LUNA NUEVA
Autor
: © Jesús Alejandro GodoyLos hombres se miraron desconcertados. El primero dio unos pocos pasos hacia delante, pero luego retrocedió. El propio eco de sus pisadas, producía un intrigante eco en el lugar. El sonido era tan extravagante, que hasta parecía que personas invisibles estaban murmurando cerca. Iluminó el corto camino, la sombra de su cuerpo proyectaba la apariencia de un ser alado sobre las paredes.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó con evidente miedo, haciendo gorjeos—. Miró hacia todos lados, se volvió hacia su compañero. No entiendo —dijo y volvió a iluminar parte del lugar.
Recordó lo que le habían comentado las mujeres, al momento que un fuerte viento esporádico se colaba por la puerta.
—¿Qué es lo que pasó? —preguntó el segundo hombre murmurando—.
—No lo sé, ni quiero saberlo —respondió el primero—.
Se escuchó un nuevo sonido. Los hombres se petrificaron, sus respiraciones se entrecortaron, y la piel se les crispó.
El hombre iluminó temblorosamente parte de una pared. No había nada. No había nadie.
—¡¿Hola?! —gritó girando en su eje—. Sus rodillas temblaban, y su estómago se volvió un gran vacío—.
—Vámonos por favor —murmuró nuevamente su compañero—.
—¡Shhh! —exclamó en voz baja el primer hombre, e iluminó la entrada—.
—Tengo miedo.
—Ya lo sé, yo también tengo miedo —dijo, y tocó nerviosamente su vestidura de dril—.
Giró lentamente y caminó muy despacio hacia la piedra desnuda. Volvió a iluminar la pared frontal y el techo abovedado.
El otro hombre aún estaba de pie a escasos metros de él. Miró a su compañero con desconfianza por su actitud, pero no lo detuvo.
—Por todos los cielos, esto no puede estar pasando —murmuró el primer hombre, y muy lentamente se acuclilló frente a la piedra—.
Abrió y cerró su mano un par de veces. Dudaba. Pero finalmente rozó la roca con uno de sus dedos.
Instantáneamente un arco voltaico lo lanzó por los aires, y cayó de espaldas. El otro hombre gritó y un fino hilillo de orina corrió por su entrepierna. Luego salió del lugar dando zancadas enormes, se tropezó contra una gruesa raíz que sobresalía de la tierra y cayó de bruces sobre un pequeño arbusto.
El hombre que había quedado dentro del lugar, enseguida se tomó la mano. Le ardía, le ardía mucho, pero no se veía a simple vista lastimadura alguna.
—¡Dios mío! —exclamó con lágrimas en sus ojos—. Se puso de pie violentamente y salió a la carrera dejando una gruesa estela de polvo detrás de sí.
Se topó con el primer hombre. Iban a hablar o a gritar, pero un nuevo sonido los hizo guardar silencio. Éste sonido inmenso era totalmente audible e identificable: Alas batiéndose.
Elevaron la vista pero no había nada, solamente miles de estrellas y una enorme luna nueva.
No soportaron más. Se miraron, escudriñaron de lejos el lugar por un momento y corrieron como pudieron; corrieron, uno llorando, y el otro gritando mientras sus vestiduras se seguían mojando con la orina tibia.
Llegaron a una pequeña casa. Se pelaron los nudillos con golpes desesperados contra la puerta. Cuando les abrieron entraron como si el mismo demonio los persiguiera.
El primer hombre miró a la mujer que estaba rodeada por varias personas, y cayó rendido a sus pies. Elevó la vista y sonrió.
—¡Mi señora usted tenía razón, él cumplió su palabra! ¡Ha resucitado! —exclamó.