
El automóvil: una enfermedad mortal.
Marcelo Colussi
Rebelión
A escala mundial cada dos minutos muere una persona por causa de un
accidente automovilístico. En estos momentos ese hecho constituye la
décima causa de muerte en términos globales, y de mantenerse la
tendencia actual, para el año 2020 será la tercera. Estamos por tanto
–sin ningún lugar a dudas– ante una "epidemia" en términos de política
pública de salud; es, como dice la epidemiología, una "catástrofe
oculta". Siguiendo ese ritmo entonces, la prospectiva indica que dentro
de unos pocos años el 25% de los gastos mundiales en salud se dedicará
a la atención de víctimas de accidentes viales, lo cual incidiría muy
negativamente en la viabilidad financiera de las políticas sanitarias
en términos planetarios.
Desde la aparición del automóvil, hace un siglo aproximadamente, su
crecimiento ha seguido un ritmo vertiginoso como ningún otro bien
industrial en toda la historia. Sin embargo esa prosperidad
económico-industrial se ha dado a costa de crear artificialmente un
problema sanitario nuevo, de proporciones gigantescas, con el agravante
de constituirse además en uno de los factores de desastre
medioambiental más grande que existe. La idea de progreso a cualquier
costo es quizá en este fenómeno el ejemplo donde más claramente puede
apreciarse: la llegada del automóvil abrió escenarios radicalmente
nuevos en la historia de la humanidad cambiando la fisonomía de las
sociedades; pero además de crear perspectivas fabulosas en cuanto a
comunicaciones, generó problemas socio-sanitarios tanto o más grandes
que los aportes que realizó.
Lo curioso, no obstante, es que el tema en cuestión no es abordado en
esa perspectiva de "problema sanitario serio". Si bien los diversos
Estados del planeta reconocen en general que hay ahí un factor a
resolver, las medidas que se toman no están a la altura de la gravedad
de los acontecimientos, por lo que la visión a futuro en este ámbito no
se muestra muy prometedora. La idea de "progreso" sigue primando. O, si
se quiere ver de otro modo, progreso yendo de la mano de crecimiento
económico para un grupo favorecido, en este caso, la industria que
produce la mercadería en cuestión (los automóviles) más las industrias
tanto o más grandes que siguen indisolublemente su evolución (la
petrolera fundamentalmente). Y que quede claro que esto no es un
llamado a la no utilización de estos modernos transportes
autopropulsados; sin ninguna duda una planificación racional de medios
de transporte público rápidos, eficientes y seguros es un paso adelante
maravilloso en la historia humana. Lo que está en discusión es el
primado del automóvil particular, símbolo de la opulencia económica,
marca de prestancia social, de triunfo…., y destructor del planeta como
muy pocas otras cosas.
Cualquier epidemia, en tanto se constituye en un problema sanitario,
rápidamente pone en marcha medidas que tienden a evitar su propagación,
su ampliación. En el caso de los accidentes de tránsito
significativamente no ocurre eso. Es obvio que hay intereses creados
para que ello no suceda. La industria del automóvil, y la del petróleo
que va coligada, son dos sectores industriales de los más grandes en el
mundo moderno. La tendencia en marcha busca su ampliación continua. De
esa cuenta el desastre sanitario en juego no encuentra una verdadera
contención, sino solo remiendos cosméticos.
Todo indica que, en tanto existan reservas petroleras (y eso será
aproximadamente hasta fines del presente siglo), el motor de combustión
interna que hace caminar a estos fabulosos ingenios que son los
automóviles no sufrirá mayores variaciones. Autos que, en la gran
mayoría de casos, transportan a una sola persona, o a una sola familia.
En todo caso, se reemplazarán los derivados de combustibles fósiles
(gasolina y diesel) por otros derivados de biomasa, los llamados
biocombustibles (a base de maíz, caña de azúcar o palma africana),
tanto o más desquiciantes en términos de sustentabilidad planetaria que
la utilización del petróleo (para producir un galón de biocombustible
se necesita una hectárea de maíz).
La gran industria de la fabricación de vehículos automotores para uso
individual ha transformado la cultura del siglo XX; tener auto propio
es sinónimo de progreso –aunque haya "epidemia" de accidentes y
contaminación a niveles demenciales–. El mercadeo de estos productos ha
alcanzado ribetes por demás de sutiles, logrando hacer del consumo del
automóvil privado una necesidad casi de primer orden. Para los primeros
veinte años del siglo en curso las grandes corporaciones de fabricantes
de automóviles estiman vender cantidades fabulosas de vehículos en un
nicho de mercado aún bastante poco explotado: los países pobres del
Sur, gracias a campañas publicitarias agresivas y planes crediticios
favorables. Como consecuencia de esa política global de mercadeo, más
las unidades que siguen vendiéndose en el Norte, para el 2020 se estima
llegar a los mil millones de automóviles individuales a nivel
planetario en circulación. Vehículos, obviamente, que habrá que
alimentar no con agua, no con energía eléctrica ni solar, sino con
petróleo, el mismo por el que se siguen produciendo guerras e
invasiones.
En tanto haya cada vez más automóviles circulando, no hay real solución
a la problemática de los accidentes: la epidemia –o pandemia, más
precisamente– no puede ceder. Y no puede hacerlo por varios motivos
inmodificables: 1) la cantidad de vehículos en movimiento es tan grande
que torna matemáticamente imposible evitar un porcentaje de colisiones
entre tantos móviles. Al respecto no hay medidas técnicas que puedan
evitarlo: ni nuevos sistemas de frenos, ni mecanismos de guiado
automatizado que minimicen al máximo el error humano. Mientras haya
cuerpos en movimiento, necesariamente habrá colisión entre algunos de
ellos. 2) Los conductores de esos aparatos son seres humanos, y los
seres humanos somos falibles. Por otro lado –ahí está la llave del
negocio justamente– de lo que se trata es que cada vez más gente
disponga de su auto privado, que lo maneje, que lo renueve cada tanto,
o que compre repuestos (por cada unidad nueva que se vende, se venden
dos más en forma de autopartes, de repuestos). Quienes los manejamos
somos ciudadanos comunes muy precariamente capacitados para ese oficio,
y no pilotos profesionales (como sucede con otros medios de transporte:
aéreos, acuáticos); por tanto, el grado de impericia conductual es
imposible de ser reducido. Conclusión: no hay modo alguno, con esa
tendencia, que pueda reducirse el número de accidentes. 3)
Psicológicamente considerado, todo conductor de automóvil dispone de un
medio que le permite dejar aflorar legalmente su violencia. La
agresividad humana se manifiesta de las más variadas formas: el
conducir es una de ellas, y quizá de las más sutilmente horrendas.
Disponer de un automóvil es disponer de un arma –los peatones
atropellados (30% de las víctimas de accidentes de tráfico) pueden
testimoniarlo de modo fehaciente. Este tenor agresivo que nos surge
tras un volante, valga aclararlo, no es en modo alguno patológico; es
lo más común y esperable que pueda suceder. Ahí está la contaminación
sonora de toda gran urbe para evidenciarlo.
A lo anterior se suma el caos del tránsito vehicular creciente de
cualquier ciudad de mediana para arriba. Los automóviles ocupan lugar,
y millones y millones de automóviles en circulación ocupan,
naturalmente, más lugar. Circular en las ciudades modernas de más de un
millón de habitantes ya ha pasado a ser una tragedia en cualquier parte
del mundo. Todo esto es sabido por los planificadores sociales, así
como la degradación medioambiental que producen cantidades infernales
de motores de combustión interna expeliendo gases tóxicos a la
atmósfera. Entonces, si todo ello se sabe: ¿qué pasa que nada da
muestras de cambios profundos en el corto ni mediano plazo? Obviamente
algo sucede que no permite su modificación real. Con las armas ligeras
en manos de civiles, con el tabaco más recientemente, al ver su
potencialidad mortífera, al ver su grado de incidencia nociva en tanto
epidemia, se tomaron severas medidas correctivas: campañas de
despistolización y regulación de la tenencia de armas, propaganda
anticigarrillo, etc. Pero con la industria del automóvil/petróleo ello
no sucede. Y el reemplazo parcial de los derivados del petróleo por
biocombustibles no es ninguna solución de fondo sino, por el contrario,
una mayor cuota de sacrificio para los habitantes del Sur –el lugar
donde se produce la materia prima para esos carburantes–, que por esta
vía se verán condenados a una menor disponibilidad de alimentos para
favorecer la circulación de autos en el Norte.
Apelar a la educación vial –la experiencia lo confirma– definitivamente
no basta para modificar la situación de tragedia accidentológica. Puede
ayudar, sin dudas, pero no disminuye en forma drástica el porcentaje de
víctimas. La mejora técnica en las condiciones de seguridad de los
vehículos tampoco aporta soluciones de fondo: la prueba está en que el
grado de accidentalidad, en vez de reducir, sigue aumentando.
Considerando entonces que de las tres causas más arriba apuntadas las
dos últimas no pueden cambiarse, queda por actuar sólo con la primera:
para reducir el número de muertos y heridos por accidentes de tránsito
no hay otra posibilidad que reducir el número de vehículos en
circulación.
Es ésta una verdadera opción práctica, concreta y posible, a este
fenómeno de la accidentalidad vial. Claro que ello implica una disputa
contra factores de poder del más alto rango. ¿Quién y de qué manera le
pone hoy el cascabel al gato? Modestamente podríamos empezar por un
cambio de actitud personal: pese a la avalancha de propaganda
consumista en sentido contrario, también se puede vivir sin automóvil
privado. Podemos luchar por medios de transporte público de óptima
calidad que, combinado con la decisión de no seguir consumiendo
automóviles individuales, pueden constituir un interesante camino
alternativo y una respuesta eficiente a esta enfermedad mortal.
El automóvil individual es, como pocos, símbolo del éxito del sistema
capitalista, la representación de su prosperidad y su llamado a un
consumo interminable donde la "superación" y el "avance" personales se
mide en función del nuevo modelo de automóvil de que se dispone. Dentro
de esos marcos, pensar en reemplazarlo se muestra una tarea titánica,
muy difícil en principio, quizá imposible. La catástrofe ecológica ya
en curso puede sensibilizar a más de algún consumidor, a muchos quizá
quienes reemplazarán su auto por la bicicleta quizá, pero la oferta de
vehículos no cesa. Y en tanto las grandes multinacionales productoras
de autos sigan existiendo, la tentación estará siempre puesta ahí, al
alcance de cualquiera, para "mostrar su nivel". Todo lo cual demuestra
que, lo quiera o no, el sistema capitalista no tiene en el largo plazo
sino el futuro de seguir hundiendo a la humanidad, o a buena parte de
ella.
Si una sana conciencia ecológica y sanitarista pudiese imponerse dentro
del capitalismo, una de las primeras medidas sería reemplazar esta
cantidad infernal de vehículos particulares por transportes públicos,
más eficientes, menos traumatizantes, más amigables con el ambiente.
Algunas islas dentro del mundo (países nórdicos por ejemplo) van camino
de eso. Pero son islas. El sistema, como globalidad, no puede
permitirse tamaña "civilización". Es entonces ahí donde cobran cabal
sentido las palabras de una socialista ya histórica, la polaco-alemana
Rosa Luxemburgo: civilización o barbarie. Es decir: o reemplazamos esto
que lo único que puede hacer es brindar felicidad a unos pocos sobre la
base de la miseria de muchos y destruyendo nuestra casa común, o nos
morimos todos cocinados en este mismo caldo de la barbarie consumista.
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=118270&titular=el-autom%F3vil:-una-enfermedad-mortal-

"Sean
capaces de sentir siempre en lo más hondo cualquier injusticia
realizada contra cualquiera en cualquier lugar del mundo". Che


"Lee, en el nombre de Allah, que todo lo ha creado. Creó al ser humano de un coágulo. Lee, y a tu Señor adora. A quien enseñó a través de la pluma. Le enseñó al ser humano lo que éste no sabía".
Sagrado Corán: sura 96 aleyas 1-5
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