en nuestras playas con estas palabras de saludo: “Nosotros (los españoles) siempre hemos tendido a considerar el área intelectual americana como una prolongación del área española”. Inspirado y sin enemigos a la vista –todavía– intenta hacerse fuerte con esta postulación: “...frente a la gran imantación que ejerce París cerca de los intelectuales hispanoparlantes tratemos de polarizar su atención, reafirmando la valía de España y el nuevo estado de espíritu que aquí empieza a cristalizar en un hispanoamericanismo extraoficial y eficaz. Frente a la imantación desviada de París, señalemos en nuestra geografía espiritual a Madrid como el más certero punto meridiano, como la más auténtica línea de intersección entre América y España”. Y tiene más letra aún para disparar: “Si nuestra idea prevalece, si al terminar con el dañino latinismo, hacemos a Madrid meridiano de Hispanoamérica y atraemos hacia España intereses legítimos que nos corresponden, hoy desviados, habremos dado un paso definitivo para hacer real y positivo el leal acercamiento de Hispanoa-mérica, de sus hombres y de sus libros”. Finalmente, desliza el fondo de la cuestión: “nuestra exportación de libros y revistas a América es muy escasa, en proporción con las cifras que debiera alcanzar, si el libro español, en la mayor parte de Suramérica, no puede competir en precios con el libro francés e italiano”. Dicho esto, como si debiera espantar los nubarrones de una mala conciencia, aclara que sus opiniones no están guiadas “por un propósito anexionista reprobable”. Recurso que sólo parece mostrar evidencia de lo contrario.

Sin bombardas ni arcabuces, la lucha independentista involucró el idioma y el campo de batalla fue el papel donde, en lugar de sangre, corrieron ríos de tinta...

Marcar la agenda

Tras la voz de De Torre, que reclama “por intereses legítimos que nos corresponden”, parece escucharse la de Marcelino Menéndez y Pelayo, a quien no le tembló la propia cuando afirmó entre ignorante y soberbio que “el gaucho de la Pampa no es más ni menos que el campesino andaluz o extremeño adaptado a distinto medio geográfico y social”. O la de Julián Marías, sostenedor de la tesis de que “España debe ser la plaza mayor de todas las culturas hispánicas”, ya que la “América que se extiende al sur de los Estados Unidos es española, en el sentido concreto y elemental que es española su lengua”. De Torre, como se ve, no era una patrulla perdida.
En el lenguaje político de hoy, la nota del meridiano no sería otra cosa que querer imponer o marcar la agenda; o sea, definir el gusto y las ideas de América, rebautizarla como Iberoamérica o nombre similar y hacerse cargo de su palabra, para, entre otras cosas, introducir la producción editorial de la pretendida metrópoli, que encontraba severa competencia en libros franceses y los fabricados en el país. En libros, entonces, nos llegaría envasado ese “nuevo estado de espíritu” que, De Torre dixit, vivía España. Una España que por esa fecha, precisamente, estaba en manos del dictador Primo de Rivera.

El menú del pasado

El general Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, VII marqués de Sobremonte –bisnieto y heredero de aquel cobarde Rafael de Sobremonte, virrey del Río de la Plata que huyó de Buenos Aires y obsequió con los caudales públicos a los ingleses en 1806– por la gracia de Alfonso XIII, la Iglesia y los más recalcitrantes grupos conservadores, encabezaba un directorio militar que gobernaba a España desde setiembre de 1923.
La dictadura incluía en su menú el reverdecimiento de pretéritas glorias imperiales, así que al general se le ocurrió hacia 1925 volver a pisotear a Marruecos y hacerlo padecer bajo su protectorado. Pero la realidad americana había cambiado mucho. El irredento territorio requería otro tipo de conquista. Esta vez los argumentos y las justificaciones no estarían respaldadas por la pólvora, el arma serían los intelectuales; ellos correrían ahora con el albur de devolver a las antiguas colonias bajo la órbita del Reino, a favor “del nuevo estado de espíritu que aquí empieza a cristalizar en un hispanoamericanismo extraoficial y eficaz”, como –recordemos– asegura De Torre.

En los años `20, la Batalla del Meridiano y sus principales contendientes literarios. Desde la izquierda: Julián Marías (1914-2005), Guillermo de Torre (1900-1971); Leopoldo Marechal (1900-1970), Raúl Scalabrini Ortiz (1898-1959).

Idioma e identidad

Pero la soberbia de De Torre incluía también el desconocimiento de la armada enemiga. Y le saltaron al cuello las plumas más jóvenes y pendencieras de un Buenos Aires en ebullición cultural. ¿Por qué habrían de ser América, y la Argentina, una prolongación espiritual de Madrid? ¿Y por qué Madrid erigirse meridiano intelectual de Hispanoamérica? Seguramente ignoraba que la problemática de la identidad nacional, del idioma que hablábamos los hijos de esta tierra y el mismo asunto de la argentinidad como una categoría espiritual ocupara el centro del debate de la intelectualidad vernácula, que todavía estaba bajo el influjo del Centenario de la Patria, acontecimiento legitimador de todo intento de afirmación de la identidad. Marechal describe con claridad ese ambiente: “Nunca, como ahora, se ha tenido en Buenos Aires una noción tan clara de nuestros problemas. Nuestra nacionalidad, complicada con innumerables y diversos aportes raciales, ofrece en esta hora un espectáculo que jamás podrá concebir la bien ordenada imaginación de nuestros colegas españoles. Desde hace mucho tiempo, hombres que llegaron y que llegan de muchas lejanías comparten nuestro sol: la mayoría de los argentinos refiriéndose a ellos, hablan de sus padres o de sus abuelos.” (Martín Fierro, Nº 44-45, 31 de agosto, 15 de noviembre de 1927).
Prácticamente ninguno de los tan hispanos hispanoamericanistas, una dolencia que afectó también a Ernesto Giménez Caballero, a Eugenio D’Ors, a Gerardo Diego, a Antonio Espina entre tantos otros, había viajado a estas tierras. Quizá por eso, en su ensoñación arrogante, llegaban a afirmar barbaridades como la proferida por el célebre (por otras cosas, claro) Miguel de Unamuno, quien sin avergonzarse después, escribió: “Martín Fierro es español, hasta el tuétano”.
Y a propósito de nuestro máximo personaje literario: Pablo Rojas Paz, versátil y culto tucumano, escribió en aquel mitológico número 42 de Martín Fierro, que reunió la indignación criolla: “Contra nosotros se han inventado palabras temibles y largas. Norteamérica inventa lo del panamericanismo. Francia descubre lo del latinoamericanismo. España crea lo del hispanoamericanismo. Cada uno de estos términos oculta bajo su mala actitud de concordancia un afán no satisfecho de imperialismo. De cuando en cuando estos imperialismos creen conveniente hacer una demostración de fuerza a la que sigue una protesta formal... Nosotros estamos organizando un idioma para nosotros solos y de aquí nos vendrá la libertad. Es signo de potencia espiritual de un pueblo el de transformar el idioma heredado”.

La vanguardia combatiente

La respuesta no queda restringida solamente a la lapidaria nota de Rojas Paz. Mordaz, el poeta Ricardo Molinari también formaliza su opinión: “Acepto a ‘Madrid: meridiano’ de trastornos marroquíes y las payasadas de Primo de ‘ la Costanera ’”. De la inefable pluma de Raúl Scalabrini Ortiz brota esta frase contundente: “No existe una ciencia positiva capaz de calcular la inecuable distancia que nos separa de Madrid. Nuestro meridiano –magnético al menos– pasa por la esquina de Corrientes y Esmeralda, si es que pasa por algún lado”. Y Santiago Ganduglia, quien con claridad meridiana afirma que “La Gaceta Literaria patrocina nuestra dependencia intelectual... Su naciente interés por los países de este lado del Atlántico no proviene, como podría suponerse, de un arranque de simpatía intelectual... sino por las posibilidades que estos países ofrecen como mercados para el libro español”.
Y hasta un Jorge Luis Borges jovencísimo y pendenciero elucida: “Madrid no nos entiende. Una ciudad cuyas orquestas no pueden intentar un tango sin desalmarlo; una ciudad cuyos estómagos no pueden asumir una caña brasilera sin enfermarse... una ciudad cuyo Yrigoyen es Primo de Rivera... ¿qué va a saber de la terrible esperanza que los americanos vivimos?”.

Lo dice Ortelli y Gasset...

Pero el más urticante y sabroso de los artículos de aquella histórica edición del 10 de junio de 1927, fue firmado por Ortelli y Gasset y llevó por título “A un meridiano encontrao en una fiambrera”. El escriba fustiga a los hispanos desde el primer párrafo: “¡Minga de fratelanza entre la Javie Patria y la Villa Ortúzar ! Minga de las que saltan a los zogoibis del batimento tagai, que se quedamo estufo, que se... con las tirifiladas de su parola senza criollismo. Que se den una panzada de cultura esos rafañosos, antes de sacudirnos la persiana. Pa de contubernio entre los que han patiao el fango de la Quinta Bollini y los apestosos que la yugan de manzanilla. Aquí le patiamo el nido a la hispanidá y le escupimo el asao a la donosura y le arruinamo la fachada a los garbanzelis”. Y termina recomendando a la ilustrada hueste galaica con vehemencia: “Espiracusen con plumero y todo, antes de que los faje. Che, meridiano, hacé a un lao, que voy a escupir”. Los hombres de La Gaceta Literaria no lograron digerir la indignación por la irónica referencia a José Ortega y Gasset –el pensador de mayor influencia en España por entonces–, ni supieron metabolizar la reivindicación y uso del lunfardo, el arma no convencional más despreciada y hasta temida por los hispanistas.

“Se han inventado contra nosotros –en Francia, EE. UU. y España–, términos temibles que ocultan, bajo su mala actitud, un afán no satisfecho de imperialismo...”

Parlamento lunfardo

La recordación de esta épica batalla sería incompleta si no reveláramos la identidad del guerrillero gaucho que lanzó esos dardos envenenados de lunfardismo al mismo corazón de la hispanidad más hispanófila. No fue uno el escriba sino dos los cómplices: acaso los menos sospechosos de aquel grupo martinfierrista. ¿Sus nombres?: Carlos Mastronardi y Jorge Luis Borges. El ilustrado poeta entrerriano es quien revela el misterio en Memorias de un provinciano, editado en 1967. Allí afirma que “conjuntamente escribimos una respuesta humorística a una nota asaz española publicada bajo el título de ‘Madrid, meridiano intelectual de Hispano-América’. Para subrayar diferencias, recurrimos al más es-peso y oscuro vocabulario lunfardo. La revista Martín Fierro recogió esa contestación burlesca. La firmaba el recién inventado Ortelli y Gasset”.
¿Y Guillermo de Torre? El promotor de la invasión frustrada y primera espada goda en la polémica, al poco tiempo visitó Buenos Aires, se casó con Norah Borges, hermana de Jorge Luis, y fue miembro fundador y asesor literario de la editorial Losada. Murió en la capital de la Argentina en 1971.

 
 
 


--- El mar, 9/6/09, Juan Carlos Garrido <jcga...@drop-ingenieria.es> escribió:

De: Juan Carlos Garrido <jcga...@drop-ingenieria.es>
Asunto: Re: EL RIO MAS BONITO DEL MUNDO
Para: paco...@googlegroups.com
Fecha: martes, 9 junio, 2009 1:37

Ana:
 
    Por lo poco que sé, las diferencias regionales no afectan a la gramática y a la ortografía Soy ferviente partidario de Borges, Cortázar y Bioy Casares, y todos y cada uno de ellos son un modélico ejemplo de corrección y maestría en el uso del lenguaje. Si nos referimos a escritores en activo, soy un rendido admirador de Laura Massolo, dueña de una prosa envidiable y ganadora de premios de tanto prestigio como el Unamuno o el Juan Rulfo.
 
    Se me olvidó comentar que todos ellos son argentinos.
 
    Saludos.
 
Juan Carlos Garrido.

Sent: Tuesday, June 09, 2009 3:26 PM
Subject: RE: EL RIO MAS BONITO DEL MUNDO

 
 
Hola Juan Carlos
 
Debo, ante todo, reconocer que no he leído el relato y por lo tanto opino solamente sobre esta polémica que se ha desatado.
A mí me gustan los finales tramposos y también los abiertos. Cuando leo un trabajo de cualquier tipo me saltan los errores ortográficos como si estuvieran escritos en rojo. Pero considerando que la escritora es argentina, como yo también lo soy, debemos leer en su escritura el lenguaje regional que tenemos en las orillas del Río de la Plata  y que nos obliga a usar un idioma con diferencias importantes con el que se habla en España. Dejar de lado ese detalle nos llevaría, a los argentinos, a escribir en un idioma que no nos es propio y que nos resulta demasiado académico para describir nuestra identidad y lo que sentimos y vivimos en el día de hoy.
La puntuación en nuestro lenguaje es diferente y posiblemente eso ha llevado a la autora a omitir una gran cantidad de tildes, lo que sí ha sido considerado por el jurado. El castellano se ha ido deformando, empobreciendo y enriqueciendo en estas tierras "sudacas" y hay que comprendernos, de lo contrario terminaremos independizándonos del español, como posiblemente lo hagamos algún día. La RAE está admitiendo aunque lentamente, que sus hijos están crecidos.
Cuando expongo mis escritos al corrector de ortografía y gramática española de mi PC (que para tí es ordenador), me muestra infinidad de errores que, si acepto el cambio, genera un híbrido argentino- español que me causa risa porque cambia el sentido y color de mis ideas.
Te sugeriría leer a escritores argentinos consagrados, algunos han ganado el Premio Cervantes, para habituar tu oído a nuestro dialecto rioplatense, de lo contrario el día que visites mi país te asombrarás de nuestro lenguaje y no podrás entendernos.
Si el concurso es abierto a todos los que escribimos en "castellano" se deben admitir las diferencias regionales.
 
Ana
 


, 9/6/09, Paco Gómez Escribano <iesvent...@yahoo.es> escribió:

De: Paco Gómez Escribano <iesvent...@yahoo.es>
Asunto: RE: EL RIO MAS BONITO DEL MUNDO
Para: paco...@googlegroups.com
Fecha: martes, 9 junio, 2009 12:18

Lo dicho, Juan Carlos, acepto y estoy de acuerdo con tus atinados argumentos. Pero los miembros del jurado opinaron lo contrario. Un abrazo.



--- El mar, 9/6/09, Juan Carlos Garrido del Pozo - DROP Ingeniería S.L. <jcga...@drop-ingenieria.es> escribió:

De: Juan Carlos Garrido del Pozo - DROP Ingeniería S.L. <jcga...@drop-ingenieria.es>
Asunto: RE: EL RIO MAS BONITO DEL MUNDO
Para: paco...@googlegroups.com
Fecha: martes, 9 junio, 2009 1:53

Paco:

            No hay por qué irse a los extremos. Como ejemplo canónico, me remito al mismo caso, el ganador del año pasado: un cuento escrito con inmaculada corrección y dominio del lenguaje y que, con admirable maestría, construye unos personajes repletos de matices con el mínimo indispensable de elementos, y narra una historia que te atrapa desde la primera línea. Por el contrario, en el caso que nos ocupa y al margen de que un servidor no le gusten los finales “tramposos”, no se perfila en absoluto a los personajes y, por el contrario y en su breve extensión, incluye una considerable cantidad de descripciones, en buena medida innecesarias.

            Acepto que está sea la historia que más le cautivó al jurado (en ningún momento pondría en duda su escrupulosa buena voluntad); no obstante, en tu calidad de escritor,  sin duda sabes que en literatura el fin es indisociable del medio y, al menos en mi caso, resulta inconcebible la buena literatura sin un buen uso del leguaje. Sería equivalente a que un certamen de pintura premiase a un cuadro torpemente pergeñado porque el modelo (o el paisaje)  retratado fuese de singular belleza.

Saludos.

Juan Carlos Garrido.  


De: paco...@googlegroups.com [mailto: paco...@googlegroups.com ] En nombre de Paco Gómez Escribano
Enviado el: martes, 09 de junio de 2009 13:32
Para: paco...@googlegroups.com
Asunto: RE: EL RIO MAS BONITO DEL MUNDO

 

Estimado Juan Carlos:

 

No, no me tomo a mal tu discrepancia, al contrario, creo que tu aportación es muy positiva. Todas las incorrecciones que dices son ciertas pero, como coordinador del certamen, he presenciado las deliberaciones del jurado sin intervenir, como cada año, y he de decirte que lo que les ha cautivado es la historia. No se han parado en las incorrecciones que dices ni en más interpretaciones técnicas. Bueno, es un criterio como otro cualquiera. Lo que han hecho es premiar, siempre bajo su criterio, la mejor historia.
De todas formas, tú debes saber, que un mismo relato presentado a distintos certámenes puede alcanzar resultados muy distintos. Te lo digo porque a mí me ha pasado, por ejemplo, ganar un segundo premio en un concurso y al participar con el mismo en otro quedar mucho más abajo.

Yo, particularmente, soy exigente con mis relatos y mis novelas. Quiero decir que, a parte de contar una buena historia, me exijo a mí mismo contarla correctamente, sin errores gramaticales u ortográficos. Es más, como siempre se me pasa algo, suelo dar mis escritos, que para mí están perfectos, a algún filólogo amigo. Y aun así, siempre se detecta algún fallo.

Bueno, Juan Carlos...

De todas formas planteo una reflexión: Siempre hubo poetas y escritores sin estudios o incluso procedentes de ámbitos rurales muy deprimidos que sin embargo tenían una imaginación extraordinaria para contar historias. ¿Sería correcto haberles negado la sal por las faltas ortográficas, pongo por caso, en sus escritos? De la misma forma, planteo el caso contrario, el de los técnicos del lenguaje que, aunque dominan la lengua, son incapaces de decir o contar nada original.

Un abrazo. 

Paco Gómez Escribano, profesor de Sistemas Electrónicos y Jefe de Estudios del I.E.S. Ventura Morón de Algeciras.
mi página web: http://www.pacogomezescribano.com/

mis blogs:

http://www.gentedealgeciras.com/

http://blogdelordbyron.blogspot.com/

http://garitodelverso.blogspot.com/



--- El mar, 9/6/09, Juan Carlos Garrido del Pozo - DROP Ingeniería S.L. <jcga...@drop-ingenieria.es> escribió:


De: Juan Carlos Garrido del Pozo - DROP Ingeniería S.L. <jcga...@drop-ingenieria.es>
Asunto: RE: EL RIO MAS BONITO DEL MUNDO
Para: paco...@googlegroups.com
Fecha: martes, 9 junio, 2009 11:39

Paco:

Confío en que no te tomes a mal mi discrepancia con vuestro criterio, pero, al igual que el año pasado alabé el magnífico cuento que premiasteis, el de este año no me ha complacido en absoluto. A título personal (un criterio que no tiene por qué compartir nadie más), detesto los relatos cuyo final sorpresivo se sustenta  en escamotearle información al lector. No obstante y al margen de esto, el cuento premiado está plagado de incorrecciones estilísticas, gramaticales y ortográficas. En una primera lectura rápida, he descubierto un “a dónde”, un “como” que actúa como interrogativo indirecto sin tilde,  una discordancia entre tiempos verbales y seis adverbios terminados en mente en apenas una página. La puntuación no es, en general, muy acertada y, a título de ejemplo, he hallado dos comas separando sujeto y predicado, varias explicativas con coma delante y no detrás o viceversa, puntos y seguidos precediendo a signos de exclamación y comas siguiéndolos.

Saludos.

Juan Carlos Garrido.


De: paco...@googlegroups.com [mailto: paco...@googlegroups.com ] En nombre de Paco Gómez Escribano
Enviado el: martes, 09 de junio de 2009 9:54
Para: paco...@googlegroups.com
Asunto: RE: EL RIO MAS BONITO DEL MUNDO

 

Sí, ya se ha fallado. Espero publicar un reportaje en la revista pronto. No obstante, adelanto para todos: la ganadora ha sido Mª Graciette do Crmo, de Argentina, con el relato titulado "Un verano". Un abrazo.

Paco Gómez Escribano, profesor de Sistemas Electrónicos y Jefe de Estudios del I.E.S. Ventura Morón de Algeciras.
mi página web: http://www.pacogomezescribano.com/

mis blogs:

http://www.gentedealgeciras.com/

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--- El mar, 9/6/09, emilia luna <emylu...@hotmail.com> escribió:


De: emilia luna <emylu...@hotmail.com>
Asunto: RE: EL RIO MAS BONITO DEL MUNDO
Para: paco...@googlegroups.com
Fecha: martes, 9 junio, 2009 8:50


 Buenos días Paco. Me gustaría saber si ya se ha fallado el c ertamen de relatos del IES Ventura Morón. Consulto la revista y no lo veo.
Muchas gracias y recuerdos.
Emy Luna


From: nell...@hotmail.com
To: bom...@hotmail.com; care...@hotmail.com; maduran...@hotmail.com; ignac...@hotmail.com; jual...@hotmail.com; juss...@gmail.com; lmgot...@hotmail.com; ferm...@hotmail.com; mpfb...@yahoo.com; water...@sympatico.ca; mort...@yahoo.com; nujad...@gmail.com; paco...@googlegroups.com ; pintor...@hotmail.com; ramir...@gmail.com; roafe...@hotmail.com
Subject: FW: EL RIO MAS BONITO DEL MUNDO
Date: Tue, 9 Jun 2009 00:17:18 -0400


 


From: glorie...@hotmail.com
Subject: FW: EL RIO MAS BONITO DEL MUNDO
Date: Sat, 6 Jun 2009 18:17:38 -0500

GLORIA   




 








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marta ivonia garcia vallejos

unread,
Jun 9, 2009, 10:04:21 PM6/9/09
to paco gómez
Ana:

Creo que estás confundiendo IDIOMA con MODISMO.

Un modismo dentro de un escrito entrega el sabor local del personaje, sea argentino, mexicano, pero no invalida que el idioma esté bien empleado si se están usando correctamente las reglas.
Estoy de acuerdo con las apreciaciones de Juan Carlos, si bien haya que aceptar que es el jurado quien ha fallado aunque a uno no le agrade el texto escogido para premio.

Saludos

MARTA IVONIA


Date: Tue, 9 Jun 2009 16:21:14 -0700
From: analapri...@yahoo.es
Subject: El rio más lindo del mundo y una batalla olvidada por el idioma.
To: paco...@googlegroups.com

¡Es hora que descubras quién eres! Alguien puede conocerte mejor que tu mismo…

Taller Literario

unread,
Jun 10, 2009, 1:37:37 AM6/10/09
to paco...@googlegroups.com
Siento discrepar, las tildes de esos ejemplos están perfectamente colocadas. Si entráis en la página de la RAE (www.rae.es), veréis que en las conjugaciones de los verbos saber, creer y olvidar se indica la forma correspondiente de la segunda persona del singular de presente de indicativo con las tildes en sabés, creés y olvidás. En Argentina lo pronuncian así, y así lo reconoce y contempla la RAE. Nadie se salta en ese caso las normas del buen escribir ni de la ortodoxia ortográfica; sino que las cumple, tal como lo contempla la Real Academia de la Lengua Española.
Un abrazo,
Ramón Alcaraz
Corrector y profesor de estilo y narrativa
www.tallerliterario.net


 

Date: Tue, 9 Jun 2009 16:21:14 -0700
From: analapri...@yahoo.es
Subject: El rio más lindo del mundo y una batalla olvidada por el idioma.
To: paco...@googlegroups.com

Juan Carlos Garrido del Pozo - DROP Ingeniería S.L.

unread,
Jun 10, 2009, 3:12:11 AM6/10/09
to paco...@googlegroups.com

Ana:

            Creo que la cuestión ortográfica queda dilucidada por el ajustado comentario de Ramón. En cuanto a los autores que citas, por desgracia, no tengo el gusto de conocerlos; además, imagino que no debe ser sencillo conseguir algún libro suyo en España (de hecho es de veras complicado conseguir cualquier publicación de más de seis meses de antigüedad que no sean Asensis y Zafones). Un servidor es un diletante consciente de que se irá a la tumba con más buenos libros por leer que leídos.

 

Marta:

            En ningún momento he cuestionado la legitimidad de la decisión del jurado; tan sólo afirmaba que no me gustaba su elección y argumentaba el porqué, al igual que el año anterior elogié su acertada (desde mi punto de vista) decisión. Es cierto que la valoración de cualquier forma de arte es subjetiva (esta es su mayor grandeza y, a la vez, su mayor miseria), pero no es menos cierto que en toda obra de arte hay elementos objetivos y detalles técnicos que no se pueden ni deben obviar. Seguro que Ramón Alcaraz podría explicar esto último mucho mejor que yo. En todo caso, el fin primordial de este grupo era hablar de literatura y creación literaria y estimo que, en este caso, se ha logrado.

 

Ramón:

            Es probable que no me recuerdes, pero tuve el placer de compartir mesa contigo en la cena de entrega de premios de Canal-Literatura en el 2007. Aprovecho la ocasión para enviarte un saludo afectuoso.

 

Saludos a todos.

 

 




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Francisco Blanco Diego

unread,
Jun 10, 2009, 5:43:54 AM6/10/09
to paco...@googlegroups.com
Gracias a Juan Carlos Garrido por el artículo del "Arca del Nuevo Siglo" resulta bastante esclarecedor.

Juan Carlos Garrido del Pozo - DROP Ingeniería S.L.

unread,
Jun 10, 2009, 6:09:29 AM6/10/09
to paco...@googlegroups.com

Francisco:

 

            Lamento decepcionarte, pero el artículo no lo remití yo, sino Ana Laprida Doncel. Además, en mi opinión, el artículo es tendencioso y demagógico. Por fortuna, la realidad es tozuda y no se deja convencer por teorías conspiratorias, por tentadoras que estas sean.

 

Saludos.

Juan Carlos Garrido.     

           

 


<BR

Francisco Blanco Diego

unread,
Jun 10, 2009, 11:34:21 AM6/10/09
to paco...@googlegroups.com
Juan Carlos, yo sólo he dicho que es esclarecedor, no he añadido ningún otro adjetivo. Daludos Paco B.
¡Ah! y gracias a su auténtica remitente.

Ana Laprida Doncel

unread,
Jun 10, 2009, 10:22:16 PM6/10/09
to paco...@googlegroups.com
Hola a todos
 
Acá estoy de nuevo, agotada después de 10 horas de trabajo, un curso de inglés y una cena frugal.
Todo este revuelo que he producido fue solamente un aporte mío para defender las tildes mal colocadas del hablar argentino, y los modismos que nos afectan, en un relato que no he leído y que presumí estaban siendo malinterpretadas por Juan Carlos. ¡Qué lío he armado!, pero ha sido enriquecedor .Me alegro haber podido mover un poco el blog que  creía dormido
Me da mucho gusto, diría mejor gozo y una gran alegría, poder leer y escuchar a los españoles cuando hablan nuestro idioma como me enseñaron en el colegio. ¡Qué placer!
También los envidio porque pueden escribir como hablan. ¡Qué fácil resulta poder hacerlo! En lo personal. asumo que cuando escribo tengo siempre el dilema de hacerlo en mi jerga, dialecto o como quieran llamar al habla coloquial de mi país, o hacerlo en español para gusto de todos, y es entonces, cuando lo hago, que creo escribir en un idioma extranjero.
Es una lucha entre la identidad nacional y el bien decir en español. Y no es demagogia, solamente admitir la realidad lingüistica en la que vivo y en la que expreso mis emociones.
Es muy tarde y mañana tengo que madrugar bien temprano, pido disculpas por los errores y buenas noches a todos.
 
Juan Carlos
Te copio un relato de Abelardo Castillo. Espero que sea de tu gusto a pesar de que suele tener finales tramposos.
 
Ana
 

La Calle Victoria

Cuento

Por Abelardo Castillo

 

La vieja, o tal vez habría que decir la anciana, tenía un aspecto digno y algo mamarracho, sombrerito tipo budinera, florcitas en el sombrero, y voz de abuela a quien se le perdió el tejido. Con esa voz le preguntó a Villari por la calle Victoria. En realidad, dice que pensó Villari, no era una vieja ni mucho menos una anciana; era una viejita.
-Perdón -dijo ausente Villari-. La calle qué.
Desde que había salido de su departamento del Once, Villari andaba distraído, aunque ésa tampoco era la palabra; lo que tenía esa noche era un humor de perros. Era carnaval. Había en Buenos Aires una de esas neblinas nocturnas que parecen estar hechas de espuma de jabón y monóxido de carbono. Un rato antes había estado mirando en la plaza el mausoleo horrendo de Rivadavia y había sentido que Buenos Aires es una ciudad imposible. Me describió a unas lamentables mascaritas que se arrastraban por la recova. Me dijo que pensó en Ezequiel Martínez Estrada. Villari no tenía ningún pudor en confesar que miraba la realidad a través de sus lecturas. Cómo puede ser, me dijo, cómo puede ser que el Viejo haya escrito esa estupidez espantosa sobre el mausoleo. Yo reconocí que ignoraba ese texto erróneo y me resigné a que me lo recitara; demasiadas veces había comprobado que la memoria de Villari es prodigiosa y textual.
La conversación derivó entonces hacia cauces más normales, lo que también es una manera de decir, ya que difícilmente se le puede llamar normal a lo que vino después.
-Victoria -repitió la abuela-. La calle Victoria.
-Como sabrás -me dijo Villari-, la calle Victoria no existe. Se llamaba Victoria, o de la Victoria, creo que a causa de las Invasiones Inglesas. Hoy se llama Hipólito Yrigoyen. Debe hacer cien años que se llama así.
Yo le dije que en efecto lo sabía, pero no le aclaré que su idea del pasado remoto no coincide con mi experiencia.
Villari me tutea pero tiene veinticinco años menos que yo. Yo nací en la década del treinta. Guardo un vago recuerdo de que, en mi infancia, había un cinematógrafo al que me llevaba mi tía, y que ese lugar inolvidable y casi sagrado quedaba precisamente en una calle arbolada que todavía se llamaba Victoria. No sería nada raro que en esa salita yo haya visto Ciudad de conquista o Gunga-Din. Claro que la generación de Villari es muy posterior a estas perfecciones de la melancolía. Ellos nacieron con el tecnicolor y la pantalla panorámica, y cuando terminaron de crecer ya ni siquiera quedaban salas de cine en los barrios de Buenos Aires. Cuando tengan mi edad apenas si va a existir lo que yo llamo Buenos Aires.
-Y cuál era el problema, Villari -le pregunté-. Probablemente la viejita era centenaria y un poco arteriosclerótica. Los viejos recuerdan el pasado pero suelen olvidar si comieron hace diez minutos. O a lo mejor era una disfrazada y te estaba tomando el pelo.
-No era ninguna disfrazada -dijo con repentina seriedad Villari-. Tampoco me estaba tomando el pelo.
En resumen, que Villari tenía una historia para mí. Me gustan mucho las historias de este muchacho. Nunca pasa nada en ellas pero las cuenta con detalles realistas y sus acotaciones son bastante buenas. Ha leído en inglés a los escritores norteamericanos y trabaja en un diario. Eso fomenta, me parece a mí, su tendencia a suponer que cualquier cosa es interesante por el mero hecho de que haya sucedido.
De modo que lo invité a tomar un café en Las Violetas y le dije que me contara.
La historia no era una típica historia de Villari, y esto, creo, era lo que lo desconcertaba a él mismo mientras la refería. Era una historia rara, imprecisa, que abundaba en vaguedades y rodeos. Volvió a insistir con las máscaras, con la neblina. Tenía, me dijo y se corrigió, había tenido durante toda la noche, desde el instante mismo en que salió de su departamento, la sensación de estar en otra parte. Por supuesto, sí, ahí se veían los quioscos del Once, las putas de quince años con sus cafishios de veinte -Villari no tiene una idea piadosa de la realidad, debo escribirlo-, ahí estaban los salones bailables de la recova, con sus chaqueños y sus coreanos y sus paraguayos, pero era como si estuvieran allí por compromiso, y eran muchos menos que de costumbre, se veían borrosos a causa de la neblina, como superpuestos a las mascaritas. El carnaval en Buenos Aires es una cosa horrible, de acuerdo, pero un carnaval con dominós, en la década del noventa, es para desorientar a cualquiera.
-¿Dominós?
-Y colombinas -dijo Villari-. Dominós y colombinas y hasta pierrots.
Ellos habían caminado una cuadra por Rivadavia, hasta Alberti, y doblaron hacia la derecha. En la esquina de Hipólito Yrigoyen Villari le dijo a la abuela que ahí tenía su calle. Ella lo miró con desconfianza, o tal vez con un vago temor, y le dijo que no le parecía que ésa fuera la calle Victoria. Él iba a contestarle que en realidad no lo era, que en realidad esa calle se llamaba Yrigoyen, pero, según me confesó, sintió dos cosas. Un poco de lástima y, al mismo tiempo, algo que se parecía bastante al desconcierto de la vieja. Le preguntó a qué altura iba y ella se lo dijo. Eso era dos o tres cuadras hacia el Sur, me informó Villari, y yo me sorprendí de la referencia astronómica. El Sur. Villari no había dicho dos o tres cuadras hacia Congreso o hacia el centro, sino hacia el Sur, como si las palabras de su narración fueran derivando hacia el anacronismo, hacia un Buenos Aires más antiguo, que era precisamente lo que él había sentido mientras caminaron esas dos o tres cuadras, aunque la palabra sentir, decía Villari, incapaz de sobreponerse a las precisiones literarias, fuera un poco excesiva. Porque no se trataba siquiera de un sentimiento, era una sensación, como la de estar deslizándose por la noche hacia un lugar querible y remoto, pero no remoto en el espacio, no lejano de se modo, y me miró.
-Como en los sueños -dije yo.
-No seas trivial -dijo Villari-. Los sueños no tienen nada que hacer acá. Tu generación sueña. Ustedes se pasaron la vida soñando, y así les fue, en la vida y en los libros. Yo no sueño nunca. Eso no era un sueño. La viejita estaba ahí, a mi lado, de carne y hueso, con su sombrerito florido. Me llevaba del brazo y hablaba no recuerdo de qué, pero sé que me hablaba y que parecía irse poniendo contenta a medida que nos acercábamos a la casa de los balcones.
-La casa tenía balcones -dije yo.
-Tres balcones. Tres balcones en el primer piso.
-Una casa de altos -dije yo
-Exacto -dijo Villari.
-Una casa de altos con tres balcones que daban sobre la calle Victoria -dije yo.
Villari no pareció notar mi ironía. Dijo que sí, como si no advirtiera que la expresión casa de altos era una antigüedad, un giro que él, a sus años, ni siquiera habría debido comprender del todo; como si no advirtiera que yo acababa de instalar definitivamente, en su historia, una calle empedrada y arbolada, calle en la que Villari pudo ver brillar esa noche, de no ser por la niebla, los rieles de tranvías que han dejado de traquetear por Buenos Aires desde antes que él naciera. Lo alenté a hablar mientras pensaba que el muchacho no tenía un idea muy clara de lo que verdaderamente me estaba contando. Imaginé, por mi cuenta, los sonidos lejanos de unas matracas, las risas y la bulla apagada de un corso, y creo que me distraje demasiado en unas vagas especulaciones sobre el romanticismo incurable de estos chicos, tan realistas, a la hora de extraviarse en ciertos atajos del tiempo y caer en el desacreditado mundo de los milagros. Cuando regresé de mí mismo, Villari ya estaba en uno de los balcones conversando con un chica disfrazada de dama antigua que no podía tener más de veinte años. Detrás de ellos había un gran salón donde señoras mayores y caballeros de mostacho hablaban, supongo, del asesinato de Wilkes o del suicido de Lisandro de la Torre. Esto, naturalmente, no me lo contó Villari, esto es un aporte personal. Para Villari aquello era una anómala fiesta de disfraz, en una noche anómala, en una casa de Buenos Aires donde había una chica de ojos verdes peinada con bandós, una chica que parecía ocuparlo todo.
-No es que fuera hermosa -me dijo con vehemencia Villari-. Era mucho más que eso.
-Creo que te entiendo -le dije-. Era algo así como la mujer que anduviste buscando siempre. Suele pasar unas diez o doce veces en la vida.
-Te habrá pasado a vos, que tenés como cien años y sos un cínico. Pero a mí es la primera vez que me pasó. Y querés que te diga una cosa, sé que fue también la última. Esa chica era mi chica.
-Por favor, Villari, no me arruines la historia. Hablá en argentino. Parecés una mala traducción de una canción norteamericana.
-Qué querés que diga, que esa mujer me estaba destinada, que la vi y sentí que la conocía desde antes de mi nacimiento, que nadie puede entender la locura esa del andrógino de Platón hasta que se encuentra frente a su propia mitad en un balcón de la calle Hipólito Yrigoyen...
-Mejor no. Contalo como quieras. Pero te recuerdo que la calle se llamaba Victoria. En tu historia la calle Hipólito Yrigoyen no existe.
-Ya sé que no existe, o te pensás que soy tan idiota. Por supuesto que ahora lo sé, pero en ese momento no lo sabía. Y vos que sos tan inteligente tampoco lo hubieras sabido. Yo estaba con ella en ese balcón como estoy con vos en esta mesa, su mano era más real que esta mesa de mierda.
-Muy linda comparación, Villari.
-Es que vos me irritás. Vos no crees una sola palabra de lo que yo te digo.
-No seas infantil. Me estás contando este disparate precisamente porque sabés que soy el único adulto en Buenos Aires que puede creer una cosa así, y tan mal contada. Describime todo.
-¿Qué?
-Que me describas todo.
-Todo qué.
-Todo lo que viste, todo lo que pasó. Describime los trajes, lo que veías allá abajo en la calle. Cómo llegaste a ese balcón con tu dama antigua, si tenía un lunar pintando en la mejilla, dónde quedó la viejita. Todo.
Le dije estas cosas porque Villari me estaba contando su historia muy mal, sin sus acostumbrados detalles y sin acotaciones sorpresivas, rasgos que le daban a sus anécdotas una vivacidad que ésta, con ser bastante buena, no tenía. Villari, sin compasión, ya me había revelado casi todo lo que debió dejar para el final. Pero él parecía preocupado por otra cosa.
-Tenía un lunar -dijo Villari-. Cómo sabés.
-No te asustes -le dije-. Por desgracia, yo no vi nunca a tu chica. Lo que quería averiguar es si estaba disfrazada de Dama Antigua o de Madame Pompadour.
-Vos sos medio loco -dijo Villari-. Cómo llegué a ese balcón ya te lo conté. Subimos la escalera con la abuela y yo estaba en un salón.
-O sea que la abuela te invitó a subir.
-Por supuesto. Cuando entramos en el recibo me miró por primera vez a plena luz y pareció asombrada. Dijo que yo le recordaba a alguien, entonces fue cuando me invitó a subir. Lo raro es que yo acepté. Era como si me mandara una fuerza desconocida. Claro que todavía no me daba cuenta de lo que pasaba.
-Y qué era lo que pasaba.
-No me tomes examen -dijo Villari-. En ese momento no me daba cuenta pero ahora lo sé perfectamente. -Hizo un pausa; lo que iba a agregar de inmediato lo hacía sentir avergonzado e incómodo. -De acuerdo -dijo con una mirada que solo puedo describir como desafiante-. De acuerdo. Yo estaba en otra parte, en otro tiempo. Me había deslizado como por una grieta a un Buenos Aires de cincuenta o sesenta años atrás. Como en los dos Buenos Aires era carnaval, yo no podía notarlo. Ella estaba disfrazada, me refiero a la chica. Tal vez iba a una fiesta o ese mismo salón era la fiesta, porque allá en el fondo me pareció ver una especie de mosquetero y una gorda con alitas. Ella estaba disfrazada pero las señoras mayores y los bigotudos, no. Ellos sencillamente vestían así. Nadie se preocupó por mí cuando entré. Seguramente pensaron, si es que yo existía para ellos, que yo también estaba disfrazado.
-No te quepa la menor duda, Villari. Yo vivo con vos en la misma secuencia del tiempo y también suelo pensarlo, no te enojes.
Villari no se enojó. Creo que ni siquiera me había oído. Se había dejado ganar otra vez por la historia y continuó hablando de la chica, de sus ojos, de su pelo peinado en bandós.
No seguí escuchando con atención porque era innecesario. Mal contada o no, lo cierto es que la historia ya estaba contada. Mientras me hablaba, Villari pronunció la palabra burbuja o esfera, y quería decir que el tiempo que pasó con su dama antigua en ese balcón había sucedido como dentro de una burbuja que los apartaba de los demás, un no-lugar donde el tiempo (la vida, dijo Villari) transcurría en otra dirección y donde, de alguna manera, todo estaba permitido. Su cuerpo inició el movimiento de acercarse a ella, o fue el cuerpo de ella el que lo inició. El caso es que se besaron, de un modo, a juzgar por las palabras de Villari, en el que participaban en igual medida el asombro y la desesperación.
-Todo esto al minuto de haberse conocido -dije yo por decir algo-. Todo esto a la vista y paciencia de los habitantes de la casa.
-La palabra minuto, en esa casa, no significaba nada -dijo Villari-. Y los demás estaban...
-Fuera de la burbuja.
-Exacto -dijo Villari-. Pero los de la calle no.
Le pregunté qué quería decir con eso y él, como si sólo ahora lo recordaba, o tal vez ya estaba haciendo literatura, dijo que hubo un momento, durante el beso, en que un grupo de mascaritas o una murga los aplaudió desde la vereda.
-Lo que rompió bruscamente el encanto -dije yo.
-Qué va a romper el encanto -dijo Villari-. Pobre de vos. ¿Te aplaudieron alguna vez mientras besabas a un chica?
Confesé que no. En mi juventud la gente elegía lugares más clandestinos para demostrar sus sentimientos. Zaguanes, plazas nocturnas, portones. También, de ser posible, elegía chicas reales. Esto último lo dije mientras llamaba al mozo, esperando las palabras y la reacción violenta de Villari. Sólo adiviné las palabras:
-Ella era real -dijo a media voz-. Ella era lo único real que me sucedió en mi vida.
-¿Y después?
-Después nada. Después fue como una película que se corta. Una película mal empalmada. Yo estaba otra vez al pie de la escalera y salí a la calle. Doblé por Pichincha hacia Rivadavia. No hace falta que me lo preguntes: no había colombinas ni pierrots. Casi ni había carnaval. Buenos Aires era la misma porquería de siempre.
Llegó el mozo y pagué.
Cuando salíamos de Las Violetas le pregunté a Villari como al pasar si, mientras él estuvo en ese balcón, había vuelto a ver a la abuela en algún lugar de la casa. Villari no dio muestras de entender mi pregunta. No se daba cuenta de que la viejita y la chica del balcón no pudieron estar juntas en ningún momento. Casi le digo que él no se había encontrado con su chica una sola vez en la vida, sino dos veces, y las dos veces en la misma noche. Que ella y la viejita eran, por decirlo así, la misma dama antigua y, lo que es peor, que acaso su dama antigua todavía andaba por Buenos Aires, vaya a saber dónde pero en el mismo Buenos Aires de Villari, sólo que octogenaria y ataviada con un sombrerito tipo budinera. Qué sé yo si la vi, dijo finalmente Villari, y agregó si a mi me parecía que, en ese balcón, él estaba en condiciones de pensar en viejitas.
Miró el reloj, me dio la mano y casi gritó que se le hacía tarde para el cierre del diario. Corrió detrás de un taxi y cuando abría la puerta del automóvil volvió la cabeza. Me preguntó por qué le había preguntado eso. Yo le contesté que por nada en especial, qué iba a decirle.

 
 
 


--- El mié, 10/6/09, Francisco Blanco Diego <efeb...@telefonica.net> escribió:

El punto meridiano

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El menú del pasado

Idioma e identidad

Pero la soberbia de De Torre incluía también el desconocimiento de la armada enemiga. Y le saltaron al cuello las plumas más jóvenes y pendencieras de un Buenos Aires en ebullición cultural. ¿Por qué habrían de ser América, y la Argentina , una prolongación espiritual de Madrid? ¿Y por qué Madrid erigirse meridiano intelectual de Hispanoamérica? Seguramente ignoraba que la problemática de la identidad nacional, del idioma que hablábamos los hijos de esta tierra y el mismo asunto de la argentinidad como una categoría espiritual ocupara el centro del debate de la intelectualidad vernácula, que todavía estaba bajo el influjo del Centenario de la Patria , acontecimiento legitimador de todo intento de afirmación de la identidad. Marechal describe con claridad ese ambiente: “Nunca, como ahora, se ha tenido en Buenos Aires una noción tan clara de nuestros problemas. Nuestra nacionalidad, complicada con innumerables y diversos aportes raciales, ofrece en esta hora un espectáculo que jamás podrá concebir la bien ordenada imaginación de nuestros colegas españoles. Desde hace mucho tiempo, hombres que llegaron y que llegan de muchas lejanías comparten nuestro sol: la mayoría de los argentinos refiriéndose a ellos, hablan de sus padres o de sus abuelos.” (Martín Fierro, Nº 44-45, 31 de agosto, 15 de noviembre de 1927).

 

Francisco Blanco Diego

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Jun 11, 2009, 3:15:58 AM6/11/09
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La lengua española que propugna, defiende, enmarca y da esplendor la RAE no se debe convertir en un corsé que debamos llevar obligatoriamente puesto en todo momento, tanto cuando hablamos como cuando escribimos. Si así fuera no habríamos llegado a donde hemos llegado. Claro que siempre tiene que haber un elemento regulador y aglutinador; esa, al menos, es mi opinión. Saludos, Paco B.

Juan Carlos Garrido

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Jun 11, 2009, 6:34:57 AM6/11/09
to paco...@googlegroups.com
Ana:
 
    Yo tampoco escribo como hablo: cuando escribo, procuro evitar los verbos genéricos y las repeticiones,  huyo de cacofonías y asonancias, y empleo muchos, quizás demasiados, adjetivos. Si le hablase así al frutero o a mi esposa, sin duda pensarían que me he vuelto majareta.
 
    En cuanto al relato, el final es fantástico y, hasta cierto punto sorprendente, pero no "tramposo"; yo denomino así a los finales en los que la pretendida sorpresa se logra a base de ocultar información al lector, una información que si facilitase al principio determinaría que el relato no tuviese gracia alguna. Este cuento me evoca recuerdos de Cortázar y también de Maupassant. Me ha gustado, pero tampoco podría afirmar que es uno de los mejores que he leído.
 
Saludos.

Sent: Thursday, June 11, 2009 4:22 AM
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