La lectura de sus Obras, Sermones, Cartas y su Diario, son parte de la herencia metodista un “evangelio integral” para nuestra edificación personal y comunitaria.
De su Obra «Pensamientos sobre los ministros del Evangelio” extraemos:
“…Entonces, ¿quién es un ministro del evangelio en el sentido completo y bíblico de la palabra? Aquél, y únicamente aquél, de cualquiera denominación, que anuncia todo el consejo de Dios, que predica todo el evangelio, incluyendo la justificación y la santificación, como medios para ir a la gloria. Aquél que no separa lo que Dios ha unido, sino que anuncia tanto a Cristo quien murió por nosotros, como a Cristo quien vive en nosotros. Aquél que constantemente aplica estas verdades al corazón de los oyentes, estando dispuesto a darse y ser consumido por ellos, teniendo la mente que hubo también en Cristo y siguiendo sus pasos sin desviarse. Aquél y sólo aquél puede ser llamado verdaderamente un ministro del evangelio.
Examinemos este punto con cuidado. Si el evangelio ha de ser buenas nuevas de gran salvación para todo el pueblo, entonces únicamente quienes predican la gran salvación (He.2,3) son ministros del evangelio en el completo sentido de la palabra. Es decir, quien predica la salvación de todo pecado (tanto interior como exterior) para llegar a poseer la mente que hubo también en Cristo Jesús y, de la misma manera, la ofrece a todo ser humano. Este título honorable es, entonces, vilmente prostituido cuando se le da a cualquiera y no se reserva para quienes testifican que Dios desea que todos sean salvos y perfectos como su Padre en los cielos es perfecto”.
La selección de los párrafos de los textos fueron elegidos teniendo en cuenta varios criterios (temática, extensión, contenido del mensaje, impacto en el lector, etc.) sin embargo no excluyen cierta cuota de arbitrariedad difícil de evitar, por lo cual pedimos disculpas por anticipado.