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(IVÁN): LA LECTURA DE LA LEY TRAE A JESUCRISTO DE REGRESO AL MUNDO:

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IVAN VALAREZO

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Jun 7, 2009, 2:37:37 PM6/7/09
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Sábado, 06 de junio, año 2009 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica


(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)

(Nuestras condolencias son para las familias de las
doscientas veintiocho victimas que se fueron con el Señor
Jesucristo, en el día que el vuelo de Brasil a Francia
desapareciera sobre los cielos del Atlántico, sin saber las
razones del por qué hasta el día de hoy. Todos estos días
hemos esperado de que aparecieran algunos sobrevivientes,
flotando sobre el océano en partes del avión o algo así, pero
aparentemente esto no podría ser posible hasta el día de hoy,
dado el tiempo pasado y la inmensidad del océano y sus aguas
y climas traicioneros, por ejemplo. Pero abrigamos la
esperanza, y según la promesa de bendición y de salvación de
nuestro Señor Jesucristo, de que él mismo se los llevo en
aquel día a la presencia santa de nuestro Padre celestial,
para que regresen a sus brazos y a sus manos santas, de donde
salieron formados en su imagen y conforme a su semejanza
celestial, para ser sus hijos eternamente.

Cada uno de ellos ha encontrado su lugar eterno del paraíso,
para seguir viviendo feliz y gozo de corazón, alma, vida y
espíritu humano delante de nuestro Padre celestial y de su
árbol de la vida, su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!
Pues a él le damos las gracias, por haber amado y bendecido
grandemente sus vidas, en la tierra y ahora en el paraíso,
para que jamás se vuelvan a separar de su presencia santa por
culpa del pecado de nadie, sino que vivan felices cada día y
para siempre en su nueva eternidad celestial, encontrada en
el más allá. Del más allá, de donde salimos formados en las
manos de nuestro Padre celestial, para ser sus hijos e hijas
en la tierra y en el paraíso, por los siglos de los siglos,
por amor a su fruto de vida eterna, su Hijo Jesucristo, ¡
nuestro Salvador celestial!

¡Que nuestro Padre celestial los bendiga y los guarde cada
día y por siempre, en el espíritu de Padre bondadoso,
todopoderoso y proveedor infinito por medio de su Hijo
Jesucristo y del Espíritu Santo de sus eternos mandamientos
de amor, verdad, justicia y de vida eterna llena de milagros,
maravillas y de bendiciones sin fin para todo nuestro
espíritu humano, para siempre! ¡Amén!)

LA LECTURA DE LA LEY TRAE A JESUCRISTO DE REGRESO AL MUNDO:

Siempre, guarden todo lo que está escrito en el libro de la
Ley, sin apartarse de ella ni a diestra ni a siniestra, para
que todo les vaya bien en todos los lugares, por donde sea
que vayan por toda la tierra, les decía Josué a los
israelitas de parte de nuestro Padre celestial antes de
entrar a la tierra prometida. Propiamente, nuestro Padre
celestial estaba con ellos para hacer prodigios y milagros
maravillosos en sus vidas, y a vista de las naciones que los
rodeaban por todo el desierto, pero si tan sólo le eran
fieles al Espíritu Santo de Sus Diez Mandamientos y de su
nombre glorioso; esto ha sido siempre importante para Israel
hacer progresivamente, para seguir fielmente al SEÑOR.

Pues éste era el poder sobrenatural de Israel en aquellos
días, el Espíritu Santo de los mandamientos y el nombre
sagrado de su Gran Rey Mesías, el Hijo de David, que estaba
con ellos para llevarlos paso a paso por el desierto hacia la
tierra prometida, llenos de grandes victorias en contra de
Satanás y de sus enemigos de siempre. Ciertamente que el
Espíritu Santo de los mandamientos se engrandecía
maravillosamente con ellos y en todos sus derredores de cada
día, pero si tan sólo se mantenían fieles a él, por medio de
la lectura de su palabra santa y del nombre bendito de su
Cordero Escogido, ¡el Hijo de David!

En la medida en que, el Espíritu Santo de Los Diez
Mandamientos llevaba en sí, por mandato de nuestro Padre
celestial para el fin del pecado y la bendición eterna de una
nueva vida bendita: "la semilla de la bendición celestial y
eternal", el nacimiento virgen del Gran Rey Mesías, el Hijo
de David, pero sólo en la tierra de Israel. Fue por esta
razón que nuestro Padre celestial les mandaba a que todos los
israelitas con sus hijos leyeran día y noche y sin cesar
jamás el Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos, para que
pronto les dé "el fruto de la semilla bendita del Gran Rey
Mesías", para bendición de sus vidas y del espíritu humano de
la humanidad entera.

Y sólo en ésta lectura fiel del Espíritu Santo de Los Diez
Mandamientos, entonces vendría al mundo milagrosamente el
nacimiento del Salvador de Israel y de las naciones de toda
la tierra, ¡nuestro Señor Jesucristo! Pues nuestro Gran Rey
Mesías nacería, como el Hijo de David, directamente del
vientre virgen de una de las hijas de David, de la tribu de
Judá, en Israel, para fin del cautiverio egipcio eterno, y el
comienzo de la nueva vida eterna de La Nueva Jerusalén santa
y gloriosa del cielo, prometida inicialmente a Abraham, Isaac
y Jacobo.

Pero como muchos israelíes no obedecían al llamado fiel de
nuestro Padre celestial, para que leyeran día y noche el
Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos, entonces la venida
del Hijo de David en la tierra de Israel no solamente fue una
sorpresa para muchos, sino que cuando se manifestó a ellos no
lo conocieron, como tal. En otras palabras, la desobediencia
de Israel de leer fielmente el Espíritu Santo de las
Escritura día y noche y sin cesar, para que todo les vaya
bien por donde sea que vayan por toda la tierra,
principalmente en Israel mismo, pues los envolvió en sus
mismas tinieblas de sus cegueras habituarles del desierto de
Egipto, para mal eterno de muchos.

Y, además, para que cuando el Hijo de David no solamente
naciera en Israel, sino que también se manifestara
abiertamente como el Hijo de Dios, pues entonces al verlo
cara a cara no lo reconocieran como tal jamás, para mal de
sus vidas y la de muchos también en Israel y en todos los
rincones de la tierra. Es decir, que si los hebreos hubiesen
sido fieles a la lectura diaria y nocturno del Espíritu Santo
de Los Diez Mandamientos, como Dios manda, entonces hubiesen
estado llenos del Espíritu Santo de Dios, el cual es el mismo
Espíritu del Gran Rey Mesías, el Hijo de David, para
reconocerlo inmediatamente en sus vidas para bendición y
salvación eterna.

Y esto hubiese sido, por cierto, una gran bendición en sus
corazones eternos para miles generaciones venideras, para que
cuando lo vieran nacer milagrosamente del vientre virgen de
la hija de David, no solamente lo recibieran como el Hijo de
Dios, sino que también lo aceptarían en sus corazones como
tal, como Dios mismo, para la eternidad y para siempre. Y ha
sido por ésta desobediencia terrible de Israel, de serle fiel
al llamado de nuestro Padre celestial, por medio de sus
profetas, de leer día y noche el Espíritu Santo de Los Diez
Mandamientos, para que muchas bendiciones sin fin del cielo
se manifestaran diariamente no solamente en sus vidas, sino
también en las naciones del mundo entero.

En verdad, el mismo Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos
sumamente glorificados y honrados en sus vidas, y con la
ayuda sobrenatural del Ángel del SEÑOR, el Hijo de David,
entonces Israel hubiese sido un paraíso terrenal infinito,
para gloria de nuestro Padre celestial y para bendiciones sin
fin de cada día de todas las naciones del mundo entero.
Porque es la obediencia a nuestro Padre celestial de los
hebreos, de leer y de oír hablarles día y noche el Espíritu
Santo de Los Diez Mandamientos, lo que no sólo traería al
Gran Rey Mesías de regreso a la tierra, sino que también
muchos males desaparecerían al instante de toda la tierra,
llenando así todo de luz angelical.

Es decir, de llenar de pies a cabeza, de principio a fin, la
vida de cada hombre, mujer, niño y niña de Israel y de todas
las familias de las naciones del mundo entero no sólo con luz
celestial e infinita, sino también con poderosas bendiciones
sin fin de perdón, de salud y de crecimiento espiritual
increíbles, para la eternidad. Por eso nuestro Padre
celestial les decía a los hebreos en sus días, por ejemplo,
de que no habría falta de nada ni menos pobreza entre ellos,
si tan sólo le eran fieles a su llamado de esforzarse y ser
valientes al leer día y noche el Espíritu Santo de las
Escrituras, para que todo les salga bien siempre. Porque para
volver a nacer del Espíritu Santo de los mandamientos,
entonces hay que ser fuerte y valiente delante del SEÑOR.

Pero los hebreos le fallaban al SEÑOR, una y otra vez, no
dando lectura al Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos para
volver a nacer de su Espíritu, sino que se dedicaban a hacer
otras cosas, de las cuales no solamente eran ajenas a sus
vidas, sino que les pertenecía a pueblos y gentes que habían
caído en sus muchas batallas. Por ejemplo, los hebreos cogían
como mujeres a las hijas de sus enemigos, las cuales los
llevaban a adorar y a servir a sus dioses de palo, piedra y
metal, para ofender a su Padre celestial y al Espíritu Santo
de Los Diez Mandamientos que estaba entre ellos y en el cielo
al mismo tiempo, para mal de sus vidas.

Y fue esta la razón principal de las caídas de Israel ante
sus enemigos y, desdichadamente, ante Satanás y sus ángeles
caídos de gran mentira y de gran maldad inhumana en toda la
tierra; pero aunque Israel cayo varias veces ante sus
enemigos y ante el mismo padre de toda mentira, Dios no los
abandono jamás por amor a su Jesucristo. Porque nuestro Padre
celestial siempre vio a su Ángel Amado con todo Israel,
nuestro Señor Jesucristo, guiándolos día a día por el
desierto y en sus vidas normales de Israel también, para que
todos les sirvan a su Dios y Fundador de sus nuevas vidas
eternas, por medio de la obediencia y la lectura constante
del Espíritu Santo de sus mandamientos. Para que de este
modo, todos despierten en la llenura del Espíritu Santo de
los mandamientos glorificados grandemente en su Rey Mesías y
más no en el espíritu de error y de mentiras de Adán y Eva,
por ejemplo.

Por ello, lo único que tenían que hacer los israelitas, para
regresar a su Dios y Padre celestial que está en los cielos,
era simplemente regresar a la lectura de día y de noche del
Espíritu Santo de sus mandamientos y de la vida gloriosa y
sumamente honrada del Hijo de David, ¡el Gran Rey Mesías de
todos los tiempos! Porque la lectura del Espíritu Santo de
los mandamientos hacía que el mismo Espíritu del Gran Rey
Mesías de nuestro Padre celestial entonces esté con ellos en
todas sus cosas, por el desierto y así también cada día de
sus vidas en la tierra escogida de Israel, para seguir amando
y sirviendo a nuestro Padre celestial que está en el cielo.

Por cuanto, leer constantemente el Espíritu Santo de Los Diez
Mandamientos no solamente los hacia regresar al corazón
alegre y muy amoroso hacia ellos de nuestro Padre celestial,
sino que también hacia que el Espíritu del Gran Rey Mesías
regresase también a sus corazones, para seguirlos bendiciendo
grandemente, como lo había hecho desde el Sinaí y hasta
siempre, por ejemplo. Porque es el engrandecimiento de
nuestras vidas del Espíritu Santo de los mandamientos y de
las sagradas Escrituras en si, lo que hace que nuestro Padre
celestial no solamente regrese muy alegre y feliz hacia
nosotros diariamente, sino también su fruto de vida y de
salud eterna, llena de bendiciones eternas, su Hijo David, ¡
el Gran Rey Mesías eterno y celestial!

De otra manera, nuestro Padre celestial no vuelve a nosotros
ni a nadie jamás en toda la tierra, sea quien sea la persona;
pues para nuestro Padre celestial no importa nada de nada, si
el Espíritu Santo de sus mandamientos de la vida gloriosa de
su árbol de la vida no es honrado en nuestros corazones, como
su unigénito Jesucristo. Y esto es algo maravilloso y muy
espiritual, por cierto, de la llenura del cumplimiento y la
glorificación del Espíritu Santo de los mandamientos que
todos tenían que entender en la antigüedad y así también, hoy
en día, con cada hombre, mujer, niño y niña de todas las
familias de las naciones, empezando con Israel, para vivir
progresivamente en bendiciones sin fin.

Visto que, el Espíritu Santo de los mandamientos y la
presencia constante y sobrenatural del Hijo de David, como el
Ángel del SEÑOR, por ejemplo, jamás se apartaron de los
hebreos por ninguna razón, sino que eran constantemente
fieles al mismo mandato de nuestro Padre celestial dado a
Israel inicialmente, si tan sólo le eran fieles a la lectura
cotidiana de su Escritura. Porque es el Espíritu Santo de la
lectura de los mandamientos y de las Escrituras lo que
santifica grandemente delante de nuestro Padre celestial y de
su árbol de la vida, nuestro Salvador Jesucristo, al corazón,
el alma, el cuerpo, la vida y el espíritu humano de cada
hombre, mujer, niño y niña de todas las familias de la
tierra.

Por eso los hebreos antiguos eran siempre victoriosos en
todo, si sólo se mantenían fieles a la lectura de día y de
noche del Espíritu Santo de los mandamientos y de las
Escrituras de los profetas, por ejemplo, para perdón y
bendición de sus vidas y las victorias constante contra
grandes naciones y sus ejércitos poderosos, de aquellos días.
Por esta razón, nuestro Padre celestial les decía a los
israelitas, por medio de Josué, por ejemplo, manténganse
fieles a mí, por medio de la lectura del libro de la Ley,
para que todo lo que hagan con sus manos, entonces les salga
bien siempre y así jamás sus enemigos triunfaran en contra de
ustedes ni de sus aliados.

Porque la verdad es que nuestro Padre celestial siempre ha
sido fiel a Israel, siempre y cuanto le obedezca fielmente al
Espíritu Santo de sus mandamientos y a las Escrituras de sus
profetas, para bien de sus vidas y la de sus aliados (gentes
que se unían voluntariamente para vivir con ellos en sus
tierras y servirle al SEÑOR). Porque la bendición que nuestro
Padre celestial le ha entregado a Israel no ha sido solamente
para ellos, como se lo prometió inicialmente a sus
patriarcas, sino también para las naciones de toda la tierra:
para que todos conozcan lo mismo que ellos han conocido a
través de los tiempos: su Espíritu Santo de la Ley y a su
Hijo Jesucristo.

(Inicialmente nuestro Padre celestial llama a Abraham a ser
padre de muchas naciones, es decir, no solamente el padre de
los hebreos o de Israel entero, sino de toda la humanidad y
sus naciones, por los poderes sobrenaturales que
posteriormente entrarían a la vida del hombre, como el
Espíritu Santo de la Ley y su Gran Rey Mesías, el Cristo!
Porque es la combinación del Espíritu Santo de Los Diez
Mandamientos y del Hijo de David lo que nos ha dado el árbol
de la vida sobre el monte santo de Jerusalén, para fin del
pecado y el comienzo sublime de la vida eterna en cada
hombre, mujer, niño y niña de Israel y de todas las naciones
eternas.)

Visto que, esto es lo que se conoce primordialmente en el
reino angelical, el Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos y
a su Hijo Jesucristo, el árbol de la vida eterna, no
solamente para ángeles, arcángeles, serafines, querubines y
demás seres muy santos y especiales del cielo, sino también
para el espíritu humano del hombre y de la mujer. Dado que,
el conocer el Espíritu Santo de los mandamientos y la vida
victoriosa de su árbol de la vida, en si, es verdad y
justicia para que las tinieblas mueran en sus mentiras
mortales y así la luz de la verdad de su Jesucristo brille en
el espíritu humano del hombre, como el mismo sol del cielo,
para la eternidad.

Pues para esto nuestro Padre celestial crea al hombre y a la
mujer inicialmente en sus manos santas y con la ayuda idónea
del Espíritu Santo de Sus Diez Mandamientos, para que todos
lo lleguen a conocer a Él cara a cara, pero sólo por medio
del Espíritu Santo de su palabra viva y de la de su Hijo
Jesucristo. De otra manera, no hay manera posible para
comenzar a conocer a nuestro Padre celestial, tal como
siempre ha sido él para con nosotros, no solamente desde el
día de nuestra creación individual en su imagen y conforme a
su semejanza celestial en el cielo, sino desde los primeros
días de la antigüedad, por ejemplo.

En la medida en que, nosotros hemos salido de su corazón
creador y del Espíritu Santo de sus mandamientos, en el día
de nuestra creación individual en su imagen y conforme a su
semejanza celestial, para ser llenos de su Jesucristo en el
paraíso, en la tierra y así también en La Nueva Jerusalén
perfecta y gloriosa del cielo. Es más, muy bien podemos decir
que nuestro Padre celestial nos crea en la imagen y conforme
a la semejanza santísima del Espíritu Santo de Sus Diez
Mandamientos, el cual es su mismo Hijo amado, el Cristo, el
Gran Rey Mesías, para que seamos transformados en Él (o como
Él mismo), para vivir sumamente santos para siempre en la
eternidad celestial.

Por ello, nuestro Padre celestial nos ha dado abundantemente
del Espíritu Santo de Sus Diez Mandamientos, principalmente a
Israel, para que seamos llenos de su amor eterno cada día
hacia a Él y a hacia su Jesucristo, nuestro Rey Mesías
primeramente y, luego, para que seamos llenos de sus dones
sobrenaturales de su Ley cumplida, para vencer
progresivamente al mentiroso Satanás. Porque para vivir en la
tierra, entonces tenemos que estar llenos de su Espíritu
Santo de Los Diez Mandamientos infinitamente glorificados,
así mismo como en cualquier otro lugar de toda su creación
celestial, como, por ejemplo, en el reino angelical, en el
paraíso y hasta en la nueva vida eterna de La Nueva Jerusalén
santa y perfecta del cielo.

En vista de que, para vivir normalmente en cada uno de todos
estos lugares de la tierra y del más allá, creados por el
Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos y de su nombre
sumamente glorioso y todopoderoso, entonces tenemos que vivir
llenos del fruto del árbol de la vida celestial y mesiánica,
el Hijo de David, ¡nuestro Salvador Jesucristo! De otra
manera, somos infinitamente vulnerables a las mentiras y a
las artimañas escondidas de Satanás y de sus ángeles caídos,
para engañarnos mortalmente así como engaño inicialmente a
Eva y luego a Adán, para que no solamente ellos se alejaran
del árbol de la vida para siempre, sino también sus
descendientes, nosotros mismos, en nuestros millares, en toda
la tierra.

Pero en su gran amor eterno, nuestro Padre celestial jamás
nos abandona por ninguna razón, sino que siempre fue fiel a
él mismo y a su nombre muy santo, porque su Hijo amado
nacería del vientre virgen de una de las hijas de sus
patriarcas de Israel, para no solamente cumplir con su Ley,
sino para darnos también su vida eterna. Y para esto nuestro
Padre celestial crea el cielo y la tierra con el poder
sobrenatural de su palabra, para que no solamente el hombre
entre a vivir en ella con sus cosas creadas en sus mares y en
sus cielos, sino para que su Jesucristo nazca como Rey Mesías
de Israel y de las naciones venideras para la eternidad
entera.

Además, fue por esta razón, que en el día que nuestro Padre
celestial termina de crear el cielo y la tierra, pues la vio
desolada de toda vida y, a la vez, completamente desordenada,
entonces deja derramar del Espíritu Santo de Sus Diez
Mandamientos, génesis 1:2, por ejemplo, para darle y vida y
en abundante santidad a toda ella. Y éste Espíritu Santo,
nuestro Padre celestial lo envió al mundo con poder y
autoridad santísima para subyugar las tinieblas, para que
entonces perdieran sus poderes infernales y murieran, dándole
así paso al Espíritu Santo de la vida de cada ser viviente en
toda la tierra con sus mares y vastos cielos, como tú y yo,
hoy en día, por ejemplo.

Además, éste Espíritu de Dios es, en si, el mismo Espíritu de
vida perfecta de Los Diez Mandamientos en la vida y en la
sangre santísima del árbol de la vida del paraíso y del
Cordero Escogido, el Hijo de David, nuestro Señor Jesucristo,
para remover las tinieblas del mundo entero y darle vida en
abundancia por fin a toda ella. Y ésta vida abundante no es
la primer vida de Adán, sino la misma vida santísima de
nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo de los
mandamientos de la vida gloriosa y sumamente honrada de su
Hijo Jesucristo, el Hijo de David, para con todo aquel que
cree en él e invoca su nombre santísimo para salvar su alma
viviente.

Ésta es la verdadera vida eterna para todos nosotros, en
nuestros millares, por la cual nuestro Padre celestial crea
al hombre en su imagen y conforme a su semejanza celestial
inicialmente en el Espíritu Santo de Sus Diez Mandamientos en
el cielo, para vivirla día a día y para siempre en la
eternidad celestial. Y ésta vida eternal será solamente del
hombre y de cada uno de sus descendientes en el paraíso y así
también en su Nueva Jerusalén santa y gloriosa del cielo, en
donde el árbol de la vida eterna, nuestro Señor Jesucristo,
volverá a reinar grandemente en nuestro espíritu humano para
jamás volverse a separar de nosotros, para siempre en la
eternidad.

En verdad, ésta vida eterna y sumamente gloriosa de nuestro
Padre celestial y de su árbol de la vida, nuestro Señor
Jesucristo, le conoce muy bien nuestro espíritu humano, de
arriba abajo, porque es nuestra única verdadera vida que
conocemos, por la cual fuimos creados inicialmente en las
manos de nuestro Padre celestial y del Espíritu Santo de su
Ley viviente. Éste vida eterna de nuestro Padre celestial y
de su Hijo Jesucristo la conocemos muy bien, así como
conocemos a nuestras propias madres cara a cara, por ejemplo.
Porque la vida humana, en la cual cada uno de nosotros nació
en el mundo, no es nuestra verdadera vida del paraíso, sino
la vida falsa de Lucifer o la de Adán y Eva, la cual se
alimento inicialmente no del árbol de la vida, como Dios
manda, sino del fruto prohibido, para mal eterno de la
humanidad entera en la eternidad.

Por eso, esta vida nuestra no encaja con ninguno de nosotros
jamás, por más que la tratemos de encajar en nuestro diario
vivir del mundo entero, porque comió inicialmente, en
desobediencia a Dios, del fruto prohibido del árbol de la
ciencia del bien y del mal, para mal eterno de todos nosotros
en la tierra y en el infierno también. Por eso, cuando
nacimos en el mundo del vientre de nuestras madres, entonces
lloramos desconsoladamente; porque esta vida, en la que
vivimos todos nosotros, hoy en día, comió del fruto prohibido
para mal eterno. Pero cuando aceptamos la vida santísima del
Hijo de David, nuestro Señor Jesucristo, entonces todo cambia
drásticamente en cada uno de nosotros, porque volvemos a
nacer no del espíritu inicial de error de Adán y Eva del
paraíso, sino del mismo Espíritu Santo de Los Diez
Mandamientos sumamente cumplidos y grandemente glorificados
del árbol de la vida eterna, ¡el Rey Mesías!

Y éste árbol de la vida eterna es, sin duda alguna, nuestro
Señor Jesucristo en el epicentro del paraíso y en el
epicentro de Israel también, para perdón de los pecados de
Israel y así también de los pecados de cada hombre, mujer,
niño y niña de las naciones de toda la tierra, para recibir
por fin la verdadera vida eterna. Por eso, nuestro Padre
celestial les decía a los hebreos, una y otra vez, por
ejemplo, no se aparten del libro de la Ley, sino que
meditaran en su Espíritu Santo día y noche para que todo lo
que hagan, en cualquier parte del mundo, entonces les salga
bien a ustedes y a cada uno de los suyos también, para
siempre.

Porque es el Espíritu Santo de los mandamientos que nos da no
solamente la verdad y la santificación de la vida santísima
de nuestro Padre celestial, sino también la de su árbol de la
vida, nuestro Señor Jesucristo, para santificar grandemente
nuestros corazones y cada día de nuestras vidas por la tierra
también, para que sus bendiciones siempre nos alcancen
sobrenaturalmente. Porque es con el Espíritu Santo de sus
mandamientos que nuestro Padre celestial no solamente hizo
grandes cosas para Israel, para que escapase de la cautividad
de Egipto, por ejemplo, sino también que fue por medio del
mismo Espíritu que nuestro Padre celestial llevo a Israel por
el desierto y hasta introducirlos en la tierra eterna de su
Hijo Jesucristo, ¡Israel!

Porque en esta tierra escogida, nuestro Padre celestial iba
hacer una gran cosa con todo Israel, para bendecir
grandemente no solamente a los hijos de sus siervos de la
antigüedad, sino también a cada hombre, mujer, niño y niña de
todas las familias de la humanidad entera, dándoles el perdón
de sus pecados, para llenarlos por fin de su misma vida
eterna. Por eso nuestro Padre celestial no solamente llama a
Adán y Eva a comer del fruto del árbol de la vida sino
también a cada uno de sus descendientes, como nosotros
mismos, hoy en día, en todos los lugares de la tierra, para
perdón de nuestros pecados y, a la vez, llenarnos de las
bendiciones sin fin de la vida eterna.

Y no solamente para perdón de nuestros muchos pecados, sino
también para llenura infinita de nuestro espíritu humano en
cada día y en cada noche del Espíritu Santo sumamente
cumplido e infinitamente glorificado de Los Diez
Mandamientos, en la vida santísima y sumamente victoriosa
sobre Satanás y de cada una de sus artimañas malvadas e
inhumanas, ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque nuestro Padre
celestial no solamente nos dio el Espíritu Santo de sus
mandamientos sobre el Sinaí, sino que con él nos dio también
la misma vida santísima de su Cordero Escogido, su Hijo
Jesucristo, para que él cumpla grandemente con la Ley no sólo
en su vida mesiánica en Israel, sino también en cada uno de
todos nosotros, para siempre.

Por lo tanto, sólo nuestro Señor Jesucristo cumple y
glorifica grandemente el Espíritu Santo de los Diez
Mandamientos en cada uno de nuestros corazones y de nuestro
espíritu humano cada día delante de nuestro Padre celestial,
para perdón y para reconciliación eterna con la misma vida
antigua de sus ángeles poderosos y de todo el reino de los
cielos. Y sin el Señor Jesucristo, entonces jamás podríamos
glorificar, ni mucho menos cumplir con el Espíritu Santo de
los mandamientos en la tierra ni en el paraíso ni en la nueva
vida infinita de La Nueva Jerusalén santa y brillante del
cielo: -por eso-sólo Jesucristo nos da para siempre su
verdadera comida y su verdadera bebida, para no morir más.

Pues de él comemos de su carne inmolada como el Pan del
cielo, el Cordero de Dios, y bebemos de su copa de vino, como
la sangre del pacto eterno entre nuestro Padre celestial y el
hombre, para que jamás nos falte en nuestros corazones y en
nuestro espíritu humano la llenura sobrenatural del Espíritu
Santo de Los Diez Mandamientos. Es decir, para que jamás nos
falte del bien eterno de la glorificación y del cumplimiento
sublime del Espíritu Santo de los mandamientos en nuestros
corazones y en nuestro espíritu humano de cada día, de
nuestras vidas en la tierra y así también en la eternidad
para siempre, como con los ángeles o como con nuestro Padre
celestial mismo, por ejemplo.

Porque en el reino de los cielos, todo lo que se come, en
verdad, se come con el Espíritu Santo de Los Diez
Mandamientos infinitamente cumplidos y glorificados en el
árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo, para amar y
servirle a nuestro Padre celestial cada día y para siempre en
la nueva eternidad celestial. Es decir, que con nuestro Señor
Jesucristo viviendo ya en nuestros corazones, entonces
comemos también día y noche delante de nuestro Padre
celestial del Espíritu Santo de Sus Diez Mandamientos
sumamente cumplido e infinitamente glorificado en nuestros
corazones y en nuestro espíritu humano, para jamás volver a
tener hambre ni sed de su verdad ni de su justicia celestial,
para siempre.

Si, así es: con el Señor Jesucristo viviendo ya en nuestras
corazones, entonces comemos y bebemos cada día del Espíritu
Santo de Los Diez Mandamientos cumplidos e infinitamente
glorificados en nuestro diario vivir por toda la tierra, para
jamás volver a ofender a nuestro Padre celestial ni a su
corazón santísimo con ninguna de nuestras palabras ni obras
de nuestras manos. Porque con el Espíritu Santo de los
mandamientos cumplidos y glorificados en nuestro Señor
Jesucristo, pues entonces ya no podemos volver a ofender a
nuestro Padre celestial, ni jamás Satanás nos podrá volver a
engañar con ninguna de sus mentiras malvadas de su malvado
corazón inhumano e infinitamente perdido, perdido eternamente
en la maldad del fuego eterno del infierno.

Con el Espíritu Santo de los mandamientos cumplidos en
nuestros corazones, gracias a la obra del Señor Jesucristo
sobre la cima santa de Jerusalén, entonces volvemos a nacer
en la misma vida eterna del Espíritu Santo de nuestro Padre
celestial, para jamás volver a conocer la mentira, ni menos
vivir en el pecado de nadie, como el pecado de Adán, por
ejemplo. Es decir, que nuestro Padre celestial nos ha hecho
volver a nacer en el Espíritu Santo de sus Diez Mandamientos,
al creer en nuestros corazones y confesar con nuestros labios
a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, como nuestro único
y suficiente salvador de nuestras almas vivientes en la
tierra y en el cielo, para siempre.

Por eso nuestro Padre celestial llama inicialmente a Israel a
que lea día y noche del Espíritu Santo de Los Diez
Mandamientos, para que el espíritu de error de Adán y Eva
salga de ellos, para volver a nacer y ser llenos del Espíritu
Santo de Los Diez Mandamientos, para que así él pues esté por
siempre alegre con ellos. Pero los hebreos se alejaban de la
lectura del Espíritu Santo de los mandamientos y así, sin
darse cuenta, se alejaban de nuestro Padre celestial o él
mismo se alejaba de ellos; porque se volvían rebeldes a él,
en vez de ser obedientes a sus palabras y a su voluntad para
con ellos a través del desierto y ya en Israel también.

Es decir, que los antiguos hebreos se volvían rebeldes a
nuestro Padre celestial, porque el espíritu que estaba en
ellos no solamente era el de Adán sino también de los dioses
de sus esposas extranjeras y de sus esposos extranjeros, por
ejemplo, y esto empeoraba su relación directa con Dios que
está en el cielo. Pero cuando ellos mismo retomaban la
lectura del Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos, entonces
se alejaban del espíritu de Adán y de error de sus cónyuges,
para volver a ser llenos del Espíritu Santo de Los Diez
Mandamientos y así volver a tener una relación normal de día
a día con su Dios que está en los cielos.

Y sólo así nuestro Padre celestial no sólo trataba con Israel
día y noche, sino que los bendecía grandemente por todo el
desierto y hasta que entraron en la tierra prometida, porque
el espíritu que estaba en ellos, en sí, era el Espíritu Santo
del Hijo de David, el Gran Rey Mesías para agradar a Dios en
todas sus cosas siempre. Ciertamente que nuestro Padre
celestial nos empezó a hacer libres de las profundas
tinieblas de Satanás, desde el segundo día de haber creado
los cielos y la tierra, cuando le ordeno a su Espíritu Santo
de Sus Diez Mandamientos que se regara sobre toda la faz de
la tierra, para terminar con Satanás y con su mal eterno para
siempre.

Entonces nuestro Padre celestial le dio poderes y autoridades
especiales al Espíritu Santo de Sus Diez Mandamientos, para
darle forma a toda la tierra y así por fin subyugar a cada
una de las tinieblas de Satanás, para hacernos libre a todos
nosotros del mal eterno y de la muerte, pero sólo por medio
de la vida de su Hijo Jesucristo. Porque su Hijo amado,
nuestro Señor Jesucristo, se iba a incorporar por fin al
espíritu humano de cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, naciendo primeramente del vientre virgen de
la hija de David, para posteriormente ser clavado a los
árboles sin vida de Adán y Eva sobre la cima santa de
Jerusalén, en Israel.

Así no solamente nuestro Señor Jesucristo se estableció como
el árbol de la vida en las afueras del monte santo de
Jerusalén, en Israel, sino también en las afueras de la nueva
vida eterna de La Nueva Jerusalén santa y gloriosa del nuevo
reino celestial, para ser el camino y la puerta eterna de
vida de los hijos de Dios. Por eso es bueno invocar y orar en
el nombre santísimo de nuestro Señor Jesucristo delante de
nuestro Padre celestial, para que entonces nos conceda sus
ricas bendiciones sin fin del Espíritu Santo de sus
mandamientos sumamente glorificados y cumplidos en nuestro
diario vivir en tierra y en el cielo para la eternidad
venidera, gracias a su amor antiguo por todos nosotros.

Además, podemos decir también que cada vez que invocamos por
fe y en un momento de oración y de amor hacia nuestro Padre
celestial, entonces el Espíritu Santo de los mandamientos y
de la sangre santísima del pacto eterno desciende a nosotros
grandemente, para limpiarnos de los poderes terribles de las
tinieblas y así colmarnos de muchas bendiciones sin fin.
Porque nuestro espíritu humano para poder seguir viviendo, ya
sea en el paraíso inicialmente o en la tierra de nuestros
días y hasta en el mismo reino angelical, como en la nueva
vida infinita de La Nueva Jerusalén santa y gloriosa del
cielo, pues entonces necesitamos ser bendecidos por el mismo
Espíritu Santo; de otro modo, no podemos seguir viviendo más.

Entonces los que están sufriendo y muriendo a cada momento de
sus vidas, en verdad están muriéndose en vida y mucho antes
de su tiempo, porque el Espíritu Santo de Dios no está en sus
vidas ni menos en su espíritu humano, como Dios manda, por
inicio, sino que la mentira del paraíso reina aún en sus
corazones desdichadamente, para maldición eterna. Es más, la
gente que muere cada día, en verdad, muere ciega y en sus
profundas tinieblas de las mismas mentiras originales de Adán
y Eva, porque no tienen conocimiento pleno del Espíritu de
nuestro Padre celestial y de su Hijo Jesucristo, ya sea por
medio de la Escritura o por sus mismos mandamientos eternos
de siempre, por ejemplo. Por eso es bueno invocar a nuestro
Señor Jesucristo cada día, para cumplir con el Espíritu Santo
de la Ley y así los males del más allá se vayan de nosotros
juntos con las mentiras de Satanás y de la serpiente antigua
para siempre.

Además, nuestro Padre celestial no crea al hombre en su
imagen y conforme a su semejanza celestial con la ayuda
idónea del Espíritu Santo de Sus Diez Mandamientos, para
luego condenarlo a una muerte cruel y eterna, ya sea en el
infierno o en el lago de fuego eterno, la segunda muerte del
alma perdida del hombre, sino para que viva. Para que viva el
hombre con los suyos sumamente lleno del Espíritu Santo de
vida y de salud eterna de su fruto de vida y de sus
mandamientos en todo su espíritu humano, como en el paraíso,
en la tierra y hasta en la misma nueva vida eterna de La
Nueva Jerusalén gloriosa y perfecta del cielo, por ejemplo.

Además, cuándo Adán comió del fruto prohibido de las manos de
su esposa Eva, entonces su vida cambio drásticamente para
mal, porque su corazón y sus ojos se cerraron para la Ley y
se abrieron para ver a Lucifer y sus obras malvadas de cada
una de sus mentiras mortales, en la tierra y en el más allá,
para siempre. Pero aunque esto siempre ha sido verdad, desde
cuando Adán cayo en la trampa y en las mentiras de la boca de
Eva y de la serpiente antigua del Edén, la cual hablaba por
Satanás, nuestro Padre celestial jamás abandona al hombre ni
a ninguno de los suyos, porque lo creo para amarlo de todo
corazón como a su mismo Jesucristo.

En verdad, nuestro Padre celestial crea al hombre
inicialmente con la ayuda idónea del Espíritu Santo de sus
mandamientos eternos, para amarlo grandemente como a uno de
los suyos del reino de los cielos, o como siempre amo a su
Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, desde los primeros días
de la eternidad y hasta nuestros días, por ejemplo. Además,
en el paraíso, cuándo Adán y Eva comieron del fruto prohibido
de las mentiras de la serpiente antigua y de Lucifer,
entonces todo murió, más no murió jamás el Espíritu de amor
eterno de nuestro Padre celestial y del Espíritu Santo de sus
mandamientos para con el espíritu humano del hombre y de los
suyos, en sus millares, para siempre.

Verdaderamente, nuestro Padre celestial siempre fue fiel a su
Espíritu Santo de amor, verdad y de justicia de sus
mandamientos, para con el espíritu humano del hombre, la
mujer, el niño y la niña de la humanidad entera, en el
paraíso y así también en la tierra y para siempre para la
nueva vida de La Nueva Jerusalén colosal del cielo. Por eso
nuestro Padre celestial jamás nos abandona, porque su amor
eterno está en nosotros, por inicio; y cuándo pensábamos que
Él estaba lejos de nosotros, ciertamente, es cuándo más cerca
estaba (de nosotros), como, hoy en día, por ejemplo, por
medio del Espíritu Santo de la sangre y de la vida gloriosa
de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!

Históricamente, desde los primeros días de la antigüedad, los
profetas intentaron manifestarle a Israel y a la humanidad
entera el espíritu de amor y de justicia de nuestro Padre
celestial directamente de sus Diez Mandamientos para con cada
uno de nosotros, en nuestros millares, pero jamás ninguno de
ellos lo logra manifestar como tal, sino sólo Jesucristo y
con su sangre derramada. Sólo nuestro Señor Jesucristo nació
como el Hijo de David, para manifestarle a Israel y al mundo
entero el amor vivo del Espíritu Santo de nuestro Padre
celestial y de Sus Diez Mandamientos, para con todos ellos;
pues vimos claramente a Jesucristo nacer humilde para luego
morir lleno de amor de nuestro Padre celestial por Israel y
por la humanidad entera.

Realmente, fue nuestro Señor Jesucristo quien siendo Hijo de
Dios, entonces nació en un pesebre y entre corderos en
Israel, para que Israel y así también cada una de las
naciones de la tierra por fin entendiera el amor inmenso que
emana del corazón santo de nuestro Padre celestial para con
todos ellos y así también para la eternidad venidera. Pues
éste amor santo y sumamente glorioso de nuestro Padre
celestial y de su Espíritu Santo de los Diez Mandamientos,
solamente lo podía traer a la luz de los ojos y de la vida de
cada hombre, mujer, niño y niña de Israel y así también de
cada una de las familias de las naciones, ¡nuestro Señor
Jesucristo!

Porque cuando arrestaron a nuestro Señor Jesucristo para
juzgarlo y condenarlo a una muerte inhumana que no se mereció
jamás, y por culpa de unos infames que ni siquiera lo
conocían, entonces no entró en juicio ni en condenación
alguna con ellos, ni menos con sus traidores clásicos, como
Judas Iscariote, por ejemplo, sino que se mantuvo callado y
en paz. Y nuestro Señor Jesucristo se mantuvo callado y en
paz delante de sus acusadores y verdugos de siempre, porque
había nacido entre ellos para manifestarles grandemente el
amor sobrenatural que nuestro Padre celestial siempre ha
sentido por ellos y por la humanidad entera también, y esto
es realmente desde antes de su primer pecado mortal en el
paraíso, por ejemplo.

Es decir, que cada vez que oíamos a nuestro Señor Jesucristo
hablarle al hombre con su gracia y amor de hermano, entonces
estábamos viendo a nuestro Padre celestial manifestar su amor
verdadero y sumamente santo de su corazón glorioso y
misericordioso para con él y para con los suyos en Israel y
en la humanidad entera también, para miles generaciones
venideras. Porque es el Espíritu Santo de amor y de justicia
infinita lo que siempre emana de los Diez Mandamientos, para
entrar en nuestros corazones y bendecir grandemente nuestros
cuerpos y espíritu humano, gracias a la obra gloriosa y
sublime de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!

Para que de esta manera vivamos una vida llena de bendiciones
del amor, la verdad y la justicia infinita del Espíritu Santo
de los mandamientos infinitamente cumplidos y glorificados en
la vida del Gran Rey Mesías de Israel y de la humanidad
entera, para perdón y para bendición sin fin de nuestra única
verdadera vida eterna y celestial de cada día. Por esta razón
tenemos que ser fieles a lectura del Espíritu Santo de Los
Diez Mandamientos para ser llenos de su cumplimiento y de su
glorificación infinita en nuestras vidas de cada día y en la
vida gloriosa y sumamente victoriosa de nuestro Señor
Jesucristo, el Hijo de David, ¡el único posible Mesías para
Israel y para la humanidad entera! ¡Amén!

El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su
Jesucristo es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman,
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para
siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo amado,
nuestro Señor Jesucristo.

LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y
noche, (Deuteronomio 27: 15-26):

"'¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen
de fundición, obra de mano de tallador (lo cual es
transgresión a la Ley perfecta de nuestro Padre celestial), y
la tenga en un lugar secreto!' Y todo el pueblo dirá: '¡
Amén!'

"'¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su
madre!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!'

"'¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad
de su prójimo!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!'

"'¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!' Y todo el
pueblo dirá: '¡Amén!'

"'¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del
huérfano y de la viuda!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!'

"'¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre,
porque descubre la desnudes de su padre!' Y todo el pueblo
dirá: '¡Amén!'

"'¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier
animal!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!'

"'¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su
padre o hija de su madre!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!'

"'¡Maldito el que se acueste con su suegra!' Y todo el
pueblo dirá: '¡Amén!'

"'¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte
a su semejante, sin causa alguna!' Y todo el pueblo dirá: '¡
Amén!'

"'¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente,
sin causa alguna!' Y todo el pueblo dirá: '¡Amén!'

"'¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley,
poniéndolas por obra en su diario vivir en la tierra!' Y todo
el pueblo dirá: '¡Amén!'

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo
a la verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo
eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida,
de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre celestial y de su
Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en
ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que
el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando
llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los
ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando
día y noche entre las llamas ardientes del fuego del
infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios.
En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en
el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en Él, en
espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas
los males, enfermedades y los tormentos eternos de la
presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de
los tuyos también, para la eternidad del nuevo reino de Dios.
Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día
honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de
sus ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano,
mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar
cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada
categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada
dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada
decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus
muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de
la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y
de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de
Israel y de las naciones!

SÓLO ÉSTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos,
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a
los que me aman y guardan mis mandamientos".

TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová
tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre
en vano".

CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero
el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en
ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del
sábado y lo santificó".

QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te
da".

SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".

NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de
tu prójimo".

DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu
prójimo".

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno
de los tuyos, también. Hazlo así y sin más demora alguna, por
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus
ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así,
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos,
también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde
los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas,
en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos
males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y
digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de
la presencia santa del Padre celestial, nuestro Dios y
salvador de todas nuestras almas:

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el
cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día,
dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.

Porque sí perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre
celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no
perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO,
sino es POR MÍ". Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY!

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA
TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de
éste MUNDO y su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al
tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que
entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁS TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ
DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di:
Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a
venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No
_____?

¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?

Sí tu respuesta fue Sí, entonces esto es solo el principio de
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con
Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate
en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de
Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del
evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender
más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros
cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio,
entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia,
para ver que clase de libros están a tu disposición, para que
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti,
para que te goces en la verdad del Padre celestial y de su
Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la
paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras
oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras
bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos
los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis
hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre
Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en
el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre.

El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el
Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y
asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de
Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo
corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas,
como antes y como siempre, para la eternidad.


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http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx


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