¡POBRESOR COMO MELEBA!

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Mar 14, 2026, 11:02:05 AM (19 hours ago) Mar 14
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¡POBRESOR COMO MELEBA!

Por: Carlos Arturo Arias Castañeda

 14 de marzo de 2026


 
Narra el profesor Francisco, entre risas y un dejo de resentimiento, algunas anécdotas que vivió al lado de don
Efrén, el hombre más adinerado y “mal escrito” de Pueblo Rico - Risaralda, pueblo donde fue enviado por primera vez a ejercer su labor como docente principiante.

 

Con escasos 24 años de edad, apenas desempacado de la universidad y recién nombrado en propiedad fui enviado al municipio de Pueblo Rico, cuya economía se basa en la agricultura y la ganadería, destacándose la producción de panela, cacao, plátano, chontaduro y Borojó, además del cultivo de pan coger. Lo anecdótico es que pareciera que casi todo en ese lugar tuviese un único dueño: Don Efrén.

 

Al llegar al pueblo busqué una casa o apartamento en alquiler para instalarme, vi un cartel que decía “se arrienda”. Me apresuré a llamar al número telefónico que allí había … no me respondieron, sin embargo, al cabo de algunos minutos recibí un mensaje de ese número: “buenas como leba”. Me causó curiosidad el “LEBA” pero imaginé que era un error del corrector o editor de texto del móvil. Devolví el mensaje presentándome y manifestando mi interés por la casa en alquiler, no sin antes decir que era licenciado en Lenguaje que venía nombrado como maestro para la Institución educativa San Pablo. Casi de inmediato me respondieron: “Pobresor lla le yego”. Asumí de nuevo que los errores ortográficos correspondían a que estarían escribiendo de afán y eran responsabilidad del editor de texto.

 

Al cabo de un rato de espera, aquel propietario me envió un nuevo mensaje: “pobresor, que pena laespera, la veci le vabrir la casa para que bea que es un veve de rancho”. Pensé que los horrores ortográficos ya no eran una casualidad, menos el termino despectivo pobresor. Estaba cavilando cuando efectivamente la vecina se acercó y me dijo: profesor, don Efrén me pidió que le mostrara la casa mientras el viene. Fue en ese momento que escuché por primera vez ese nombre.

 

Recorrí la vivienda, estaba bien ubicada en el centro del pueblo y a decir verdad se ajustaba a mi presupuesto. Apenas si había terminado cuando se detuvo en frente una camioneta Toyota de la cual descendió un hombre cincuentón, de mediana estatura, algo redondo, con la cabeza pelada brillante como un rolón (del desodorante) y rojo como un tomate. Al verme con su vecina gritó desde el vehículo: “quemas pobresor”, ya ese término me parecía francamente chocante cuando lo veía escrito, pero escucharlo en persona era además de chocante, odioso. Contuve el malestar y lo saludé: “un gusto don Efrén”. Ahí está la casita dijo. Cuadramos el valor del alquiler, le pagué la primera mensualidad y durante un tiempo no lo volví a ver, nuestras cortas conversaciones siempre eran a través de mensajes de celular.

 

De cuando en vez y de forma repentina me llegaban mensajes como: “ola pobresor, como meleba, si nececita algo me ase una yamadita que si estoi desucapado nos beriamos en la panaderia o le yego a la casa”. Como se imaginarán, siendo docente de lenguaje, cada vez que leía estos mensajes quedaba al borde de un ataque de nervios, no lograba entender como alguien podía escribir así y seguir como si nada. Lo de la panadería, era porque era el dueño de la única que había en el pueblo, así como del supermercado, la droguería, la heladería, la cantina, la flota de buses, mejor dicho, de todo. A decir verdad, lejos de ser alguien fantoche, era un hombre tosco, pero bonachón y servicial, esto de acuerdo a las versiones de muchas personas del lugar.

 

Para mi mala fortuna los primeros años en la docencia fueron una tragedia en lo económico, a pesar de ser nombrado en propiedad el salario que ya mensual es complejo de administrar, a veces se tardaba en llegar hasta tres y/o cuatro meses. La primera ocasión que no pude pagar a tiempo el arrendo le envié un mensaje a don Efrén contándole la causa del retraso y pidiéndole un plazo. Respondía casi siempre de forma inmediata, como si mantuviese con el celular en la mano esperando que le escribieran: “no le pare volas a eso, pobresor”. Mas tardó en llegar su respuesta al celular que él en estar parado tocando la puerta, al abrir estaba con un bulto en el hombro, dijo: “pobresor, ahí le traje un mercadito para que no pase necesidades” yo le apunto allá en el supermercado no se preocupe por nada que estamos para servirnos. La verdad sentí pena, pero tenía la alacena y la nevera vacía así que acepté sin reparos la ayuda. Don todopoderoso se marchó, pero al segundo me envió un mensaje: “pobresor, si nececita platika no le de pena”.

 

Les confieso que llegó un momento en el que dejó de molestarme el término “pobresor” cuando lo decía don Efrén, me parecía que el “tonito” no era ofensivo y se notaba que no había una premeditación de ofender al decirlo, más bien era una incapacidad de decir correctamente ¡profesor!, así como cuando un niño no puede decir pantaloneta, sino que dice pantanoleta. Llegué a tomarle aprecio al viejo rojo ese y creo que él a mí. Mas aun cuando nunca nadie había estado tan pendiente de resolver todas mis afugias, incluso sin necesidad de pedírselo.

 

Uno de los episodios más penosos de mi estadía en Pueblo Rico, donde el único rico era don Efrén, fue que durante uno de los domingos que me encontraba libre, decidí, por primera vez, dar una vuelta por los alrededores del pueblo. Me sorprendió que apenas saliendo de la cabecera municipal se hallaba una finca cuyo nombre era: “acienda la manolia”, no tuve que caminar mucho cuando noté que otra finca se llamaba: “acienda la gloria”, eran extensiones inmensas de tierra totalmente cultivadas, o llenas de ganado. Para resumirles el cuento, caminé apenas medio día y conté por lo menos cuatro fincas con este horror de ortografía. Al llegar al pueblo indagué quien era el propietario de esos predios y como era de esperarse eran de don Efrén.

 

Como ya le tenía algo de confianza, lo busqué en la cantina, me le acerqué y al verme dijo: “quemas pues pobresor”, continuó: tómese una cervecita. Acepté para poder entrar en calor y tomar fuerza para hacerle caer en cuenta de su falta de ortografía, a ver si podía enseñarle algo, pero que va, apenas le dije que había visto algunas fincas que eran de su propiedad cuyos nombres estaban mal escritos porque hacienda se escribe con “H”, me salió con una que me hizo arder la cara de vergüenza y que todavía al recordar me hace sonrojar. Dijo: “pobresor, yo tengo siete asciendas sin H, usted cuantas tiene con H”. Esa cerveza me supo a azufre, como si hubiera visto al diablo, no sé cómo la terminé, pues no tenía ganas sino de salir corriendo de la humillación de la que había acabado de ser víctima.

 

Fueron quince años ejerciendo en Pueblo Rico, allí me casé y tuve mis dos hijos, de uno de ellos es padrino don Efrén, así que se me metió al rancho, como el mismo dice. Hace poco en medio de unos tragos le pregunté: ¿Efrén y es que vos no podés decir profesor?, me respondió: “claro que si guevon”. Entonces por qué siempre le decís, no solo a mí, sino a todos los docentes que conoces: “pobresor”.  Pues marica porque mis papás eran profesores y se murieron pobres, casi que pidiendo limosnas. Se pensionaron, pero eran tantas las deudas que tenían que la pensión se les quedaba en los bancos, se la pasaron toda la vida pagando cuotas y viviendo alcanzados y endeudados. Continuo: no conozco a ningún profesor que viva solvente, parece que en las universidades no les enseñan economía básica o la matemática financiera elemental…¡uno no puede gastarse más de lo que se gana, por aparentar porque vive jodido!.

 

No tuve como responder a su crítica porque yo mismo vivía alcanzado y endeudado, incluso con él mismo, no terminaba de pagarle un préstamo cuando ya estaba pidiéndole otro. Él nunca me lo negaba, pero imagino que era una forma de reforzar su percepción de como los maestros están condenados a vivir al día a pesar de tener un salario por encima de muchas personas del común.

Hoy el maestro Francisco confiesa con nostalgia que su propósito de vida es llegar al momento de la pensión sin ninguna deuda para poder gozar, en la vejez, de un salario, sin descuentos, que le permita vivir sin afugias. Esto en parte gracias a lo chocante y odioso que le pareció siempre ser llamado pobresor. Manifiesta que, si hubiese conocido antes que la razón que tuvo don Efrén para llamarlo de esa forma era la lastima y no la supuesta incapacidad que le otorgaba a su fonética, hubiese corregido antes el rumbo de sus finanzas.

 

En ocasiones, la vida necesita sacudirnos con la fuerza incómoda de una verdad que preferiríamos no mirar. Vivimos, muchas veces, instalados en errores que el tiempo y la costumbre han logrado disfrazar de normalidad, y solo cuando alguien nos confronta, aunque lo haga con aspereza, logramos entrever la grieta en nuestras certezas.

Por eso, no siempre quien te arroja lodo lo hace con la intención de hundirte, ni siempre quien te rescata del fango lo hace movido por la nobleza de ayudarte. A veces la crítica que duele es la que despierta, y el gesto que aparenta salvar puede esconder otros intereses. La vida, en su compleja ironía, nos enseña que ni el ataque es siempre malicia ni el auxilio es siempre bondad.




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