Hace 10 años abrí mi cuenta de Twitter. La abrí porque un amigo me contó de una "nueva red social" en la que "te podías comunicar con personas con tus mismos intereses, con activistas, famosos y con periodistas". Hice caso, escogí mi nombre de usuario, le puse una foto y durante un rato solo me comunicaba con mi amigo. Pronto me picó el gusanito, le encontré el modo a Twitter y me volví adicto a leer, a tuitear, a debatir.
Twitter fue el lugar donde encontré eco para protestar virtualmente durante los pasados sexenios, pero también fue el espacio para aprender de otras personas, de distintos temas y para dar a conocer mi trabajo. En esta red social me uní a colectivos virtuales que demandaban justicia para la Guardería ABC o pedían que no se subiese el impuesto a Internet.
En esta red me uní a grupos que exigían No más sangre. Gracias a Twitter conocí a Javier Sicilia, entre tantos otros activistas. En Twitter, varios armamos hashtags como #matrimoniodf para concentrar información y contrarrestar el impulso conservador y antilibertad de Felipe Calderón, quien mandó una acción de inconstitucionalidad a la Suprema Corte, buscando impedir el avance de los derechos para las personas LGBT. En Twitter me uní al #YoSoy132 y después a colectivos como Fiscalía que Sirva, Una Corte sin Cuotas ni Cuates y muchos más durante el sexenio de Peña.
Una década después, Twitter se ha convertido en una cantina. Miles de cuentas reproducen mensajes de odio. Recientemente, las conversaciones en torno a un tiroteo en una sinagoga de Pittsburgh y el asesinato de 11 personas
judías estaban llenas del peor antisemitismo. Lo mismo ocurrió en torno a lo que Esteban Illades ha llamado La noche más triste, la de Ayotzinapa, cuando cientos de cuentas celebraron la desaparición de normalistas. O hace apenas un par de semanas cuando ante la tragedia de Tlahuelilpan varias cuentas replicaban videos y mensajes inaceptables.
Twitter, Facebook, Instagram y demás redes sociales hoy viven la era de la posverdad. Un lugar donde gatilleros a sueldo pueden difamar sin control. Una red en la que ya pocas personas se detienen a leer "qué está pasando" y donde parece que muchas personas solo entran a ver "quién se está peleando". La historiadora Jill Lepore acaba de publicar un extenso ensayo en The New Yorker en el que ahonda sobre cómo Twitter ha cambiado y afectado al periodismo. Una reflexión
similar publicó en otoño pasado Mathew Ingram en Columbia Journalism Review, ambos exploran cómo la era de la posverdad se ha vuelto lo mismo, lo mejor y lo peor que le ha pasado al periodismo, por el reto que implica, como lo peor que puede pasarle a quienes se dedican a este oficio.
Hoy feministas, activistas LGBT, periodistas críticos de los gobiernos en turno recibimos mensajes tóxicos en las redes. Desde groserías, difamaciones, amenazas de muerte, hasta videos o cientos o miles de mensajes coordinados que buscan desviar la atención, usar estereotipos y desacreditar. Varios partidos opositores también utilizan múltiples cuentas para acrecentar el error de un gobierno en turno o para difundir noticias falsas, paparruchas. El debate en redes está viciado hoy, lleno de descalificaciones personales. Twitter es
una selva y no es exclusivo de México, sino en todo el mundo.
Sin embargo, no es momento para abandonar las redes sociales. Pese a toda la crueldad y a toda la toxicidad que hay en Twitter, pese a todas las noticias falsas que hay en Facebook o los mensajes de odio en Instagram, estas redes siguen ampliando el repertorio de la protesta y siguen funcionando para cuestionar al poder y para organizar la acción colectiva. La magia de la autorregulación de las comunidades que ahí confluyen hoy ya no es tal. Twitter debería tomar más en serio las conversaciones de sus usuarios y nosotros elevar el debate de la discusión, siempre.
@genarolozano
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