Posesión presidencial en guarnición militar: primera gran batalla de la guerra cultural - Álvaro García Jiménez

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Jul 15, 2026, 6:42:57 PMJul 15
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PETRO NO IRÁ A LA POSESIÓN DE ABELARDO DE LA ESPRIELLA Y HABLÓ DE “FRAUDE”

El presidente Gustavo Petro aseguró que no asistirá a la ceremonia de posesión del presidente electo Abelardo de la Espriella, programada para el próximo 7 de agosto, y reiteró que no reconoce su elección como mandatario.

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Durante el consejo de ministros de este martes, el Jefe de Estado afirmó que no estará presente en el acto de posesión ni le dará la mano al presidente electo, al insistir en que el proceso electoral fue, según sus palabras, “un fraude”. Sus declaraciones se conocen en medio de la creciente tensión política que vive el país tras los resultados de la segunda vuelta presidencial. #pereiraenvivo


REFLEXIÓN PREVIA sobre escrito de ÁLVARO GARCÍA:

Antes que un simple desacuerdo protocolario, la discusión sobre el lugar de la posesión presidencial de Abelardo de la Espriella revela un fenómeno mucho más profundo: la creciente importancia de los símbolos en la política contemporánea. La ceremonia de transmisión del poder ha dejado de ser vista únicamente como un acto institucional para convertirse en un escenario donde se disputa el significado mismo del Estado y de la nación.

La propuesta de trasladar la posesión desde la tradicional Plaza de Bolívar hacia una guarnición militar no solo modifica el escenario físico del evento; también transforma el mensaje político que este busca transmitir. Los espacios, los rituales, los uniformes, los monumentos y hasta los gestos presidenciales forman parte de una narrativa que pretende proyectar una determinada visión del país. En ese sentido, la política actual se libra tanto en el terreno de las decisiones gubernamentales como en el de las representaciones simbólicas.

Esta lectura se inscribe en lo que diversos analistas denominan la "guerra cultural": la disputa por la hegemonía de los relatos, los símbolos y los imaginarios colectivos. Bajo esta perspectiva, el poder no depende únicamente de ganar elecciones, sino también de lograr que una determinada visión del mundo sea asumida como legítima por la sociedad. La ceremonia presidencial, entonces, deja de ser un protocolo para convertirse en un acto de comunicación política de enorme alcance.

El debate también evidencia cómo cada proyecto político construye su propio universo simbólico. Mientras unos privilegian referencias asociadas a las movilizaciones sociales, las luchas populares y determinadas memorias históricas, otros reivindican la institucionalidad, las Fuerzas Armadas, la tradición religiosa y la autoridad del Estado. Más allá de compartir o rechazar cualquiera de estas visiones, resulta evidente que ambas buscan fortalecer su legitimidad mediante imágenes, rituales y escenarios cuidadosamente escogidos.

Sin embargo, conviene distinguir entre los hechos y las interpretaciones. Es un hecho que existe una controversia sobre el lugar de la posesión presidencial; otra cosa es afirmar que de esa decisión dependerá quién ejercerá el poder real en Colombia. Esa conclusión pertenece al terreno de la interpretación política y refleja una determinada corriente de pensamiento, más que una verdad demostrable.

Quizá la principal enseñanza de este debate sea recordar que la política no solo administra recursos o aprueba leyes: también produce símbolos. Los actos públicos, las ceremonias oficiales y los espacios donde se desarrollan comunican ideas sobre la autoridad, la identidad nacional y la memoria colectiva. Comprender esa dimensión simbólica ayuda a entender por qué un cambio de escenario puede generar una controversia que trasciende el protocolo y se convierte en un reflejo de las profundas disputas culturales que atraviesan hoy a Colombia.


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Posesión presidencial en guarnición militar: primera gran batalla de la guerra cultural

Publicado el 14 de julio de 2026 a las 03:30 a. m.


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Abelardo, el presidente electo, insiste en que la ceremonia de su posesión como presidente de Colombia tenga lugar en una guarnición militar, ojalá cerca de lugares azotados por el terrorismo y el narcotráfico. Petro trata de impedírselo. La jefatura de Despacho del Gobierno que termina le respondió al equipo de De la Espriella que su posesión “no puede darse en una base militar”, y que debe realizarse “ante el Congreso en el Capitolio Nacional”. Esto no se trata de pataletas de un lado o del otro; no es el choque de caprichos de dos hombres que están en las antípodas de la política. Es la primera gran confrontación de la Batalla Cultural que empezó en Colombia.

La política moderna dejó de ser una simple discusión de programas, o de concepciones de la economía o de las relaciones internacionales, para convertirse en una guerra de representaciones. La solicitud del equipo del presidente electo, Abelardo de la Espriella, para trasladar la tradicional posesión presidencial del 7 de agosto desde la Plaza de Bolívar hacia un batallón militar, por ejemplo en Popayán, no es una simple anécdota con implicaciones logísticas. Es un hecho político y estético de primer orden, definitivo, fundamental, innegociable. Cambiar el tradicional epicentro del poder por una guarnición militar en una provincia históricamente golpeada por la violencia constituye una declaración de principios contundente: el retorno constatable del orden, atención a los que han sido ignorados y abandonados en los territorios al poder mafioso, una nueva autoridad descentralizada y el respaldo inequívoco a las Fuerzas Armadas.

Este giro estético encaja de forma milimétrica en las tesis de observadores de los fenómenos políticos contemporáneos que sostienen —como el politólogo Agustín Laje— que el poder institucional es frágil si no está respaldado por una hegemonía en el plano simbólico y cultural. El que domine los mitos, los símbolos, el lenguaje y la iconografía de una nación, termina ejerciendo el poder de manera real. Lo que presenciamos en Colombia —con esta primera discusión sobre dónde y cómo debe ser la posesión del próximo presidente— es una contraofensiva estética de la centroderecha que busca disputar y tomar el control del relato que el Gobierno saliente de Gustavo Petro ejerció y propagó con método y rigurosidad.

Para entender todo lo que está en juego con la ceremonia de posesión presidencial, es suficiente recordar algo: para el petrismo, el espacio público ha sido el lienzo sagrado de su narrativa. Por un lado, la constante referencia a “las calles” como el espacio de presión para alcanzar sus objetivos políticos. Por otra parte, un lugar específico: la Plaza de Bolívar, el mismo escenario que sirvió de trinchera a Petro durante sus crisis como alcalde de Bogotá, se convirtió bajo su presidencia en el teatro de operaciones de su mística revolucionaria. Recordemos: el punto álgido ocurrió durante las movilizaciones del 1° de mayo de 2025, cuando el mandatario no solo empuñó la espada del Libertador frente a la multitud, sino que ondeó con vehemencia la histórica y polémica bandera rojinegra de la “guerra a muerte” de 1813. (Poco después le dispararon a Miguel Uribe en la cabeza). Con estos gestos en la plaza pública, sumados a la elevación a patrimonio cultural del sombrero de Carlos Pizarro —comandante del M-19—, la custodia estatal de la sotana de Camilo Torres —el cura guerrillero del ELN— el Gobierno saliente buscó sacralizar la subversión e institucionalizar un evidente fetichismo por los hombres armados al margen de la ley.

Esta disputa simbólica alcanzó dimensiones metafísicas en la reciente jornada electoral de junio de 2026, exponiendo una profunda brecha en la concepción de lo sagrado. Mientras Petro acudió a las urnas vestido rigurosamente de blanco y portando en el pecho una enigmática cruz de madera con forma de T —la Cruz Tau, que él defendió como un símbolo de fe y misticismo franciscano—, Abelardo de la Espriella ha optado por recorrer las grandes referencias e instituciones de la Iglesia católica tradicional.

Este contraste no es una coincidencia. Abelardo busca enraizar su legitimidad en la fuerza del dogma, en la solemnidad eclesiástica, en los espacios sagrados de la religión y el peso histórico que tiene la fe mayoritaria del país. De esta forma, el presidente electo responde de forma directa a la ritualidad alternativa, contradictoria, caótica y sincrética de la izquierda. Este choque de narrativas valida claramente el diagnóstico metapolítico de los análisis de la confrontación estética y cultural: en la arena pública actual, la verdad de los hechos pesa mucho menos que las pasiones morales y los miedos colectivos que los ciudadanos le atribuyen a las imágenes. En ese sentido Abelardo obtuvo, por ejemplo, una gran victoria cuando logró apropiarse de los atributos asociados a un animal portentoso como el tigre y a su saludo militar como expresión de orden y seguridad. Ahí arrancó con fuerza su exitosa campaña a la Presidencia.

Frente a la dispersión folclórica, el misticismo heterodoxo y la apología a la rebeldía armada del Gobierno saliente, el entrante responde llevándose la liturgia institucional de la plaza pública a la guarnición militar. Al dejar vacía la Plaza de Bolívar que Petro llenaba e instrumentalizaba con banderas guerrilleras del M-19 y de guerra a muerte, la Nueva Derecha quiere levantar lejos de allí —de ese espacio marcado por Petro— las banderas de la identidad judeocristiana tradicional y el orden institucional. Entonces veremos la austeridad, el uniforme militar impecable, las marchas castrenses y los altares tradicionales de la fe católica como expresiones de oposición, funcionando como una especie de antídoto estético propuesto por Abelardo a lo que sus simpatizantes —que ganaron las elecciones— coincidieron en señalar como la “anarquía moral”: actores porno como ministros, guerrilleros al frente de la inteligencia del Estado, acusaciones y amenzas entre sus propios funcionarios, ministros procesados y detenidos por corrupción, ceremonias militares manchadas por la indiferencia y el desprecio del presidente a los generales, humillaciones a funcionarios televisadas, exaltación de la violencia guerrillera, familia presidencial desintegrada escandalosamente durante el Gobierno etc.

Abelardo y Petro lo saben muy bien. Por eso el pulso tan fuerte sobre la ceremonia de posesión. En Colombia, el poder no se mide únicamente en votos. Quien tome el control real será Petro si mantiene la capacidad de vestir a la nación con la estética de la insurgencia armada o Abelardo, con el traje del orden institucional.

Petro quiere, a como de lugar, impedir que Abelardo cumpla su deseo. “ …Ordeno que ningún establecimiento militar sirva para una posesión de un presidente de la República de Colombia”, escribió el mandatario saliente en un exaltado mensaje en X. Veremos qué hace el presidente electo, qué decide el Congreso y qué posición toman los militares.

Mientras el Congreso y los abogados discuten la viabilidad de una posesión presidencial en una guarnición militar, una verdadera guerra   —silenciosa pero determinante— se está librando para definir los símbolos nos representarán en los años que están por venir.


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Publicado el 14 de julio de 2026 a las 03:30 a. m.
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Álvaro García Jiménez
Posesión presidencial en guarnición militar: primera gran batalla de la guerra cultural

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Álvaro García Jiménez es un periodista y diplomático colombiano que se adentró en el mundo del periodismo en 1983 como redactor en la revista 'Magazín al día' y, posteriormente, en 'Cromos'. En televisión, comenzó redactando noticias para 'Noticias Uno' y el 'Noticiero de las Siete'.

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