
Este martes 11 de agosto, Cali volvió a sentir la tierra moverse. Una de las réplicas registradas a las 10:43 de la mañana tuvo magnitud 3,8 y una profundidad de 99 kilómetros, nuevamente con epicentro en San José del Palmar, Chocó. El movimiento provocó evacuaciones preventivas en distintos edificios de la ciudad, entre ellos la Escuela Nacional del Deporte, donde funciona uno de los centros de acopio para atender la emergencia.
Durante las horas posteriores al terremoto se han registrado decenas de réplicas. El Servicio Geológico Colombiano mantiene el monitoreo permanente de la actividad sísmica, mientras las autoridades insisten en una recomendación fundamental: no ingresar a edificaciones que presenten grietas visibles o que hayan sido declaradas en riesgo.
Y hay algo que conviene recordar en medio de la ansiedad: una réplica no significa necesariamente que venga un terremoto mayor. Es parte del proceso de reajuste de la corteza después de un evento de gran magnitud. Lo que sí significa es que la emergencia no puede darse por terminada simplemente porque haya dejado de sentirse el movimiento principal.
Quizás uno de los efectos más importantes de lo ocurrido sea que nos obliga a mirar la ciudad de otra manera.
Habitualmente caminamos por Cali sin preguntarnos qué tan resistente es el edificio donde vivimos, trabajamos o estudiamos. Entramos a un centro comercial, a una institución pública, a una iglesia, a un teatro o a una vivienda y damos por hecho que estaremos seguros allí.
Un terremoto rompe esa sensación de normalidad.
Las grietas que ayer parecían insignificantes adquieren otro significado. Una escalera, una fachada, una columna, un balcón o un muro empiezan a ser observados con otros ojos.
Y eso puede convertirse en una oportunidad.
No para vivir con miedo, sino para construir una verdadera cultura de prevención.
Colombia es un país sísmicamente activo. El Servicio Geológico Colombiano explica que nuestra ubicación geológica, relacionada entre otras con la interacción de la placa de Nazca y la placa Suramericana, genera una actividad sísmica permanente. Se registran miles de movimientos cada mes, aunque la mayoría son tan pequeños que la población nunca llega a percibirlos.
El problema no es que Colombia tiemble.
El problema sería que nosotros no estuviéramos preparados.
Ayer muchas personas salieron de sus casas sin saber exactamente qué hacer. Algunas corrieron. Otras llamaron desesperadamente a sus familiares. Hubo quienes bajaron por las escaleras, quienes permanecieron paralizados y quienes simplemente se quedaron mirando cómo se movían los objetos a su alrededor.
Hoy, con las réplicas, el miedo continúa.
Es comprensible. El cuerpo recuerda el movimiento antes de que la razón consiga explicarlo.
Pero precisamente por eso esta emergencia debería servir para algo más que para contabilizar daños y víctimas.
Debería llevarnos a preguntarnos:
¿Sabemos realmente qué hacer cuando tiembla?
¿Tenemos identificado un lugar seguro en nuestra vivienda?
¿Sabemos dónde están las llaves del gas y la electricidad?
¿Tenemos un punto de encuentro familiar?
¿Sabemos qué hacer si estamos en un edificio alto?
¿Conocemos las rutas de evacuación de nuestro lugar de trabajo?
¿Tenemos un pequeño kit de emergencia?
¿Sabemos reconocer cuándo una grieta puede representar un riesgo?
Son preguntas sencillas, pero pueden marcar una diferencia enorme.
Cali es una ciudad extensa, diversa y desigual. Hay edificios nuevos y construcciones antiguas; viviendas formales e informales; sectores con infraestructura consolidada y otros donde las condiciones de habitabilidad son mucho más frágiles.
Por eso la discusión sobre el terremoto no debería reducirse al momento dramático de la evacuación.
Tiene que abrir una conversación sobre cómo estamos construyendo y habitando Cali.
La prevención sísmica no puede ser solamente responsabilidad de las familias. También implica revisar edificaciones, fortalecer los sistemas de emergencia, mantener actualizados los mapas de riesgo, garantizar protocolos en instituciones educativas y culturales, hospitales, edificios públicos y espacios de concentración masiva.
Y significa, sobre todo, que la gestión del riesgo debe dejar de ser un asunto que recordamos solamente después de una tragedia.

Hoy Cali respira distinto
Después de un terremoto, la ciudad parece la misma, pero algo cambia.
Los sonidos adquieren otra dimensión. Una puerta que se mueve, un vidrio que vibra, un camión pesado que pasa por la calle pueden producir nuevamente el sobresalto.
La gente pregunta:
—¿Sentiste?
Y luego:
—¿Volvió a temblar?
Es la ciudad intentando recuperar la confianza.
Por eso hoy no necesitamos rumores ni cadenas alarmistas. Necesitamos información confiable, solidaridad y serenidad.
El Servicio Geológico Colombiano ha sido claro en un punto esencial: la ciencia actualmente no puede predecir cuándo ocurrirá un sismo ni anticipar con exactitud sus réplicas.
Lo que sí podemos hacer es prepararnos.
La tierra seguirá moviéndose. Eso está fuera de nuestras manos.
Pero la manera en que respondemos a ese movimiento sí está en nuestras manos.
Quizás la pregunta más profunda que deja este 10 de agosto no sea solamente cuánto daño produjo el terremoto.
La pregunta es qué vamos a hacer después de él.
Podemos volver lentamente a la rutina y olvidar lo sucedido cuando pase el miedo.
O podemos aprovechar este estremecimiento para mirar la ciudad con otros ojos: revisar nuestras viviendas, exigir instituciones preparadas, fortalecer la solidaridad entre vecinos, conocer los protocolos de emergencia y convertir la prevención en parte de nuestra cultura cotidiana.
Porque un terremoto puede sacudir una ciudad en unos segundos.
Pero una ciudad preparada se construye durante años.
Hoy Cali vuelve a caminar, pero todavía escucha a la tierra.
Y quizá sea bueno escucharla.
No para vivir con miedo.
Para aprender a vivir con ella.