(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)
SANANDO TU VIDA
Nuestro Padre Celestial contemplando en su misericordia y en
su gracia infinita hacia cada uno de nosotros, desde su trono
santo en el cielo, entonces nos habla, por amor a su nombre
santo, para darnos vida y salud eterna a nuestras vidas casi
muertas en toda la tierra, por el poder del pecado. Esto fue
la manifestación del espíritu de amor de Dios, hacia su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, en la vida de cada uno de
nosotros, en nuestros millares, en toda la tierra, comenzando
con Adán, por ejemplo, en el paraíso, hasta el ultimo ser
viviente que nazca de mujer en la tierra.
Por tanto, el Padre Celestial nos declaro en su palabra viva:
Tengan ánimo, por su salvación que se acerca cada vez más a
cada uno de ustedes. Pues por el espíritu sobrenatural de la
fe (de la fe de vivir), de tan sólo creer en el nombre de
Jesucristo, entonces sus pecados han de ser perdonados
eternamente y para siempre, para que sus nombres sean
escritos en el libro de la salvación eterna, de la sangre de
su Cordero infinito, en el reino de los cielos.
Por lo tanto, desde aquella hora, que nuestro Padre Celestial
nos comenzó a hablar desde su trono santo, en el reino de los
cielos, sobre la manifestación a la tierra y a nuestras vidas
individuales de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, entonces
nosotros fuimos redimidos y escogidos para él y para su
gloria infinita, en el cielo y para la eternidad, también.
Realmente, esto es de que Dios nos ha perdonado y sanado de
todos nuestros males, por el poder sobrenatural de su propia
fe, santa y eternamente honrada, hacia cada uno de nosotros,
en nuestros millares, de todas las razas, pueblos, linajes,
tribus, y reinos en toda la tierra. Es decir, que ha sido el
Padre Celestial, quien por medio de su espíritu de fe, de su
corazón santo, hacia el nombre bendito y la vida gloriosa de
su Hijo, nos ha declarado libres para siempre, de todos
nuestros pecados y males eternos, para ser hechos sus hijos e
hijas, para su nuevo reino celestial, en el más allá.
Es decir, también, de que Dios ya nos había comenzado a sanar
de nuestros males y enfermedades terribles de nuestros
corazones, de nuestros espíritus humanos y de nuestros
cuerpos corporales e espirituales, en el nombre, la vida y la
sangre sagrada de su Hijo, el Señor Jesucristo, mucho antes
que los males del enemigo comenzasen a manifestarse en
nuestros cuerpos.
Por lo tanto, todas nuestras enfermedades y males eternos de
nuestras vidas, de hoy en día y de siempre hasta del más allá
también, como el paraíso, por ejemplo, Dios mismo ya las
había vencido y puesto fin eterno a cada una de ella, en el
mismo espíritu de fe, del nombre sagrado de su Hijo amado, ¡
el Señor Jesucristo! En otras palabras, que el espíritu de
fe, del nombre de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, el cual
él siempre ha requerido de nosotros, para amarnos y para
bendecirnos día a día y hasta siempre, comenzó en él, en su
mismo corazón y en su misma alma santísima, para que se
regase en todos nosotros, en toda la tierra.
Es por eso, que si creemos en nuestros corazones y confesamos
su nombre redentor de su Hijo amado, el Señor Jesucristo,
entonces somos hechos libres de nuestros pecados y de sus
muchas enfermedades eternas, en nuestros corazones y en
nuestros espíritus humanos, también, hoy en día y por
siempre, en la eternidad venidera, en el nuevo reino de los
cielos.
Por esta razón, el que esté enfermo y sufre su mal día a día,
ha de ser porque aun permanece su corazón y su alma viviente
perdido, o perdida, entre las profundas tinieblas del más
allá, de gran maldad y de destrucción eterna, de Lucifer y de
sus ángeles caídos, por ejemplo. Cuando Dios mismo, desde el
comienzo de todas las cosas y de la vida del hombre, ya había
declarado, por medio de su espíritu de fe, de su palabra y de
su nombre santo: sanidad y salud eterna para todo hombre,
mujer, niño y niña, en el paraíso y en la tierra, también,
comenzando con Adán y Eva, por ejemplo.
Es decir, que todo aquel que sufre su enfermedad hasta morir
en ella, en cualquier lugar del mundo, ha de ser por la
simple razón de que el nombre de Jesucristo no le ha nacido
en su corazón todavía, tal como lo ha mandado Dios mismo, en
su sagrada escritura, su evangelio, desde el comienzo con
Adán, en el paraíso. En efecto, fue por esta razón, de que el
Padre Celestial envió a su Espíritu Santo primero, génesis
1:2, y luego a su Hijo amado, Jesucristo, para entregarles
poderes y autoridades de parte de él, a todos los hombres y
mujeres de la tierra, comenzando con la vida pecadora de Adán
y de Eva.
Además, Dios ha hecho esta gran misericordia antigua y
celestial para con todos nosotros, comenzando con Adán, para
glorificar su nombre santo y eternamente glorioso. Y con el
fin de destruir a cada una de las tinieblas de Lucifer, para
echar fuera espíritus inmundos y sanar todas clases de
enfermedades de todos los hombres, mujeres, niños y niñas, de
todas las familias de la tierra, comenzando con la casa de
Israel, de hoy en día y de siempre, por ejemplo, con el resto
del mundo.
Es decir, también, que el poder sobrenatural de la medicina
que sanaría eternamente y para siempre cada una de tus
enfermedades, en ti o en lo tuyos, por ejemplo, mi estimado
hermano y mi estimada hermana, está en tan sólo creer en tu
corazón y confesar con tus labios, de que el Señor
Jesucristo: es el Hijo amado de Dios. Por eso, tu único
posible salvador celestial de tu alma y de toda tu vida, en
esta vida y en la vida venidera, en el más allá, en el reino
de Dios, es como en los días del paraíso con Adán, por
ejemplo, o como en los días de los primeros antiguos de la
tierra, el Ángel del Señor, ¡Jesucristo!
Ahora, si hoy en día, por ejemplo, tú o alguien que conoces
están sufriendo su enfermedad incurable, incurable por las
manos de los hombres, de su corazón o de su cuerpo, ha de ser
entonces porque el nombre del Señor Jesucristo aun no le ha
nacido en su corazón. Y esto es muerte, para cualquier
hombre, mujer, niño o niña de todas las familias de la
tierra. Por eso, su corazón y su alma viviente permanecen en
eterna oscuridad del más allá, para seguir sufriendo su mal
terrible, hasta que finalmente pasa de esta vida a la
siguiente o hasta que, por la misericordia celestial: cree en
su corazón y confiesa con sus labios: el nombre de su sanador
y redentor eterno, ¡el Señor Jesucristo!
Además, Dios no desea que ningún hombre, mujer, niño o niña
de todas las familias de la tierra, permanezca un sólo
instante más de su vida preciosa para Dios y para su
Jesucristo en las manos de gran maldad y del engaño eterno,
de Lucifer y de sus ángeles caídos, sino lo contrario.
Realmente Dios desea solamente que reciban a su *Jesucristo,
en sus corazones y en todas sus vidas terrenales y
celestiales, también, la cual es su más alta bendición
celestial, para ángeles en el cielo y para la humanidad
entera en la tierra, eternamente y para siempre.
Por eso, Dios desea que cada uno de sus fieles a su nombre
santo de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, que ha recibido
de él muchas cosas y la vida eterna por gracia en el más
allá, pues entonces por gracia también den a los demás: de su
palabra y de su nombre eternamente honrado, sin disminuir
nada de él. Por ello, Dios desea que hagan toda esta su
voluntad perfecta y celestial, sin jamás escatimar nada de
nada de él, ni de su Espíritu Viviente, en todos los rincones
de la tierra, de hoy en día y de siempre.
Por esta razón, Dios mismo ha hecho, desde el principio de
todas las cosas en los cielos: a cada hombre, a cada mujer, a
cada niño y a cada niña, de todas las familias, razas,
tribus, linajes y reinos de la tierra: "miembros perfectos
del cuerpo del Señor Jesucristo", en la tierra y en el cielo,
para la eternidad venidera. Porque así lo ha deseado Dios
desde el comienzo de todas las cosas: Ha hacer a cada ángel y
a cada hombre miembro eterno de su Hijo amado.
Pues bien, como son miembros perfectos del cuerpo santo y
eternamente glorioso del Señor Jesucristo, por voluntad
perfecta de Dios, cada hombre, mujer, niño y niña, que ha
creído en su corazón y confesado con sus labios: el nombre
del Señor Jesucristo, entonces ha de ser guiado por el poder
sobrenatural del Espíritu Santo hacia su sanidad y salud
eterna.
En verdad, esto ha de ser en cada uno de ellos, en sus
millares, en todos los lugares de la tierra y del reino de
los cielos día a día y hasta siempre, hasta aun en el más
allá de la nueva eternidad venidera de Dios y de su precioso
y eternamente glorioso Árbol de vida eterna, su Jesucristo.
Además, fue por esta razón, de que todos aquellos, de los que
eran atormentados por las enfermedades terribles de Lucifer y
de sus ángeles caídos, por ejemplo, entonces eran sanados al
creer en sus corazones y confesar con sus labios: el nombre
salvador del Señor Jesucristo.
Realmente, cuando el nombre del Señor Jesucristo entraba en
sus corazones y en sus cuerpos corporales e espirituales, al
creer en él y en su obra perfecta, confesada por sus labios,
en aquel momento los espíritus inmundos tenían que salir de
ellos inmediatamente, dejándolos entonces libres de todos sus
males y ataduras del más allá. (En efecto, esto es verdad hoy
en día, también, para que el hombre que esté enfermo de
cualquier mal del poder del enemigo y de las tinieblas del
más allá, entonces pueda ser hecho libre en un momento de fe
y de oración, en el nombre del Señor Jesucristo ante el Padre
Celestial, que está en los cielos.)
Además, fue por esta razón también, de que el Señor
Jesucristo caminaba día y noche sobre toda la tierra de
Israel, predicando así el espíritu de amor del Padre
Celestial hacia él y hacia cada uno de sus hermanos y de sus
hermanas, con el fin de que crean en él y en el plan de
salvación de Dios. Es decir, para que ellos crean en su amor
celestial y en su nombre glorioso, como los ángeles de los
cielos, por ejemplo, y entonces sean hechos libres, en un
instante de fe y de oración a Dios, y libres de verdad, de
todos sus males terribles en la tierra y en el más allá,
también, para siempre.
Verdaderamente, en los días del Señor Jesucristo, las gentes
que venían a él, eran entonces sanadas en un instante de fe,
con tan sólo verlo, o tocarlo a él o su vestidura. Es decir,
que los enfermos y agobiados por el enemigo, entonces eran
hechos libres de todos sus males aun de los más terribles de
sus vidas; es más, jamás ningún hombre, mujer, niño o niña
enferma, que se acerco a él, fue rechazado, para que siga
sufriendo su mal o la enfermedad de su cuerpo. En verdad, el
Señor Jesucristo jamás hizo esta maldad con nadie, ni menos
con los hijos y las hijas de la casa de Israel.
En realidad, Dios siempre sano y libro de todos sus males a
cada una de las personas que se acercaban a él, en el nombre
santo y eternamente honrado de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo! (Y lo mismo es verdad, hoy en día, en todos los
lugares de la tierra, en donde su palabra y su nombre santo
son predicados día a día a las gentes, que siempre necesitan
de Dios y desean ver la vida y la salud eterna, en sus vidas
en la tierra y en el más allá, también, en el cielo.)
Es decir, que Dios mismo ha de bendecirte desde el cielo, de
igual manera como ha bendecido y redimido a los antiguos, si
de tu corazón y de tus labios oyese él con sus oídos santos
solamente el nombre de su Hijo amado, el Señor Jesucristo.
Seriamente, eso es todo lo que Dios pide de ti, en esta hora,
de la misma manera que se lo pidió a Adán, Eva y a todos los
antiguos, para entonces él comenzar a hacer su obra santa y
perfecta, en tu corazón y en toda tu alma viviente, también,
mi estimado hermano y mi estimada hermana.
OH DIOS, PADRE ETERNO, SÓLO TÚ ERES MI ALABANZA
Sáname, oh Padre Celestial, en el día de hoy, y seré sano de
todos mis males, en el poder sobrenatural de tu nombre
viviente. Sálvame, y seré salvo del poder del enemigo, en la
eternidad; porque tú eres mi alabanza, en mi corazón y en los
labios de mi alma viviente, también, en la tierra y en el
paraíso, para siempre. No permitas que el mal del enemigo me
haga daño, en ningún momento de vida, ya que he creído en tu
obra santa y eternamente perfecta, la cual ha tomado lugar
sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén,
en Israel.
Además, yo soy tu hijo, por ese motivo de fe y de gran
admiración, te amor desde siempre para la eternidad. Pues te
amo de todo corazón, por haberme amado, no tan sólo cuando
era vivía en mi pecado, sino que me has amado aun cuando esta
hundido y profundamente perdido en la oscuridad eterna del
polvo de la muerte, en el corazón de la tierra. Por lo tanto,
te pido que me des de ti, día y noche de tus muchas
bendiciones para que mi corazón y todo mi espíritu humano se
gocen en ti y en la gloria celestial de tu nombre sagrado, ¡
el Señor Jesucristo!
Pues que en ti he confiado, por tanto, no dejes que tu
enemigo antiguo haga con mi corazón y con mi alma: el mal que
le ha hecho a otros desdichados del paraíso y de la tierra,
que no han conocido tu nombre bendito y lo saludable que se
siente, cuando se lo honra en lo profundo del corazón. Por
tanto, sólo tú eres el Dios de mi vida, en el principio, de
todas las cosas en la tierra y en el más allá, también, en tu
nuevo reino celestial.
Es por eso, que fuera de ti, no conozco otro Dios igual, tan
poderoso y tan glorioso en que todas las huestes santas del
reino de los cielos se postren para adorar y honrar día y
noche, por los siglos de los siglos. Por eso, también, te
pido Padre Celestial que no sólo me sanes a mí y a los míos,
de todos los males del poder terrible y sobrenatural, de las
profundas tinieblas del más allá, sino que también hagas
verdad y misericordia con cada hombre, con cada mujer, con
cada niño y con cada niña, de todas las familias de la
tierra.
Pues sólo en ti está, en la tierra y para la eternidad,
nuestra salud eterna, para vivirla, para gozarla eternamente
y para siempre. Y lejos de ti, no conoceremos jamás la vida,
ni menos la felicidad de saber amarte y honrarte día a día y
por siempre. Realmente esa vida gloriosa y sumamente honrada
que tú mismo nos has dado a cada uno de nosotros, en toda la
tierra, al permitir que tu Hijo deje su trono de gloria en el
cielo, para descender a la tierra, y nacer de mujer virgen,
como cualquier otro hombre, pero sin la mancha del pecado, de
la sangre de Adán.
Por cierto, esa vida es justamente para cada uno de nosotros
hoy en día y por siempre, es decir, la vida misma, ni más ni
menos, de tu Jesucristo, el Hijo de David, el Santo de
Israel, hoy y por siempre en la eternidad venidera. Por lo
tanto, ha sido ésta vida celestial y mesiánica, que el
enemigo numero uno "de toda *verdad y de toda justicia",
Lucifer, ha tratado día y noche, desde los días de la
antigüedad, hasta nuestros días, de destruirla, sin jamás
lograrlo.
Ya que, has sido siempre tú, oh Dios nuestro, Padre
Celestial, que se le a opuesto en contra de él, cada vez que
lo ha tratado de destruirla, con el fin malvado y cruel de
arrancarla violentamente del corazón y de la vida de cada
hombre, mujer, niño y niña de toda la tierra, hasta hoy en
día, por ejemplo. Es decir, que ésta misma vida de su
Jesucristo, la cual Dios desea instalar en tu corazón y en
toda tu alma, también, para que vivas y así llegues a ver la
vida eterna, en su nuevo reino: el enemigo numero uno de tu
corazón haya intentado infelizmente de desprestigiarla, con
el fin de borrarla de tu vida, para siempre.
Es por eso, que siempre has tenido todas clases de conflictos
y sinsabores en tu corazón y en tu vida para entonces
Lucifer, con la ayuda de sus espíritus inicuos, en los
corazones de las gentes de maldad y de gran mentira, tratar
de alejarla más y más de ti o alejarte más y más de ella, sin
lograrlo jamás. Porque hoy en día, por ejemplo, estás delante
del Padre Celestial para recibir más y más de su Espíritu y
de su Jesucristo, para bien eterno de tu corazón y de tu alma
viviente, también.
Por ende, tu enemigo numero uno, Lucifer, no lo ha logrado
aun, por más que lo ha intentado una y otra vez, sin
lograrlo. En realidad, ha sido la mano de Dios a tu favor,
por la cual el enemigo de tu vida ha sido vencido siempre, y
no porque seas fuerte en ti mismo ante Satanás, sino porque
Dios mismo pelea por ti y por lo tuyos día y noche y sin
cesar, ni por un solo instante para descansar de su trabajo.
Y, por eso, digo sin lograrlo Lucifer en tu corazón y en toda
tu alma, porque hoy en día estás delante del SEÑOR para
aceptar su palabra y su nombre salvador en tu vida, para
vivir con él, el resto de tu vida en la tierra y toda tu
nueva eternidad, en su nuevo paraíso celestial, en el más
allá.
Por esta razón, Dios ha de seguir bendiciéndote y ayudante,
al tocar tu corazón y lo más íntimo de tu alma, hasta que
despiertes hoy mismo o una de estas mañanas de tu vida: en la
luz de la verdad y de la justicia bendita y eternamente
honrada de su Jesucristo. Para que entonces tu corazón ya no
viva en las tinieblas eternas de las palabras de mentira, y
llenas de muerte eterna de Adán y del enemigo, tinieblas de
las cuales están en tu alma y en tu sangre, sólo hasta que
confieses a tu salvador en tu corazón y con los labios de tu
espíritu, el nombre de Jesucristo.
Puesto que realmente sólo en el nombre del Señor Jesucristo
es que está nuestro perdón de pecados, la sanidad de nuestros
cuerpos, y la redención eterna de nuestras almas vivientes,
en la tierra y en el paraíso, para siempre. Porque la verdad
es que Dios jamás ha perdonado el pecado de ningún hombre,
mujer, niño o niña con otro nombre u otro ser santo, que no
sea el nombre bendito y sumamente glorioso de su Hijo amado,
¡el Señor Jesucristo!
Por lo tanto, hoy es el día de tu gran sanidad espiritual, en
tu corazón, en tu sangre, en tu espíritu humano, en tu alma
viviente y en tu vida, terrenal y celestial, también. Porque
no hay salvación para ningún ángel, ni hombre de la tierra,
que no sea tan sólo en el creer en el corazón y confesar con
los labios: el nombre sobrenatural del Señor Jesucristo. Por
ende, la medicina eficaz para cada uno de nuestros males,
enfermedades, dificultades, conflictos y tinieblas de
nuestras vidas, es el nombre ungido por el Padre Celestial de
su Jesucristo, para que habite en nuestros corazones, durante
nuestras vidas por la tierra y por nuestros nuevos días
largos y eternos, en su nuevo reino celestial, La Nueva
Jerusalén Eterna.
EL NOMBRE DEL SEÑOR JESUCRISTO SE HACE FUERTE EN TI
Fue por eso que el Señor Jesucristo se hizo fuerte en los
días de la antigüedad en Israel, por la fe en su nombre que
sus discípulos confesaban delante de las gentes, hebreas y
gentiles, especialmente de todas ellas que se encontraban
agobiadas de Satanás y llevando sus enfermedades terribles en
sus cuerpos día a día y sin remedio alguno. Pero en el nombre
santo del Señor Jesucristo mucho de ellos fueron sanados
milagrosamente, en sus momentos de oración y de fe, de todas
sus enfermedades de sus corazones, de sus almas vivientes y
de sus cuerpos corporales e espirituales, también.
Por esta razón, la gente le daba gloria a Dios abiertamente y
sin ocultarse de nadie jamás, por las muchas misericordias
manifestadas a ellos día a día y hasta siempre, en el nombre
de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Porque ellos mismos
que estaban enfermos y amarrados de las cadenas de Satanás,
entonces reconocían públicamente de que habían sido hechos
libres de todos sus males, en el poder sobrenatural del
nombre bendito del Señor Jesucristo.
Por lo tanto, fue ésta confesión del espíritu de la fe, que
es *despertada por el espíritu del Señor Jesucristo mismo,
entonces muchas de las tinieblas que estaban reinando en
aquellos tiempos en Israel y en sus alrededores, si no todo
el mundo antiguo, por ejemplo, fueron destruidas y enviadas a
sus lugares eternos, en el más allá, en el infierno. Es por
eso, de lo que antes era sombra en Israel o hasta oscuridad
eterna, entonces por solo la confesión de fe, del nombre
sagrado del Señor Jesucristo, en los corazones de las gentes:
Pues entonces muchos lugares se volvieron luz y luz de vida y
de salud eterna para mucha gente, hasta hoy en día, por
ejemplo.
Para que los que podían creer en sus corazones y confesar con
sus labios, como los discípulos y los apóstoles, por ejemplo,
de que el Señor Jesucristo era el Hijo amado de Dios,
entonces recibían automáticamente el milagro del perdón de
sus pecados, la salud de sus vidas y la salvación eterna de
sus almas vivientes, en el cielo. Y esto es algo que
realmente ellos sentían en sus espíritus humanos, de cómo la
mano y el mismo Espíritu de Dios invadía sus cuerpos
corporales e espirituales, para desalojar a cada una de las
tinieblas del enemigo y de sus espíritus inmundos, también,
con el fin de darles una vida mucho mejor que la de antes.
Además, por ésta confesión de fe, del nombre del Señor
Jesucristo, entonces muchos recibían "verdad y justicia
eterna" en sus corazones y en sus almas vivientes, también,
como nunca antes en sus vidas, para ser hechos libres, en un
momento de oración y de fe, y libres eternamente de todos los
poderes terribles del más allá, del mundo bajo. Por tanto,
esta victoria del nombre del Señor Jesucristo realmente se
volvió virtud en todo Israel, en los corazones de las gentes,
hebreas y gentiles, también, para cumplirse la palabra de
Dios, de que él mismo les había dado a todos los israelíes:
tierras que fluyen leche y miel.
Ahora, si esto es verdad, entonces, ¿qué más leche y miel en
toda la tierra, que la misma tierra de Israel, la tierra de
la antigüedad escogida por el mismo dedo de Dios? Y esta
leche y miel de Israel y de su Mesías han sido realmente,
hasta hoy en día, también: las mismas obras gloriosas y
eternamente santas del nombre del Señor Jesucristo, para
libertar al cojo y hacerlo caminar otra vez, de darle vista
al que no la tenia para que pueda volver a ver y ver el más
allá, también. Y, además de todo, de darle salud al corazón
que se encontraba agobiado por los azotes del mal del
enemigo, y hasta aun de darle vida y salud eterna a los que
ya estaban en sus tumbas, muertos en sus delitos y pecados,
pero en su misericordia los levantaba Dios a la vida otra
vez, para que nunca mueran jamás.
Por eso, si hoy en día, por ejemplo, el nombre del Señor
Jesucristo se hace fuerte en tu corazón, mi estimado hermano
y mi estimada hermana, entonces el mismo perdón de pecados y
cada una de las bendiciones que los antiguos gozaron día a
día, para derrotar a cada una de las tinieblas del más allá,
están en ti, también. Y esto es de derrotar todos a los
poderes del enemigo, de los que les estaban agobiando sus
vidas, por cierto, hasta querer destruir sus vidas;
ciertamente, todas estas tinieblas han de ser destruidas una
a una en ti también, desde hoy mismo y para siempre. Y sólo
así, entonces has de gozar de salud y de vida en tu corazón y
en todo tu ser viviente, en la tierra y en el paraíso, de la
misma manera.
Es decir, también, que Dios está hoy en día tan listo para
perdonar tus pecados, sanarte de todos tus males y darte vida
y salud eterna con la vida, la sangre y el nombre de su
Jesucristo, como lo hizo en los primeros días, por ejemplo,
con cada hombre, mujer, niño y niña de todas las familias de
Israel, en los días de la antigüedad. Porque para Dios no hay
diferencia entre el ayer o el día de hoy, sino que para Dios
todos los días son iguales.
Es decir, de que Dios te ha de bendecir de la misma manera
que perdono a los antiguos para entregarles cada uno de sus
milagros, maravillas y grandes honores infinitos de su nombre
santo y eternamente glorioso, en el corazón de cada uno
ellos, si tan sólo tú también le crees a él, por medio de su
Hijo amado, Jesucristo. En verdad, eso es todo lo que Dios
esta requiriendo de ti y de cada uno de los tuyos, para
entonces él mismo poder comenzar a hacer cada unas de sus
grandes obras del pasado y aun mayores que las primeras, para
glorificar su nombre santo, en tu corazón y en el corazón de
cada uno de los tuyos, también.
Además, no es tanto Lucifer poniéndose de por medio, entre tú
en la tierra y Dios en el cielo para que muchas de estas
bendiciones de Dios, si no todas, lleguen a ti día a día y
hasta siempre aun más allá de tu nueva vida eterna, en el
nuevo reino de Dios y de su Jesucristo, sino lo contrario.
Realmente eres tú mismo que está de por medio, interrumpiendo
la bendición o las muchas bendiciones de tu vida, por tu
falta de fe, de no creer en tu corazón y de no confesar con
tus labios: el nombre de Jesucristo, para "cumplir toda
justicia y toda verdad" en ti mismo, hoy mismo y por siempre,
en la eternidad vendiera.
EL QUE ESTÉ ENFERMO, EN EL NOMBRE DE JESÚS SE HA DE LEVANTAR
Por lo tanto, nosotros mismo, de todos los que hemos creído
en el nombre del Señor Jesucristo en nuestros corazones y así
confesado con nuestros labios: Tenemos poder, y aun poderes
más poderosos y sobrenaturales que los antiguos, por ejemplo,
porque Jesucristo ha traspasado el corazón de la tierra para
resucitar en el Tercer Día, en la gloria celestial de Dios.
Y, además, de todo el Señor Jesucristo mismo manifestó que
todo lo que él ha hecho lo podremos hacer también. Y aun
mayores de todo lo que hizo en la tierra hemos de hacer
nosotros, también, porque él va de regreso al Padre
Celestial, en el cielo.
Por esta razón, el Señor Jesucristo está sentado a la diestra
del Padre Celestial, en el reino de los cielos, para abogar
por cada uno de nosotros, a toda hora en el poder de su amor,
de su misericordia y de su infinita verdad. Por lo tanto, hay
medicina celestial para nuestros males y enfermedades de
nuestros corazones y de nuestros cuerpos corporales e
espirituales, también, en todo tiempo de nuestras vidas por
la tierra, hoy en día y hasta siempre, en el reino de los
cielos.
Es por esta razón, de que sí realmente: ¿Está enfermo alguno
de ustedes, mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas,
pues busque de Dios primero? Que llamen a los discípulos de
la iglesia de Jesucristo, y que oren por Él o por Ella:
ungiéndole con aceite en el nombre del Padre Celestial, del
Hijo y del Espíritu Santo. Y la oración de fe dará salud al
enfermo, y el Señor lo levantará al instante y sin más demora
alguna. Y si ha cometido pecados, le serán perdonados,
también, para que su corazón conozca que Dios es quien lo ha
redimido de su mal, con el fin de que honre su nombre santo
con sus labios, hoy en día en la tierra y por siempre, en la
eternidad venidera, en el más allá, en el nuevo reino de los
cielos.
Por lo tanto, si estás enfermo o enferma, entonces clama al
Padre Celestial, en el nombre de su Jesucristo, para que él
mismo comience a tocar tu corazón y todo tu cuerpo, hasta
sanarte. Y sanarte, él mismo, hoy en día, de cada una de tus
dolencias, de cada una de tus tinieblas más terribles de tu
corazón y de tu cuerpo, en el poder sobrenatural de su nombre
bendito y eternamente honrado, honrado desde los días de la
antigüedad y por los siglos de los siglos, para siempre, ¡el
Señor Jesucristo!
Por cuanto, éste es el poder del Padre Celestial, el cual ha
enviado a la tierra, en la vida gloriosa de su Hijo amado, de
sanarnos a cada uno de nosotros, de todos nuestros males, de
los que vemos y sentimos y hasta de los que no (vemos y
sentimos también). Y hoy en día, Dios mismo te lo está
entregando a ti, mi estimado hermano y mi estimada hermana,
para que lo disfrute día a día y hasta siempre en tu vida y
en la vida de los tuyos, también.
Ya que, todas las bendiciones celestiales y terrenales de
Dios, manifestadas en la vida gloriosa de su Hijo amado, el
Señor Jesucristo, son para cada uno de nosotros, en nuestros
millares, en toda la tierra, de los que estamos cerca y de
los que estamos lejos, también. Por eso, nosotros no tenemos
ningún mal, en nuestros corazones, en nuestros cuerpos
espirituales o corporales, por los cuales Dios mismo no tenga
conocimiento, o solución alguna; verdaderamente, Dios ha
bendecido cada día de nuestras vidas por la tierra, para su
nueva eternidad celestial: librándonos así entonces de
nuestros males, en la vida santa y eternamente sagrada de su
Jesucristo.
Es decir, que el poder del pecado, y cada una de sus
enfermedades con sus ángeles impuros y hasta el mismo ángel
de la muerte, ya no tiene poder en nuestros corazones y en
nuestras almas eternas, sino por lo contrario. Nosotros sólo
tenemos vida y vida en abundancia, de salud de nuestros
cuerpos corporales e espirituales, en esta vida y en la vida
vendiera, en el más allá, en el nuevo reino de Dios, para
miles de siglos venideros, con tan sólo creerle a Dios y a su
Jesucristo, en nuestros corazones. Eso es todo lo que Dios
desea que nosotros siempre hagamos por él y por su gloria
infinita: Creerle de todo corazón a su Jesucristo.
De otra manera, hemos de seguir en el mismo peligro de muerte
y de destrucción eterna de nuestros pecados y de las muchas
tinieblas del más allá. Y esto es de las tinieblas, de las
que estén en nuestros corazones y en nuestros espíritus
humanos, de parte de Lucifer y de las palabras llenas de
mentira y de muerte del más allá, por ejemplo, de las que le
creyó a él, Lucifer, en el día de su caída, de la gracia de
Dios, en el paraíso.
En verdad, Dios no desea ver "el mal de Adán" repetirse en
ningún hombre, mujer, niño o niña de todas las familias de la
tierra, sino lo contrario. Dios desea ver a cada uno de
ellos, en sus millares, por toda la tierra: gozando y
viviendo siempre en la vida, la fe, el nombre, la palabra y
los poderes sobrenaturales de su Hijo amado, ¡el Hijo de
David!, ¡el Cristo de Israel y de la humanidad entera, hoy en
día y por siempre!
BENDIGA MI ALMA EL NOMBRE DE JESÚS, ETERNAMENTE Y PARA
SIEMPRE
Por eso, ya que Dios ha sido muy bueno para con cada uno de
nosotros, entonces nuestros espíritus humanos dicen día a día
y hasta siempre: Bendice, oh alma mía, a nuestro Padre
Celestial que está en los cielos, y no olvides ninguno de sus
beneficios jamás. Porque nuestro Padre Celestial es bueno
para con los que son buenos con la vida y con el espíritu de
la palabra y de la sangre eternamente sagrada de su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, en sus corazones y en sus almas
vivientes, en la tierra y para la eternidad.
Ya que, ésta es "la verdad y la justicia redentora" del cielo
y del Padre Celestial para con cada hombre, mujer, niño y
niña, de todas las familias de las naciones del mundo entero,
de el que crea en su Jesucristo, entonces sus pecados les
sean quitados, y no serán recordados jamás, en la tierra, ni
en el cielo, tampoco. Puesto que, nuestro Padre Celestial, en
la vida única de su Jesucristo, es quien perdona nuestras
iniquidades, el que sana nuestras dolencias, el que rescata
del hoyo nuestras vidas, el que nos corona de favores y de
misericordias, hoy en día y para miles de siglos venideros,
en su nuevo reino celestial, ¡La Nueva Jerusalén Santa y
Eterna!
Por ello, ningún hombre, mujer, niño o niña de todas las
familias del mundo, jamás ha tenido una bendición tan grande
de parte de Dios y de su reino, de conocer al Señor
Jesucristo en su corazón, como en los días de hoy, por
ejemplo, por medio de la manifestación, del espíritu de
gracia y de bondades infinitas del evangelio. Por eso, si la
palabra del evangelio de Jesucristo ha tocado la puerta de tu
casa y de tu corazón, por ejemplo, entonces el reino del
cielo se ha acercado a ti, con las más ricas bondades y
poderes sobrenaturales de Dios, de su Espíritu y de sus
ángeles, en sus millares, por doquier, también, para que
vivas eternamente feliz.
Desde que, la verdad es que Dios te ha comenzado a formar en
su imagen y conforme a su semejanza santa para que seas feliz
delante de él, en la tierra y en su nuevo reino celestial.
Porque si tú eres feliz con todos los tuyos, en la tierra y
en el paraíso, como fue en su día con Adán y Eva, por
ejemplo, hasta que se encontró infelicidad en sus corazones,
entonces Dios no podrá ser feliz sin ti tampoco, jamás. Y
Dios no es un Dios que está buscando la infelicidad de nadie,
ni de él mismo, sino lo contrario.
Verdaderamente Dios ha creado a cada una de todas sus cosas,
incluyendo primero a sus ángeles en el cielo y al hombre con
su mujer en el paraíso, para ser con cada uno de ellos
eternamente feliz. Por lo tanto, la felicidad de Dios y de su
Jesucristo justamente es para ti, hoy en día en la tierra y
por siempre, en la eternidad venidera, en tu nueva vida
celestial, en el nuevo reino de Dios.
Efectivamente, esta es, hoy y siempre, para miles de siglos
venideros, en el más allá, la gran ciudad de Dios y de su
Árbol de vida eterna: ¡La Nueva Jerusalén Santa y Eternamente
Gloriosa! Y nuestro Padre Celestial es eternamente feliz en
su corazón santísimo, porque su Ley ha sido justamente
honrada y eternamente glorificada, en el corazón de cada
hombre, de cada mujer, de cada niño y de cada niña en la
tierra y en sus tierras santas, para siempre.
Por eso, tu lugar de eterno gozo y de felicidad sin fin, de
tu corazón y de tu alma viviente, mi estimado hermano y mi
estimada hermana, espera de forma tolerante por ti con Dios y
con su Jesucristo rodeados de la belleza infinita del
Espíritu Santo y de sus millares de huestes angelicales, en
el reino de los cielos. Por esta razón, sólo a él sea la
gloria y la honra de tu corazón y de tu alma viviente, y
nunca más para el hombre de pecado, ni mucho menos para
alguno de los ídolos de talla: de oro, papel, tela, piedra, o
de cualquier otro material mundano o del estado inmundo del
vaticano, por ejemplo, sino lo contrario.
Es decir, que la gloria y la honra sean de tu corazón
solamente para exaltar en la tierra y en el más allá, aquel
que vive por los siglos de los siglos en el cielo, por amor a
ti y por amor a cada uno de los tuyos, sin que ninguno de
ellos jamás se pierda en sus tinieblas, para siempre. Y ser
santo y eternamente viviente que siempre te ha amado en su
corazón santísimo para darte vida y muchas de sus más ricas
bendiciones de su alma viviente y de su Espíritu Santo, es
nuestro Padre Celestial y su Árbol de vida y de salud eterna,
¡el Señor Jesucristo!
SI TOCAS SÓLO LA VESTIDURA DE JESUCRISTO: TE SANAS DE TU MAL
Ciertamente muchas personas han pensado en si mismos,
diciéndose: "Si, creo que sí; si tan solamente tocase el
vestido del SEÑOR, seré curado de mi mal". Y verdaderamente
mucha gente se ha curado milagrosamente, en un momento de fe
y de oración, por ejemplo, al pensar en sus corazones: de
tocar las vestiduras santas del Señor Jesucristo. Y, además,
ellos se han curado aun hasta de sus más terribles
enfermedades de sus corazones y de sus cuerpos corporales e
espirituales ante los ojos de la ciencia y de sus amados,
también.
Efectivamente, Dios ha hecho estos grandes milagros en las
vidas de muchas gentes, a través de los tiempos, porque es
necesario que su nombre sagrado sea honrado en el corazón de
cada uno de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de
todas las familias de la tierra, como en los corazones de los
ángeles en el cielo, por ejemplo. Por lo tanto, Dios ha
enviado de su poder y de su virtud celestial para tocar a
cada una de estas almas, que piensan en tan sólo tocar las
vestiduras del Señor, para ser sanados de sus males y
terribles enfermedades de sus cuerpos.
Pero que te parece, mi estimado hermano y mi estimada
hermana, si realmente no sólo tocases el vestido del Señor
Jesucristo, por ejemplo, sino que ¿el mismo corazón santo del
Padre Celestial? (Y te sugiero, asegurándote, de que
realmente es fácil tocar el corazón del Padre Celestial, en
cualquier tiempo y en cualquier lugar de la tierra, apesara
de que él vive en eterna santidad en su lugar santo, rodeado
de ángeles gloriosos en su reino celestial. Y, por tanto, lo
único que tienes que hacer es de levantar el nombre sagrado
de su Hijo amado, que está en el lugar bajo de tu corazón,
para exaltarlo sobre todas las cosas más preciadas de tu
vida, hoy en día y por siempre. Eso es todo lo que tienes que
hacer: Levantar el nombre del Señor Jesucristo del lugar bajo
de tu corazón pecador, hacia su lugar más alto (de tu
corazón) y honrado de tu vida.)
Porque la verdad es que cuando el hombre levanta el nombre
del Señor Jesucristo que ha estado caído en su corazón por
mucho tiempo, entonces el corazón del Padre Celestial se
comienza a alegrar y a gozar por ti, en el poder sobrenatural
de su Espíritu y de su sangre redentora, en el cielo. Además,
cuando el gozo del Padre Celestial se comienza a levantar
bien en alto, porque tu corazón ha levantado el nombre de su
Jesucristo más alto que todas tus cosas más preciadas en tu
vida, entonces poderes sobrenaturales de grandes bendiciones
y maravillas increíbles comienzan a tomar lugar tu alma y en
todo tu ser, también.
Y esto es poder, poder del cielo en toda tu vida, corporal e
espiritual: Llenando así tu vida de muchas cosas muy buenas,
por cierto, que tú no conocías antes, mi estimado hermano y
mi estimada hermana, ni mucho menos pensabas tenerlas, en
todos los días de tu vida, hasta hoy en día, por ejemplo. En
verdad, hay muchas cosas que Dios y su Jesucristo han creado
por ti y con tu nombre sobre cada una de ellas, en el reino
de los cielos; y tú no lo sabias; ni lo sabes aun, a no ser
que te acerques a él y así comiences a conocer más y más de
ti mismo, en su Jesucristo.
Puesto que, ninguno de nosotros, en todos los lugares y
tiempos de la vida del paraíso y hasta de la tierra de
nuestros días, también, hemos de llegar a comprendernos a
nosotros mismo jamás, ni mucho menos hemos de llegar a
conocernos, como tan sólo Dios nos conoce, si no nos
acercamos a él, y nos quedamos con él, con su Jesucristo. Es
por eso, que no nos entendemos a nosotros mismos, ni muchos
menos vamos a entender a los demás, porque estamos enfermos
sin Dios, es decir, si es que Dios y su Hijo amado no son una
realidad eterna en cada uno de nuestros corazones, en todos
los lugares de la tierra, de hoy en día y de siempre. Y Dios
no desea que el hombre viva un solo día más enfermo en su
pecado, de no conocerlo a él y a su nombre sobrenatural y
redentor de su alma viviente.
Por lo tanto, es la sanidad espiritual, corporal, y hasta
mental de cada ángel, hombre, mujer, niño y niña de todas las
familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos, que
tengan en sus corazones viviendo al Padre con su Espíritu,
llenos de Jesucristo siempre, día a día y hasta aun en el más
allá, también, en el reino de Dios. Porque por esta razón
Dios ha formado con su palabra a cada ángel, arcángel,
serafín, querubín y de más seres santos, como lo fueron Adán
y Eva, en sus días del paraíso, en las manos de Dios, para
que sean cada uno de ellos, no sólo llenos de su Espíritu, lo
cual es muy bueno y loable, pero aun más.
Pero aun mucho más que todo lo de arriba, es decir, llenos
por completo, en sus corazones, en sus almas, en sus cuerpos
corporales e espirituales, y en todo lo que sea sus vidas
siempre en la tierra de hoy en día, y en el reino de los
cielos del más allá: llenos de su Hijo amado, Jesucristo.
Porque todo esto, si se cumple en la vida de cada hombre,
mujer, niño y niña de toda la tierra, entonces la tierra
misma seria llena de la luz del reino de Dios: libre de las
tinieblas antiguas de Lucifer y de sus espíritus inmundos,
por ejemplo, para el gozo de muchos, para miles de siglos
venideros en la eternidad.
Y, además, muy importante, por cierto, sobre todas las cosas,
el corazón de Dios y de su Espíritu Santo serian eternamente
felices de ver a su Jesucristo glorificado día a día en cada
uno de sus seres amados, hombres y ángeles, por doquier en
toda su nueva creación celestial. En verdad, esta es la
felicidad celestial que Dios ha buscado día a día y desde
siempre sobre toda la tierra, en el corazón y en la vida, de
cada uno de sus ángeles, hombres y mujeres de toda la tierra,
hasta encontrarla en ti. Si, hasta encontrarla por fin en ti,
hoy en día, mi estimado hermano y mi estimada hermana, que
has llegado a recibir a Jesucristo en tu corazón, como tu
único redentor celestial, en la tierra y para la eternidad.
JESÚS NOS HA DADO PODER EN SU NOMBRE PARA ECHAR FUERA
ESPÍRITUS INMUNDOS Y SUS ENFERMEDADES
Es por eso, que el Padre Celestial le entrego muchos poderes
muy especiales y sobrenaturales, por cierto, al Señor
Jesucristo para el bien eterno, de cada uno de nosotros, de
todos los hombres, mujeres, niños y niñas de todas las
familias de toda la tierra. Entonces el Señor Jesucristo en
su día de gran gloria y de victoria: llamó a sus doce
apóstoles y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos,
algo que jamás había sucedido en toda la existencia del cielo
y de la tierra, para echar fuera a cada uno de ellos al
infierno, con el fin de sanar toda enfermedad y toda
dolencia.
Y sólo así entonces los pueblos de la tierra, comenzando con
Israel, entendiesen que hay un Dios en los cielos: para
bendecir y sanar a toda la tierra y a cada una de sus
criaturas, también. Porque sólo Dios es quien puede sanar
todos los males del hombre, y no ningún hombre pecador de la
tierra, ni mucho menos ningún ídolo llamado a ser santo o
dios de ellos, como las estatuillas antiguas del vaticano,
por ejemplo.
Entonces la gente creía a la palabra del Señor Jesucristo y
su nombre se hacía grande en sus corazones para bendecirlos,
redimirlos de sus pecados y sanarlos de todos sus males más
terribles de sus corazones y de sus cuerpos corporales e
espirituales, también. En verdad, la gloria que Dios siempre
sonó para con el hombre de la tierra, entonces comenzaba a
hacerse una realidad en las vidas de todos sus hijos e hijas
en Israel y fuera de Israel, también, aun en tierras muy
lejanas y ajenas de verdad a Israel.
Porque la verdad era evidente e irreversible, en aquellos
días, de que el nombre del Señor Jesucristo comenzó ha entrar
y a tomar su lugar justo y real en cada uno de sus corazones,
para bien eterno de ellos y de sus descendientes, por sus
millares, en toda la tierra, hebreos y gentiles, por igual.
Realmente el día había llegado para Dios ver al hombre honrar
en sus corazones y en sus vidas: la vida y el nombre glorioso
de su Árbol de vida y de salud eterna, ¡el Señor Jesucristo!
Además, cuando Dios veía estos días gloriosos y tan esperado
por él y por sus ángeles, también, entonces el corazón de
Dios se glorificaba en gran medida espiritual, al ver como su
Hijo amado lograba exaltar su nombre eternamente sagrado, en
un mundo lleno de las profundas tinieblas del enemigo y del
más allá, también. Y el Señor Jesucristo aun lo hacia todo
muy bien, en medio de los más terribles poderes
sobrenaturales, de las profundas tinieblas de Lucifer y de
sus ángeles caídos en la tierra, algo que por mucho tiempo
fue imposible para Dios ver con sus propios ojos santo, pero
ahora era una realidad total delante de él y de sus ángeles.
Ciertamente su mismo reino celestial se había acercado al
corazón del hombre, a pesar de la presencia profunda, de las
tinieblas de gran maldad del más allá, en toda la tierra,
especialmente en la tierra escogida de Canaán, Israel. Por lo
tanto, esta gloria infinita de seguir honrando y exaltando el
nombre bendito de Dios es aun, hoy en día, una realidad, en
el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña, de todas las
familias, de las naciones del mundo entero.
En vista de que, la gloria de exaltar el nombre de Dios y de
su Jesucristo en el corazón de cada ser viviente, ha de tener
que ser una realidad infinita, en el corazón de todos los
hombres y de todas las mujeres de la tierra. Para que
entonces ya no quede ninguna tiniebla de maldad, ni mucho
menos de enfermedad alguna, debajo del cielo, para seguir
afligiendo el cuerpo y el alma viviente del hombre, y sólo
entonces todo sea finalmente luz -y luz de salud y de vida
eterna- del Árbol de vida de Dios, a lo largo y lo ancho del
mundo entero.
Dado que, éste Árbol de vida de Dios, el cual siempre ha
estado en su lugar de siempre, en el epicentro del paraíso,
tiene que finalmente también tomar su lugar eterno, en la
tierra, es decir, en la tierra de Israel como en su día de
gloria eterna lo fue, y también en tu tierra, en donde has
nacido para el mundo. Y esto ha de llegar a ser en la misma
tierra de Canaán, Israel, en su epicentro de gloria perpetua,
para darle luz y luz infinita sobre todos los rincones de la
tierra, hasta que ninguna luz del enemigo, tinieblas u
oscuridades profundas de gran maldad, se pueda nunca más
esconder de la vista de sus habitantes.
Y sólo así entonces todo ha de ser sanidad y salud eterna en
todos los rincones de la tierra para todo hombre, mujer, niño
y niña de todas las familias, razas, naciones, pueblos,
tribus, linajes y reinos del mundo entero. En verdad, cada
una de las tinieblas que han afligido al corazón y a los
cuerpos espirituales y carnales de los hombres, mujeres,
niños y niñas de la tierra, ya no existirán, sino que la
realidad ha de ser otra.
Pues ciertamente desaparecerán eternamente y para siempre
cada una de estas tinieblas del más allá de sobre la faz de
la tierra, porque la luz del evangelio de la vida gloriosa y
sumamente honrada de Jesucristo habrá tomado su lugar, para
nunca más volverla a perder por culpa de nadie, ni mucho
menos por las palabras de mentira de Lucifer. Es decir, no
volver a perder el mundo del paraíso y de la tierra de
nuestros días, por ejemplo, por culpa del hombre, como la
culpa de Adán y de Eva, o como tu culpa y la culpa de los
tuyos, también, mi estimado hermano y mi estimada hermana.
Por ello, desde hoy mismo, nosotros debemos de caminar en la
luz del evangelio bendito del Señor Jesucristo, para que
todas las tinieblas dejen de ser en la tierra. Y sólo así
entonces ya no hemos de ser afligidos por ellas, sino que
hemos de vivir en el poder de la luz sobrenatural de salud y
de sanidad eterna del Señor Jesucristo, eternamente y para
siempre. Porque realmente ésta es la luz que Dios ha señalado
que reinase sobre toda la faz de la tierra, la luz de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo! Esto es el mismo Señor
Jesucristo latiendo vida en tu corazón día y noche y sin
cesar en la tierra y por siempre en el infinito, en el más
allá, en el nuevo reino de los cielos, de Dios y de su Árbol
de vida y de salud eterna, su Cordeo Inmolado.
PREDICANDO EL EVANGELIO DE JESÚS, LA GENTE SE SANARA DE SUS
MALES Y PECADOS MORTALES
Es por esta razón, de que cada hijo e hija de Dios, cuando
salga a predicar el evangelio de Dios y de su Jesucristo,
entonces prediquen a las gentes, diciéndoles: "El reino de
los cielos se ha acercado a cada uno de todos ustedes, desde
la tierra escogida por el dedo de Dios, hacia todos los
confines del mundo entero". Y si les creen, entonces sanen
enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, echen fuera
enfermedades, problemas y todos los espíritus inmundos del
corazón y de la vida de cada uno de ellos.
Por eso, si de gracia han recibido, pues entonces den de
gracia, también, a todo que se acerque a Dios y a su palabra
viviente. Porque poder del cielo ha descendido a Israel,
desde los días de la antigüedad, día a día y hasta siempre,
para bendecir, a cada uno de todos los hombres, mujeres,
niños y niñas, de toda la tierra, sin dejarle a ninguno de
ellos su bendición celestial de parte de Dios y de su
Espíritu Santo.
Por cuanto, Dios mismo ha dado ordenes muy especiales de
todos sus hijos y de todas sus hijas de todas las familias,
razas, pueblos, linajes, tribus y reinos, para que reciban
sus bendiciones espirituales de parte de él, para vivir una
vida sana y justa delante de él, en la tierra y en el
paraíso, también, para siempre. Además, Dios ha enviado a su
Espíritu y a su Hijo amado a la tierra que fluye leche y miel
de la palabra y de la vida de Jesucristo, para sanar todos
los corazones de los hombres, mujeres, niños y niñas de todas
las naciones del mundo entero.
Ya que, de esta manera única entonces Dios mismo va a
destruir a cada una de todas las más terribles tinieblas del
más allá, con el fin de que todo sea luz en toda la faz de la
tierra, desde hoy y hasta siempre, hasta la eternidad
venidera, en el más allá, en su nuevo reino celestial. Y sólo
así entonces la perfecta voluntad de Dios ha de ser una
realidad infinita en toda su creación, incluyendo el paraíso
que Adán perdió por culpa de su tiniebla en su corazón
engañado -engañado ciegamente- por las palabras de doble
sentido y llenas de maldición y de muerte eterna, de Lucifer
y de la serpiente antigua, por ejemplo.
Pero todas estas maldiciones y maldades eternas del pecado
han terminado para la vida de cada hombre, mujer, niño y niña
de toda la tierra, si tan sólo el nombre del Señor Jesucristo
viviese en su corazón y se oyese para Dios de sus labios,
cada vez que sus oraciones y alabanzas son levantadas al
cielo. Porque ha sido el Señor Jesucristo, con su sangre
santa y eternamente honra, que la ha dejado correr, en el día
señalado por el Padre Celestial, sobre su roca eterna, en las
afueras de Jerusalén, en Israel, para ponerle fin al pecado
de Adán, de una vez por todas y para siempre.
Por lo tanto, el Señor Jesucristo es Señor y luz eterna para
destruir el pecado y su enfermedad eterna, del corazón y del
cuerpo humano, de todo hombre y de toda mujer de la tierra,
si tan sólo su nombre es creído en sus corazones y confesado
con sus labios ante Dios y ante todos sus ángeles santos, en
los cielos. Porque esta confesión de fe, del nombre sagrado y
sobrenatural de Señor Jesucristo, en el corazón y en los
labios del hombre, es que hace que todas las tinieblas de la
tierra dejen de ser, o de reinar, en su vida con sus
enfermedades y con sus maldiciones, de las que se ven y de
las que no (se ven), también.
Puesto que, la verdad es que Dios mismo ha enviado a su
Espíritu y luego, en su día de gloria eterna, al Señor
Jesucristo a su tierra escogida, para darse a sí mismo a toda
la humanidad, comenzando con la casa de Israel, por ejemplo.
Para que entonces desde Israel, cada una de las tinieblas de
gran mentira y de gran maldad de Lucifer y de sus ángeles
caídos sea destruida, con sus poderes y con sus autoridades
muy especiales, por cierto, de parte de él, desde su trono
santo y su altar sagrado, sagrado por la sangre de
Jesucristo, en los cielos.
Y sólo así entonces Dios ha de poder hacer feliz: el corazón
y el alma viviente de cada hombre, mujer, niño y niña de
todas las familias de la tierra, porque sus tinieblas
desaparecerán, de una vez por todas y para siempre, de sus
corazones y de sus cuerpos espirituales y corporales,
también. Porque las tinieblas de las palabras llenas de
maldad y de mentira de Adán y de Eva, por ejemplo, las cuales
llegaron a ellos de parte de Lucifer, han de dejar de ser en
sus sangres humanas, para siempre.
Por tanto, la sangre de Jesucristo ha de correr por sus venas
para reinara en sus vidas en la tierra y en el paraíso,
también, en el más allá de Dios y de su Jesucristo, el Árbol
de vida y de salud eterna, para todo hombre de la tierra y
para todo ángel del cielo, también, para siempre. Y sólo
entonces, una vez que ninguna tiniebla del más allá toque o
reine en el corazón y en el alma viviente del hombre: la
felicidad ha de florecer día a día hasta aun más allá del
infinito, porque la verdad y la justicia de Dios y de su
Jesucristo han de reinar en su vida, eternamente y por
siempre.
De hecho, esta es la verdadera vida celestial, libre del
pecado y de sus tinieblas de maldad, por la cual Dios siempre
había deseado para todo hombre, mujer, niño y niña de todas
las familias de la tierra, desde los días de la antigüedad y
por siempre, en la eternidad venidera, en el más allá, en su
nuevo reino celestial. Y esta es verdaderamente la vida que
el Señor Jesucristo le ha ofrecido a todo hombre en la
tierra, comenzando con Adán, por ejemplo, en el paraíso, para
que coma y beba siempre de su fruto de salud y de vida
eterna, y así nunca tenga que morir por culpa del pecado de
su corazón y de su alma viviente.
TODOS USTEDES, DE LOS QUE CREEN EN SU NOMBRE, SON DEL CUERPO
DE JESUCRISTO
Ahora bien, mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas,
ustedes mismos son "el cuerpo del Hijo amado de Dios", el
Señor Jesucristo, hoy en día en toda la tierra para la
eternidad venidera, en el reino de los cielos, para siempre.
Y esto es de la misma manera, como lo fueron los apóstoles y
los discípulos del Señor Jesucristo, por ejemplo, en los días
de la antigüedad para Dios y para su Espíritu Santo, aunque
parezca difícil creerlo así en tu corazón. Por eso, sin duda
alguna, cada uno de ustedes, en sus millares, en la tierra y
en el reino de los cielos, son miembros suyos
individualmente, para la gloria y para la honra eterna, de
Dios y de su nombre santo.
En verdad, esto es algo que el enemigo de Dios, Lucifer,
siempre ha tratado de destruir con sus palabras de gran
maldad, hacia el nombre sagrado y sumamente honrado por los
ángeles del cielo, el Señor Jesucristo. Es por esta razón,
que a través de los tiempos de tu vida, mi estimado hermano y
mi estimada hermana, has oído tantas maldades dichas en
contra del nombre del Señor Jesucristo, pero ninguna de ella
jamás fue verdad. Realmente cada una de ellas es mentira para
la eternidad; mentiras eternas de las palabras de Lucifer y
de sus ángeles caídos, para engañar más y más el corazón del
hombre ingenuo y así poco a poco separar totalmente a toda la
humanidad de Dios y de su Jesucristo.
Y Lucifer siempre ha hecho todas estas clases de maldades, en
contra del nombre del Señor Jesucristo, en los corazones de
muchos hombres ingenuos y de muchas mujeres ingenuas,
también. Con el fin de que haya sobre toda la faz de la
tierra una enfermedad tan grande y tan grave, para no poder
amar jamás a Dios, ni a su Jesucristo en todos los días de
nuestras vidas, y aun en el más allá también, en el mundo de
los muertos, el infierno.
En la medida en que, todo ser viviente, hombre, mujer, niño o
niña, que jamás ha amado en su corazón el nombre del Señor
Jesucristo, entonces no puede entrar jamás a la tierra santa
del paraíso, el nuevo reino de los cielos de Dios y de su
Árbol de vida eterna, en el más allá. Por lo tanto, su lugar
eterno ha de ser el lugar de todo hombre y de toda mujer de
maldad y de gran mentira, en el más allá, en el abismo, el
infierno candente y eternamente tormentoso.
Por cuanto, la verdad es que todo hombre u ángel caído, que
no ha amado jamás el nombre del Señor Jesucristo en su
corazón, entonces su lugar eterno es entre las llamas
ardientes de la ira de Dios, en el infierno y en el Lago de
Fuego, también, para destrucción eterna de su corazón y de su
alma pecadora. En verdad, Dios jamás ha estado interesado que
la tierra se enferme, por su falta del espíritu de fe, del
nombre del Señor Jesucristo. Por la simple razón de que Dios
no desea ver jamás a ningún hombre, mujer, niño o niña morir
terriblemente y para siempre, entre las llamas candentes y
eternamente violentas del infierno y del Lago de Fuego, en el
más allá, sino lo contrario.
Dios realmente desea que cada corazón del hombre, mujer, niño
o niña de todas las familias de la tierra, se arrepienta de
sus pecados, en el nombre del Señor Jesucristo, recibiéndole
a él, y solamente a él, en su corazón, como su único y
suficiente salvador de su vida. Y sólo así, entonces cada uno
de ellos podrá escapar de la enfermedad terrible del corazón
y del alma del hombre, de no conocer jamás el nombre bendito
del Hijo amado de Dios, el Señor Jesucristo, para redimir su
vida del fuego y del castigo eterno, en el más allá, sino que
realmente ha de ver la vida eterna.
Además, esta vida eterna es el Señor Jesucristo, y no otro
ser viviente, en el cielo, en la tierra o debajo de las aguas
de la tierra. Es por eso, que su sangre santa fue derramada
en el lugar escogido por el Padre Celestial, sobre su roca
eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel, para que en
un día como hoy, por ejemplo, podamos juntos orar a Dios por
el perdón de nuestros pecados. Y sólo así Dios nos ha de
perdonar nuestros pecados, para sanarnos y librarnos de una
vez por todas y para siempre, de todos los poderes de gran
maldad y de infamia eterna, de las palabras llenas de mentira
y de destrucción de Lucifer y de sus ángeles caídos.
Por lo tanto, Dios mismo ha vencido al pecado y a todos sus
poderes sobrenaturales de sus profundas tinieblas del más
allá, en todos los rincones de la faz de la tierra, para bien
eterno de cada hombre, mujer, niño y niña de todas las
familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos del mundo
entero. Con el fin, de que en un día como hoy, entonces
ustedes mismos, mis estimados hermanos y mis estimadas
hermanas, puedan aceptar el amor de Dios manifestada en la
sangre bendita de su Hijo amado, para poder entonces ser
hechos, no sólo hijos legítimos e hijas legitimas de Dios,
sino también mucho más que toda esta gran gloria celestial.
Y esto es de ser hechos eternamente parte o miembros eternos
del mismo cuerpo del Señor Jesucristo, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre. En verdad, esta es una gloria,
que Dios jamás se la dado a los ángeles, arcángeles,
serafines, querubines o demás seres santos del cielo, sino al
hombre de la tierra, como tú y yo, hoy en día, por ejemplo,
mi estimado hermano.
Es por eso, que tú no puedes permitir de seguir enfermo en tu
corazón y en todo tu cuerpo, sin la medicina de tu alma
eterna, de tener el nombre bendito y sobrenatural del Señor
Jesucristo latiendo vida y salud desde tu interior, desde el
fondo de tu corazón, hacia el infinito, hacia tu nueva vida
celestial, en el cielo. Por esta razón y muchas más, debes de
despertar de tus tinieblas, lo más pronto posible, y aceptar
la realidad infinita de la presencia gloriosa y eternamente
honrada del Señor Jesucristo, en tu corazón y en toda tu vida
también, para siempre.
Y sólo así entonces, al despertar de tus tinieblas, por los
poderes sobrenaturales y autoridades especiales del nombre
del Señor Jesucristo, has de conocer la vida y la salud
eterna de ser feliz. Por cierto, esto ha de ser en ti, sin
lugar a duda alguna: al amar de todo corazón y con toda tu
vida, aquel que no sólo ha dado su vida y su sangre por ti,
sobre la cima de la roca eterna de Dios, en las afueras de
Jerusalén, en Israel, gritando a voces que te amaba
eternamente y para siempre. Y que él no se avergonzara de ti
jamás, sino que aun te sigue amando en la tierra santa del
reino de los cielos, en el más allá, desde los días de la
antigüedad y hasta hoy en día, también.
Por lo tanto, éste amor sobrenatural, el cual Dios siente por
ti, por medio de la vida y de la sangre sagrada de su Hijo
amado, no se lo quitaran de ti, nadie, ni de tu corazón, ni
de tu alma viviente y sumamente santa para Dios y para su
Espíritu, en la tierra, ni en el más allá, tampoco. Porque
Dios ha de luchar por ti, como tuvo que hacerlo en los días
de su vida, en Israel, para poner fin a tu pecado, a tu
pecado de hoy en día, por ejemplo, el cual te ha estado
llevando día a día y a ciegas, hacia tu destrucción eterna,
entre las llamas ardientes del fuego eterno, en el infierno.
Además, el Padre Celestial lucha por cada uno de nosotros día
a día y sin cesar, porque su enemigo nos odia eternamente y
para siempre, por la simple razón de que hemos sido formados
mejor que él, Lucifer, en las manos de Dios, en el cielo.
Realmente hemos sido formados por las manos de Dios, en su
imagen y conforme a su semejanza, para la eternidad. Por lo
tanto, Lucifer desea destruirnos con todos los poderes
sobrenaturales de sus más profundas tinieblas del más allá. Y
esto es resentimiento de él hacia todos nosotros, en toda la
tierra, como hombres, mujeres, niños y niñas de Dios y de su
Jesucristo.
Ciertamente, Lucifer no desea que honremos a Dios y a su
Jesucristo en ningún momento de nuestras vidas, ni muchos
menos que lleguemos a ser miembros de su cuerpo santo, en la
tierra y en el cielo. Pero no es lo que él desee hacer con
nuestras vidas, sino lo que Dios ha predestinado por
nosotros, en su Jesucristo, para la eternidad. Y esto de que
hemos de ser su obra completa, su gloria eterna, que ha
salido de sus manos, para vivir con él y con su Hijo amado
eternamente y para siempre, en su nueva ciudad celestial: ¡La
Nueva Jerusalén Eterna y Santa, en el cielo!
LOS QUE TOCABAN SÓLO LA ROPA DE JESÚS ERAN SANADOS DE SUS
MALES
Entonces lo único que le queda a Lucifer, es simplemente
atacar a Dios por medio de cada una de las obras de sus
manos, hombres y mujeres, como tú y yo, mi estimado hermano y
mi estimada hermana. Es decir, que las obras de las manos de
Dios son, realmente, cada uno de los hombres, mujeres, niños
y niñas de toda la tierra, comenzando con Adán y Eva, por
ejemplo, formados perfectos y sin la mancha del pecado en la
vida y en la sangre de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!
Por eso, Lucifer siempre ha deseado el mal de cada uno de los
antiguos, como a nosotros hoy en día, en toda la tierra,
hombres y mujeres, de la misma manera y con la misma maldad
que deseo desde siempre el pecado de Adán y Eva en el
paraíso, por ejemplo. Y, pues claro, también el mal y la
destrucción de los antiguos, haciendo que ellos no conozcan
jamás: la verdad y la justicia de Dios, en su Espíritu Santo,
ni muchos menos entienda de su obra santa y eternamente
perfecta: llevada acabo sobre la cima de la roca eterna, en
las afueras de Jerusalén, en Israel, para fin del pecado.
Verdad y justicia eterna, de las cuales, por cierto, son sólo
posibles en nuestros corazones y en nuestras almas vivientes:
al creer al nombre y la obra perfecta del Señor Jesucristo
sobre la cima de la roca eterna, que fue levantada al cielo,
desde las afueras de Jerusalén, en Israel, para complacer la
Ley de Dios, para siempre. Por esta gran obra del cielo y de
la tierra es la que nos salva y nos sana de todos nuestros
males eternos.
Además, esta fe, ha de ser la que nos ha de bendecir, y nos
ha de redimir de todos nuestros males en la tierra, hasta
entrar finalmente en el más allá, en el nuevo lugar eterno de
Dios y de su Jesucristo, en el paraíso. Por lo tanto, Lucifer
se gozaba en atormentar con sus espíritus inmundos a los
antiguos, y lo mismo es verdad hoy en día con todos los
hombres, mujeres, niños y niñas de la tierra, de los que no
han creído en sus corazones, ni han confesado su nombre
sagrado con sus labios, para sanidad de sus almas eternas
ante Dios.
Pero Dios es poderoso para librarlos de todos estos males del
más allá, y sanarlos por completo para gloria y honra de su
nombre santo. Y como Dios hacía todas estas grandes
misericordias de gracia, poder, milagros y maravillas
sobrenaturales, en el nombre de su Jesucristo, entonces las
gentes de Israel, hebreas y gentiles, pues procuraban
tocarle, aunque sea tocar su manto; porque salía poder del
Señor Jesucristo, y los sanaba cualquiera que haya sido su
mal, o su enfermedad de su cuerpo.
Realmente esto era poder sobrenatural de la misericordia
infinita de Dios, para cada uno de sus hijos e hijas, de los
que había formado con sus manos en el más allá, como en el
paraíso, por ejemplo, cuando formo a Adán del polvo de la
tierra, para darle vida y salud eterna a su alma viviente.
Además, Dios bendecía a los hombres y a las mujeres de la
tierra con gran amor y poder sobrenatural de su Espíritu
Santo, en la vida y en las palabras de su Jesucristo, porque
deseaba ver a cada uno de ellos, de sus hijos y de sus hijas,
de regreso a la tierra santa del paraíso.
Ya que, en el paraíso comenzó todo para Dios y el hombre de
pecado de toda la tierra. En el paraíso el hombre peca ante
su nombre y su fruto de vida eterna, por lo tanto, el hombre
y la mujer tienen que regresar a la tierra de sus orígenes,
al lugar de sus primeros pasos, ante la presencia de Dios y
de su Árbol de vida eterna, y sin pecado alguno en sus vidas.
Porque la verdad es que el hombre peca en contra de su
Jesucristo por vez primera, en el paraíso. Por eso, Dios
desea ver al hombre de regreso a su lugar eterno y celestial,
para que le siga sirviendo a él, al comer y al beber día a
día de su Árbol de vida y de salud eterna, para el corazón y
para el alma de cada hombre, mujer, niño y niña de todas las
familias de la tierra.
Además, ha de ser en el paraíso, que todo hombre y toda
mujer, comenzando con Adán y Eva, por ejemplo, han de doblar
sus rodillas para confesar con sus labios, de que el Señor
Jesucristo es SEÑOR, para gloria y para honra eterna de Dios,
en la tierra y en el cielo, para siempre. En aquel día, el
pecado de todo hombre y de toda mujer, comenzando con Adán
habrá de haber dejado de existir para siempre, delante de
Dios, de su Espíritu Santo y de su Jesucristo con todas sus
huestes de ángeles, del reino de los cielos.
Por tanto, éste ha de ser un día de gloria infinita para el
corazón de Dios y para el corazón de cada uno de sus seres
creados, como ángeles y hombres de la tierra, pero más que
nadie para Jesucristo. Porque ha sido el Señor Jesucristo
quien ha luchado día y noche incesablemente, para redimir el
alma preciosa de todo hombre, mujer, niño y niña, de todas
las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos del
mundo entero. Y uno de ellos, eres tú, hoy en día, mi
estimado hermano y mi estimada hermana, que Dios ha redimido
y lavado con la sangre del pacto y de la salud eterna, de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!
JESUCRISTO CAMINABA POR TODO Israel: SANANDO ENFERMOS
Fue por esta razón, de que el Señor Jesucristo recorría toda
Galilea, como cualquier otro lugar de Israel, siempre
tratando de alcanzar cada corazón del hombre de la tierra,
para manifestarle de su espíritu de amor y de vida eterna,
entre él y el Padre Celestial, en el reino de los cielos.
Porque este espíritu de amor de Dios a Hijo tiene que ser
conocido y florecer en el corazón de cada hombre, mujer, niño
y niña, de todas las familias de la tierra, para que el mundo
llegue ser luz y se cumpla siempre la voluntad de Dios, en
toda su creación.
Es decir, de que este espíritu de amor de Dios e Hijo, no
sólo es para Dios y para Jesucristo, sino también para todo
ser viviente, ya sean ángeles u hombres, especialmente
hombres, mujeres, niños y niñas de toda la tierra, porque han
sido creados en la imagen y semejanza celestial de Dios, para
conocer su amor para la eternidad. Y, además de todo, porque
esta es la perfecta voluntad de Dios, de que todo aquel que
cree en su Jesucristo y en su vida sumamente honrada,
entonces sean sus pecados perdonados, para que vea la vida
eterna, desde hoy mismo en la tierra, hasta finalmente entrar
de lleno, en su nuevo lugar celestial, en el reino de Dios.
Pues entonces enseñando en las sinagogas de los israelíes, el
Señor Jesucristo predicando el evangelio del reino y sanando
toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo, pues
glorificaba y, por cierto, manifestaba así también: el amor
del Padre Celestial hacia cada uno de ellos, cumpliendo
entonces la voluntad de Dios, de parte de él mismo, hacia la
humanidad entera. Este fenómeno fue algo jamás visto por el
hombre de la tierra, desde los días de Moisés por el
desierto, con Dios y su tabernáculo santo. Por tanto, la
gente glorificaba a Dios por su bondad y su sanidad infinita
de sus corazones y de sus almas vivientes en la vida de su
Gran Rey Mesías, ¡el Hijo de David!
De hecho, esto era, como hoy en día, por ejemplo, con
nosotros su amor eterno hacia cada uno de sus hijos y de sus
hijas, sin jamás rechazar a nadie, de los que creían y hasta
de los que no (creían en él), también, por el poder
sobrenatural de la manifestación, del espíritu de su palabra
y de su nombre. Porque Dios es luz para los buenos y para los
malos también, desde siempre, desde los días de la
antigüedad, hasta hoy en día, en toda la tierra.
Puesto que, la verdad es que Dios no desea que ninguno de
ellos jamás se pierda, en su pecado y en su tiniebla eterna,
sino lo contrario, que conozca su misma vida celestial,
porque sólo Jesucristo es su verdadera vida o su legitima
verdad para vivir eternamente y para siempre, en el reino de
los cielos. E decir, esto es que encuentre la vida eterna, la
cual sólo es posible al creer con el corazón y confesar con
los labios su nombre redentor: el nombre de su Hijo amado, ¡
el Señor Jesucristo!
Por tanto, Dios era misericordioso para con cada uno de los
antiguos, y los libraba así de sus enfermedades más terribles
de sus vidas, haciendo que los espíritus inmundos huyan de
ellos, en el poder del Espíritu viviente de su nombre
eternamente santísimo, el Señor Jesucristo. Y los espíritus
de gran maldad de Lucifer huían de las gentes, porque sabían
quien era que les estaba hablando, en aquellos momentos. Es
decir, que los espíritus inmundos sabían que el Señor
Jesucristo era verdadero, y no cualquier hombre de la tierra.
Realmente, ante él se arrodillaban los ángeles caídos y le
obedecían a su voz y a su palabra; y Jesucristo los rechazaba
rotundamente, porque Dios no quiere nada de nada, con los
espíritus de maldad del más allá. Además, también, porque
Dios no lo había enviado a la tierra para que los espíritus
de mentira y de gran maldad de Lucifer y de su mundo bajo se
arrodillasen ante él. Sino que Dios lo había enviado a la
tierra para que todo hombre, mujer, niño y niña de todas las
familias de las naciones del mundo entero, comenzando con
Israel, entonces doblase su rodilla ante él, para gloria y
para honra del nombre santo de Dios, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre.
Por lo tanto, al mandato de la voz de la palabra viva, del
Señor Jesucristo, entonces huían ante su presencia santa los
espíritus de maldad, para dejar libres a las gentes de todos
sus males de enfermedades y hasta de muerte eterna, también,
de sus cuerpos corporales e espirituales. Y hoy en día, esos
mismos espíritus inmundos que ofendían y afligían el corazón
y la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la
antigüedad, con sus enfermedades y profundas tinieblas del
más allá, son realmente las que han estado atormentando a
muchos, si no a todos, en todos los rincones de la tierra.
Por lo tanto, la medicina para sanar tu corazón y tu alma
viviente, es la misma de antes, la cual sanaba los corazones
y los espíritus afligidos de los antiguos. Y esta medicina de
tu cuerpo y de tu vida, es el Señor Jesucristo, la palabra
viviente de Dios y su nombre sobrenatural, también. Por lo
tanto, lo único que debes de hacer para que la medicina de tu
cuerpo y de tu alma viviente comience a tomar lugar con sus
muchos efectos sobrenaturales en tu vida, es tan sólo creer
en tu corazón en él y confesar su nombre santo con tus
labios.
Es por eso, que Dios mismo le ha urgido siempre al hombre de
la tierra, desde los días antiguos de Adán en el paraíso, de
creer en su corazón y confesar con sus labios el nombre
bendito de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque sólo
en él está la salud de su vida terrenal y de su vida
celestial, también. De otra manera, el hombre ha de seguir
viviendo en eterna oscuridad, siempre sufriendo cada una de
sus terribles tinieblas de enfermedades de su corazón y de su
espíritu humano día a día y hasta en el infierno entre las
llamas ardientes y violentas, del castigo eterno de Dios.
Por esta razón, Dios no desea este mal para ningún hombre,
mujer, niño o niña de todas las familias de las naciones del
mundo entero; por ello, lo único que Dios desea de la vida de
todo ser viviente, ángel u hombre, es que el nombre de su
Jesucristo sea honrado en su corazón y en su alma eterna. Eso
ha sido todo lo que Dios le ha pedido desde siempre al hombre
de la tierra, para que viva en paz y en perfecta salud de su
corazón y de su alma eterna, ya sea en el cielo, en el
paraíso o en la tierra de nuestros días, para Dios todos
estos lugares son iguales.
Es decir, que para Dios no importa si le sirves de todo
corazón, con el nombre del Señor Jesucristo en tus labios, en
el paraíso, en su nuevo reino celestial o en la tierra en
donde has nacido en el mundo; realmente lo importante es que
le sirvas, y le sirvas desde lo profundo de tu corazón, con
el nombre de su Hijo amado sentado, en su primer lugar de tu
vida. Eso es todo lo que Dios ha requerido siempre de ti y de
cada uno de los tuyos, también, hoy en día y por siempre, en
la eternidad venidera.
En verdad, Dios jamás te pediría algo que no podrías hacer
con tu corazón, con tu alma, ni con tu vida, en la tierra, ni
en el paraíso. Sino que Dios realmente te ha pedido algo que
si puedes hacer, en tu corazón y en toda tu vida. Y esto es
de amarle a él, y solamente a él, como tu único Dios, en el
cielo y en toda la tierra, en el espíritu y en la verdad
celestial de su Jesucristo. Porque esta es la gloria
infinita, por la cual Dios siempre ha esperado pacientemente
del corazón de cada hombre, mujer, niño y niña, de todas las
familias de la tierra, desde los días de la antigüedad y
hasta hoy en día delante de ti y de los tuyos, mi estimado
hermano y mi estimada hermana. Y Dios espera de ti, que se la
entregues hoy y por siempre, en la eternidad venidera, en el
más allá, en su nuevo reino celestial.
Es por eso, que nosotros tenemos que pedirle al Padre
Celestial día y noche, que nos sane con los poderes y
autoridades muy especiales, que él mismo ha ordenado acerca
de cada uno de nosotros, en toda la tierra, para hacernos
libres eternamente de nuestros males, de los que vemos y de
los que no (vemos), también. Porque él es quien sana nuestras
dolencias y enfermedades; él es quien rescata nuestras vidas
del hoyo de la tierra; y como él no tenemos otro Dios igual,
el Todopoderoso, fundador del cielo y de la tierra; por ello,
debemos de hacerlo a él centro de nuestra alabanza de
nuestros corazones, día y noche y eternamente, hasta la
eternidad venidera.
Por cuanto, nuestro Dios es digno de todo amor y de toda
alabanza, de todo que pueda producir nuestros corazones y
nuestras almas vivientes, también, durante los días de
nuestras vidas por la tierra; realmente, él es bueno y grande
en misericordia, gracia y verdad, para con cada uno de
nosotros, hasta aun en el más allá, en el cielo. Por lo
tanto, el deseo de su corazón santo es de constante amor y
bendición celestial, para cada uno de nosotros, en toda la
tierra, desde los días de la antigüedad, en el cielo y en el
paraíso, también, hasta nuestros días y por siempre.
Es más, nuestro Padre Celestial jamás le ha deseado el mal a
nadie, por ningún pecado, ni por ningún motivo, por más
razonable que sea. Ahora el hombre se pierde en su dolor y
aflicción por su pecado, de no haber aceptado en su corazón,
lo grandísimo que el cielo nos ha dado de parte del Padre
Celestial: su Espíritu y su Cordero celestial ¡ Jesucristo!,
para que vivamos y le amemos a él, toda una eternidad, en la
tierra y en el cielo, para siempre.
Además, Dios nos ha dado de su Hijo amado con su nombre
sobrenatural, para que se haga fuerte, eternamente fuerte, en
cada uno de nuestros corazones y de nuestros espíritus
humanos. Porque Dios desea que seamos fuertes en su nombre
santo, día y noche y hasta siempre, en la eternidad venidera,
en el más allá, para adorar y alabar su bendito nombre
eternamente y para siempre, en la verdad, en la justicia y en
la santidad única de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!
Ya que cada vez que el nombre del Señor Jesucristo, su
Cordero Escogido para Israel y las naciones del mundo entero,
se hace fuerte en los corazones de los hombres, entonces la
luz del cielo radiara más fuerte que el Sol sobre toda la
tierra, desde aquel día en adelante y por siempre, en
nuestras vidas eternas. Porque lo que era antes tinieblas en
toda la tierra, ahora, ha de ser luz y luz eterna de la misma
tierra santa del cielo. Ya que el nombre del Señor Jesucristo
es infinitamente fuerte en el corazón de cada uno de sus
fieles, de todos los hombres, mujeres, niños y niñas, de los
que han llegado a creer en él, el Dios Todopoderoso del cielo
y de la tierra, eternamente y para siempre.
Es por eso, que Dios mismo ha ordenado que todo aquel que
esté enfermo por culpa de algún mal del enemigo, entonces
pida oración a los fieles de Dios y de su Jesucristo, para
que sea sanado de todos sus pecados, en su corazón y en toda
su vida, también. Porque la realidad es que el hombre sufre
todas clases de males, por la simple razón de que ha creído
en su corazón, en alguna palabra mala, o llena del espíritu
de maldad de Lucifer o de sus ángeles caídos. Por lo tanto,
las enfermedades del más allá se enseñorean de su vida con
mucha facilidad en muchos casos, hasta poner fin a su
felicidad y su vida por la tierra.
Pero sea como sea, la situación espiritual o corporal de la
persona, si ésta misma persona busca la oración de los
hermanos o hermanas de la iglesia del Señor Jesucristo, en
donde sea que viva, entonces ellos han de orar por él o por
ella al Padre Celestial, en el nombre de su Hijo amado y
sanara de sus males. Y la sanidad de su cuerpo, de todos sus
males y enfermedades, de los que estén en él o en ella, ha de
comenzar inmediatamente y, además, también, si ha cometido
pecados, entonces le serán removidos por Dios que está en los
cielos, por amor a él mismo y por amor infinito hacia su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!
Por eso, todo hombre, mujer, niño y niña, de todas las
familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la
tierra, adore aquel que vive por los siglos de los siglos, en
el reino de los cielos. Porque sólo él es digno de toda la
adoración y de toda la alabanza que pueda producir nuestro
corazón hacia su nombre santo, en nuestros espíritus humanos
y en nuestras almas vivientes también, hoy en día y por
siempre, en la eternidad venidera del más allá.
Porque si bendecimos a nuestro Padre Celestial y honramos día
a día el nombre honrado de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, entonces él jamás se ha de olvidar de ninguno de
sus favores, hacia cada uno de nosotros, en toda la tierra, y
en el más allá, también, para siempre. Porque él es quien
perdona nuestros pecados y sana nuestras dolencias, día a día
y sin cesar.
Además, sólo él es quien nos rescata del hoyo de la muerte de
la tierra, como ha rescatado en su día de gloria infinita a
su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para levantarlo con gran
gloria y potestad celestial, en "el Tercer Día". En éste día
Dios mismo sano tu alma de todo mal eterno, para gloria
infinita de su nombre sagrado en tu corazón. Para que en un
día como hoy, por ejemplo, mi estimado hermano y mi estimada
hermana, puedas gozar de tu sanidad y de tu salud celestial,
al tan sólo creer en tu corazón y confesar con tus labios: el
nombre bendito de Dios, ¡el Señor Jesucristo! Amen.
Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman,
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y
sobrenatural, en la tierra y en el cielo también, para
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el
Señor Jesucristo.
LOS ÍDOLOS SON, UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE
DIOS
Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en
tu vida de acuerdo, a la voluntad perfecta del Padre
Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un
fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es
verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán
atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego
del infierno, por haber desobedecido a la ley viviente de
Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí
contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo.
Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en
Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos
de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de
los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque
en el reino de Dios su ley santa es de día en día honrada y
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimado
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra,
cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de
bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad,
cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas
bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa
del más allá, también, en el reino santo de Dios y de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de
las naciones!
SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA), ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS
Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:
PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".
SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos,
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a
los que me aman y guardan mis mandamientos".
TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová
tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre
en vano".
CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero
el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en
ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del
sábado y lo santificó".
QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te
da".
SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".
SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".
OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".
NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de
tu prójimo".
DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu
prójimo".
Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno
de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus
ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así,
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos,
también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde
los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas,
en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos
males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas
familias, por toda la tierra.
Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y
digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y
salvador de todas nuestras almas:
ORACIÓN DEL PERDÓN
Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el
cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día,
dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.
Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre
Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no
perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas.
Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO,
sino es POR MÍ". Juan 14:
NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.
¡CONFÍA EN JESÚS HOY!
MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.
YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA
TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.
- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de
éste MUNDO y su MUERTE.
Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):
Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al
tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que
entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.
QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ
DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di:
Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a
venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.
¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No
_____?
¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?
Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:
Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con
Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate
en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de
Cristo a los demás.
Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee Libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del
evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender
mas de Jesús y su palabra sagrada, la Biblia. Libros
cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio,
entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia,
para ver que clase de Libros está a tu disposición, para que
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.
Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti,
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su
Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de
hoy y para siempre.
El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la
paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras
oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras
bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos
los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis
hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre
Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en
el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre.
El libro de salmos 150, en la Santa Biblia, declara el
Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y
asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de
Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo
corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas,
como antes y como siempre, por la eternidad.
http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?
playertype=wm%20%20///