(IVÁN): YO SOY EL QUE BORRO TUS PECADOS PARA SIEMPRE

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IVAN VALAREZO

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Jan 24, 2009, 8:34:16 PM1/24/09
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Sábado, 24 de enero, año 2009 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica

(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)

(Muchas Felicidades a todos los Estados Unidos de América por
haber elegido al señor Barac Obama como su nuevo Presidente
constitucional, para que los gobierne junto con sus ministros
por mucho tiempo y sólo con mucho amor a la verdad, el
derecho y la justicia para con cada uno de sus ciudadanos y
ciudadanos, nacionales y extranjeros, por igual. Y sobre
todas las cosas, que nuestro Padre celestial bendiga
grandemente a todos los que aman en sus corazones y en sus
hogares con sus familias y amistades: la paz, el amor, la
verdad, el derecho y la justicia de nuestro Padre celestial y
de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!

Oramos también por los tres pilotos de la fuerza aérea
española, los cuales se accidentaron y partieron al cielo
para estar con su Dios y Fundador de sus vidas para siempre
en el paraíso, gracias al amor y la salvación perfecta de sus
almas vivientes, ¡nuestro Salvador Jesucristo!

Nuestras condolencias son, como siempre, para nuestros
hermanos españoles y hermanas españoles, especialmente para
los familiares y compañeros de los pilotos accidentados en
días recientes. Oramos a fin de que tragedias de esta
naturaleza, ni de ninguna clase, no se vuelvan a repetir
jamás en España, ni en ningún otro lugar del mundo entero,
para que ya no haya más daño alguno ni mucho menos pérdida de
vidas humanas. Le pedimos a nuestro Padre celestial que
siempre nos guarde y nos proteja de todo mal, en el nombre
bendito de su Hijo Jesucristo. ¡Amén!)

YO SOY EL QUE BORRO TUS PECADOS PARA SIEMPRE:

Yo soy el Santo de Israel, el Hijo de David, "sólo yo soy el
que borro tus rebeliones" por amor a mí mismo, y no me
acordare más de tus pecados. Házmelo recordar todo si quieres
hacerlo así hoy; y entremos juntos en juicio para hablar de
todas tus faltas. Habla tú primeramente para justificarte, y
yo borrare de tu vida todas tus iniquidades, para que vivas
feliz en dulce paz celestial y lleno de bendiciones cada día
de tu vida por la tierra y así también en la eternidad.

Dado que, es la sangre santísima del pacto eterno, la cual
fue honrada en Abraham, en Isaac y en Jacobo primeramente con
la que he borrado todos tus pecados para futuras
generaciones. Yo soy tu sanador de todos tus males, yo soy tu
redentor de tu alma viviente en la tierra y en el más allá
también, para siempre; y fuera de mi no hay otro igual en el
cielo ni en la tierra ni menos en La Nueva Jerusalén santa y
gloriosa del cielo.

Por eso es que tienes que acudir al Santo de Israel cada vez
que tengas problemas, para que Dios mismo borre tus faltas,
para que "camines limpio y libre del mal" todos los días de
tu vida en la tierra y en el más allá, recibirás: "la gloria
eterna de ver cara a cara a tu Hacedor", ¡el Todopoderoso de
Israel! Porque cuando Dios decidió perdonar todos tus
pecados, lo hizo desde el comienzo con la misma sangre
santísima de su Hijo amado, sin jamás escatimar nada de Él
para ti ni para ninguno de los tuyos para miles generaciones
venideras en el futuro.

Ésta es la sangre viviente del paraíso, "la fuente de agua de
vida eterna", a la cual Dios mismo llevo de la mano a Adán y
a Eva para que ambos comieran del fruto del árbol de la vida
y así no sufran hambre ni sed jamás, en esta vida ni en la
venidera también, eternamente y para siempre. Sólo ésta es la
sangre santísima del pacto eterno, la cual borra todos tus
pecados para siempre, con tan sólo creer en tu corazón e
invocar con tus labios el nombre bendito del Santo de Israel,
el Hijo de David, tu único salvador posible ante Dios y la
eternidad venidera de toda la creación, hoy en día y para
siempre.

Ésta sangre santa e infinita del pacto eterno no se encuentra
en ningún cordero, becerro, toro, ni en ningún otro animal
rumiante del ritual rutinario del sacrificio en toda la
tierra, sino sólo en el cielo y en el Hijo de David, para
borrar tus pecados y hacerte libre por su verdad y por su
justicia duradera, para siempre. A quien Israel y la
humanidad entera a conocido mejor que el Hijo de David,
virgen de nacimiento, cumplidor del Espíritu Santo de la Ley
viviente, perdona pecados por el poder de su sangre
santísima, sana a los enfermos, libera a los oprimidos por
los malvados de Satanás, fue crucificado, muerto, sepultado y
resucito en el tercer día para vivir eternamente.

Quien ha creído a ésta gran verdad justa y santa del Padre
celestial que su Hijo Santo perdona pecados, limpia de
impurezas el corazón, el alma, el cuerpo y la vida humana de
cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera; sólo
los que caminan en el camino antiguo del SEÑOR creen a esta
gran verdad duradera en sus corazones. Todos fueron creados
por nuestro Padre celestial; todos fueron llamados a creer y
a confesar con sus labios el nombre bendito de su Hijo amado,
nuestro Señor Jesucristo, el árbol de la vida y sus frutos
gloriosos, para comer, para saborear y para vivir la dulce
paz, la cual solamente él nos la da gratuitamente cada día y
para siempre.

Es más, Jesucristo fue la dulzura del corazón de Adán y Eva
en el paraíso, así como siempre lo fue para nuestro Padre
celestial, para su Espíritu Santo y para sus huestes
angelicales; Jesucristo la única verdadera dulzura del
corazón de la vida angelical y de la humanidad entera
también, y para siempre dulce en La Nueva Jerusalén del
cielo. Pero Satanás fue quien los engaña desde el comienzo de
las cosas a Adán y a Eva, para que no participen de los
manjares de la mesa santa del SEÑOR y de su fruto de vida y
de salud eterna, su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo!

Comida sumamente saludable, llena de vida y de bendiciones
sin fin para el corazón, para el alma y para el cuerpo y el
espíritu humano de cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera; estos son manjares de cada día de la mesa
de la cena del SEÑOR, para los ángeles fieles a su nombre muy
santo. Pues con palabras engañosas Satanás hizo que Adán y
Eva jamás se dieran cuenta de que estaban alejándose de la
mesa de la cena del SEÑOR y de su vida santísima de sus
huestes angelicales, como cuando rehusaban comer del fruto
vivo del árbol de la salvación eterna, sin saber jamás lo que
estaban haciendo con sus vidas y los suyos.

Además, Satanás obraba para mal de ellos y para mal de sus
descendientes también, sin conocerlos jamás, para miles de
generaciones venideras, en el paraíso, en la tierra y así
también para la nueva vida eterna de La Nueva Jerusalén santa
y gloriosa del cielo; por eso Satanás desarraiga de su raíz
el árbol de la vida y sus frutos saludables. Así, sutilmente
Satanás los sacó de la luz viviente a vivir en las tinieblas
del sufrir, de las enfermedades, de las penurias y de sus
maldiciones sin fin, como la muerte eterna en la tierra, en
el infierno y en el lago de fuego, la segunda muerte de todo
ser viviente para siempre.

Satanás quería matar a Dios mismo, borrando de la vida del
hombre su imagen y su semejanza celestial, arrancando de su
raíz el árbol de la vida, para que el corazón del hombre y de
la mujer jamás conozcan lo que es vivir felices, alegres y
bendecidos grandemente delante de la presencia del Dios vivo
y Fundador de sus vidas celestiales. Satanás sabia
perfectamente de que si él puede arrancar no solamente el
árbol de la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, entonces la imagen y la semejanza divina de
Dios en ellos ya no se alimentaría de sus frutos vivos, sino
que moriría de hambre y de sed cada día y para siempre.

Visto que, es el fruto del árbol de la vida el que
verdaderamente puede alimentar cada día la imagen y la
semejanza de Dios en cada vida del hombre y la mujer de la
tierra, para que se desarrolle en él y en ella saludable y
normalmente; pero por oído a Jesucristo y su sangre, Satanás
deseaba el mal para todos. Entonces Satanás comenzó a matar
de hambre y de sed del fruto del árbol de la vida, el Hijo de
David, nuestro Jesucristo, la imagen y la semejanza de Dios
en Adán y en todo su linaje humano, para así herir a Dios y a
su Jesucristo de muerte, tal como lo intentó hacerlo así en
la rebelión angelical del cielo.

Y de esta manera cruel, comenzó la muerte de Adán y de cada
uno de sus descendientes, comenzando con Eva su esposa, la
que fue engañada inicialmente por Satanás para dañar a Adán y
a sus descendientes con sus mentiras y maldades crueles del
más allá, como del mismo fondo del infierno, por ejemplo.
Satanás nunca quiso que Adán comiese del fruto del árbol de
la vida, nuestro Señor Jesucristo, y así también cada uno de
sus millares de descendientes, de todos los que serian por
naciones en el paraíso, en la tierra y en la nueva vida
eterna de La Jerusalén perfecta y gloriosa del cielo.

Nuestro Señor Jesucristo, el único perdón perfecto y sanidad
infinita para Adán y para su linaje humano entero en el
cielo, en la tierra y en la nueva eternidad paradisíaca:
Satanás se lo había robado de ellos, matándolo en sus
corazones, desarraigándolo por completo como árbol de vida y
sus frutos saludables, espiritualmente hablando. Por eso es
que el pecador no busca el perdón de sus imperfecciones, por
medio de su Jesucristo, el árbol de la vida y su fruto vivo,
sino por otros lados, como ídolos, imágenes y de gentes
malvadas, llenas de mentiras, calumnias y muertes sin fin y
demás cosas malvadas del más allá, como del mundo de los
muertos.

Pero nuestro Dios deseaba darle de comer y de beber al hombre
y a la mujer inicialmente en el cielo de su propia comida y
de su propia bebida de cada día de su mesa celestial, su
Jesucristo, el único verdadero árbol de la vida del cielo y
la tierra, para ángeles y para hombres. Porque la verdad es
que Jesucristo es el único que pude matar el hambre y la sed
de todo ser viviente, sea ángel del cielo u hombre, mujer,
niño y niña de todas las naciones; por eso, sólo Jesucristo
es el único perdón posible para tus pecados Israel y para la
humanidad entera también, desde hoy y para siempre.

Nuestro Señor Jesucristo es la dulzura del corazón humano,
para sanidad de sus enfermedades más terribles y, a la vez,
su perdón eterno también, para liberación eterna de todos sus
males escondidos, ya sean terrenales o del más allá en la
eternidad, por ejemplo. Pues ésta comida es celestial, es
medicina, la cual Dios mismo les daba a sus nuevas criaturas
del cielo, cada vez que las creaba, para que vivan y no
mueran hambrientos ni sedientos; pero Adán y Eva jamás se
dieron cuenta de nada, y sólo hasta que fue demasiado tarde,
como cuando sentían hambre y sed por el Señor Jesucristo.

Porque la verdad es que Dios crea al hombre y a la mujer para
que se alimenten cada día y por siempre sólo del Señor
Jesucristo, como de su verdad, de su justicia, de su
santidad, de su perfección, de su amor, de su paz y de sus
muchas y ricas bendiciones de su vida eterna, santa y
gloriosa del cielo. Satanás con sus palabras engañosas les
arrebato la comida de ángeles de sus bocas, para que ninguno
de sus hijos e hijas puedan comer ni menos beber de él y así
vivir perdidos infinitamente en sus pecados-porque es el
pecado en la vida del hombre-, el cual le hace sentir hambre
y sed cada día y hasta que muere perdido.

Entonces ésta hambre y sed de cada día del hombre, de la
mujer, del niño y de la niña no es tanto por los frutos de
los árboles, ni por las carnes de las aves, ni de los peces,
ni de los animales vacunos, sino por la carne y del fruto
vivo del árbol de Dios ¡nuestro Señor Jesucristo! En si,
Jesucristo es la comida y bebida, es la medicina eterna, la
cual tu corazón, tu alma, tu cuerpo y toda tu vida humana
anhela sin cesar cada día, desde el día que Adán y Eva
pecaron en el paraíso en contra de Dios y de sus huestes
angelicales.

Y cuando Satanás logra que la carne y el agua de vida del
Señor Jesucristo cesen en nuestras vidas humanas, entonces
nos comenzó a matar así como quiso matar, sin lograrlo, a
Dios, a sus ángeles y a su Jesucristo, para que ya no vivamos
más para la verdad ni para la justicia, sino para la mentira
de la muerte eterna. Satanás con sus mentiras pudo matar a
una tercera parte de los ángeles del cielo y así también a
Adán y a Eva y a sus hijos en el paraíso; porque la verdad es
que la muerte de todo hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera no comienza en la tierra, como todos
piensan, sino en el mismo paraíso.

Por eso es que volvemos a nacer, cuando nos arrepentimos de
nuestros pecados, creyendo en nuestros corazones y confesando
con nuestros labios el nombre salvador del Señor Jesucristo,
entonces la muerte del paraíso deja de tener poder sobre
nosotros, por lo tanto, volvemos a renacer en el mismo
paraíso, y esta vez para la eternidad, sin tener que morir
jamás. Es más, cada vez que volvemos a nacer, entonces
volvemos a nacer no en la carne violenta, sangre manchada y
huesos rebeldes y pecadores de Adán y Eva, sino en la carne
santa, sangre viva y huesos eternos del árbol de la vida, el
Hijo de David, ¡nuestro Salvador Jesucristo!

Es decir, también que cuando creemos en Jesucristo, entonces
volvemos a nacer del Espíritu de su carne y de su sangre
santísima, llena de vida, para no pecar más, porque su cuerpo
santo no peca nunca, y así la carne de Adán junto con sus
huesos, sangre y vida pecadora dejan de tener poder en
nosotros y sobre nosotros para siempre. Pues eso es el
arrepentimiento del corazón del hombre de todos sus pecados,
volver a nacer no de la carne de Adán y Eva como en el
principio en el cielo, sino de la carne, de la sangre, de los
huesos y de la vida eterna del árbol de la vida del paraíso,
el Hijo de David, ¡nuestro Salvador Jesucristo!

Y es por eso que Satanás nos odia cruelmente, para jamás
dejarnos vivir en paz, sino para atacarnos día tras día así
como Dios y su Jesucristo fue atacado en el día de la
rebelión angelical en el reino de los cielos, cuando Lucifer
intento exaltar su nombre inicuo más alto que el nombre del
Señor Jesucristo. Ciertamente, sólo una tercera pare de los
ángeles de Dios creyeron en el nombre inicuo de Lucifer, en
vez de creer en el nombre santo y salvador de Jesucristo, por
es no pudieron mantener sus vidas un día más en el cielo,
sino que tuvieron que descender con el nombre malo de Satanás
en sus corazones al infierno violento.

Pero, a pesar de todo, nuestro Padre celestial fue sumamente
sabio en su trato con Satanás y con sus artimañas engañosas,
pues Dios hizo que Satanás cayera en su propia trampa, en su
propia fosa mortal, la cual había cavado para otros, para que
murieran; por eso, Satanás comenzó a morir en el paraíso,
porque Jesucristo decidió acabar con él para siempre. Porque
cuando Adán y Eva rehusaron comer del fruto del árbol de la
vida, en verdad, abandonaban su única oportunidad de comer y
de beber del Hijo de Dios, el Santo de Israel, para perdón de
sus pecados, para salud, vida y salvación eterna de sus almas
vivientes en la eternidad.

Por ello, ellos ya no podían retractarse de sus palabras ni
de sus acciones equivocas, ni podían volver a nacer del
Espíritu de Dios; ambos habían pecado gravemente delante de
Dios y de su Hijo amado, el árbol de la vida y de salud
eterna para ellos mismos y para la humanidad entera también.
Es decir, también que Adán y Eva ya no podían volver a
recibir a Jesucristo en sus vidas por confesión de su nombre
salvador, ni menos comer o beber de Él, como los ángeles
caídos del cielo, por ejemplo, porque en el cielo sólo hay
una sola oportunidad de recibir o rechazar a Jesucristo y de
ahí nunca más. En sí, esto era el comienzo del fin para el
hombre y para sus descendientes en todas las familias de las
naciones del mundo entero y aún hasta para Dios mismo, es
decir, si seguían viviendo sus vidas pecadoras en el paraíso.

Dado que, si Satanás puede destruir a la humanidad entera en
la tierra, así como destruyo la vida celestial de Adán y Eva
en el paraíso junto con sus hijos, manchándolos cruelmente
con sus mentiras y maldades, pues entonces ya Dios no tendría
propósito para seguir siendo feliz, y nuestro Señor
Jesucristo viviría triste y derrotado para siempre en el
cielo. Porque la verdad es que después de que Adán y Eva
pecaron en contra de Dios y de su árbol de la vida eterna,
por no comer de su fruto vivo, sino por comer del fruto
prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal,
entonces ambos estaban muertos para siempre, sin poder volver
a renacer del Espíritu Santo.

Realmente, Adán y Eva ya no podían arrepentirse de sus
pecados, ni podían confesarlo con sus labios para fortaleza o
ayuda sobrenatural, ni mucho menos volver a tener la
oportunidad de comer del fruto del árbol de la vida y de la
salud eterna en el paraíso, puesto que sólo hay una
oportunidad de recibir o rechazar a Jesucristo. Al
rechazarlo, ambos estaban condenados a morir en sus pecados,
ya sea en el paraíso o en la tierra, para jamás conocer a su
Dios y Fundador de sus vidas, por medio de la luz de la
verdad, de la justicia y de la nueva vida eterna de su Padre
celestial, ¡el Todopoderoso de Israel y de la humanidad
entera!

Adán y Eva, como cada uno de sus hijos y de sus hijas en
todas las naciones la tierra, estaban separados de Dios y de
su vida eterna de bendiciones sin fin del cielo, por culpa de
sus pecados en contra del árbol de la vida santísima, de su
Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo! Por eso, nuestro Padre
celestial en su sabiduría infinita, los deja a ambos
descender a la tierra para seguir viviendo sus vidas de
pecado y de rebelión contra su árbol de la vida, su Hijo
amado, para que posteriormente se convirtiesen en árboles
secos y muertos, para recibir esta vez con clavos el árbol de
la vida eterna, ¡a su Jesucristo!

Puesto que, esta era la única manera para Adán y Eva volver a
nacer del Espíritu Santo de su árbol de la vida, su Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo, para parar de morir y volver
a retomar sus vidas celestiales, pero esta vez con mayores
bendiciones que las primeras. Porque para nuestro Padre
celestial la muerte de cruz de Adán y Eva trabados con clavos
a su Jesucristo, pues entonces podían resucitar y ascender a
la vida para siempre con Él, para seguir siendo felices con
su Hacedor y con sus huestes angelicales y gloriosas del
cielo, y esta vez mucho más felices que en el principio.

Por eso Adán y Eva tuvieron que ser clavados al Señor
Jesucristo, porque no solamente estaban muertos y no podían
confesar sus pecados, pero peor aún no podían comer del fruto
del árbol de la vida, como cuando tuvieron su oportunidad de
hacerlo así en el día que Dios mismo los llevo de la mano a
los pies de su Hijo Jesucristo. Entonces la única manera que
Jesucristo podía ser parte de ellos, además de comer de su
carne y beber de su sangre, para no volver a tener hambre ni
sed, seria clavados a Él, para que así pueda ser Él al fin
parte de sus corazones y de sus cuerpos, como si hubiesen
comido de Él, cuando Dios los llamo primeramente.

Nosotros, hoy en día, no tenemos que ser clavados a
Jesucristo, como nuestros progenitores tuvieron que hacerlo
así después de muertos como árboles secos e inertes, sino que
simplemente podemos comer y beber de la mesa de la cena del
SEÑOR en cualquier día, para que su verdad, su justicia, su
santidad, su perfección y su vida eterna sean nuestras
enteramente. (Se dan cuenta, nuestro Padre celestial fue
siempre más sabio que Satanás en todas sus artimañas en
contra del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de
todas las familias de las naciones de la tierra.)

En la tierra, Adán y Eva ya no eran rebeldes a Dios ni a su
árbol de la vida, sino que llevaban en si mismos la semilla
del pecado y de la rebelión, la cual seria heredada por cada
uno de sus retoños, salvo el Hijo de David, como en el día de
su nacimiento virgen de la hija de David. En su día, Adán y
Eva serian los únicos árboles secos y sin vida sobre toda la
tierra, y muy especialmente sobre la cima santa en las
afueras de Jerusalén, en Israel, los cuales, por voluntad
divina, recibirían cruzados el uno al otro con clavos al
árbol de la vida, al único dador de la vida eterna, ¡a
nuestro Salvador Jesucristo!

Y sólo así, Adán y Eva podían al fin comer y beber de Él,
para no volver a tener hambre, ni menos volver a tener sed
jamás en todos los días de sus vidas por la tierra y en el
más allá también, como en La Nueva Jerusalén santa y gloriosa
del cielo, por ejemplo. Pero antes que todo esto suceda,
mucho antes que el Plan de Salvación de Dios se manifestara
grandemente, Adán y Eva tuvieron hijos en la tierra, pero en
pecado naturalmente; ellos nacieron en su vida pecadora,
rebelde e injusta hacia Dios y hacia su Hijo amado, el fruto
del árbol de la vida eterna, el Hijo de David, ¡nuestro Señor
Jesucristo!

Es decir, que los hijos de Adán habían nacido para sufrir
cada día y finalmente morir en el mundo de las tinieblas de
Satanás, el infierno, para jamás conocer al dador de la vida
eterna, nuestro Padre celestial, por medio de su Hijo amado,
el fruto del árbol de la vida, ¡nuestro Señor Jesucristo!
Posteriormente, el pecado de Adán y Eva se manifestó en su
fulgor y en su gran fuerza de rebelión hacia Dios y hacia su
Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, para sorpresa de Adán y
Eva, cuando Caín, en un momento de celo y de rebelión, mata a
su hermano Abel, así como Satanás quería matar a Jesucristo
en el paraíso, por ejemplo.

Ese es el poder del pecado, desde su nacimiento en el reino
de los cielos, atacar a Dios y tratar de desfigurarlo,
herirlo y hasta matarlo a como de lugar, aunque caigan muchos
de sus ángeles o muchos de sus hombres en el paraíso, en la
tierra o en cualquier otro lugar de la gran creación
celestial. Y, desde entonces acá, todo conflicto, toda
batalla, toda guerra es en contra de Dios y de su Jesucristo,
de una manera u otra, para terminar con la obra santa de Dios
en el cielo, en el paraíso, en la tierra y así también en La
Nueva Jerusalén santa y gloriosa del más allá.

Aquí, Caín decide matar a Abel su hermano, porque Dios había
recibido de sus manos su ofrenda de paz para con él; y,
durante el proceso, la ofrenda de paz de Caín es rechazada
por su Dios mismo; esto fue algo que estremeció grandemente
el corazón de Caín, al verse rechazado por Dios por su
ofrenda de paz sin sangre. Una ofrenda sin Cristo, por la
cual él pensó que era lo mejor de los frutos de la tierra, en
sus frutas, vegetales y demás (por cierto, sí fue su ofrenda
presentada la primicia de la tierra), pero no lo
suficientemente jamás para expiar por sus pecados, sin la
sangre del Cordero Escogido de Dios, su Hijo amado, ¡nuestro
Señor Jesucristo!

Y la razón porque Dios rechaza la ofrenda de Caín, en primer
lugar, fue porque nuestro Padre celestial desea que su
ofrenda sea una ofrenda rociada o salpicada con sangre del
cordero de un año y sin tacha alguna en todo su cuerpo (esto
significa que la sangre del cordero es lo más pura posible
para el sacrificio). Esto es un ritual del servicio al SEÑOR
del cielo y de la tierra, el cual los hebreos, especialmente
los Levitas, sacerdotes de Israel, entendían muy bien a la
hora del sacrificio del cordero o corderos, para perdón de
pecados y sanidad del pueblo entero de todas sus enfermedades
y males del enemigo, por ejemplo.

Ésta es la sangre santísima del Cordero Escogido por Dios, la
cual es infinitamente el olor grato para nuestro Padre
celestial sobre su altar santo en su templo glorioso del
reino angelical, y nada menos que su sangre santa, nuestro
Dios no acepta jamás ninguna ofrenda, ningún sacrificio ni
ninguna oración de persona o de personas, de nación o de
naciones. Nuestro Dios sí veía el Espíritu de la sangre y del
nombre glorioso del Hijo de David, y entonces los limpiaba de
sus males y enfermedades, perdonándoles, para jamás volverse
a acordar de sus pecados; en sí, era la sangre del pacto
eterno del Santo de Israel lo que cambiaba todo a favor de
los hebreos y de los extranjeros también.

Como en el principio en el paraíso o en la tierra con los
hebreos, por ejemplo, el poder siempre radica grandemente en
la unción de la oración, por el Espíritu del nombre y de la
sangre milagrosa y aromática del Señor Jesucristo, para que
nuestro Padre celestial actuara a favor de nosotros cada día
y por siempre en todo. Y esto es también, hoy en día, en
todas las cosas que le conciernen a los hombres, a las
mujeres, a los niños y a las niñas de la humanidad entera,
para perdón, para sanidad, para resolver problemas y
dificultades, para prosperidad y riquezas, para paz y para
amar y servirle a Dios sobre todas las cosas progresivamente
y por siempre.

Es decir, que lo mismo sigue siendo verdad hoy en día en
todos los lugares de la tierra, especialmente en la tierra
escogida por Dios mismo para Israel y para la humanidad
entera, en el Oriente Próximo; nuestro Padre celestial oye
las oraciones de todos, hebreos y gentiles, pero sólo por
amor a la sangre y el nombre de su Hijo Jesucristo. En vista
de que, sólo nuestro Señor Jesucristo es el perdón y la
salvación eterna del hombre en la tierra, en el paraíso y
para siempre en la nueva vida infinita santa y saludable del
cielo.

Por lo tanto, es la sangre del cordero sacrificado, la cual
nuestro Padre celestial ve y recibe de cada ofrenda cuando es
llevada delante de su presencia santa, o puesta sobre su
altar, para perdón de pecados, sanidad, bendición y salvación
del alma viviente del hombre, de la mujer, del niño o de la
niña del mundo entero, en nuestros días. Y, para empezar mal
cualquier vida humana, la ofrenda de Caín no tenía sangre
alguna de ningún cordero sacrificado, sino que todo era lo
mejor del fruto de la tierra, como vegetales y frutas, por
ejemplo; y Dios rechaza la ofrenda de Caín, por la falta de
la sangre de su Hijo amado en él.

Apartado, Caín sabia perfectamente que Dios requería de él la
sangre de su Hijo amado sobre su ofrenda o sobre su
sacrificio de paz, pero no lo quiso hacer así
caprichosamente, sino sólo a su manera errada y mal
intencionada, lo cual hizo que Dios lo rechazase
instantáneamente para que su vida no sea bendecida como la de
su hermano Abel. Y Dios le dijo a Caín, vuelve a hacer tu
ofrenda de paz para conmigo, trayéndome de lo mejor del fruto
de la tierra, como lo hiciste primeramente, pero esta vez con
el Espíritu de oración del nombre y de la sangre bendita de
mi Hijo Jesucristo, y yo recibiere tu ofrenda de paz, sin más
ni más.

Aún así, Caín no quiso obedecer a Dios, sino que prefirió
seguir su malvado camino, quitándole la vida a su hermano
Abel en un momento de ira, cuando Dios mismo lo había llamado
a que vuelva a hacer su sacrificio de paz para con Él, pero
esta vez con la sangre y el nombre glorioso de su Hijo
Jesucristo. Y Caín pudo haberse reconciliado con su Dios, al
tan sólo obedecerle a él, cuando le dijo que podía volver a
hacer su ofrenda de paz para con él, pero únicamente con el
Espíritu del nombre y de la sangre activa de su Hijo
Jesucristo únicamente.

Neciamente, así fue como Caín arruino su vida valiosa,
reteniendo su propio pecado, pudiéndolo haberlo dejado sobre
la sangre del Señor Jesucristo, cumpliendo así con la
voluntad perfecta de su Dios en su vida y en la vida de los
suyos también, para siempre. Porque cada sacrificio para
perdón de pecado, sanidad del cuerpo, espíritu, alma y vida
del hombre, de la mujer, del niño o de la niña, tiene que
tener, o ser rociada, por la sangre del cordero; y si no
tiene sangre del cordero la oración u ofrenda, entonces Dios
no la puede aceptar de nadie, ni en sueños.

Visto que, sin la presencia de la sangre bendita de su Hijo
sobre el sacrificio, sobre la ofrenda, sobre su altar
celestial y sobre cada uno de sus hijos e hijas, entonces
nuestro Padre celestial no ve verdad ni justicia ni santidad
en nada, ni en ninguno de ellos; y esto es pecado en la
antigüedad y hoy en día también. Y nuestro Padre celestial
siempre ve primero, cuando recibe cualquier tipo de
oraciones, ruegos, suplicas o sacrificios, el Espíritu de la
sangre viviente del pacto eterno de su Hijo amado, el Hijo de
David, ¡nuestro Señor Jesucristo!, para perdonar, para sanar,
para reconstruir, para edificar y para todas las demás cosas,
lo que el hombre desee de él cada día y siempre.

Condicionalmente, siempre fue su sangre santísima en el
paraíso con Adán y Eva, y con todos los hombres, mujeres,
niños y niñas de la humanidad entera sobre toda la tierra,
comenzando con Israel, lógicamente, para expiar por los
pecados y salvación eterna de cada una de sus almas
vivientes, en esta vida y en la venidera también, para
siempre. Y cuando Abel presenta su ofrenda del cordero
sacrificado, entonces nuestro Padre celestial recibió la
sangre de su sacrificio u ofrenda de paz, como la misma
sangre santa de su Hijo Jesucristo, para perdón de pecados,
sanidad, salud, bendición y salvación de su alma viviente;
Abel salió caminando justificado delante de la presencia
santa de Dios, pero Caín, desdichadamente, no.

Es decir, que Abel salió en paz para con su Dios y Fundador
de su nueva vida eterna, cuando Caín, por no tener el
Espíritu de la sangre y del nombre glorioso del Señor
Jesucristo, el Hijo de David, entonces salió de la presencia
de Dios sin paz en su corazón, listo para hacerle la guerra a
cualquiera. Caín no tenía paz en su corazón, sino que la ira
de Dios estaba sobre él en su mayor parte, para mal de su
vida y de la de los suyos también, como Adán, Eva y su
hermano Abel, tristemente; y la ira de Dios está sobre toda
oración, ofrenda, ruegos, intercesiones, sacrificios, si no
está también la unción del Espíritu de la sangre bendita de
su Hijo Jesucristo.

Visto que, la ofrenda o sacrificio de Caín no tenía la sangre
de su Hijo para perdonarlo, sino que todo eran frutas y
vegetales; y nuestro Padre celestial no perdona el pecado de
nadie con frutas o vegetales, sino con el Espíritu del nombre
y de la sangre santísima de su Hijo amado, el Hijo de David,
¡el Santo de Israel! Y si hoy no estas perdonado de tus
pecados que cometiste en contra de tu hermano o hermana,
padre o madre, amigo o amigo o cualquier otra persona, como
tu prójimo, entonces es porque nuestro Padre celestial no
sólo no perdona tus pecados aún, sino porque Jesucristo no
vive en tu vida para defenderte como su hermano por quien
murió crucificado.

Es decir, que el Espíritu de la sangre y del nombre de su
Hijo Jesucristo no está sobre ti o en ti, porque no has
clamado a tu Dios y único salvador de tu alma viviente, el
Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera, el Hijo de
David, ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque siempre fue la
sangre del Señor Jesucristo en el paraíso para con Adán y
Eva, para que nuestro Padre celestial comenzase a bendecir
sus vidas grandemente no solamente con su amor sino con paz y
con cada una de sus más ricas y gloriosas bendiciones de la
vida santa del reino angelical, por ejemplo.

Así pues también nuestro Padre celestial fue posteriormente
con Adán y Eva y con cada uno de sus hijos e hijas, como Caín
y Abel en sus días de vida en nuestra tierra. En Abel,
nuestro Padre celestial deseo bendecir su vida grandemente,
pero únicamente con el Espíritu de la sangre santísima y del
nombre glorioso de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo;
y, por tanto, Abel fue grandemente bendecido por Dios, lo
cual llevo a Caín a tener gran celo y envidia de él.

Haciendo así que Caín no ofreciera el Espíritu de la sangre y
del nombre glorioso del Señor Jesucristo ante su Dios con su
ofrenda de paz y amor, de lo mejor de la tierra de sus frutas
y de sus vegetales; porque después de haber sido rechazada su
ofrenda de paz por Dios, entonces sintió celos y envidia
hacia Abel. Pero nuestro Dios amaba a Caín grandemente, de la
misma manera que amaba a Abel con todo su corazón santo; y,
por ello, Dios mismo, después de haberlo rechazado, entonces
decidió darle una nueva oportunidad, pero esta vez tenia que
ser de la manera que Él mismo lo había llamado a llevar su
ofrenda de paz delante de su presencia santa.

Y le dijo Dios a Caín: vuelve a mí con tu ofrenda para que yo
la vuelva a considerar, pero únicamente con el Espíritu de la
sangre y del nombre glorioso de Jesucristo, mi Hijo amado, y
único salvador posible de tu vida y de los tuyos también en
toda la tierra y por donde sea que vayas para siempre. Caín
decidió no regresar con su ofrenda de paz para con su Dios,
bendecida milagrosamente, por ejemplo, por él mismo, por el
espíritu de fe, del nombre glorioso y de la sangre bendita
del pacto eterno de nuestro Señor Jesucristo, entre Dios y el
hombre, pecando así grandemente en contra de Dios y de su
alma viviente.

El pecado cegó el corazón y los ojos de Caín poderosamente,
para que no viera el amor de Dios y de la sangre
santificadora y milagrosa de Jesucristo sobre su vida y sobre
la vida de los suyos también, porque no hizo jamás lo que
Dios le había ordenado hacer inicialmente una y otra vez con
su ofrenda de paz. Y esto fue, espiritualmente hablando,
rociar su ofrenda de paz para con Él, y sólo con la sangre
santísima del pacto eterno, de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo, el Santo de Israel, para que su ira divina se
aparte de su vida y no le haga daño a él ni a ninguno de los
tuyos en toda la tierra.

Demostrado que es la sangre la que lleva nuestra nueva vida
eterna y, por tanto, cambia milagrosamente nuestra carne
pecadora de Adán a la carne santa de Jesucristo, y así
también cambia nuestra sangre enferma de Adán a la sangre
salubre del pacto eterno de Dios, para con Abraham, Isaac y
Jacobo en la tierra y en el cielo por ejemplo. Aquí es cuando
renacemos en el paraíso y, justamente, escapamos las
maldiciones y sus enfermedades mortales, de muertes terribles
en la tierra y en el mundo de los muertos, como del infierno
y del lago de fuego, para jamás vivir en la sangre enferma de
Adán sino solamente en la sangre viviente de Jesucristo y de
su Espíritu Santo para siempre.

En verdad, es bueno traerle a nuestro Padre celestial toda
clase de ofrendas y regalos cada día, en todos los lugares de
la tierra, pero tienen que ser acompañadas siempre por el
Espíritu del nombre y de la sangre santísima del pacto eterno
entre Él y el hombre, su Hijo amado, ¡nuestro Señor
Jesucristo!, para que nos perdone nuestras faltas siempre.
(Nuestras ofrendas y regalos deberían ser a nosotros mismos,
como a familiares, amistades, vecinos y a nuestro prójimo de
cada día, pero siempre a los más necesitados, obviamente.) De
otra manera, nuestro Padre celestial jamás podrá aceptar
ningún tipo de ofrendas ni de regalos para él o para sus
hijos e hijas en todas las naciones de la tierra, para
perdonarnos, para sanarnos, para bendecirnos y para hacer
cosas maravillosas cada día en nuestras vidas y en la vida de
los nuestros también.

Ciertamente que nuestro Padre celestial busca siempre, como
en los días del paraíso o de la antigüedad de nuestra
presente era, la sangre viviente del pacto eterno en nuestras
vidas y en cualquier ofrenda, sacrificio o regalo que le
presentemos a él o a los suyos, por ejemplo, para que haya
perdón y las ventanas del cielo se abran. Es decir, para que
las ventanas de los cielos se abran y dejen de derramar de
sus riquezas insondables sobre todos nosotros, los buenos y
los malos, grandes y pequeños, ricos y pobres, para que haya
más amor, paz y gloria de todas las cosas en abundancias en
las familias y en los hogares de las naciones del mundo
entero.

Porque eso es lo que nuestro Padre celestial desea ver en
cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las
familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la
tierra, las riquezas insondables de la sangre del pacto
eterno de entre Él y el hombre, nuestro Señor Jesucristo, ¡el
salvador de Israel y de la humanidad entera! Porque si
nosotros enviamos hacia arriba, como hacia sus lugares
santísimos, como su altar o su morada bendita de su trono
glorioso, el Espíritu aromático de la sangre y del nombre
glorioso de su Hijo amado desde nuestros mismos corazones y
desde nuestro diario vivir en la tierra hacia donde Él
habita, entonces nuestro Dios abrirá las ventanas del cielo.

Sí, nuestro Dios abrirá las ventas de los cielos de par en
par, para devolvernos nuestras bendiciones con riquezas
sumamente gloriosas para nuestras vidas, como perdón de
nuestros pecados y sanidad de nuestras vidas y de nuestras
tierras también, por los poderes sobrenaturales del Espíritu
Santo de la sangre y del nombre glorioso de su Hijo amado, ¡
nuestro Señor Jesucristo! Sí, así es, si nosotros mismos en
toda la tierra enviamos al cielo riquezas insondables de
nuestros corazones y de nuestras almas vivientes, por los
poderes sobrenaturales de la sangre del Señor Jesucristo,
entonces nuestro Padre celestial nos perdonaría nuestras
faltas y abriría las ventanas de los cielos, para que sus
bendiciones desciendan a nuestras vidas con grandes poderes
sobrenaturales.

Esto seria glorioso para cualquier vida humana, lo que
necesitamos cada uno de nosotros vivirlo ya, como los ángeles
del cielo, por ejemplo, los cuales viven en perfecta armonía
de Dios y de sus ricas bendiciones, gracias a la presencia
constante en sus vidas del árbol de la vida, ¡nuestro Señor
Jesucristo! Realmente, son nuestras iniquidades lo que tienen
las ventanas de los cielos cerradas, para que las bendiciones
y riquezas de sus tierras y cielos santos no se derramen
sobre nosotros cada día y cada noche y para siempre, para
salud y para salvación de nuestras vidas y de todas nuestras
tierras también, las cuales han sufrido mucho derramamiento
de sangre inocente.

Hoy en día, así como en la antigüedad, toda la tierra y sus
mares con sus cielos está hambrienta y sedienta de las ricas
bendiciones del fruto del árbol de la vida, nuestro Señor
Jesucristo, para volver a nacer o formarse nuevamente con
nuevas tierras y con nuevos cielos gloriosos para siempre, en
la nueva eternidad venidera. Toda la tierra y sus mares con
sus cielos desean cada día que las ventanas de los cielos se
abran para que sean llenos de las ricas bendiciones de la
misma tierra santa y los cielos gloriosos del reino
angelical; por nuestra culpa, son nuestras tinieblas las que
han parado de descender estas bendiciones celestiales sobre
nosotros y sobre nuestras tierras.

Y sólo el Señor Jesucristo nos puede limpiar de nuestros
pecados y de nuestras muchas tinieblas, para llenarnos de su
luz viviente y así las bendiciones del cielo desciendan cada
día y cada noche a nuestras vidas y a toda nuestra tierra y
sus grandes mares cubiertos de sus cielos insondables, para
que ya no sufran más hambre y sed. En verdad, cada vez que
los hebreos presentaban sus ofrendas de sus animales
rumiantes, entonces tenían que ser santos de un año y libre
de toda tacha, esto significaba que su sangre era pura, para
que entonces nuestro Padre celestial vea el Espíritu del
nombre y de la sangre de su Jesucristo, para perdonarlos y
bendecirlos cada día y por siempre.

De otra manera, nuestro Padre celestial no podía jamás
bendecir a Israel ni menos perdonarles sus pecados de cada
día, si no veía con sus propios ojos el Espíritu de fe, del
nombre y de la sangre santísima del pacto eterno, hecha
inicialmente con Abraham, con Isaac y con Jacobo, por
ejemplo: y ésta sangre santa "es la de Jesucristo siempre".
Porque la sangre del Cordero Escogido por Dios mismo desde la
fundación del cielo y la tierra, empezando con Adán y Eva en
el paraíso, no ceso jamás de tener poder para perdonar, para
limpiar, para sanar, para reedificar, para amar y para salvar
el corazón, el alma, el espíritu, cuerpo y vida del hombre y
la mujer del mundo entero.

Fue por la sangre y del nombre del Señor Jesucristo que
nuestro Padre celestial crea a Adán y Eva en el paraíso
inicialmente, para bendición y para empezar una nueva vida
infinita de su Gran Jerusalén santa y gloriosa del cielo. Fue
por el Espíritu de la sangre gloriosa y del nombre bendito
del Hijo de David, por el cual nuestro Padre celestial empezó
a liberar a Israel del poder de sus verdugos en Egipto y
sobre la cima del Sinaí, por ejemplo, para que la nueva vida
eterna de La Nueva Jerusalén celestial empezara ya.

En aquel entonces, Moisés vio el árbol de la vida, a nuestro
Señor Jesucristo, el Hijo de David, brillando en su luz
fulminante, como llamas de fuego, las cuales ardían pero no
hacían daño a nada en todo su derredor, quemando el pecado de
Israel constantemente; de aquí, Moisés, una vez que se acerco
a David, jamás se separo de Él. Desde el Sinaí, nuestro Padre
celestial pudo seguidamente comenzó la liberación de Israel
del poder de sus cautivadores, y así siempre será nuestro
Dios con la misma sangre antigua y sobrenatural del Hijo de
David para librarnos aún mucho más de nuestros enemigos
eternos.

Por eso, es el Espíritu de la sangre y del nombre de
Jesucristo lo que nos bendice siempre a todos en cada momento
de nuestras vidas, para librarnos de muchos males terribles,
como de los que vemos y de los que no (vemos), sino sólo
nuestro Padre celestial que está en los cielos los ve
siempre, y nada escapa de Él jamás. Porque sin el Espíritu
del nombre milagroso y de la sangre santísima del pacto
eterno no hay perdón posible ni menos sanidad, ni
edificación, ni bendición de ninguna clase ni mucho menos
salvación del alma de ningún hombre, mujer, niño o niña de
todas las familias de las naciones de la tierra, comenzando
con Israel.

Probado que, para nuestro Padre celestial es totalmente
imposible perdonar a Adán y a Eva en el paraíso, o en la
antigüedad, o en nuestros días, por ejemplo, o en las
generaciones venideras de las naciones, si no es sólo por
medio del Espíritu bendito del nombre glorioso y de la sangre
santísima de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo! Fue
por esta razón, por la cual nuestro Padre celestial rechaza
el sacrificio o la ofrenda personal de Caín, puesto que su
ofrenda de paz no tenia sobre ella el nombre de su Hijo
amado, ni menos su sangre santísima del pacto eterno, la cual
seria derramada posteriormente sobre el monte santo en las
afueras de Jerusalén, para fin de todo pecado.

Pero nuestro Padre celestial recibió con mucho gusto el
sacrificio o la ofrenda de paz de Abel, porque se veía
claramente sobre ella el nombre santísimo y la sangre bendita
del pacto eterno de su Hijo amado, el Hijo de David, ¡el
único salvador posible de Israel y de las naciones! Y lo
mismo ha sido verdad siempre, desde entonces acá toda ofrenda
o sacrificio presentada delante de la presencia santa de
nuestro Padre celestial tiene que tener el Espíritu del
nombre y de la sangre viviente, para expiación eterna de
todos nuestros pecados de cada día, en su Hijo amado, ¡
nuestro Señor Jesucristo!

De otra manera, no es recibida jamás por nuestro Padre
celestial ninguna ofrenda o sacrificio de paz, sea de quien
sea la persona, hebrea o gentil, en todos los lugares de la
tierra, en la antigüedad, en nuestros días o en el futuro
venidero, por ejemplo. Por eso, cuando el SEÑOR les hablaba a
los antiguos por medio de sus profetas y sus Escrituras, pues
siempre era por medio del Hijo de David, y sin la sangre
viva, santificadora y todopoderosa del Hijo de David, nuestro
Padre celestial jamás les habla a los hebreos ni a ninguna
otra gente o nación de toda la tierra.

En otras palabras, cada vez que leemos las Escrituras, desde
el comienzo y hasta el fin, es el Hijo de David, nuestro
Salvador Jesucristo, hablándole a Israel y a la humanidad
entera, para que hagan la voluntad perfecta de su Padre
celestial que está en los cielos, de creerle a Él sólo por
medio de su Hijo Jesucristo, ¡la sangre de Israel! Y sin la
sangre santa del Hijo de David nuestro Padre celestial jamás
les habla a los hebreos ni a ninguna otra gente de todas las
naciones del mundo entero, como desde la antigüedad de la
cima del Sinaí y hasta nuestros días, por ejemplo, sobre la
cima del monte santo en las afueras de Jerusalén, en Israel.

Es decir, que la sangre santificadora de David les empezó a
hablar desde el paraíso a Adán y a Eva, desde el Sinaí a los
hebreos, y desde las afueras de Jerusalén, en Israel, sobre
su monte santo a las naciones de toda la tierra, para perdón
de sus pecados y sanidades de sus vidas y de sus tierras para
siempre. Entonces cada vez que oímos la palabra del SEÑOR, en
verdad es el Señor Jesucristo personalmente quien nos está
hablando, así como les hablaba a los antiguos por sus
profetas y por las Escrituras, así pues también hoy en día,
en toda la tierra, con todo hombre, mujer, niño y niña de
todas las familias de las naciones.

Es el mismo Señor Jesucristo quien perdonó los pecados de
Israel en la antigüedad, así pues también hoy en día con
todos nosotros nos sigue perdonando nuestros pecados en
exactamente de la misma forma con su sangre reparadora, para
que vivamos para nuestro Padre celestial y jamás muramos para
Satanás en esta vida ni mucho menos en el infierno, para
siempre. Así como nuestro Señor Jesucristo les decía a los
antiguos, pues nos dice lo mismo hoy en día: Yo soy el que
borro tus rebeliones; yo soy el que perdono tus pecados de
cada día en el cielo y en la tierra infinitamente.

Háblame y te oiré en el cielo, para que ya no camines ciego
entre las tinieblas de tus iniquidades, sino para que de
ahora en adelante camines en la luz de tu nueva vida
celestial y angelical. Hazme saber de tus faltas, entremos en
juicio todos juntos en esta misma hora, en un momento de
oración y de fe, y yo te limpiare de todas ellas, para que ya
no vivas hambriento y sediento de tu Dios y Fundador de tu
nueva vida infinita, sino todo lo contrario.

Para que entonces vivas por siempre feliz y gozo de amar y de
conocer a tu Padre celestial que está en los cielos, por los
poderes sobrenaturales que actúan en el corazón, en el
espíritu, en el cuerpo y en la vida humana de cada hombre,
mujer, niño y niña que cree a Jesucristo y en su Dios
infinitamente. Sólo Jesucristo, con su sangre santísima del
pacto eterno entre Dios y el hombre, no sólo borra los
pecados de Israel sino también de todos aquellos que le
invocan y le aman en el Espíritu y en la verdad duradera de
su justicia infinita, cumplida sobre el monte santo en las
afueras de Jerusalén, para fin de todo pecar.


El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su
Jesucristo es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman,
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para
siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo amado,
nuestro Señor Jesucristo.

LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y
noche, (Deuteronomio 27: 15-26):

"'¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen
de fundición, obra de mano de tallador (lo cual es
transgresión a la Ley perfecta de nuestro Padre celestial), y
la tenga en un lugar secreto!' Y todo el pueblo dirá: '¡
Amén!'

"'¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su
madre!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!'

"'¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad
de su prójimo!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!'

"'¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!' Y todo el
pueblo dirá: '¡Amén!'

"'¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del
huérfano y de la viuda!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!'

"'¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre,
porque descubre la desnudes de su padre!' Y todo el pueblo
dirá: '¡Amén!'

"'¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier
animal!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!'

"'¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su
padre o hija de su madre!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!'

"'¡Maldito el que se acueste con su suegra!' Y todo el
pueblo dirá: '¡Amén!'

"'¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte
a su semejante, sin causa alguna!' Y todo el pueblo dirá: '¡
Amén!'

"'¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente,
sin causa alguna!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!'

"'¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley,
poniéndolas por obra en su diario vivir en la tierra!' Y todo
el pueblo dirá: '¡Amén!'

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo
a la verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo
eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida,
de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre celestial y de su
Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en
ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que
el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando
llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los
ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando
día y noche entre las llamas ardientes del fuego del
infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios.
En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en
el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en Él, en
espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas
los males, enfermedades y los tormentos eternos de la
presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de
los tuyos también, para la eternidad del nuevo reino de Dios.
Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día
honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de
sus ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano,
mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar
cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada
categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada
dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada
decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus
muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de
la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y
de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de
Israel y de las naciones!

SÓLO ÉSTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos,
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a
los que me aman y guardan mis mandamientos".

TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová
tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre
en vano".

CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero
el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en
ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del
sábado y lo santificó".

QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te
da".

SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".

NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de
tu prójimo".

DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu
prójimo".

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno
de los tuyos, también. Hazlo así y sin más demora alguna, por
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus
ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así,
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos,
también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde
los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas,
en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos
males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y
digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de
la presencia santa del Padre celestial, nuestro Dios y
salvador de todas nuestras almas:

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el
cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día,
dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.

Porque sí perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre
celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no
perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO,
sino es POR MÍ". Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY!

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA
TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de
éste MUNDO y su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al
tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que
entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁS TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ
DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di:
Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a
venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No
_____?

¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?

Sí tu respuesta fue Sí, entonces esto es solo el principio de
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con
Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate
en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de
Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del
evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender
más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros
cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio,
entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia,
para ver que clase de libros están a tu disposición, para que
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti,
para que te goces en la verdad del Padre celestial y de su
Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la
paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras
oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras
bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos
los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis
hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre
Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en
el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre.

El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el
Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y
asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de
Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo
corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas,
como antes y como siempre, para la eternidad.


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