Desde que Teresa llegó la llenó de halagos. "Vaya amiga tenéis, Carlos. Eres
una tía muy guapa. Un auténtico regalo para los ojos, con tu altura y tus
curvas", le dijo repasándola de arriba abajo. Ella se turbó un poco, pero
sintió un punto de satisfacción en las palabras que le dedicaba Ricardo.
Carlos también la miraba, y ella pensó que estaba recordando el intercambio
que habían tenido unas semanas antes en su casa.
No le dio mayor importancia y por eso, cuando al terminar de comer, una
comida regada con buenas botellas de vino que se le subieron un poco a la
cabeza, sonó el teléfono y Carmen explicó que tenía que irse a casa de sus
padres a un asunto familiar, no dudó en ofrecerse a ayudarle en la cocina a
fregar y guardar todo.
Carmen se fue y Teresa se dirigió a la cocina. Empezó a fregar platos y a
los pocos minutos entró Carlos. Se acercó a ella y le dijo en voz baja:
"estoy muy caliente, quiero sobarte un poco. Déjame". Teresa le pidió que se
estuviera quieto, pero él se puso detrás de ella y empezó a abrazarla
apretando sus tetas. Ella notó humedad en su entrepierna. Entre el vino, las
miradas lascivas de los dos hombres, el sentirse una hembra deseada, su
excitación creció y creció. Dejó que Carlos le manoseara los pechos y sólo
le rogó que no se lo dijera a su amigo. Carlos le contestó que no se
preocupara. Le metió una mano por debajo de la falda y llegó hasta sus
bragas.
"Estás mojada, te has calentado", le susurró mientras paseaba la mano por la
entrepierna de Teresa. Ella dejó de fregar, se volvió y abrazó a Carlos.
Empezaron a besarse en la boca, jugando con sus lenguas. La polla de Carlos
aumentó de tamaño con el morreo y la sobada de bragas a la hembra caliente.
Le quitó el polo y la dejó en sujetador. Sacó las tetas por encima y empezó
a lamerle los pezones. Luego le bajó la falda y la dejó en bragas.
Ella le abrió la bragueta y le metió mano a la polla. "Eres un bandido, te
aprovechas de mi falta de fuerzas para negarme", le comentó. "Vamos al
comedor que el pobre Ricardo lleva mucho tiempo sin estar con una mujer".
Ella se negó. "No te preocupes, es muy discreto. Nadie se enterará. Te lo
prometo", le aclaró Carlos. Y la tomó del brazo llevándola hacia el comedor.
Allí su amigo puso cara de sorpresa al ver a Teresa José en ropa interior.
"¿Qué pasa aquí, Carlos?", preguntó. "Que mi amiga nos va a dar una buena
ración de sexo", le explicó. Ella estaba algo avergonzada, pero al pensar en
la situación, se dejó llevar por sus apetencias. Se quitó el sujetador, dejó
sus tetas al aire y se sentó en bragas en un sillón. Los dos hombres se
acercaron a ella y empezaron a meterle mano. Ricardo le chupó los pezones y
la besó en la boca. Carlos le apartó las bragas y le metió dedos en la
correosa raja. "Podíais dejar que me lavara, olerá mi coño a sudor, flujo y
pipi", le dijo a Carlos mientras le recorría la raja con los dedos. "No hace
falta, estás muy buena", le respondió sacando los dedos y oliéndolos.
"Huelen a hembra, a tía de bandera". "Ponte el sujetador ahora", le pidió
Ricardo."Me gusta ver las tetas por encima de él". Ella se lo puso y al
mismo tiempo Carlos le bajó las bragas. "A mi marido ni una palabra", pidió
Teresa. "No te preocupes, ¿verdad Ricardo?", dijo Carlos. "Ni una palabra,
eso seguro", contestó. La hicieron agacharse entonces y Ricardo, que se
había desnudado del todo como también Carlos, dirigió su polla hacia la raja
de Teresa.
Desde atrás se la fue introduciendo hasta el fondo iniciando un mete-saca
con ritmo. Ella estaba a punto de correrse. Tomó la polla de Carlos y la
chupó con ansia. Cuando él la tuvo bien dura propuso ir al dormitorio. Allí
se fueron los tres y echaron en la cama a Teresa. Era un espectáculo sexual,
una hembra grande y atractiva ofreciendo su sexo y sus pechos a los dos
machos excitados.
Carlos se puso debajo y ella lo montó entrando la polla de Carlos en su
humedecido coño. Mientras entraba, él le quitó el sostén, le mordió las
tetas y le sobó el clítoris. Ella se corrió así por primera vez. Y cuando
estaba terminando de correrse notó como Ricardo le lamía el agujero del
culo. "Te lo lubrico para dilatarlo y darte por el culo que me apetece
mucho", le dijo.
Ella le llamó guarro, pero se excitó con la experta lamida de su ojete que
le daba Ricardo. Cuando Carlos más fuerte la follaba por el coño, la polla
de Ricardo se abrió paso por su culo y al momento Teresa tenía sus dos
agujeros llenos con los duros miembros de los dos hombres. El de Ricardo era
muy grande y le hizo daño al entrar en su ano, pero luego cuando se acompasó
con el de Carlos y los dos la bombearon a la vez, le vino otro orgasmo sin
poder retrasarlo.
Mientras gemía corriéndose Carlos sacó la polla del coño, se alzó un poco y
se la puso en la boca. Se corrió en su garganta sin que ella pudiera
evitarlo. "Eres un cerdo, Carlos", le dijo, sintiendo arcadas, pero sin
llegar a más porque sintió una oleada de gusto cuando notó la descarga de la
polla de Ricardo en sus entrañas, llenando su culo de semen caliente.
Se corrió ella por tercera vez con esta sensación que le dio el semen en su
ano, y al terminar les pidió que la dejaran que se estaba meando. Quisieron
ir con ella al aseo, pero no les dejó. Casi no llega y empezó a mear de pie.
En ello estaba cuando vio que los dos tíos estaban en la puerta mirando su
meada. Sin dejar que se lavara, Ricardo la cogió y la llevó a la cama otra
vez. La abrió de piernas y le lamió los labios del coño, el clítoris y le
metió la lengua por la raja.
Ella tuvo así su cuarto orgasmo. "No puedo más", pidió. Pero no le hicieron
caso y le dieron por el culo los dos a la vez, metiendo sus pollas juntas.
Teresa gimió de dolor, pero cuando las pollas descargaron su semen en el
mismo momento dentro de su ano, sintió un placer infinito y alcanzó su
quinto orgasmo. Luego los tres quedaron exhaustos en la cama.
Hasta que se hizo la hora de que ella fuera a casa pues sus hijos llegaban
del colegio. Ricardo, muy amable, se ofreció a llevarla. Los tres se
ducharon, se asearon y prometieron que lo ocurrido nunca lo contarían.
Aunque ella iría un par de días con las piernas medio abiertas por el gran
dolor que tenía en el ojete del culo.
Al llegar a casa, mientras esperaba a sus hijos, Teresa seguía caliente
aunque estaba desfallecida. Y pensando en la orgía vivida, se metió la mano
dentro de las bragas, vio lo húmeda que seguía su coño, se sentó abierta de
piernas en un sillón y se masturbó hasta correrse como una perra en celo.
Más calmada, se levantó, se duchó y se aseó para cenar en familia.
Autor: HIGINIO H.
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