
¿Quién tuvo la culpa de la derrota o qué sociedad estamos construyendo?
Tras la amplia discusión generada por la columna “Jueputa, perdimos”, del analista Víctor de Currea-Lugo, el investigador y gestor cultural Fernando Tasceche comparte una reflexión que dialoga críticamente con sus planteamientos. Sin desconocer la importancia de la autocrítica propuesta por Currea-Lugo, el texto amplía el análisis desde perspectivas como la complejidad, la Investigación-Acción Participativa, la Pedagogía de la Liberación y la sociología crítica.
La respuesta invita a mirar la derrota electoral no solo como resultado de errores internos, sino como una expresión de múltiples factores históricos, culturales, territoriales, económicos y geopolíticos. Más allá de la pregunta sobre quién tuvo la culpa, Tasceche propone reflexionar sobre qué tipo de sujeto colectivo, organización popular y sociedad se está construyendo en Colombia.
El artículo constituye un aporte al debate democrático y a la reflexión sobre los desafíos actuales de los movimientos progresistas. La columna original de Víctor de Currea-Lugo puede consultarse en Jueputa, perdimos. Basado en la columna publicada el 22 de junio de 2026.
UNOS ELEMENTOS PARA ANALIZAR UNA COLUMNA DE CURREA-LUGO, QUE TAMBIÉN NOS INTERESA PUNTUALIZAR
No existe ninguna duda de que el texto de Víctor de Currea-Lugo posee un enorme valor político porque plantea la necesidad de la autocrítica dentro de los procesos progresistas. Sin embargo, desde las perspectivas teóricas que nosotras y nosotros trabajamos, es posible reconocer y establecer un diálogo crítico, respetuoso y profundo con el artículo, reconociendo sus aportes, pero también señalando sus límites analíticos. La clave no es descalificar al autor, sino complejizar el debate.
Una lectura crítica y compleja sobre la derrota política: reflexiones desde la Investigación-Acción Participativa, la Pedagogía de la Liberación y la Complejidad
El artículo de Víctor de Currea-Lugo constituye un ejercicio necesario de autocrítica política dentro del campo progresista colombiano. Su principal virtud radica en romper con las tendencias triunfalistas y convocar a una revisión profunda de las prácticas organizativas, comunicativas y ético-políticas del Pacto Histórico. Sin embargo, desde una perspectiva multidimensional y compleja, resulta necesario ampliar y problematizar algunos de sus planteamientos.
Desde la metodología de la complejidad propuesta por Edgar Morin, ningún fenómeno político puede ser explicado mediante relaciones lineales de causa-efecto. Las derrotas electorales no son el resultado exclusivo de errores internos ni de conspiraciones externas; constituyen emergencias históricas producidas por la interacción simultánea de múltiples dimensiones: económicas, mediáticas, culturales, geopolíticas, institucionales, simbólicas, territoriales y subjetivas.
En este sentido, aunque el autor tiene razón al reclamar autocrítica, corre el riesgo de caer en una lógica reduccionista al atribuir la derrota principalmente a deficiencias organizativas internas. El pensamiento complejo nos invita a superar tanto el determinismo externo (“perdimos por fraude”) como el determinismo interno (“perdimos por nuestros errores”), para comprender la articulación dialógica entre estructura y agencia.
Desde la antropología social crítica, resulta problemático asumir la existencia de una única “cultura política” deseable. Colombia es una sociedad profundamente heterogénea, atravesada por múltiples racionalidades culturales, memorias históricas y experiencias territoriales diferenciadas. Las bases populares no constituyen un sujeto homogéneo; son una pluralidad de campesinados, pueblos afrodescendientes, comunidades indígenas, juventudes urbanas, mujeres, trabajadores informales y sectores medios precarizados, cada uno con formas particulares de comprender la política.
La Investigación-Acción Participativa de Orlando Fals Borda nos recuerda que la transformación política no puede limitarse a procesos electorales ni a decisiones tomadas desde las élites partidistas. La crítica fundamental no debería dirigirse únicamente hacia la dirección del Pacto Histórico, sino hacia la insuficiente construcción de poder popular territorial autónomo capaz de sostener procesos históricos más allá de los ciclos electorales.
Desde esta perspectiva, la pregunta central no sería solamente por qué se perdió una elección, sino qué niveles reales de organización popular, conciencia crítica y autonomía política lograron construirse durante estos años de gobierno. La I.A.P. nos enseña que los cambios duraderos nacen de procesos de coproducción de conocimiento y acción colectiva desde los territorios.
La Pedagogía de la Liberación de Paulo Freire permite cuestionar igualmente ciertas afirmaciones del autor respecto al supuesto “intelectualismo” de la izquierda. El problema no radica en la reflexión teórica ni en las epistemologías críticas, sino en la ausencia de procesos permanentes de diálogo horizontal entre saberes académicos y saberes populares.
No se trata de abandonar la teoría, sino de democratizarla y ponerla en conversación con las experiencias concretas de los pueblos. Freire advertía sobre los peligros tanto del elitismo ilustrado como del espontaneísmo acrítico. La transformación democrática exige praxis: reflexión crítica y acción transformadora inseparables. En consecuencia, la autocrítica debe orientarse hacia la construcción de procesos pedagógicos permanentes de formación política popular.
Desde la sociología de Pierre Bourdieu, el artículo permite abrir preguntas fundamentales sobre las disputas por el capital político dentro del campo progresista. Cuando el autor pregunta “¿quién empoderó a quién?”, está señalando la existencia de relaciones de poder, monopolios simbólicos y mecanismos de reproducción interna de las élites políticas.
No obstante, Bourdieu nos enseñó igualmente que los campos políticos están estructurados por relaciones objetivas de poder que trascienden las voluntades individuales. El progresismo colombiano no disputa en condiciones de igualdad frente a actores que poseen enormes capitales económicos, mediáticos, empresariales y burocráticos históricamente acumulados.
La noción de habitus permite comprender, además, que las prácticas políticas no cambian automáticamente con la llegada al gobierno. Décadas de exclusión, clientelismo, guerra interna y dominación simbólica producen disposiciones profundamente arraigadas tanto en dirigentes como en ciudadanos. Transformar estos habitus exige procesos históricos prolongados y no únicamente victorias electorales.
Desde una lectura crítica, podría afirmarse que la principal contradicción del progresismo colombiano no consiste solamente en reproducir prácticas tradicionales, sino en intentar transformar estructuras históricas profundamente sedimentadas desde los estrechos márgenes permitidos por el Estado liberal contemporáneo.
Asimismo, el análisis debe incorporar la dimensión geopolítica. Colombia continúa siendo un escenario estratégico para intereses económicos y militares internacionales. Ignorar las presiones externas, la concentración mediática, la judicialización de la política y las disputas geopolíticas regionales podría conducir a una lectura insuficiente del momento histórico.
Coincidimos con el autor en la necesidad urgente de profundizar la autocrítica, democratizar las organizaciones políticas, fortalecer mecanismos de rendición de cuentas y superar los sectarismos históricos de la izquierda. Sin embargo, dicha autocrítica debe realizarse sin desconocer la complejidad de las estructuras de dominación que continúan configurando la vida política colombiana.
Realmente, más que fundar exclusivamente un “Pacto Crítico”, quizás el desafío histórico consista en construir un gran movimiento pedagógico, cultural y territorial capaz de articular las luchas sociales, democratizar la producción del conocimiento, fortalecer la organización popular y profundizar la participación ciudadana.
La transformación social no será obra exclusiva de gobiernos, dirigentes o partidos; será el resultado de la capacidad de los pueblos para constituirse en sujetos colectivos de su propia historia.
Desde estas perspectivas, el Centro del Pensamiento Estratégico y Prospectiva desde los Territorios y el Observatorio de los Derechos Culturales y la Participación Ciudadana de Cali y el Pacífico nos hacemos otra pregunta. El hoy y el ahora nos exigen reconocer que lo planteado por Currea-Lugo es importante, pero consideramos que el debate deja de ser únicamente “¿quién tuvo la culpa de la derrota?” para transformarse en una pregunta mucho más profunda:
“¿Qué tipo de sujeto histórico, pedagógico, cultural y territorial hemos construido y qué sociedad queremos seguir construyendo?”
Allí reside, quizás, el otro corazón del debate.
Humildemente,
Fernando Tasceche.
[4:40 p.m., 22/6/2026] Tasceche: UNOS ELEMENTOS PARA ANALIZAR UNA COLUMNA DE CURREA-LUGO, QUE TAMBIÉN NOS INTERESA PUNTUALIZAR.
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