SERMONES | Año 2 N° 4
La lectura de sus Obras, Sermones, Cartas y su Diario, son parte de la herencia metodista un “evangelio integral” para nuestra edificación personal y comunitaria.
De su Sermón “Despiértate, tú que duermes” extraemos:
Efesios 5:14
Despiértate, tú que duermes, levántate de los muertos,
y te alumbrará Cristo.
Al discurrir sobre estas palabras trataré en primer lugar, con el favor divino, de describir estos durmientes a quienes se dirigen. Luego trataré de reforzar la exhortación: «Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos».
Por último, trataré de explicar la promesa hecha a los que se despiertan y levantan: «Y te alumbrará Cristo».
En primer lugar, hablemos de los durmientes a quienes se refiere el texto. Con la palabra «sueño» se indica aquí el estado natural del ser humano: ese sueño profundo del alma en el cual el pecado de Adán ha sumido a cuantos descienden de él; ese descuido, indolencia, estupidez e insensibilidad en que todo ser humano viene a este mundo, y en que permanece hasta que la voz de Dios le despierte.
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¡Quiera Dios que podamos entenderlo! Quien «duerme» es el pecador satisfecho en su pecado, contento de permanecer en su condición, de vivir y morir sin la imagen de Dios. Duerme quien no conoce ni su enfermedad ni el remedio. Quien nunca ha sido advertido, o no ha escuchado la advertencia de Dios de huir de la ira venidera. Quien no se ha percatado que está en peligro del fuego infernal, ni ha clamado con toda la ansiedad del alma: ¿Qué debo hacer para ser salvo?
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Puede adoptar el carácter de los de Laodicea, ni frío ni caliente, profesando la religión de sus antepasados de manera tranquila, racional y amable. O puede ser celoso y ortodoxo, y conforme a la más estricta secta de nuestra religión, vivir fariseo –es decir, puede justificarse a sí mismo, como dicen las Escrituras, procurando establecer su propia justicia como la base para ser aceptado por Dios.
Duerme quien tiene apariencia de piedad, pero niega la eficacia de ella. Y hasta probablemente envilece la piedad dondequiera que la encuentra, como si fuera una extravagancia o una ilusión. Este desgraciado que se engaña a sí mismo da gracias a Dios porque no es como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros. No, a nadie le hace mal. Ayuna dos veces a la semana. Usa de todos los medios de gracia. Asiste frecuentemente a la iglesia y los sacramentos. Da diezmos de todo lo que posee. Hace todo el bien que puede. En cuanto a la justicia que es en la ley, es irreprensible. Nada le falta de la piedad, sino la eficacia.
Nada le falta de la religión, sino el espíritu. Nada le falta del cristianismo, sino la verdad y la vida.
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Ciertamente, quien está muerto en pecado no tiene los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal espiritual. Teniendo ojos, no ve; y teniendo oídos, no oye. No gusta y ve que es bueno el Señor.
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Si Dios no da testimonio dentro de tu espíritu de que eres hijo de Dios, ¡quiera al menos convencerte mediante su demostración y poder, pobre pecador que aún duermes, de que eres hijo del diablo! Ojalá al profetizar yo, ahora mismo, hubiera un ruido y un temblor, y los huesos se juntaran cada hueso con su hueso. Y entonces, Espíritu, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos, y vivirán.
No endurezcas tu corazón ni resistas al Espíritu Santo, quien ha venido en este momento a redargüirte de pecado, porque no has creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.
Por tanto, «Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos». El Señor te está llamando por mi boca y te exhorta a conocerte a ti mismo, espíritu caído; a conocer tu verdadero estado y condición. ¿Qué tienes, dormilón? Levántate, y clama a tu Dios; quizá él tendrá compasión de ti, y no perecerás. Una gran tempestad se levanta en tu derredor, y te estás hundiendo en las profundidades de la perdición, en el océano de los juicios divinos. Si quieres escapar de esos juicios, arrójate a ellos.
Júzgate a ti mismo, para que el Señor no te juzgue.
¡Despierta! ¡Despierta! Levántate ahora mismo, no sea que bebas de la mano del Señor el cáliz de su ira.
Sacúdete y abraza al Señor, el Señor de justicia, grande para salvar. Sacúdete del polvo. Al menos, deja que los terremotos de las amenazas divinas te sacudan. Despierta y clama con el carcelero trémulo: «¿Qué debo hacer para ser salvo?»
Y no descanses hasta creer en el Señor Jesús, con esa fe que es un don, por obra de su Espíritu.
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Sin embargo, con la autoridad de la Palabra de Dios y de nuestra Iglesia debo repetir la pregunta: ¿Has recibido el Espíritu Santo? Si no le has recibido no eres todavía cristiano, pues cristiano es quien ha sido ungido con el Espíritu Santo y con poder.
La selección de los párrafos de los textos fueron elegidos teniendo en cuenta varios criterios (temática, extensión, contenido del mensaje, impacto en el lector, etc.) sin embargo no excluyen cierta cuota de arbitrariedad difícil de evitar, por lo cual pedimos disculpas por anticipado.