¿A DONDE IRAN LOS MUERTOS?
Por: Carlos Arturo Arias Castañeda
12 de enero de 2026
Llegar por primera vez a aquel lugar y ver aquella escena me dejó totalmente perplejo, era digna de la peor guerra de la historia. No solo era dantesca por lo desgarrador de lo que se veía, sino por la indiferencia de los miles de espectadores, que al parecer vivían hace mucho tiempo allí y habían normalizado no solo la matanza, sino la desaparición de los cuerpos.
Al levantarme aquella mañana en mi nueva residencia pude notar como, relativamente muy cerca a mí, se llevaba a cabo el levantamiento masivo de cadáveres, no puedo mentirles diciéndoles que eran cientos, pero con seguridad era decenas de muertos. Cada uno era llevado por al menos cuatro cargueras que parecían alegrarse de su labor matutina. Muy seguramente este hecho que era la tragedia para unos era el sustento de su hogar, así que lo hacían con entusiasmo… algo así como lo que comúnmente dice el adagio popular: “en ocasiones la tristeza de unos es la felicidad de otros”. Adagio que en esta escena aplica literalmente.
Era desolador notar que ningún familiar de las victimas estaba allí para reclamar los cuerpos y la marcha fúnebre se llevaba a cabo frente a la mirada impávida de muchos transeúntes que parecían desprevenidos y a los que nada les importaba lo que veían. Yo al contrario estaba consternado, no podía dar crédito a lo que veía…pensaba: ¡hasta donde ha llegado nuestra indolencia que hemos naturalizado este horror! Me parecía enfermo el comportamiento de las demás personas así que no me atreví a comentarles ni reclamarles nada.
Una duda rondaba mi mente: ¿a qué horas y cómo asesinan a estos seres o sujetos?, de seguro no era en el día porque seria evidente, pero como lograban no hacer ruido a pesar de lo torturados y descuartizados que se veían algunos cuerpos. Esa fue mi primera misión en aquel lugar, luego me encargaría de averiguar donde los llevaban porque no había fosas comunes cerca, ni rastro de los cadáveres.
A pesar de mi determinación, durante los primeros días nada pude saber, porque el sueño me vencía, solo despertaba exaltado esperando que esta nueva mañana nada estuviera ocurriendo y que todo fuera una pesadilla, pero no, el cortejo fúnebre colectivo se estaba llevando a cabo como un ritual diario pactado por los dioses y una sincronización orquestada al parecer por un relojero suizo. Cada vez me llenaba mas de asombro al notar que a nadie le importaba lo que ocurría. Esto era un tema demencial, en otros lugares el solo hecho que apareciera un cadáver era tema de escándalo y de noticia nacional, pero acá no, esto era el pan de cada día y lo raro era que alguien se incomodara, estaba viviendo en el mundo al revés.
Después de una semana de constante asombro, pude ver por fin lo que ocurría: algunos cuerpos durante la noche eran sometidos a descargas eléctricas que los chamuscaban vivos, otros eran descuartizados a golpes contra las paredes y los más afortunados eran envenenados por un gas que hacían circular en una habitación. Todos sin excepción eran abandonados en el piso, en el mismo lugar de su deceso, sin importar que ocurriese con sus despojos a la mañana siguiente.
Lo peor de lo que acaba de descubrir estaba por venir, ¡uno de los victimarios!, ¡uno de los verdugos o asesinos!: era mi esposa. En ese momento el mundo se me vino encima, sentí lo que seguramente sintieron muchos familiares de los militares alemanes que planearon y ejecutaron a escondidas el holocausto nazi, un genocidio en el que exterminaron casi seis millones de judíos en Europa. Descubrir que un familiar tan cercano era un asesino me provocó una conmoción emocional devastadora, una mezcla de shock, incredulidad, sentimiento de traición, terror y profunda vergüenza, junto con sentimientos de culpa (¿por qué no lo vi antes?) e ira hacia ella, creándome una crisis existencial y un duelo difícil de describir por la persona que creía conocer. Esto se había vuelto un trauma para mí.
No tuve más remedio que confrontarla y al conocer sus razones les confieso que llegue a sentir una empatía culposa. Me confesó que, al llegar allí, estos seres le hicieron la vida insufrible, toda la noche se empeñaban en no dejarla dormir, pinchándola con aguijones, haciendo ruido en su oído para obligarla a estar despierta. Fue así como al día siguiente averiguo como los vecinos repelían estos ataques arteros y decidió participar de la matanza. Compró una raqueta que propinaba descargas eléctricas desproporcionadas para el tamaño del enemigo, compró unas pastillas insecticidas llamadas RAID para envenenarlos, en estas se usan químicos como piretroides (praletrina, fenotrina, imiprotrina, cipermetrina), no contenta con eso se dedicó a perseguir para matar a golpes a los pocos que quedaban a su alcance cuando se posaban a reposar del asedio en las paredes de la habitación.
Jamás supe de su actuar durante la noche porque me quedó dormido muy temprano y no sentí nunca el acoso de los supuestos enemigos porque ella protegía mi sueño. Eso explicaba en parte la duda de porque tantos cadáveres en el piso cada mañana, lo que estaba por dilucidar era de donde salían las cargueras que felizmente esperaban la mañana para salir en fila india a recoger los despojos de la batalla que se había acabado de librar. Pues bien, provenían de mi antejardín, se habían instalado allí sin mi permiso seguro desde antes que yo viniera a habitar el predio y como buenas invasoras su salario no les daba para alimentarse, así que encontraron en los muertos que recogían apenas rayaba el día el modo de llevar el sustento a su hogar.
Aquellos pobres zumbadores tenían la pelea perdida, pero era tal la cantidad que al parecer nada les importaba sacrificar a algunos con tal de no dejarse ganar la guerra e intentar desalojar los nuevos moradores de lo que consideraban su territorio, estaban seguros de que esta era la manera de no dejarse desplazar. Ante esta situación inevitable le propuse a mi esposa instalar toldillos para aislarnos de los incomodos oponentes y así frenar la barbarie. Así lo hicimos y desde entonces hemos logrado conciliar el sueño sin tener que electrocutar a nada ni a nadie. Las que tuvieron que marcharse en las mismas filas que llegaron fueron las pequeñas cargueras de difuntos que no volvieron a encontrar alimento que llevar a su casa.