¿QUE ES EL HOMBRE?
El hombre glorificado - 6
Glorificar a Dios
Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas… ¿Quién no te temerá, oh Señor, y glorificará tu nombre? Pues sólo tú eres santo; por lo cual todas las naciones vendrán y te adorarán (Apocalipsis 4:11 y 15:4).
Toda gloria es de Dios, por tanto, los que son suyos le adoran y le glorifican con todo lo que hacen. Reconocen que Él es digno porque es el Creador de todas las cosas, existen por su expresa voluntad y fueron creadas para manifestar su excelsa gloria. Ahora Dios busca adoradores que le adoren en Espíritu y en verdad. Parece una paradoja que el Creador del Universo busque quienes le adoren, cuando sería evidente que así debe ser. Sin embargo, la Escritura pone de manifiesto que hay un conflicto irresoluble entre la luz y las tinieblas, entre la verdad y la mentira, entre Jerusalén y Babilonia, entre quienes adoran al Dios de Israel y quienes lo hacen a ídolos, entre quienes le glorifican con sus vidas y aquellos que se sirven a sí mismos. Si entendemos que el Señor es el Dios de la gloria, que es celoso y no la comparte con nadie, aquellos que le aman y le sirven lo hacen todo para su gloria y honra. No como una coletilla religiosa aprendida y repetida sin entendimiento, sino como verdaderos crucificados con Cristo, adoradores del único Dios, y rendidos a su voluntad en todo lo que hacen. El apóstol Pablo lo dijo así: «Hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Co. 10:31). La gloria del hombre está íntimamente ligada a su dependencia del Creador. La gloria que Dios ha puesto en el hombre («lo coronaste de gloria y de honra» Sal.8:5) debe ser devuelta al Dador en gratitud y servicio. Algunos la retienen para sí mismos, y a partir de ahí buscan su propia autosuficiencia que les emancipe del origen de su gloria —dada por Dios en la creación del hombre a su imagen y semejanza—, uniéndose a la rebelión original de Lucifer. Esa actitud es adictiva. Probar la gloria de este mundo inyecta un poder demoniaco en las personas que las vuelve destructivas para sí mismos y para otros. Si además son personas con poder político, religioso o social pueden causar un daño irreparable a la sociedad. Se volverán a la tiranía; y enseñoreándose de otros reclamarán sometimiento incondicional a su persona. Esta forma de robar la gloria a Dios ha llevado a naciones enteras a su ruina y destrucción. Dios quiere liberarnos de ello guiándonos a darle la gloria a Él, el único digno de ella.
Glorificar a Dios en nuestras vidas nos libra de la idolatría que destruye lo mejor del ser humano.