(Felices Fiestas Julianas a todo el Guayas, y que todas sus
familias (dentro y fuera de sus casas) disfruten de todos
estos días festivos con gran gozo del SEÑOR y de nuestro
Salvador Jesucristo en sus corazones y con sus familiares y
buenas amistades también.
Y, además, damos gracias a nuestro Padre celestial y a su
Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, por permitir por fin la
liberación de Ingrid Betancourt de Colombia y de muchos más
rehenes de las ataduras de las FARC; y seguimos rogando a
nuestro Dios que permita también la liberación del resto de
los rehenes que las FARC aún retiene privados de sus
libertades y alejados de sus muy amados.)
(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)
TRANSFORMADOS EN LA GLORIA DE DIOS:
Por lo tanto, nosotros mismos, mirando a cara abierta como en
un espejo, por ejemplo, la misma gloria del SEÑOR en nuestras
vidas, pues entonces somos transformados de gloria en gloria
en la misma imagen celestial, como por el Espíritu Santo del
SEÑOR, "para que seamos exactamente en la tierra y en el
cielo como su Hijo amado", ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque
la verdad es que nuestro Padre celestial nos crea en su
corazón primeramente y luego en sus manos santas, en los
primeros días de la antigüedad, "para que seamos como su Hijo
amado desde hoy mismo en el cielo y para siempre en su nueva
era venidera de su nuevo reino celestial", ¡La Nueva
Jerusalén Santa y Perfecta del cielo!
Porque la verdad es también que nadie en el cielo, ni aun los
ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres
santísimos no pueden complacer el corazón y el alma de
nuestro Padre celestial, "como sólo su Jesucristo lo puede
hacer, con toda seguridad, tal cual nuestro Padre celestial
lo confirmo desde el cielo algunas veces, para entendimiento
de la humanidad entera". Ya que, ninguno de los ángeles fue
jamás creado en el corazón de Dios ni menos en su imagen ni
mucho menos conforme a su semejanza celestial, por ejemplo,
sino que "sólo Adán fue creado en el reino de los cielos en
la perfecta imagen y conforme a la semejanza de su Hijo
unigénito", ¡nuestro Señor Jesucristo!
Aquí nos podemos dar cuenta de que cuando el Señor Jesucristo
les puso por manifiesto a sus apóstoles una gran verdad
celestial para que se sanen de sus males y muchas tinieblas y
así finalmente vivan, y entonces les dijo sin más preámbulo
alguno: El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. Dado que
yo y el Padre somos uno en el cielo y en la tierra; yo y el
Padre no nos podemos separar jamás; somos uno infinitamente
en el corazón de los ángeles y así también debe de ser en el
corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, y sólo posible por la gloria del Espíritu Santo. En
la medida en que, todo aquel que me ve a mí, ha visto al
Padre celestial, sin duda alguna.
Es decir, también que nuestro Señor Jesucristo es la imagen y
la semejanza divina de nuestro Padre celestial, eternamente y
para siempre; y jamás se han separado del uno al otro, por
ninguna razón desde los primeros días de la antigüedad y
hasta nuestros días, por ejemplo. Y así también el Señor
Jesucristo les aseguraba a sus apóstoles, diciéndoles: Yo soy
en el Padre, y el Padre en mí; el que me ve a mí, entonces ve
al Padre de ahora en adelante. Por lo tanto, yo regreso al
Padre, a donde ustedes no pueden ir ahora, pero más adelante
podrán ir a donde yo voy, porque yo regreso al Padre.
En otras palabras, nuestro Señor Jesucristo no sólo nos
estaba asegurando que él había salido del Padre, sino que
también nosotros. Puesto que, aquí el Señor Jesucristo nos
estaba asegurando que más tarde podríamos ir a donde él va,
"y esto es de regreso a la unidad celestial y divina de
nuestro Padre celestial en el reino de los cielo, como a La
Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del más allá, en donde reina
la nueva vida eterna".
Además, esto es algo que jamás nuestro Padre celestial, ni su
Espíritu Santo ni nuestro Señor Jesucristo jamás le ha
declarado abiertamente a ningún ángel del cielo, desde el día
de su creación y hasta nuestros días, pero sí al hombre de
toda la tierra, (como tú y yo hoy en día, por ejemplo, mi
estimado hermano y hermana). Porque, además, el Señor
Jesucristo es la imagen y la semejanza perfecta y sin pecado
alguno de nuestro Padre celestial, por lo tanto "él sí puede
regresar al Padre para seguir viviendo la vida eterna en el
reino de los cielos, libre de Satanás y de sus muchas
mentiras y maldades crueles del bajo mundo de los muertos".
Dado que, donde Satanás y sus mentiras ya no perduran como
antes en el corazón del mentiroso y malvado, entonces "reina
la paz, el amor, el gozo, la felicidad, la salud de la nueva
vida infinita de Dios, de su Hijo amado y de su Espíritu
Santo en el corazón de cada uno de nosotros sus siervos
fieles para siempre". Sí, sin las mentiras e infamias de
Satanás en el corazón del malvado, entonces el hombre es
feliz infinitamente y, por tanto "ya no vive bajo la
maldición de la Ley de Dios y de Moisés, la cual condena a
todo aquel que quebranta su Espíritu Santísimo, sino que él y
los suyos viven para ser felices eternamente".
Por ello, sí podemos regresar al paraíso y a la nueva vida
eterna, porque nuestro gran rey Mesías, el Hijo de David, ya
cumplió con el Espíritu Santísimo de la Ley, para que no sea
deshonrada jamás con mentiras y crueldades de Satanás, sino
todo lo contrario. Es decir, que "el Espíritu Santísimo de la
Ley ha vuelto a nacer también, como el hombre, la mujer, el
niño y la niña de la humanidad entera", para que viva en
nosotros completamente honrada, exaltada y glorificada por el
Espíritu y la vida de la sangre sacrificada de nuestro
Salvador Jesucristo, por lo tanto Satanás ya no existe para
siempre.
Entonces nosotros sí podemos regresar a nuestro Padre
celestial también, asimismo como el Señor Jesucristo, porque
hemos salido de su corazón, de su alma, de su imagen, de sus
manos santas y de su semejanza celestial, además de otros
atributos divinos y gloriosos de su vida santísima; por ello,
somos hijos legítimos de Dios, "pero perdidos sin Jesucristo,
si no lo aceptamos". Y es por eso que nuestro Señor
Jesucristo descendió del paraíso, así como Adán y Eva
descendieron del paraíso en su día, pero sin la mancha del
pecado de las mentiras terribles de la serpiente antigua y de
Satanás, por ejemplo, "para posteriormente limpiarnos de
nuestros pecados con el Espíritu de su sangre santísima".
Hoy, nuestro Padre celestial nos limpia de toda mancha del
pecado en nuestra sangre humana con la misma sangre
sacrificada de su Hijo amado, "visto que sólo la sangre
sacrificada puede limpiar, purificar, bendecir y finalmente
salvar para llenarla de nuevo de vida y de salud eterna a
toda sangre humana del hombre y de la mujer de toda la
tierra". Es por eso que desde el día de la rebelión de
Lucifer y de la tercera parte de los ángeles del cielo, de
los cuales creyeron en sus mentiras para rebelarse en contra
de Dios y de su Jesucristo, "a partir de entonces nuestro
Dios no ha encontrado a nadie tan fiel y honrado como su
unigénito", ¡nuestro Salvador Jesucristo!
Además, nuestro Señor Jesucristo es tan fiel a nuestro Padre
celestial, porque "su sangre es muy santa para limpiar de
toda mancha de pecado y destruir, a la vez, toda artimaña del
enemigo de toda verdad y de toda justicia celestial", en el
paraíso, en la tierra y así también en el más allá,
eternamente y para siempre. Ciertamente, nuestro Señor
Jesucristo es la imagen y la semejanza inseparable de nuestro
Padre celestial y de su Espíritu Santo, y por ello nuestro
Dios es fiel a su unigénito, y así también su unigénito le es
fiel a él, como su Padre y Dios eterno: "por cuanto, ambos
son de la misma imagen y de la misma semejanza celestial
infinitamente".
Y, por tanto, nosotros somos mayores que los ángeles en las
manos creadoras de nuestro Padre celestial y de su Espíritu
Santo desde siempre, "porque somos la imagen y la semejanza
celestial del Árbol de la vida eterna, su Hijo amado", ¡
nuestro Señor Jesucristo! Como quiera que, así como el Señor
Jesucristo es la imagen y semejanza de nuestro Padre
celestial y viceversa, así pues también cada uno de nosotros,
en nuestros millares, de todas las familias, naciones y
reinos de la tierra, "es infaliblemente la imagen y semejanza
infinita de nuestro Dios y Fundador de nuestras almas
eternales".
Es por esta razón también que nosotros "si podemos regresar a
nuestro Padre y Fundador de nuestras vidas, después de haber
nacido pecadores y vivido una vida alejado de él y de su
palabra santa por muchos largos años de vida en la tierra",
porque sí somos la imagen y la semejanza celestial de él y de
su unigénito infinitamente. Por lo contrario, los ángeles
caídos, ya sean arcángeles, serafines, querubines y demás
ángeles rebeldes, no pueden jamás regresar a Dios ni al Árbol
de la vida eterna, porque ninguno de ellos salió de Dios, "ni
mucho menos fue creado en la imagen o conforme a la semejanza
de su Hijo amado", ¡nuestro Salvador Jesucristo!
E aquí por qué los ángeles no pueden ser perdonados jamás por
Dios por todos sus pecados, "pero los hombres, mujeres, niños
y niñas de la humanidad entera sí pueden ser perdonados de
sus pecados y maldades para regresar a su casa celestial e
infinita", ¡a nuestro Padre celestial en el cielo! Ahora,
cuando alguien te pregunte, por ejemplo: ¿Por qué los hombres
sí pueden ser salvos por el Espíritu de la sangre sacrificada
del Señor Jesucristo y los ángeles caídos no?
Entonces la repuesta correcta será, porque los ángeles no
salieron de la imagen o de la semejanza divina de nuestro
Padre celestial ni de su Espíritu Santo ni menos de su Hijo
amado, el Árbol de la vida, sino que "ellos fueron creados
por el poder sobrenatural de la palabra de Dios". En el
momento, los ángeles caídos se pierden infinitamente en sus
insurrecciones del más allá, porque no salieron de Dios
jamás, "por lo tanto su destino final, después del juicio de
todas las cosas, es el lago de fuego para destrucción total
de su espíritu rebelde e inicuo en contra de Dios y de su
gran rey Mesías", ¡nuestro Señor Jesucristo!
(En verdad, todo ser viviente se pierde en la tierra y así
también en el juicio final de todas las cosas del más allá ya
sea del reino de Dios, del paraíso, de la tierra o del
infierno, será porque "simplemente jamás recibió en su
corazón al dador de su vida eterna". Y éste dador de su vida
es el Árbol de la vida, nuestro Salvador Jesucristo; de
hecho, ésta es la única razón por el cual los ángeles caídos
se pierden y así también cada pecador y cada pecadora de toda
la tierra, "para jamás volver a gozar de la paz y de la
gloria de Dios en toda su vida".)
Además, desde el día que los ángeles pecaron al igual que
Lucifer delante de Dios y de su Árbol de la vida, entonces no
pueden volver a ser los ángeles de luz del principio, sino
que son ángeles de tinieblas, es decir, "que ninguno de ellos
podrá jamás hablar la verdad ni menos de la justicia de Dios
y de Jesucristo". Es por eso que los ángeles no pueden ser
salvos jamás por la sangre sacrificada del Señor Jesucristo,
porque ninguna verdad de nuestro Dios y de su Jesucristo
tiene ningún efecto en sus corazones ni en sus espíritus
infernales, sino "que son reos de muerte eterna en el lago de
fuego del más allá".
Pero no fue así jamás con Adán y Eva ni con ninguno de sus
descendientes, en sus millares, de todas las familias,
pueblos, naciones y reinos de la tierra, sino que siguieron
viviendo para posteriormente reencontrarse con la gloria de
su imagen y de su semejanza celestial, nuestro Salvador
Jesucristo, "clavados a él por sus manos y sus pies
infinitamente". Es por eso que hoy mismo cada uno de nosotros
puede volver a ser salvo, como en el día de nuestra creación
en las manos de nuestro Padre celestial y con la ayuda idónea
de su Espíritu Santo, "para renacer no de la carne del pecado
sino de la carne y de la sangre para vida eterna", ¡nuestro
Señor Jesucristo!
Por todo ello, somos infinitamente la gloria y la honra de
nuestro Padre celestial en el paraíso, en la tierra y así
también en la nueva vida eterna de La Nueva Jerusalén Santa y
Perfecta del cielo, para no volver a conocer las mentiras de
nadie jamás, sino sólo la verdad del gran rey Mesías
inigualado hasta hoy, ¡nuestro Señor Jesucristo! Es decir,
que no somos para vivir para el pecado, ni menos para conocer
las mentiras de nadie como del hombre pecador o de la mujer
pecadora de toda la tierra, ni mucho menos conocer jamás a
Satanás, sino "sólo conocer a nuestro Padre celestial, a su
Espíritu Santo y a su Hijo amado", ¡nuestro Salvador
Jesucristo!, eternamente y para siempre.
Sí, somos la gloria y la honra infinita de nuestro Padre
celestial y de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, en
esta vida y en la nueva era venidera del nuevo reino de los
cielos también, para jamás deshonrar a nuestro Padre
celestial "como los ángeles caídos lo hicieron en sus días de
gran rebelión", sino todo lo contrario. Somos del Padre santo
desde mucho antes del comienzo de las cosas en el reino de
los cielos, "así como somos de su Espíritu Santo y de su Hijo
amado hoy en día por los poderes de la gloria del
renacimiento", ¡el Árbol de la vida de La Nueva Jerusalén
Colosal del nuevo reino venidero para la nueva eternidad
inmortal!
Conjuntamente, la obra de nuestro Padre celestial sigue en
cada uno de nosotros, pero sólo por medio del Espíritu de la
sangre sacrificada y de la vida santísima de nuestro Señor
Jesucristo, para seguir viviendo en el Espíritu de la verdad
y de la justicia infinita del cielo: "en donde jamás
moriremos sino que seguiremos viviendo para conocer la
felicidad eterna". Y nuestro Padre celestial ha creado un
nuevo reino celestial, para alejarse eternamente de las
mentiras y maldades de los ángeles caídos, y así también
alejarse de las mentiras y maldades terribles de todos los
mentirosos, malvados, crueles e infames pecadores y pecadoras
de la tierra; y es así "como nuestro Señor Jesucristo triunfa
religiosamente en nosotros y para nosotros infinitamente".
Sí, así es: Somos la gloria de nuestro Padre celestial desde
los primeros días de la antigüedad y para siempre en la
tierra y en el nuevo reino celestial, gracias a la
misericordia de nuestro Creador y por la gracia infinita de
su unigénito, "para volver a nacer no del espíritu de Adán
sino del mismo Espíritu Santo de la verdad inmortal". Hoy en
día, somos del Espíritu Santo de Dios, "sí tan sólo creemos
en nuestros corazones y así confesamos con nuestros labios la
gloria eterna del nombre sagrado del gran rey Mesías de todos
los tiempos, el Hijo de David", ¡nuestro Señor Jesucristo!
Por ello, somos el sueño eterno de nuestro Padre celestial
para sólo vivir para él, por medio del fruto de la vida del
nuevo reino celestial, para jamás dejarlo de amar a él, ni
por un instante más en nuestros corazones y en nuestras almas
infinitas, hoy en día y para siempre en la eternidad
venidera; infaliblemente, ¡somos la gloria del Mesías! Y esta
gloria por la cual el reino de los cielos y así también el
paraíso y La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo han
esperado con gran paciencia desde los primeros días de la
antigüedad y hasta nuestros días, tocando tu vida
milagrosamente, para que regreses a Dios, tu Padre celestial
y único Fundador de tu nueva vida infinita.
Presentemente, la lucha entre el mal y el bien siempre la
empieza el enemigo de toda verdad y de toda justicia,
Satanás, en el reino de los cielos, en la tierra, "para
derrotar al Hijo de Dios, el Santo del cielo y de Israel,
nuestro Salvador Jesucristo", ¡el Hijo de David!, ¡el único
gran rey Mesías posible de todos los tiempos! Satanás pierde
humillantemente como siempre delante del Padre, por culpa de
las falsedades de su corazón perdido, pero nuestro Señor
Jesucristo gana triunfantemente siempre ante él para que su
gloria jamás decline en ninguno de nosotros, "sino que
solamente crezca en nuestras vidas y por siempre en la nueva
era venidera de la nueva vida inmortal de nuestro nuevo reino
paradisíaco".
Además, éste es un reino de calles de oro que nos llevan a
cada una de las puertas de las mansiones de los hijos e hijas
de Dios de todas las naciones de la tierra, que han amado a
su Creador por medio de su Jesucristo; y "el sol que alumbra
esta gran ciudad celestial es el rostro de nuestro Hacedor".
Y como desde entonces acá, nuestro Padre celestial perdió
tantos ángeles, los cuales rebasan en números incontables de
millares, entonces Dios quiso llenar esos vacíos celestiales
de gloria y de honra, de los cuales estos ángeles abandonaron
en el día de su rebelión en contra de él y de su Árbol de la
vida: ¡aquí nuestro Dios pensó en ti profundamente!
Aquí es cuando Dios empieza a pensar en el hombre
entrañablemente, como tú y yo hoy en día, mi estimado hermano
y hermana, para crearlo en su imagen y conforme a su
semejanza celestial, "para que el servicio a su nombre muy
santo continúe hacia la eternidad, sin más interrupciones de
sus enemigos eternos", como Lucifer y sus ángeles caídos. Y
ésta imagen y semejanza de nuestro Padre celestial es su Hijo
amado, nuestro Salvador Jesucristo, en el cielo y en la
tierra y entre los hombres, mujeres, niños y niñas de la
humanidad entera; es decir, "que cada uno de nosotros es
infaliblemente la imagen y la semejanza perfecta de Dios y de
su Hijo unigénito", ¡nuestro Salvador Jesucristo!
Y es por esta razón que Satanás nos odia así mismo como
siempre odio a nuestro Padre celestial y a su Hijo amado,
nuestro Señor Jesucristo, en cada uno de nosotros; es más,
cada vez que Satanás nos ve, en realidad, está viendo la
misma imagen y semejanza santísima de Dios y de su Hijo
unigénito en cada uno de nosotros. Y esto es de nosotros de
todas las familias, tribus, naciones y reinos de la tierra,
para envidiarnos incontrolablemente con las fuerzas de su
espíritu y corazón infame y, a la vez odiarnos asimismo con
las fuerzas de sus más terribles profundas tinieblas del más
allá también: "porque somos infaliblemente la gloria inmortal
de vida eterna de nuestro rey Mesías".
Es decir, que Satanás nos odia con el mismo odio con el cual
se comenzó a rebelar en contra de Dios y de su Hijo amado, en
el día de su rebelión en el reino celestial, para hacer que
una tercera parte de los millares de ángeles creyeran en su
pecado y en su maldad, "para alcanzar un fin terrible para
todos". Y sólo nuestro Padre celestial conoce éste mal
terrible, el cual Satanás lo planeo desde mucho tiempo atrás
para lanzarlo en contra de él y de su Jesucristo y sin piedad
alguna también, "para destruir todo lo que es bueno y
glorioso en el cielo y en la tierra para siempre, para que el
alma preciosa del hombre muera infinitamente".
Con el fin de que la humanidad entera ya no ame más a su Dios
y Fundador de su vida, ni menos que su gloria florezca más,
sino que se rebele en contra de Él y de su plan de perdón,
salvación y de bendición eterna eternamente y para siempre,
para que jamás haya paz sino sólo violencia eterna por
doquier. Porque la verdad es que nuestro Padre celestial
tenia que salvar a los ángeles de las mentiras de Satanás
primeramente, asimismo como intento salvar a Adán y a Eva de
las mentiras torcidas de la serpiente antigua posteriormente,
por ejemplo, "para que el mal parara en su lugar muerto y así
no avanzara más hacia la tierra, para destruir al hombre.
Por cuanto, Satanás lo quiere todo para él: el reino de los
cielos, el paraíso del hombre y del Árbol de la vida, la
tierra y La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, "para
que así nuestro Dios ya no sea más conocido por los ángeles
ni menos por los hombres, mujeres, niños y niñas de la
humanidad entera". Simplemente Satanás tiene tanto interés
como en el principio, de destruir la gloria de Dios y de su
Jesucristo a como de lugar en la tierra y posiblemente en el
nuevo reino celestial de Dios y de su nueva humanidad
infinita, regenerada por el nacimiento del Espíritu Santo, ¡
gracias al Espíritu de la sangre sacrificada de nuestro Señor
Jesucristo! Pero no lograra Satanás jamás, porque la sangre
sacrificada de nuestro Salvador Jesucristo ya lo venció de
una vez por todas y para siempre sobre los árboles cruzados
de Adán y Eva y sobre el monte santo de Jerusalén, en Israel,
"para el fin eterno de su maldad infinita del paraíso en
contra del hombre de toda la tierra".
Entonces Satanás lucha en contra de Dios y de su Jesucristo
cada día como en los primeros días del cielo, para que los
ángeles se pierdan infinitamente y así también cada hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera, comenzando con
Adán y Eva en el paraíso, por ejemplo, "para que no crean
jamás en la sangre salvadora de Jesucristo". Y esto fue así
en la antigüedad con los ángeles y hoy con la humanidad
entera también, para establecer su reino infernal en la
tierra y en la vasta creación infinita, para que el nombre
muy santo de nuestro Padre celestial ya no sea honrado por
medio del nombre y de la vida gloriosa de su Jesucristo,
"sino para deshonrarlo inhumanamente".
Ahora, sí Satanás logra deshonrar el nombre santísimo de
nuestro Padre celestial en el corazón de cada hombre, mujer,
niño y niña de la tierra, entonces habrá humillado la gloria
de Dios; ésta es la gloria eterna, "la cual nuestro Dios
envió a la tierra por medio de su Hijo amado, ¡nuestro Señor
Jesucristo!, para que vivamos y no muramos jamás". Además, la
verdad es que los ángeles sólo pueden honrar y exaltar el
nombre muy santo de nuestro Padre celestial, por medio del
Espíritu de la sangre y de la vida gloriosa del Árbol de la
vida, nuestro Salvador Jesucristo; de otra manera, "los
ángeles no pueden honrar ni menos exaltar a nuestro Dios ni a
su nombre santísimo jamás".
Dado que, sólo por medio del conocimiento del Espíritu de la
sangre inmolada, de nuestro Señor Jesucristo y de su vida
gloriosa, es que realmente los ángeles celestiales y así
también los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad
entera, pueden honrar, exaltar, glorificar y amar
sobrenaturalmente a nuestro Padre celestial, desde hoy y para
siempre en la eternidad venidera. Por ello, el nombre
milagroso de nuestro Señor Jesucristo es muy importante para
nuestras vidas día y noche para que crezcamos continuamente
en su imagen y conforme a su semejanza celestial, "las cuales
hemos heredado de nuestro Dios y Creador de nuestras vidas en
el reino celestial para vivirlas hoy en la tierra y en el
paraíso también, para siempre".
Ahora, sin el Espíritu de la sangre inmolada de nuestro Señor
Jesucristo y de su vida victoriosa sobre los árboles cruzados
de Adán y Eva y sobre el monte santo de Jerusalén, en Israel,
entonces "no sólo que no viviremos más, sino que moriremos
para seguir viviendo en nuestros pecados eternos en el bajo
mundo de los muertos", ¡el infierno! Y nuestro Dios no nos
creo para que muramos y descendamos al bajo mundo de los
muertos, sino que vivamos infinitamente ante él y sus huestes
angelicales para ascender hacia la nueva vida eterna de su
Árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo, "clavado con su
sangre santificada sobre los cuerpos cruzados de Adán y Eva
para jamás separarnos de él".
En vista de que, somos la transformación de la gloria de
buena fuente de nuestro Padre celestial, de su Espíritu Santo
y de su Hijo amado, su único gran rey Mesías de todos los
tiempos, el Hijo de David, ¡nuestro Redentor Jesucristo! Y
así cada uno de nosotros será por siempre y para siempre la
gloria creciente de nuestro Dios y de su Espíritu Santo, en
el cielo, en la tierra y en La Nueva Jerusalén Colosal del
cielo, "gracias al Espíritu de la sangre sacrificada y de la
gracia infinita que emana de ella para todos nosotros, su
unigénito", ¡nuestro Salvador Jesucristo!
Sí, todos somos transformados milagrosamente para nuestro
Padre celestial día a día, por el renacimiento de la gloria
infinita del Espíritu Santo de Dios, ¡gracias al Espíritu de
la sangre y de la vida mesiánica del Hijo de David, nuestro
Salvador Jesucristo! Ahora, sí deseas ser transformado de la
vida de tinieblas a la luz más brillante que el sol, pues
entonces "tienes que creer por fin en tu corazón y confesar
con tus labios lo que está en tu alma, el nombre santísimo
del único salvador de tu vida", ¡nuestro Señor Jesucristo!
Y sólo así tu nombre será escrito en "el libro de la vida
eterna" del nuevo reino de los cielos, como en La Nueva
Jerusalén Colosal, para que por fin vivas infinitamente libre
de Satanás y de los pecadores y pecadoras de gran mentira y
de decepción eterna de toda la tierra. Y, por tanto el Señor
te dice a ti hoy, como se lo dijo a los antiguos fieles a la
sangre sacrificada de su Cordero Santísimo, su Hijo amado:
Bienvenido a la vida eterna del nuevo reino de los cielos; no
te quedes atrás, entra ya en el gozo eterno de tu Dios y
Fundador de tu nueva vida infinita.
El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su
Jesucristo es contigo.
¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman,
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado,
nuestro Señor Jesucristo.
LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y
noche, (Deuteronomio 27: 15-26):
"'¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen
de fundición, obra de mano de tallador (lo cual es
transgresión a la Ley perfecta de nuestro Padre Celestial), y
la tenga en un lugar secreto!' Y todo el pueblo dirá: '¡
Amén!'
"'¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su
madre!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!'
"'¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad
de su prójimo!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!'
"'¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!' Y todo el
pueblo dirá: '¡Amén!'
"'¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del
huérfano y de la viuda!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!'
"'¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre,
porque descubre la desnudes de su padre!' Y todo el pueblo
dirá: '¡Amén!'
"'¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier
animal!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!'
"'¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su
padre o hija de su madre!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!'
"'¡Maldito el que se acueste con su suegra!' Y todo el
pueblo dirá: '¡Amén!'
"'¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte
a su semejante, sin causa alguna!' Y todo el pueblo dirá: '¡
Amén!'
"'¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente,
sin causa alguna!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!'
"'¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley,
poniéndolas por obra en su diario vivir en la tierra!' Y todo
el pueblo dirá: '¡Amén!'
LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS
Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo
a la verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo
eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida,
de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre Celestial y de su
Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en
ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que
el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando
llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los
ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando
día y noche entre las llamas ardientes del fuego del
infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios.
En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en
el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en Él, en
espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas
los males, enfermedades y los tormentos eternos de la
presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de
los tuyos también, para la eternidad del nuevo reino de Dios.
Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día
honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de
sus ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano,
mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar
cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada
categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada
dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada
decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus
muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de
la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y
de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de
Israel y de las naciones!
SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS
Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:
PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".
SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos,
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a
los que me aman y guardan mis mandamientos".
TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová
tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre
en vano".
CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero
el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en
ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del
sábado y lo santificó".
QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te
da".
SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".
SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".
OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".
NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de
tu prójimo".
DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu
prójimo".
Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno
de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus
ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así,
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos,
también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde
los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas,
en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos
males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas
familias, por toda la tierra.
Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y
digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y
salvador de todas nuestras almas:
ORACIÓN DEL PERDÓN
Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el
cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día,
dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.
Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre
Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no
perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas.
Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO,
sino es POR MÍ". Juan 14:
NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.
¡CONFÍA EN JESÚS HOY!
MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.
YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA
TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.
- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de
éste MUNDO y su MUERTE.
Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):
Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al
tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que
entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.
QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ
DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di:
Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a
venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.
¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No
_____?
¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?
Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:
Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con
Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate
en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de
Cristo a los demás.
Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del
evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender
más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros
cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio,
entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia,
para ver que clase de libros están a tu disposición, para que
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.
Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti,
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su
Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de
hoy y para siempre.
El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la
paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras
oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras
bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos
los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis
hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre
Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en
el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre.
El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el
Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y
asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de
Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo
corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas,
como antes y como siempre, para la eternidad.
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