Puedo ser feliz!!

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nuevo caminante

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Jan 2, 2009, 7:26:07 PM1/2/09
to Meditacion y Oratioterapia en Managua y Medellin
ANDRÉS MARTIN, Mateo. PUEDO SER OTRO Y FELIZ,
Ediciones Sígueme, Salamanca, 1999
(Extractos)

INTRODUCCIÓN.
El hombre sufre muchísimo…
A nivel físico-fisiológico: «Ay, este terrible dolor de cabeza»…
A nivel social: «A mí nadie me quiere»…
A nivel emocional: «Me siento tan solo, triste y derrotado»…
A nivel de trabajo: «No estoy haciendo nada que valga la pena; ni creo
que yo sirva para nada»…
Dejo a mis lectores que pongan sus propios ejemplos…

Ante este hecho dolorosísimo, una pregunta se impone: ¿Es necesidad de
la naturaleza humana o, hablando en cristiano, voluntad clara de Dios
tanto sufrimiento?
Mi respuesta humilde pero firme; creo que no. Creo que más del noventa
por ciento de nuestros sufrimientos, y el porcentaje es de autores muy
serios, lo producimos nosotros; y lo producimos precisamente porque
funcionamos mal.
¿Entonces?
Hay dos maneras de situarse frente a este sufrimiento inhumano: la
paciencia y la profilaxis. Hasta ahora hemos valorado y tratado de
desarrollar la paciencia, sobre el supuesto implícito de que tales
sufrimientos eran inevitables. Hoy tenemos muchos datos, humanos y
religiosos, que nos llaman en la dirección de una profilaxis
responsable. Entre estos dos modos de situarse ante el dolor humano,
no creo que un cristiano, cuando es posible la profilaxis, pueda optar
por la paciencia.
Sobre un ejemplo que tomo del libro de los hermanos Linn, Sanando las
heridas de la vida: si sufres de úlcera, la paciencia es mucho. Pero
si eres tú quien con tu tensión produces la úlcera, mucho mejor que la
paciencia es aprender a vivir relajado. Aprender a vivir relajado es
más humano y más cristiano que tener paciencia.

CAPÍTULO 18: AUTO-AMOR ES… SANAR LOS RECUERDOS DOLOROSOS

Piensa en una persona aplastada por un recuerdo fuertemente doloroso:
no puede aceptarse a sí misma. Así los recuerdos dolorosos separan al
hombre de sí mismo y hacen que no se pueda acoger de veras. En razón
de una experiencia dolorosa, no sanada, el hombre vive en el presente
descontento de sí, humillado, emocionalmente herido; incapaz de entrar
por esta vía del auto-amor, que estamos descubriendo. De ahí la
importancia de sanar los recuerdos dolorosos.

SANACIÓN DE RECUERDOS DOLOROSOS
Hoy se habla mucho de sanación de recuerdos dolorosos o curación de
heridas emocionales. En la vida espiritual se le reconoce una
importancia decisiva; en el proceso de maduración psicológica es
condición de crecimiento. Sin esa sanación el hombre corre peligro de
quedar «fijado» en una etapa infantil.
¿Qué entendemos por sanación de recuerdos dolorosos? La teoría en este
caso es sencilla y clara; lo difícil y oscuro es su práctica o
realización. Sanar un recuerdo doloroso es volver imaginariamente, en
todo su realismo pasado, esa experiencia que un día me destruyó y hoy
se mantiene en la memoria y en la afectividad destruyéndome. Volverla
a vivir, no meramente recordarla. Pero volverla a vivir en un diálogo
amoroso y confiado con el Señor, de modo que, superando la vieja
valoración dolorosa, transformemos aquella experiencia rechazable en
elemento positivo, al menos aceptable, de nuestra vida.
En esta sanación buscamos transformar el dolor pasado en gozo
presente; la rabia en aceptación; el odio en amor. De modo que la
persona que antes se sentía indigna, en razón de ese recuerdo ahora se
pueda aceptar y amar a sí misma.
El recurso en la sanación religiosa es la oración y la fe. Y si uno no
tiene fe, ¿quedará condenado a no poderse sanar? Creo humildemente que
no. La reflexión personal sincera, que se adhiere a la realidad, puede
descubrir horizontes nuevos y avanzar también en esa línea de la
sanación. En diálogo nuevo consigo mismo el hombre honrado puede dar
otra valoración a los viejos sucesos y así transformarlos y sanarlos.
Notemos bien lo que pretendemos en la sanación de un recuerdo:
convertir un recuerdo que nos humilla, que nos destroza o enrabia, en
una experiencia positiva, aprovechable, y aun gozosa. ¿Puede haber
metamorfosis más admirable? ¿O no se trata sino de un sueño de
primavera, de una utopía loca?
La experiencia humana nos dice que se trata de una realidad
maravillosa que acontece cada día. Es asombroso el poder del alma
humana para transformar los sucesos de la vida. Víctor Frankl y sus
historias en los campos de concentración; Húber Matos y su resistencia
a las presiones castristas… y tantos otros, en cárceles, clínicas y
hospitales e incluso en la vida cotidiana, nos hablan del poder
sanador de la mente humana, especialmente cuando cree y cuanto cree.
La fe añade un nuevo elemento, sacado del poder-amor del Padre: «A los
que aman a Dios todo se les transforma en bien…» (Rom 8, 28) El viejo
San Agustín se admiraba ya de este poder del Espíritu creyente.
«¿Todo, pero todo puede transformarse en bien para los que aman a
Dios? Todo, todo; incluso el pecado, incluso el pecado, el error más
grande que puede cometer un hombre.»
Se trata sin duda del poder de la Redención, repetido ahora en la vida
de los redimidos: «Feliz culpa que mereció tan grande redentor»; feliz
dolor que en la fábrica maravillosa del alma creyente se convierte en
gozo perdurable.
Cuando el sufrimiento nos hace crecer, el sufrimiento se convierte en
nuestro amigo, y le debemos auténtica gratitud. Tal es el caso de los
recuerdos dolorosos, sanados. Tal es el objetivo de nuestra lección.
Está en buena parte dicho ya, pero conviene insistir. Solemos pensar
ingenuamente que el pasado ha pasado y lo mejor que podemos hacer con
él es olvidarlo. Hoy nadie duda de que esto es un error. De hecho, en
la persona concreta el presente no es otra cosa que el pasado; de modo
que el pasado doloroso, si no ha sido previamente curado, es igual a
presente doloroso, si no ha sido previamente curado. Hoy sabemos bien
que el pasado humano, lejos de haber pasado, queda en el hombre
constituyendo su sustancia, haciendo su presente y, por tanto,
dirigiendo su vida. ¿Qué es, por ejemplo, el saber, sino el pasado
acumulado en forma de experiencia vital? Las experiencias del doctor
Penfield muestran que perdura incluso el pasado emocional tal como se
lo vivió emocionalmente y que puede revivirse, no solo recordarse, en
el presente con toda su carga afectiva (Harris, Yo estoy bien, tú
estás bien, cap. I).
De ahí la importancia de sanar los recuerdos. Quien no ha logrado esta
sanación, lo único que hace en el presente es, no tanto vivir el
presente con su novedad típica, sino repetir el pasado.

EL QUE DE VERAS QUIERE CURARSE
Supuesta esa importancia, incluso emocional, del pasado, es obvio que
queramos curarnos. Pero hemos de ser realistas. Tal intento es
difícil. El que de veras quiere curarse de sus recuerdos dolorosos,
tiene que empezar por enfrentar valientemente su pasado…
– Atrévete a hacer una lista de tus pasados dolorosos, especialmente
de infancia y adolescencia…
¿Te da miedo sólo pensarlo? Sí, es bien difícil ese enfrentamiento.
Esos pasados están unidos en la conciencia a sentimientos de
vergüenza, rabia, odio… y por el momento no es posible hacer una
separación. De modo que recordar, en este caso, es sufrir y sufrir
mucho. Pero vale la pena: no hay otro camino de liberación y
purificación.
Recordar un pasado doloroso es difícil; revivirlo es mucho más.
Nuestro ser entero se resiste a ese enfrentamiento. Y nos preguntamos:
¿Merece la pena el dolor de volver a vivir experiencias que un día nos
fueron tan dolorosas?
Sin embargo, la respuesta no es dudosa: sí, merece la pena. Y merece
la pena porque tal enfrentamiento es la condición de sanación. Si
quiero verme libre de ese «íncubo» emocional, no hay otra salida.
En efecto, una experiencia no hiere por lo que es, sino por la
valoración que le damos. Pues bien: valorada negativamente en nuestra
infancia, cuando nos aconteció la cosa, mientras no la enfrentemos de
nuevo, pero ahora con la razón y la fe seguiremos valorándola del
mismo modo infantil y seguiremos sufriendo. Dado el impacto emocional
que entonces nos produjo, quedamos «fijados» en ello, y, aunque
avanzamos en edad, no avanzamos en madurez emotiva; y seguimos
repitiendo los mismos sentimientos.
El niño, el adolescente… hicieron esa valoración emocional que tanto
nos hace sufrir; pero ¿es razonable esa valoración?, ¿es razonable
sobre todo a los ojos de un adulto?
El gran psicólogo norteamericano Rollo May afirma categóricamente, y
la experiencia cotidiana lo confirma, que cualquier suceso (no sólo
los que comúnmente se consideran favorables) puede ser visto y
valorado de dos maneras, una positiva que ayuda a crecer y
desarrollarse, y otra negativa que retarda o retiene el crecimiento.
La cárcel, que para uno es una desgracia, para otro es principio de
una vida nueva. Un gran amigo mío, que un día obtuvo el premio de la
lotería, me confesó años después que ésa fue una de las desgracias más
grandes de su vida. Cuando éramos niños, una reprensión de papá pudo
equivaler a una «condena a muerte», pero hoy, vista con ojos adultos,
es correcto esa valoración?
El que quiere entrar por el camino de la autoaceptación no tiene otra
alternativa: tiene que enfrentar sus recuerdos dolorosos. No hay otro
recurso para aceptarse a sí mismo. Nos conviene caer en la cuenta de
que la sanación es un proceso largo y difícil; que exige paciencia y
perseverancia. Y mucha ayuda ajena. Los hermanos Linn (de quien tomo
las principales ideas de este capítulo, en su libro Sanando las
heridas de la vida) se aprovechaban de los estudios de la doctora
Kübler-Ross, sobre la muerte y los moribundos, para explicar ese
proceso de sanación de recuerdos.
Según esta doctora, la aceptación serena de la muerte, en los enfermos
incurables, pasa por cinco etapas, que ella describe como: 1)
negación, 2) enojo, 3) regateo, 4) depresión y 5) aceptación. La
aceptación de la muerte es un proceso largo y difícil; dejado y
retomado una y mil veces, pero que, cumplidas ciertas condiciones,
suele acabar siempre bien.
Según Kübler-Ross, ante una noticia dolorosa, por ejemplo, de la
muerte próxima, lo primero es negarla: «Eso no puede ser». Primera
etapa: cuando aparece que no se puede negar, que la realidad se impone
con su fuerza, se comienza a echar la culpa a otros o a uno mismo, y
nos irritamos. Segunda etapa: llegado aquí, pero viendo que el enojo o
la irritación no cura nada, empezamos a transigir, buscamos otros
modos de salir de la situación dolorosa: caemos en la etapa de las
condiciones: «Quizá si hago esto, si dejo de fumar, si me convierto…»,
se soluciona el problema. La tercera etapa es la del regateo. En la
medida que esas condiciones resultan recursos imaginarios, inútiles,
caemos en la depresión: cuarta etapa. Finalmente entramos poco a poco,
y en este último paso la ayuda ajena tiene una importancia grandísima,
en la aceptación serena y tranquila: «La cosa es como es y sólo
aceptándola soy honrado conmigo mismo, fiel a Dios y razonable, porque
sólo entonces sufriré menos». El moribundo se reconcilia consigo
mismo, con la situación, con Dios y entra en una paz nueva. Es la
quinta y última etapa, según estos bellos estudios de Kübler-Ross.
Pues bien, dicen los hermanos Linn, la aceptación de un recuerdo
doloroso se parece mucho a la aceptación de la muerte. Puede ser, y
efectivamente lo es, tan doloroso, tan difícil, tan angustiante… como
la misma muerte. En consecuencia pasa (el proceso de sanación) por las
mismas cinco etapas. Para más claridad las repetiré, aplicadas al caso
de un recuerdo doloroso.
Ante todo, frente a un recuerdo doloroso que nos asalta de repente, lo
primero que hacemos es rechazarlo: «Imposible, eso nunca nos ha
sucedido». Primera etapa, de represión y negación.
Pero la realidad está ahí y no puede ser negada. Entonces nos
rebelamos contra los «culpables» de que aquello hubiera podido suceder
y entramos así en la etapa del enojo. Nos entregamos a pensamientos de
rabia y venganza.
Pero la realidad sigue ahí implacable; la rabia y la irritación no
mejoran nada la situación; los sentimientos de angustia, miedo, ira,
culpa… siguen ahí haciendo su obra. ¿No podríamos hacer algo para
librarnos de ellos, aunque, desde luego, sin aceptar que son nuestros
y pertenecen a nuestra vida? Entramos así en la etapa del regateo…
Como el dolor sigue, crece y crece la reflexión interior. Poco a poco
nos vamos persuadiendo de que por vía de evasión o de huída nada
logramos. Entonces, como el dolor es superior a nuestra capacidad de
resistencia, nos dejamos a la depresión y tristeza. Cuarta etapa.
Finalmente, la etapa de la depresión es vivida como inútil y aún
dañosísima y nos abrimos, muy poco a poco, a una perspectiva nueva, en
que la experiencia empieza a ser aceptada, a ser vista como parte de
la propia vida, incluso como algo positivo. Es la quinta y última
etapa. El recuerdo doloroso, que tanta resistencia ofrecía, es
aceptado y vivido, primero como tolerable, luego como aceptable,
finalmente como aprovechable y bueno. El proceso ha terminado.
El hombre, antes abrumado, ahora se siente libre, nuevo, capaz de
aceptarse y vivir contento consigo mismo, y como consecuencia, capaz
de entregarse al servicio de los demás.
Una cosa conviene advertir antes de cerrar este punto: las etapas son
meras aproximaciones conceptuales, no descripciones estrictas. ¿Cómo
podrían ser descripciones exactas tratándose de un proceso tan
complejo? Pero ayudan a entender la lucha interior del que, enfrentado
a un recuerdo doloroso, se debate entre el sí y el no de la
aceptación, hasta que finalmente halla su paz. Las etapas con
frecuencia se mezclan, se confunden, se adelantan o retrasan…; pero
siguen iluminando esa lucha y nos ayudan a acompañar al que en ella se
debate.
Una cosa me llama fuertemente la atención: ¿Puede compararse la
aceptación de un recuerdo doloroso con la aceptación de la muerte? Sin
duda que sí. Y conviene que insistamos en ello para no caer en la
ligereza, sobre todo si trata de otros, de minimizar la lucha. Pero
también nosotros debemos aprender a ser comprensivos con nosotros
mismos.

CONDICIONES DE SANACIÓN
El proceso de sanación de un recuerdo, como el de la aceptación de la
muerte, es largo y difícil. Exigen paciencia y constancia. ¿Se ha
descubierto algún procedimiento de ayuda a ese proceso? En su estudio
de los moribundos, Kübler-Ross descubrió estas dos condiciones: 1)que
el enfermo se sienta aceptado, incondicionalmente, o sea, tal como es,
por alguna persona significativa de ese hospital, digamos, el médico,
una enfermera, etc., y 2) que pueda compartir sus sentimientos con esa
persona y se sienta escuchada por ella.
Resulta fácil entender la eficacia sanante de ambas condiciones en el
caso del moribundo. Sintiéndose solo, ante un trance difícil, el
moribundo experimenta la fuerza de la compañía y del amigo, y acumula
valor y fuerza. Algo parecido sucede, sin duda, en el caso del que
sufre un recuerdo doloroso. En esa área, en que lo sufre, el hombre se
siente solo, indigno, culpable, miedoso… Una persona que le acepte
incondicionalmente y le escuche de veras, aliviará su inseguridad e
indignidad, mitigará su miedo y le ayudará a liberarse de sus
sentimientos de culpa.
Tal es el sentido del trabajo en grupos, que tanto fomentamos.
Y, sobre todo, para el creyente, tal es el sentido de Cristo el Señor.
Si algo es primero en nuestra fe es el amor incondicional de Cristo:
el cristiano sabe y vive que no son sus méritos los que le hacen
amable o digno ante Cristo, pero tampoco son sus deméritos o errores o
faltas los que le retiran ese valor. El cristiano es amado antes de
todo mérito y después de todo demérito; por encima de y más allá de
sus obras buenas o malas.
Cristo es también, para el paciente de sentimientos de vergüenza,
culpa, miedo, angustia… el escuchador incansable. Y con una variante,
respecto a los oyentes humanos, admirable: el Señor sabe, antes que se
los cuentes, todos tus problemas; los sabe y te acepta con ellos. De
modo que, al compartir con Él, no buscas que Él te entienda y
comprenda, sino que te entiendas y comprendas tú. El objetivo
principal de compartir nuestros sentimientos con Cristo no es informar
a otro, sino confirmarnos a nosotros; vencer la tendencia a la
represión, aceptarnos como somos.

GRUPOS
1) Haz la lista de tus recuerdos dolorosos y compártela con tus
compañeros de grupo… Dense tiempo ampliamente.
2) Compartan ahora, acabada la lectura, cómo se han sentido mientras
leían sus respectivas historias


CAPÍTULO 20: AUTO-AMOR ES…RESULTADO DEL AMOR RECIBIDO

UN CÍRCULO VICIOSO
Auto-amor, lo sabemos de sobra, es la condición de todo crecimiento
humano. Sólo el hombre que se ama, o sea, que cuenta consigo y confía
en sí; sólo el hombre que siente único y distinto y, como tal,
absolutamente importante, sólo ese hombre puede obrar expansivamente y
así desarrollarse y crecer.
El hombre que no se ama, o sea, el hombre que va por la vida inseguro
de sí y dudoso de su valor, el hombre que se considera «poca cosa» o
de segunda categoría…, ese hombre no puede hacer otra cosa que
preocuparse de sí mismo, de ese yo amenazado y débil, a quien de
cualquier lado puede venirle la sorpresa; ese hombre no puede sino
mirar por sí mismo y actuar defensivamente; con otras palabras: lo que
ese hombre haga, sea lo que sea desde orar a Dios en la capilla hasta
servir a los pobres de un barrio, no tendrá, en el fondo, otra
motivación que defender su yo inseguro y protegerlo del rechazo ajeno.
Pero una motivación así de egocéntrica retorna a la persona en forma
de descontento y autodesprecio, con lo que crece su malestar interior
y la necesidad de seguir obrando defensivamente.

¿CÓMO ESCAPAR A ESE CÍRCULO?
¿Qué necesita este hombre para salir de su círculo vicioso?
Hoy los grandes psicólogos interpersonales, A. Muslow, C. Rogers, H.
S. Sullivan…, dan una respuesta que va enteramente en la línea del
Evangelio.
Lo que el hombre necesita es ser y sentirse amado incondicionalmente;
o sea, sentirse amado por sí mismo, en atención a su persona, y no
precisamente por sus realizaciones.

EL ESPEJO DEL NIÑO
Como ya hemos visto ampliamente, el hombre, siendo auto-consciente,
necesita descubrir su propio valor e identificarse emocionalmente
consigo; necesita ser y afirmarse; descubrirse y afirmarse como valor
único y distinto. Otra pregunta se impone, pues, de nuevo: ¿Por dónde
y cómo van el niño a descubrir su propio valor? Y la respuesta es hoy
indubitable: el niño no se descubre sino mirándose en los otros. La
madre, el padre, las personas importantes… son el espejo donde el niño
se ve. Si ahí, en ese rostro ajeno, se ve importante, valioso, querido
por sí mismo, el niño descubre su valor único y aprende a valorarse;
es decir, aprende a amarse a sí mismo.
Pero si el espejo ajeno –todos esos rostros para él significativos– le
muestran un yo pequeño e insatisfactorio, un yo poco valioso y aún
nulo o malo, el niño aprenderá a descubrirse como «no valor», como
«poca cosa»…, y así a estar descontento de sí y no amarse.
Reflexiona C. Rogers a lo largo de sus libros: el niño que ha tenido
la suerte de nacer y crecer en un hogar donde se sienta querido
incondicionalmente, crecerá seguro de sí mismo, capaz de contar
consigo y amarse como es.
Es como el perro que ha sido tratado con cariño: cuando llega el amo
se acerca moviendo la cola, haciendo gestos de felicidad, comunicando
con toda su conducta externa cuán seguro está de su amo, de sí mismo y
de todos. Yo mismo tengo un pastor alemán en mi patio; algunas veces
he querido castigarlo para enseñarle a no saltar encima a la gente,
pero él lo entiende como una caricia más.
Pero piensen en los padres que quieren a sus hijos condicionalmente:
porque sacan buenas notas, porque son grandes deportistas, etc. En
realidad, no es a sus hijos a quienes quieren, sino a las
realizaciones de sus hijos. Querrían a sus hijos si éstos fueran «más
listos», «más deportistas»… Los querrían si fueran «otra persona», la
persona idealizada que ellos, los padres, llevan en su mente, para
satisfacción oculta de sus propias necesidades insatisfechas y que
aspiran a satisfacerlas en y por sus hijos.
Es evidente: niño que oye continuamente, en comunicación verbal o
meramente no-verbal: «Te querría si hicieras esto…, si lograras
aquello…», acaba sintiendo que él, en su persona real, en sí mismo, no
es amado ni amable. La amabilidad le tiene que venir de fuera, tiene
que ser merecida por su conducta. Tal niño jamás aprenderá a amarse
tal como es.
Insistiré brevemente en este punto del amor incondicional, dada su
importancia humana y cristiana.

AMOR INCONDICIONAL
¿Qué se entiende por amor incondicional?
Es el amor dirigido a la persona misma, en su carácter de única,
distinta e insustituible; no el aprecio de las realizaciones de esa
persona, por brillantes que sean, sino el aprecio de ella misma y
precisamente en cuanto tal persona, en cuanto valor absoluto en sí
misma.
Sobre ejemplos: la madre que ama incondicionalmente a su hijo lo ama
si estudia y triunfa en clase, pero no por esos logros, sino por él
mismo. De modo que si no tiene éxito en los estudios, igualmente lo
ama, y así se lo hace saber. El amor incondicional valora a la persona
más allá de sus obras y logros…
El miedo que surge, y que hace difícil el amor incondicional, viene
expresado, a mi juicio, en esta objeción que me hecho miles de veces,
«Padre, y ¿un amor tal no hará que mi hijo se descuide y fracase?»
«Padre, tengo que exigirle, tengo que caerle encima; si no, no hace
nada».
Evidentemente, no estoy resaltando sólo el valor del amor
incondicional y negando el valor de la disciplina. Creo que carro de
una auténtica educación camina siempre sobre dos ruedas: amor y
disciplina; disciplina y amor. Lo importante es saber juntar ambas
cosas, de modo que el niño se sienta amado incondicionalmente. De
nuevo, no hay que renunciar a una en favor exclusivo de la otra, sino
saber unir las dos.
Creo también poder afirmar que la unión de esas dos cosas sólo la sabe
hacer el corazón de una madre, de un padre, de un maestro… que, ellos
mismos, han alcanzado esta madurez del autoamor. Es decir, que ellos
mismos no necesitan defenderse de nada, porque se sienten, allá en el
fondo de ellos mismos, seguros, tranquilos, pacíficos, serenos,
contentos… El hombre inseguro él mismo, que se rige por las reglas,
nunca acertará. La primera condición del buen educador, madre, padre,
maestro…, es ser él mismo persona madura, serena, autoaceptada. Esta
persona no necesita reglas; su regla es su propio corazón, lo que en
el momento le dicta su propia «sabiduría vital».

AMOR Y PERSONA
Pero es preciso insistir en una cosa: la fuerza secreta que despierta
a una persona es siempre el amor. El hombre que se siente así
incondicionalmente amado, puede ser él; puede explorar sus ocultas
posibilidades y actualizarlas; puede atreverse a ser él mismo.

BÉCQUER Y UNAMUNO
Quiero explicar este punto sobre la conocida rima de Bécquer:

Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueño, tal vez olvidada,
silenciosa, cubierta de polvo,
veíase el arpa.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve,
que sepa arrancarlas!

¡Ay!, pensé: cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz como Lázaro, espera
que le diga: ¡levántate y anda!


En cada alma humana, como en las cuerdas silenciosas del arpa, duermen
innumerables posibilidades; duermen genios ocultos… Pero ¿quién
«despertará» a ese hombre dormido?, ¿quién hará soñar esa nota
callada?, ¿quién resucitará a ese Lázaro muerto?...
La respuesta a esas preguntas es siempre la misma: el amor, el amor
incondicional. Los educadores hacen infinitamente más sobre sus
alumnos amándolos de veras que criticándolos. A un alma dormida sólo
la despierta el amor. Sólo el amor hace que el otro sea, y se no una
copia o reflejo de sí mismo, sino él, él mismo, en su realidad única,
distinta e insustituible.
En un momento de intuición genial, Unamuno insiste en esta idea de la
necesidad del amigo para ser uno mismo. Nos dice en Algunas
consideraciones sobre la literatura hispanoamericana: «Cada nuevo
amigo que ganamos en la carrera de la vida, nos perfecciona y
enriquece, no tanto por lo que él nos da cuanto por lo que de nosotros
mismos nos ayuda a descubrir».
En efecto, hay en cada uno de nosotros cabos sueltos espirituales,
rincones del alma, escondrijos y recovecos de la conciencia que yacen
inactivos e inertes; y acaso nos morimos sin que se nos descubran a
nosotros mismos, precisamente por falta de una persona que, comulgando
en espíritu con nosotros, nos lo revele.
Llevamos todos ideas y sentimientos potenciales que sólo pasarán de la
potencia al acto si llega el que nos la despierte. Cada cual lleva en
sí un Lázaro que necesita de un Cristo que lo resucite. Y ¡ay de los
pobres Lázaros que acaban su carrera bajo el sol sin haber topado con
el Cristo que les diga: levántate…!
Unamuno sabía muy bien, que esta ayuda del amigo es necesaria para el
escritor; pero no sospechaba lo que ahora estamos diciendo: que el
hombre verdadero, el hombre completo, no nace sino al calor de un amor
acompañante. No sólo para convertirse en escritor; para hacerse hombre
se necesita el amigo, en quien, como en un espejo, te veas a ti mismo,
te descubres y te ames.

ALGUNOS EXPERIMENTOS
Importa tanto que concibamos la convivencia como una fuerza recíproca
más bien que como un mero espacio vital compartido, que quiero
insistir en este tema trayendo algunos de los experimentos que se han
hecho famosos. No creo que ninguna teoría hable tan claro sobre la
fuerza del amor como estos experimentos.

Rosenthal y sus ratas
Rosenthal, un gran psicólogo social de la Universidad de Harvard,
estructuró el siguiente experimento con ratas. A dos grupos de
estudiantes, I y II, repartió igual número de ratas con el encargo de
enseñarles a recorrer un laberinto. Los estudiantes del grupo I habían
recibido las siguientes instrucciones: sus ratas, en anteriores
experimentos se han demostrado extraordinariamente inteligentes. Lo
más probable es que aprendan en seguida el recorrido del laberinto.
Con ello ustedes han acabado su tarea; pasan a recibir su paga y se
retiran. Los del grupo II, en cambio, habían recibido estas
instrucciones: en anteriores experimentos se han demostrado
extraordinariamente torpes. Lo más probable es que pase el tiempo de
trabajo y no logren enseñarles el recorrido. Si así sucediere, no es
defecto de ustedes. Terminado el tiempo, pasan a recoger su paga y se
retiran.
¿Dónde se oculta el secreto del experimento? Las ratas de ambos grupos
eran iguales; ninguna de ellas había sido sometida previamente a
experimento; sin embargo, las del grupo I aprendieron a recorrer el
laberinto y las del grupo II no. ¿Dónde buscar la explicación de
resultados tan opuestos? Ciertamente no en las ratas, todas ellas
iguales. La única explicación aceptable hay que buscarla en el estado
de ánimo distinto, artificialmente creado, de los miembros de uno y
otro grupo. El grupo I confiaba en sus ratas y, por alguna vía oculta,
transmitió esa confianza a las ratas, de modo que éstas aprendieron
rápidamente. El grupo II, en cambio, desconfiaba de sus ratas, y esa
desconfianza produjo igualmente su efecto negativo: las ratas no
aprendieron a recorrer el laberinto.

Experimento con estudiantes
Tanto llamó la atención este experimento con ratas, que el mismo
Rosenthal, deseoso de saber si las conclusiones podrían aplicarse a
estudiantes, ideó un experimento especial para el caso.
Rosenthal eligió el mejor equipo de evaluación escolar, un equipo de
toda solvencia, y conél hizo la evaluación de inteligencia
(coeficiente intelectual) de un grupo de estudiantes que, acabados sus
estudios en un colegio, pasarían para el próximo año a otro colegio,
donde nadie los conocía.
En el nuevo colegio los alumnos fueron distribuidos en clases de
treinta. Y a sus profesores se les dijo que, de esos treinta, cinco (y
se les individualizó con nombre y apellido) eran superdotados. De los
otros veinticinco no se les dijo nada.
De este modo, casi como en el caso de las ratas, se indujo en los
profesores una estima-confianza muy alta respecto a los cinco alumnos
«superdotados». En realidad, esos cinco alumnos no habían sido
elegidos en razón de una inteligencia privilegiada, sino escogidos al
azar. Pero los profesores, apoyados en los datos que creían tener del
equipo evaluador, trataron a sus cinco superdotados, durante todo el
curso, con una especial atención y estima.
¿Resultado? Pasó el año escolar y, al final, el mismo equipo evaluador
volvió a repetir el test de inteligencia. Los resultados fueron
asombrosos: los alumnos comunes, el grupo de los veinticinco no
señalados, arrojaron el mismo nivel intelectual del año anterior. Pero
los cinco alumnos especiales dieron hacia arriba unos saltos
inesperados, entre siete y veinticinco puntos por encima del curso
pasado. Es decir, que algunos, alumnos ordinarios, al acabar la
experiencia se habían convertido en alumnos realmente superdotados.
¿Explicación? De nuevo no parece hallarse otra que la relación de
confianza-estima, prolongada a lo largo de todo el curso, que los
datos ficticios habían creado en los profesores respecto a esos
alumnos.
Una relación de confianza hace crecer el rendimiento, desde luego de
los alumnos, así tratados por sus profesores; pero, más en general, de
todo hombre que halle «ese amigo fiel».
El experimento plantea preguntas bien serias: eso que llamamos
inteligencia, ¿no es acaso sino amor-estima, acumulados en los
alumnos… en los hijos en los subordinados…? Y la falta de talento o
cortedad mental, ¿no será carencia de amor?

Experimento a largo plazo del doctor Skeel
Hay una prueba contundente de la fuerza del amor en la conformación de
la persona humana. Fue llevada a cabo, a lo largo de veinte años, por
el doctor Skeel.
En un orfanato donde se atendía a los niños huérfanos rutinariamente,
este gran psicólogo decidió introducir una variante, precisamente para
investigar la fuerza del amor.
Separó dos grupos de doce niños cada uno. El grupo I quedó todo el
tiempo recluido en el hospicio, desde luego con todas las atenciones
propias de la institución. Los niños del grupo II, además de las
atenciones de la institución, eran llevados diariamente a otra
institución cercana, de adolescentes retrasadas, donde cada niño era
cuidado y atendido individualmente por una de esas jóvenes.
La única variable en el experimento fue, pues, el trato personal
diario, que los niños de este grupo II recibían de una jovencita
retrasada.
Lo que llamó poderosamente la atención de los entendidos fue el
resultado. Al cabo de veinte años de seguimiento de estos dos grupos,
el doctor Skeel descubrió lo siguiente:
Los niños del grupo I, que no tuvieron amor personal, para este tiempo
de veinte años, o bien habían muerto o bien se hallaban recluidos en
instituciones para enfermos mentales. En cambio, los niños del grupo
II, que diariamente habían tenido el cariño personal de una jovencita
retrasada, todos vivían, todos tenían trabajo bien remunerado, la
mayoría contaba con título universitario todos estaban felizmente
casados, con un solo divorcio entre ellos.
Algo sorprendente sin duda. Pero ¡obra del amor! Y no de un amor
ultrainstruido, sino de un amor espontáneo de una adolescente
retrasada, que ella misma hallaba su felicidad en cuidar de «su» niño.

DOS CONSECUENCIAS
Si, como sabemos, es el amor y sólo el amor la fuerza que hace sano al
hombre, que le hace autoaceptado dentro de sí mismo, simpático hacia
los demás y eficiente en el trabajo, entonces no pueden evadirse estas
consecuencias:
1ª. Lo más grande que un hombre puede hacer por otro es amarlo de
veras; el don más valioso que puedes dar al otro es un amor sincero,
abierto, claro hacia él.
2ª. Lo más grande que el hombre puede hacer por sí mismo es dejarse
amar, recibir el amor que le den y asimilarlo, y así crecer en el
autoamor.

¿ESTAMOS QUIZÁ LEJOS DEL EVANGELIO?
Las dos consecuencias anteriores están basadas en los datos de la
psicología interpersonal. Pero ¿qué nos dice el Evangelio? Tomemos
como al azar, de las innumerables enseñanzas sobre el amor, algunas
claras e incisivas.
Le preguntan al Señor cuál es el mandamiento más importante de la ley,
y Él responde: «Amarás al Señor… y al prójimo como a ti mismo». Y
acaba: «De estos dos mandamientos penden toda la ley y los
profetas» (Mateo 22, 34-40).
«Os doy –dice a sus apóstoles, en la despedida de la última Cena– un
mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he
amado… En eso conocerá la gente que sois discípulos míos: si os tenéis
amor los unos a los otros» (Jn 13, 34s)
En su maravillosa carta sobre el amor, Juan se pregunta cuál es la
esencia del amor cristiano. «¿En qué consiste el amor?», se pregunta;
y él mismo se responde: «No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino
en que Él nos amó primero». Y saca en seguida la consecuencia: «Si
Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a
otros» (1 Jn 4, 10-11)
Si la esencia del amor cristiano consiste en adelantarse y dar al otro
lo que tú querrías que él te diese (Mt 7, 12), se sigue el amor a los
enemigos. Dice el Señor: «Pues yo os digo: amad a vuestros enemigos y
rogad por los que os persiguen». Si le preguntamos el porqué de
disposición tan estremecedora. El nos responde lo que ya sabemos: «Así
seréis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre
malos y buenos y caer su lluvia sobre justos e injustos». En efecto,
el verdadero amor no nace de las necesidades del amante, sino del
amado. Es como si dijera: ama, no porque tú lo necesitas, sino porque
lo necesita él; de modo que atrévete a amar incluso al que te cae mal,
al enemigo. Y de hecho, si amáis solo a los que os aman, ¿qué méritos
tendréis? ¿No hacen eso también los paganos? A vosotros se os pide
más; se os pide ser –intentar ser poco a poco– como vuestro Padre
celestial (Mateo 5, 43-48).
De todos es bien conocido el himno que San Pablo dedica al amor (1 Cor
13). Para san Pablo nada vale, nada hace bien, nada extiende el reino
de Cristo, si falta el amor. A continuación señala los rasgos del amor
cristiano: es paciente y servicial… no envidia… no lleva cuentas del
mal… todo lo espera, todo lo soporta…; y acaba exhortando al amor, que
terminada esta vida, será la esencia misma de la vida eterna.

EL AMOR INCONDICIONAL DE DIOS
Tenemos tan escasa experiencia de sentirnos amados incondicionalmente,
que el concepto de amor incondicional casi se nos escapa y no lo
entendemos. Por eso quiero insistir en ello.
El amor incondicional es, en sí mismo, la fuerza más grande del
desarrollo humano. Como decía Leo Buscaglia: bastaría que nos
sintiéramos amados incondicionalmente de una solo persona para estar
sanos y bien desarrollados.
En teoría, los cristianos sabemos muy bien que Dios nos ama
incondicionalmente; pero parece como si lo supiéramos sólo en teoría.
Si esa fe no nos transforma, es que existencialmente creemos en ella.
Creemos sólo de labios afuera. Si nos preguntasen de repente: ¿qué
piensas tú de Dios, estará contento de ti?, creo que la mayor parte
responderíamos que no. Porque pensamos en nosotros, en nuestras
deficiencias o suficiencias, como si fueran ellas la razón del amor de
Dios, y no en su infinita magnanimidad.
Más en concreto: Dios no nos ama porque somos buenos nosotros, sino
porque es bueno Él. La razón última de su amor no está en nosotros,
sino en Él.
Dios nos amó primero: antes de todo posible merecimiento de parte
nuestro. Como afirma santo Tomás: «El amor divino se distingue del
humano en que infunde y crea la bondad en las cosas». El hombre ama al
que, a su juicio, lo merece; y así supone la bondad del amado. Dios,
en cambio, ama creadoramente; y así pone la bondad en la persona
amada.
En el amor del hombre se entremezclan siempre intenciones ulteriores:
«Tal amistad o amor puede proporcionarme notables ventajas». Dios nos
ama sin intenciones ulteriores; el término de su amor, el término de
su amor, el término total y último, es nuestra misma persona, nuestra
felicidad, nuestro ser; Dios busca siempre y sólo que lleguemos a ser
nosotros mismos.
El hombre ama dentro de un marco de referencia que podríamos llamar la
ley del eco: «Si tú me amas, yo te corresponderé». Dios nos ama más
allá de nuestras obras y por encima de ellas; hace salir su sol sobre
buenos y malos y caer su lluvia sobre justos en injustos. Se ve la
fuerza de esta visión del amor divino en un ejemplo: si te preguntasen
por la razón de un saludo especialmente cariñoso a una persona y tú
respondieses: «La saludo con tanto cariño porque me cae mal», el
preguntante se quedaría admirado, atónito, incapaz de entenderte. Tal
es el amor incondicional de Dios.
Finalmente, el hombre, necesitado de correspondencia, en razón de su
debilidad, llega a cansarse de amar: «Llevo ya diez años, tratando de
hacerle feliz, pero… no he conseguido nada; así que lo voy a dejar».
Dios nunca se cansa; nunca pierde la ilusión-esperanza respecto a cada
uno de nosotros. Incluso, a unos momentos de la muerte, el Buen Ladrón
oye: «Hoy estarás conmigo en el paraíso».

NUESTRA RESPUESTA AL AMOR INCONDICIONAL DE DIOS
Debería ser triple:
1º. Recibir ese amor; es decir, creer en él de veras…
2º. Asimilar ese amor; es decir, alimentar el sentimiento de dignidad,
fuerza, seguridad, confianza… que en tal amor se halla implicados…
3º. Actuar ese amor; es decir, actuar el don de Dios, único distinto,
insustituible que es cada uno; actuarlo en servicio de los demás…

AMOR DE DIOS Y CRECIMIENTO HUMANO
Vemos por lo dicho que ninguna fuerza hay tan desarrollante como el
amor de Dios. Precisamente en razón de su incondicionalidad. El que,
superando sus miedos e inseguridades, cree y se entrega a ese amor,
infaliblemente se transformará en un hombre nuevo. Abundan los
ejemplos en la Sagrada Escritura y en la historia de los Santos.
Creyendo en el amor de Dios, Moisés se transforma de indeciso en
decidido (Ex 3 y 4)
Creyendo en ese amor, Gedeón se transforma de autoderrotado en
guerrero inderrotable (Jueces 6 y 7).
Bajo el influjo de ese amor creído, Isaías cambia su pesimismo en
optimismo (Is 49, 1-6), y Jeremías, de niño apenas balbuceante, se
convierte en un orador que hace temblar al rey (Jer 1, 4-19).

CONCLUSIÓN
Autoamor es el amor ajeno recibido y asimilado por el hombre; amor es
el autoamor que, gozoso y seguro de sí, se pone al servicio de los
demás. El que busque crecer en autoamor, que se deje amar; el que
busque crecer en el amor, que crezca en amor a sí mismo; o sea, en
autoamor.
En este proceso, la fe cristiana desempeña un papel decisivo; quien
llega a creer en el amor incondicional de Dios, él mismo se ama y
valora –autoamor–, y quien así se ama y valora, inevitablemente se
pone al servicio de los demás.

UNA EXPERIENCIA DE V. FRANKL
El gran psiquiatra Víctor Frankl, prisionero en un campo de
concentración nazi, cuenta la siguiente experiencia:
… una mañana trágica. Los presos eran conducidos en pelotón a los
campos de trabajo forzado. El viento cortaba el aliento y los presos
caminaban en silencia. De repente, a Frankl le asaltó el pensamiento
de su esposa; no un pensamiento frío, una como visión imaginaria de su
figura, su sonrisa, su rostro y hasta el tono de su voz.
A Frankl el alma se le llenó de dulzura y olvidó las circunstancias
horribles de su caso. En ese momento nos dice él:
«Un pensamiento me traspasó: por primera vez en mi vida vi. la verdad
tan cantada por los poetas y proclamada por los pensadores como la
última sabiduría; la verdad de que el amor es la última y más elevada
meta a que puede aspirar el hombre. Entonces comprendí el significado
de ese gran secreto que poesía, reflexión y fe han querido revelarnos:
la salvación del hombre viene con el amor y por el amor.
»Entonces entendí cómo un hombre, aun privado de todo en este mundo,
puede contemplando a su amada, entrever, siquiera por un momento, un
atisbo de la gloria. En situación de total desposeimiento, cuando el
hombre no puede expresarse en acción alguna positiva, cuando su única
salida es enfrentar honradamente el sufrimiento, aun en ese caso el
hombre puede alcanzar la plenitud a través de la contemplación de la
persona amada.
»Por primera vez en mi vida fui capaz de entender el significado de
estas palabras: ‘los ángeles se pierden en la contemplación perpetua
de la gloria infinita’. »
GRUPOS
Nota: El amor del que aquí estamos hablando conlleva dos cosas: un
acoger y valorar al otro en su realidad personal única –elemento
interior– y un manifestar ese acogimiento en signos exteriores –
elemento exterior–. En terminología del Análisis Transaccional se
llama a ese conjunto «caricias». «Caricia» es todo signo con que
manifestamos al otro que lo tomamos en cuenta. Las caricias son, pues,
el alimento de la persona, algo así como la comida es el alimento del
cuerpo. Esto supuesto, nos hacemos las siguientes preguntas:
1) ¿Das tú caricias suficientes a aquellos con quienes convives? ¿O te
inhibes cuando se trata de expresar un sentimiento de admiración,
estima, aprecio… a otros? ¿Tomas en cuenta los triunfos ajenos y los
celebras?
2) ¿Recibes tú caricias con libertad espiritual? Cuando alguien te
alaba, ¿cómo sueles sentirte: libre internamente o como paralizado?
3) Al final del libro esto sabemos con certeza: sólo hay un camino
para hacerse hombre completo: recibir amor si quieres crecer tú mismo;
dar amor si aspiras a ayudar al crecimiento de los demás. ¿Estás de
acuerdo con estas ideas?
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