TENEMOS QUE HABLAR

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Jesús Alejandro Godoy

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May 10, 2007, 4:50:50 PM5/10/07
to Jesús Alejandro Godoy
 

TENEMOS QUE HABLAR

Autor:

© JESÚS ALEJANDRO GODOY

Tenemos mucho de que hablar...

Busqué la muerte un día, pero ella me encontró primero; y postrado a sus pies, me miró con enojo, y casi a los gritos me preguntó: -¿Qué quieres de mí, hombre?

Yo le respondí-: Morir.

Ella sonrió de lado; miró al cielo y suspiró como si mi pregunta no cupiera en su paciencia. Me clavó sus ojos negros y me interrogó: -¿Quieres morir de la mejor manera?

-Si –dije.

-Entonces dedícate a vivir de la mejor manera –me respondió-.

Caminó ofuscada hacia la puerta de salida del hospital; dio media vuelta, y susurró: -y deja de molestarme-; dicho esto, se perdió entre la gente.

Busqué la vida un día, pero ella se cruzó en mi camino.

-Si... ¿qué deseas? –me preguntó.

-Vivir –le dije.

Sonrió.

-Entonces vive, como si yo fuera la misma muerte –me dijo.

Volvió a sonreír, se alejó rápidamente y se perdió entre una espesa niebla.

Busqué la belleza un día; pero ella, me sorprendió una mañana al despertarme.

-¿Qué buscas? –me preguntó.

-Belleza –le respondí.

Bajó la cabeza y sonrió dulcemente.

-No me busques en la carne, ni en todo lo que es del tiempo –me dijo-, y rápidamente, se esfumó por mi ventana.

Busqué la fealdad un día, pero ella sea adelantó a mis pasos.

-¿Qué buscas en mí, hombre? –me preguntó.

-Fealdad –le dije.

-No me busques en lo que percibes con tus ojos, ni en lo que puedas tocas con tus dedos... no vivo ahí –me respondió.

Y dicho esto, se esfumó sin dejar rastros.

Busqué la riqueza un día, y sin saberlo, una noche ella se sentó a mi lado.

-¿Qué quieres? –me preguntó.

-Riquezas –le dije.

Con gesto pensativo me dijo-: Búscame en lo poco y en lo mucho, en lo frugal y en la medida justa; en el mar, y en el charco luego de la lluvia-.

Dicho esto, salió de mi casa en silencio.

Busqué la pobreza un día; pero ella, supo antes que yo la buscaba.

-¿Qué buscas en mí, hombre –me preguntó.

-Pobreza –le dije.

-Vivo en lo más lujoso y en lo más andrajoso, mi guarida está en las perlas, y mi aliento en las desesperanzas... pero no vivo en lo que tus ojos ven.

Bajó la vista, cerró los ojos, y desapareció.

Me sentía confundido, y busqué a Dios, pero él se cruzó en mi camino esa misma tarde.

-¿Qué buscas? –me preguntó.

-A Dios –le dije.

-No me busques en lo que pierdes, ni en lo que ganas... no vivo ahí. No me busques en pedestales, ni en artilugios terrenales... ¡Mírate a ti mismo... búscame ahí!

Y dicho esto, se alejó rápidamente.

Busqué al diablo, pero él se cruzó en mi camino, y me tomó fuertemente del cuello.

-¿Por qué me persigues? –me preguntó, acercando su nariz a la mía-.

-Busco al demonio –le dije jadeando-.

Él me miró de reojo, y me volvió a dejar en tierra firme.

-¿Me estás tomando el pelo? –me preguntó.

-No –le dije, tomando un poco de aire-.

Me volvió a mirar, con cierta extrañeza.

-No me busques en la riqueza ni en la pobreza; ni en lo poco ni en lo mucho... ni en el cielo, ni en el infierno... no vivo ahí-.

Me miró nuevamente.

-¿Me estás tomando el pelo? –preguntó nuevamente-.

-No –le respondí.

-¡Mírate a ti mismo, búscame ahí! –gritó.

Giró, se rascó la mollera, y me escudriñó una vez más.

-¡Seres humanos! –susurró-, y se alejó rápidamente.

Llamé a gritos a la sabiduría, pero ella ya estaba a mi lado.

-¿Qué quieres? –me preguntó.

-Sabiduría –le dije.

Me miró con preocupación, y se disfrazó de ignorancia.

Me tendió la mano, y me preguntó si podía caminar conmigo un rato.

No me negué.

Me miró condescendientemente, y me preguntó cuantos pasos faltaban para llegar a mí casa.

-Unos cuantos –le respondí-.

-Muy bien... demos uno a la vez, tenemos mucho de que hablar... – dijo.

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