¿QUE ES EL HOMBRE?
El hombre condenado - 4
Destinados a condenación (I)
El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios (Juan 3:18)
En nuestra anterior serie sobre el hombre glorificado vimos todo un recorrido del primer capítulo de Efesios donde nos encontramos con la predestinación. Vimos que hay un proceso circular desde antes de la fundación del mundo, que toma vida en el tiempo y el espacio de cada de uno de nosotros, para alcanzar el propósito de Dios. Todo un complejo entramado existencial y trascendente que siempre es complicado de abordar y más de explicar. Bien. Ahora vamos a otro aspecto de la complejidad del hombre y su destino. Esta sub-serie la hemos titulado destinados a condenación, lo cual parece una contradicción de la anterior. Trataré de explicarme de la mejor forma posible al meditar en los textos que he escogido. Recuerda, son textos de la misma Biblia, la misma revelación, para la que necesitamos siempre la ayuda imprescindible del Espíritu de Dios y el discernimiento adecuado para poder penetrar a las cosas del Espíritu, alejadas del hombre natural y carnal. Vamos allá. En el contexto del pasaje de Juan 3:14-36 vemos dos expresiones que se repiten varias veces: no se pierda y ya ha sido condenado. Para que eso no ocurra ha venido al mundo el Hijo de Dios, lo cual quiere decir que antes de su manifestación estábamos perdidos y destinados a la condenación. Dejamos ahora el aspecto de la elección de Israel y su llamamiento único. Podemos decir que antes de venir Jesús al mundo estábamos perdidos y condenados. Era necesaria su encarnación y redención, creer en él para cambiar el rumbo al que inexorablemente estábamos destinados sin Cristo: perdidos y condenados. Sin embargo, había los que ya estaban predestinados a ser hechos a la imagen del Hijo, para salvación, pero para que ese propósito eterno se actualizara es necesario oír el evangelio de nuestra salvación, recibirlo y cambiar así el destino de condenación al que nos dirigíamos por causa del pecado heredado, porque en pecado me concibió mi madre, estábamos muertos en delitos y pecados, alejados de la ciudadanía de Israel. Al oír y obedecer el evangelio nuestro destino predestinado desde antes de la fundación del mundo se activó para escapar de la condenación. A medida que meditemos en los textos de las próximas meditaciones creo que podremos comprenderlo mejor.
Rehusar creer en el Hijo de Dios, una vez que oímos el evangelio, es permanecer bajo el signo de la condenación en la cual hemos nacido.