Elkazay
unread,Jul 30, 2008, 11:04:00 AM7/30/08Sign in to reply to author
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to Movimiento de las Familias de Nazareth
Mensaje de María Reina de la Paz en Medjugorje del 25 de julio de 2008
¡Queridos hijos! En este tiempo en el que piensan en el descanso del
cuerpo, los invito a la conversión. Oren y trabajen para que su
corazón anhele a Dios creador que es el verdadero reposo de su alma y
de su cuerpo. Que Él les revele su rostro y les dé su paz. Estoy con
ustedes e intercedo ante Dios por cada uno de ustedes. ¡Gracias por
haber respondido a mi llamado!
Comentario
Es ya tiempo de vacaciones, tiempo de pensar en el descanso
después de las fatigas del año, tiempo de distracción quizás. Es
cuando muchas personas suelen hacer planes de recreación, pensando
dónde y cómo pasar ese tiempo.
Es en este contexto actual que la Santísima Virgen hace un toque
de atención. Ella, que habla para el tiempo presente y que está atenta
a todo lo que hagamos, nos invita ahora a la conversión. Nos llama a
no distraernos de lo esencial y a no olvidar lo más importante:
nuestro camino hacia Dios.
El descanso es necesario y absolutamente lícito y legítimo, pero,
si se reduce al cuerpo nada más, es incompleto. Nosotros no somos
simplemente un cuerpo, nuestra vida no se agota en lo material. Somos
una unidad corporal-espiritual y esa es nuestra grandeza, nuestra
condición humana, de creaturas que llevan en sí la impronta divina,
puesto que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, nuestro
Creador.
Por ello, debemos cuidar no sólo nuestra salud física sino
también la espiritual y moral. ¡Cuántas enfermedades del cuerpo no
provienen acaso de heridas espirituales o de degradaciones morales!
Cuando no nos ocupamos de la salud de nuestra alma -creada en el
momento de la concepción para ser inmortal- y sólo pensamos en
nuestros cuerpos, acabamos dedicándonos sólo a lo que erróneamente
entendemos como provecho propio y a "pasarlo bien", para terminar
siempre insatisfechos, frustrados cuando no deprimidos y angustiados.
Y esto puede ocurrir aún cuando el descanso sea el muy loable de
disfrutar de un paisaje y de admirar la creación. Pocos se preguntan
porqué las vacaciones no fueron lo que deberían haber sido, porqué no
están al final mejor que cuando las iniciaron. Los que lo hacen suelen
dar explicaciones que no llegan a la raíz de la cuestión. Se dice, por
ejemplo, que los estados de ánimo adversos son la consecuencia de
saber que ese tiempo de deleite se ha de acabar, que es un goce
temporario, y no se percibe que la razón verdadera es que, si bien se
admira a la creación, no hay estupor ni anhelo hacia el Creador, a
quien se lo tiene a una gran distancia, muchas veces infinita de la
propia vida. Y si eso ocurre cuando el tiempo está dedicado a cosas
buenas, qué no sucede cuando se trata de la mayoría de las diversiones
que hoy se aventuran, de espectáculos que excitan los sentidos y de
aturdimientos de otro tipo.
En la vida hay dos mundos que parecen no reconciliarse y son los
del trabajo y el del espíritu. Juan Pablo II, en una exhortación
dirigida a Europa, a la que recordaba el programa benedictino del
trabajo y la oración, se lamentaba ante la tendencia presente de
desligar el trabajo de la oración y hacer de él la única dimensión de
la existencia humana, lo que se pone de manifiesto en la prioridad que
se da a la economía sobre la moral, a lo material sobre lo espiritual.
Y agregaba: "No se puede vivir de cara al futuro sin comprender que el
sentido de la vida es más grande que lo material y pasajero, que este
sentido está por encima de este mundo".
La adhesión a los bienes materiales y el alejamiento de Dios son
dos fenómenos que se reclaman mutuamente: en la medida que aquella
adhesión sea mayor también mayor será el alejamiento de Dios. Y donde
Dios no cuenta se termina primero negándolo y luego rebelándose a Él,
y ésta es la apostasía en la que estamos inmersos.
Del mismo modo, cuanto más se enfría el espíritu y se pierde la
oración y más se aleja la persona de Dios, más tiende ésta a aferrarse
a las cosas pasajeras y más se vuelca a los falsos dioses, entre ellos
primordialmente el dinero. El dinero que se procura afanosamente, que
se acumula avaramente y también el que se lamenta no tener.
El Señor nos advierte: "O Dios o el Dinero" (Mt 6:24). Recordemos
esta simple regla de oro: todo lo que nos acerca al Señor es bueno y
todo lo que nos aparta de Él es malo. Por eso, para no caer víctimas
de las propias ambiciones recemos: "Señor, que bajo tu guía
providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros que
podamos adherirnos a los eternos". "Que nada nos aparte de Ti y que lo
que puede ser necesario como instrumento para la vida no se convierta
nunca en obsesiva finalidad".
El tiempo en que nos detenemos, en la frenética carrera de la
vida, como es singularmente el de las vacaciones, nos debe servir para
reflexionar sobre estas cosas y para corregir el rumbo. El ocio debe
servir a nuestro espíritu, ser la oportunidad a aprovechar para
nutrirnos y crecer espiritualmente, porque el tiempo está enteramente
a nuestra disposición. Es aquí que la Reina de la Paz viene a nuestro
encuentro con este mensaje. Y nos sorprende, porque paradojalmente nos
dice, en este tiempo de descanso, "trabajen". "Oren y trabajen". Y nos
da luego la razón: "para que su corazón anhele a Dios creador que es
el verdadero reposo de su alma y de su cuerpo". Habría que detenerse
en esta frase para que penetre profundamente en nuestro corazón. "Oren
y trabajen": alcen sus voces, sus mentes, sus voluntades, su corazón a
Dios en la oración y, al mismo tiempo, ocúpense de hacer lo que Dios
les inspire, lo que yo les pido, para que sientan un deseo infinito de
Dios, que los ha creado con inconmensurable amor. En Él y sólo en Él
encontrarán reposo.
"Aquietaos y reconoced que yo soy Dios", advierte el salmista que
habla en nombre del Señor (cf. Sal 45:11). Es el llamado a aquietarse
no en la inmovilidad sino a dejar las falsas inquietudes del agitado
cotidiano, esos movimientos pendulares que nos hacen salir de Dios
para adentrarnos en el mundo y perder o estropear lo que hemos
conseguido en nuestro camino espiritual. Es el llamado a dejar de dar
pasos hacia delante y luego hacia atrás. Es la exhortación a vencer
las fuertes tensiones del mundo de las actividades, del trabajo, de
las amistades, cuando están todos ellos alejados de la voluntad de
Dios, y que se contraponen a la propia conversión fundada en la
oración, los sacramentos, el cumplimiento de la ley de amor.
Cada uno de nosotros, aún cuando no siempre seamos conscientes de
ello, tiene deseos de trascendencia, y mientras tanto la vida se nos
hace corta, sobre todo cuando avanzan los años, y esa brevedad, si
Dios no está en nuestras vidas, se vuelve angustiante.
"Que Él les revele su rostro y les dé su paz", nos dice luego
nuestra Madre. Y lo que nos dice es mucho más que un buen deseo, es su
plegaria a Dios en su permanente intercesión, que nos asegura así como
su constante cercanía. Ella ora y nos pide nuestra parte: orar y
trabajar para la conversión.
Debemos llegar a tener un anhelo constante de Dios, ésta es una
buena medida del camino de conversión como también lo es aquella de
"oren, oren, oren hasta que la oración se convierta en alegría para
ustedes". Será cuando con el salmista podamos decir: "mi alma tiene
sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo podré ver su rostro?" (Cf Sal
41:3) y, casi obligatoriamente, con san Agustín respondamos: "Señor,
nos hiciste para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no
repose en Ti".
Nuestro anhelo de infinito no lo puede saciar nada de este mundo.
Sólo el agua que Jesús nos promete, la que mana de su costado, la que
se convierte en nosotros en fuente para la vida eterna ha de quitarnos
la sed de trascendencia e infinito (Cf Jn 4:14). Esa agua es Él mismo
en su Palabra, en la donación de sí en la Eucaristía.
El llamado de María Santísima es para todos, todos debemos
caminar en la conversión, todos debemos acercarnos cada vez más a
Dios, todos debemos reconocer el rostro divino y recibir su paz y
transmitir la paz al mundo, todos debemos ser iluminados por la Verdad
y reflejarla a los demás, todos debemos aprender a amar y recibir amor
de la fuente del amor. Por eso, oremos, queridos hermanos, reposemos
en el Señor, como el discípulo amado, no nos apartemos de Él, que este
tiempo de descanso sea también de acercamiento a Dios en una vida
sacramental, en un compromiso mayor en el amor. Y hagámoslo todo en la
certeza gozosa de la cercanía de nuestra Madre y del poder de su
intercesión ante Dios por cada uno de nosotros.
P. Justo Antonio Lofeudo mss