Mi querido amigo El Viejo 4ª parte
LA CONFIANZA Y LA CONDENA SOCIALPor Eduardo Juan Salleras 15 de mayo de 2012.-
Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente
Justo llamó mi celular, razón para pedirle permiso a mi querido amigo El Viejo, y zafar del rosario de críticas a nuestro pasado y porvenir.
- Disculpe… ¡Hola!... ¿Sí?… ¡Qué tal Susana! ¿Cómo estás?... Ajá, mira casualmente estoy con un amigo, recordando aquellos ramos generales, y ahora que me llamas, me viene a la memoria que tu familia tuvo uno… Si… Si… Increíble… Y pensar que así fuimos… ¡Qué desgracia la nuestra! ¿qué nos habrá pasado, no?... Bueno Susana, te agradezco el llamado y ese recuerdo tan lindo que me acabas de contar… Si, se lo voy a transmitir a mi amigo… Chau, un beso.
Corté enseguida porque El Viejo ya se estaba por levantar, inquieto con sus 96 años.
- Me contaba mi amiga – me miró con seño de ¿a ver? Y seguí – que cuando ella era chic,a los colonos le llevaban la plata de las ventas a su padre - quien tenía uno de estos grandes almacenes – ya que contaba con la única caja fuerte del pueblo. La gran mayoría llevaba el rollito de billetes atados con un hilo, le ponían el nombre y adentro. Un día vino uno de ellos y le pidió a su padre para retirar algún dinero, cuando ella estaba presente. Su papá le respondió que sí y abrió la caja de seguridad, le dio su rollito, retiró algo el colono, lo volvió a atar junto al papelito con su nombre, se lo entregó y nuevamente al cuidado de aquel pesado cofre. Entonces ella, pequeña, le preguntó a su padre: ¿no cuentas la plata que sacó el hombre? Y el padre le respondió: “Para qué, tampoco la conté cuando la trajo”.
- Vió UD cómo supimos ser y en qué hemos terminado (acotó el anciano).
- Pero, ¿qué habrá sido o qué nos habrá pasado, para bandearnos tanto? ¿Qué fue lo que nos arruinó? Especialmente este último tiempo.
- Mí querido joven, hace unas décadas surgieron dos palabras que antes no usábamos, nadie las decía, ni siquiera sé si estaban o no en el diccionario: corrupción e impunidad…
- … Y ¿Qué tiene que ver eso con nosotros?
- Tal vez no es solamente cuestión de la política. Quizás todos, en el fondo seamos así. En la confusión de la corrupción y en la oscuridad de la impunidad, muchos más se atreven a robar.
El viejo hablaba tranquilo, pausado, como un maestro chino. Había dejado su ira y hasta ponía cara de sabio, ¡Qué curioso! Y siguió.
- En las ferias de hacienda pasaba lo mismo, la gente vendía y no retiraba toda la plata. Incluso mandaba a cobrar a sus acreedores al escritorio del “feriero”.
- Y desaparecieron también, cada pueblo tenía la suya, por lo menos una, muchos dos y hasta tres. Una vez al mes había un remate, el que era todo un acontecimiento, con asado incluido y alguna escuela o institución del pueblo, se encargaba del bufet mientras se bajaba el martillo, vendiendo café y pastelitos…
- …Y si hacía frío, algún licor: grapa, coñac, whisky… yo trabajé en varias. Se ganaba bien, eran tres días entre el encierre, el remate y la carga de lo vendido o lo que se volvía sin vender. También algún arreo de hacienda de invernada o un cortito a los corrales del matadero municipal. Eran como una fiesta gaucha, en la que nos juntábamos varios paisanos a trabajar, a mostrar destreza con el caballo y la lindura de nuestros aperos, no todos. Pero es otra cosa más que desapareció. (Y se quedó pensativo).
- Dígame, ¿UD trabajó también en la de Antonito?, no acá desde luego.
- Sí, porque también nos movíamos a veces al pueblo de al lado, en particular, cuando se hacían remates especiales, con mucha hacienda y se necesitaba más gente de a caballo… ¡Qué personaje Antonito! Buen tipo.
- Es de su generación…
- No, es 10 años menor que yo, por lo menos… hablador como pocos.
- Recuerdo que en una feria, se acercó el dueño de la consignataria y le habló al oído al martillero. Y éste, por el megáfono le dijo a uno: Fulano de tal, me hace el favor de retirarse, la firma se reserva el derecho de admisión. El hombre sin chistar, se levantó y se fue. No recuerdo que macana se había mandado, pero existía la condena social y era muy fuerte.
- Y cuando se le pedía el pueblo a un “malandra” (Pedir el pueblo, significaba que la autoridad, por sugerencia social le decía a uno que se retire del pueblo: por vago, cuatrero, ratero y otros). ¿Existe eso todavía?
- Nooo, sería discriminatorio, sería tomar la justicia por mano propia… el otro día alguien me preguntó lo mismo, si se le podía pedir el pueblo a un tipo.
- Perdone, ¿discriminar a quién? Ahora resulta que con ese cuento encarcelan a la sociedad y dejan libre al atorrante. Si hay que esperar a la justicia… a esta justicia nueva que nos vendieron los políticos: garantista, permisiva… social… el otro día escuchaba en la tele a uno explicando que un asesino era producto de la marginación social… que se yo, dicen cualquier cosa.
- Si pero, es delicado el tema, son de esas costumbre que ya no existen.
- ¿No será que los políticos están abriendo el paraguas?
- ¿Por qué?
- ¿Y si la gente les pide el pueblo, a dónde van?
- Bueno, eso ya ocurrió. Se acuerda: ¡Qué se vayan todos!
- Y se quedaron, y después vino más corrupción, más droga, más asesinatos, más violaciones, más prostitución y las nuevas desaparecidas que ninguna institución reclama,… ¿Cuántos políticos se salvarían si la sociedad les pidiera el pueblo? ¿No será que la gente en el fondo es como ellos?