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| John Reed: periodismo comprometido con la búsqueda de la verdad absoluta
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En
momentos en que el ejercicio del periodismo ha pasado a ser, en buena
medida, parte de un monumental negocio y de una maquinaria de
manipulación ideológica, es sanamente refrescante recordar que también
hay alternativas, que no por fuerza está todo dicho al respecto. En ese
sentido cabe evocar la vida y obra de John Reed, un estadounidense que
marcó una época como reportero, quien nos demuestra que cualquier
actividad, cualquier campo del quehacer humano puede ser una trinchera
para la búsqueda de la justicia.
Una
vez licenciado en Harvard en 1910, emprendió un largo viaje por Europa
pasando por Inglaterra, Francia -donde frecuentó los medios artísticos-
y España.
En
el ambiente intelectual progresista de Greenwich Village, Reed conoce y
establece una prolongada relación amorosa con Mabel Dodge. También
descubre que más que poeta y escritor puede ser el gran cronista de
importantes acontecimientos históricos y sociales y entra en relación
con las ideas políticas más progresistas, con Eugene Debs, Bill
Haywood, Carlos Tresca, Emma Goldman y Alejandro Berkman. Pero las
ideas por sí solas -escribió para un bosquejo autobiográfico que no
pudo concluir- no significaban gran cosa para mí. Yo tenía que ver. En
mi vagabundear por la ciudad no podía sino advertir la fealdad de la
pobreza y toda su causa de males, la cruel desigualdad entre los ricos
que tenían demasiados automóviles y los pobres que no tenían suficiente
para comer. No fueron los libros los que me enseñaron que los obreros
producían toda la riqueza del mundo, la cual iba a manos de quienes no
la ganaban.
Su
toma de conciencia resulta ciertamente de la experiencia directa, pero
su sensibilidad y sus lecturas le predispusieron para ello. La época
ayudaba también. Los sindicalistas revolucionarios norteamericanos, los
llamados wobblies de la IWW
(Industrial Worker of the World), la organización revolucionaria más
firmemente implantada de la historia de los Estados Unidos, eran
hombres tan fascinantes como Big Bill Haywood -sobre el que Reed
intentó escribir un libro y que, curiosamente, también murió en Moscú
donde se refugió al ser perseguido en su país- enemigos de la
colaboración de clases. ![]() |
| La revolución mexicana |
|
| La revolución rusa |
Pero en Rusia todos estos atributos del Estado democrático burgués han sido reemplazados por una nueva ideología.
Refiriéndose
al carácter hablador de las masas durante 1789, afirmó que aquello no
era nada comprado con 1917 donde las masas hablaban por los codos. En
todas partes, entre la tropa, en la calle, en los teatros, en los
actos, Reed encontraba el detalle, el comentario, que reflejaban la
actitud de las distintas clases sociales, de las opuestas posiciones
políticas. También describió con gran vigor a los principales actores,
y a los hombres y mujeres anónimos que empujaron la rueda de la
historia. Magistral en su retrato de Lenin: "Eran exactamente las 8.40
cuando una atronadora ola de aclamaciones y aplausos anunció la entrada
de la presidencia y de Lenin -el gran Lenin- con ella. Era un hombre
bajito y fornido, de gran calva y cabeza abombada sobre robusto cuello.
Ojos pequeños, nariz grande, boca ancha y noble, mentón saliente,
afeitado, pero ya asomaba la barbita tan conocida en el pasado y en el
futuro. Traje bastante usado, pantalones un poco largos para su talla.
Nada que recordase a un ídolo de las multitudes, sencillo, amado y
respetado como tal vez lo hayan sido muy pocos dirigentes en la
historia. Líder que gozaba de suma popularidad -y líder merced
exclusivamente a su intelecto- ajeno a toda afectación, no se dejaba
llevar por la corriente, firme, inflexible, sin apasionamientos
efectistas, pero con una poderosa capacidad para explicar las ideas más
complicadas con las palabras más sencillas y hacer un profundo análisis
de la situación concreta en el que se conjugaba la sagaz flexibilidad y
la mayor audacia intelectual".
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| Su funeral en Moscú |